He echado de menos esto
Iba con mi padre en el coche, camino de la estación, a recoger a Lucy. Yo, aunque intentaba disimular mirando por la ventana, estaba atacada, imaginando cómo iba a ser el momento en que la viera aparecer: si nos abrazaríamos en plan raro, si se notaría todo lo que había pasado en estos meses.
Ojalá no…
—¿Nerviosa? —preguntó mi padre sin mirarme.
—Un poco —admití—. Bueno…, bastante.
No dijo nada más. Solo sonrió, de esa manera suya que no me incomodaba ni me hacía sentir presionada.
Lucy no era solo mi mejor amiga: habíamos crecido juntas, compartido veranos enteros, miles de tardes, secretos de los que no se cuentan a nadie más… Por eso, volver a verla después de tanto tiempo, de meses distanciadas y de la movida de Instagram… me tenía superansiosa.
Cuando llegó el tren, el andén se llenó de gente arrastrando maletas, abrazándose, buscando caras conocidas. Yo me puse de puntillas, con el corazón acelerado, buscándola como una loca. Entonces la vi.
Era Lucy. La misma Lucy de toda la vida, y, a la vez, estaba un poco distinta.
Tenía el pelo más corto y, no sé, parecía más mayor…
Llevaba una mochila rosa chicle, muy ella, colgada de un hombro, y andaba con esa forma suya, como si siempre supiera exactamente a dónde iba.
Desde pequeña necesitaba aparentar que estaba bien, aunque por dentro tuviera un tornado de cosas, como en aquel momento.
Cuando me vio, una sonrisa enorme cruzó su cara y, sin más, todo lo raro de los últimos meses desapareció entre nosotras.
—¡Beca! —dijo, dejando la mochila en el suelo.
Nos abrazamos muy fuerte; fue uno de esos abrazos que te remueven todo por dentro. Yo creo que estuve a punto de llorar, pero no pasó, porque las ganas de reírnos eran aún más grandes.
—Estás más alta —comentó, separándose un poco para mirarme.
—Mentira.
—Sí, tía, en serio. Has crecido. Estoy segura. —Se giró hacia mi padre con una sonrisa—. Hola, Germán.
—Hola, Lucy —respondió él, dándole un abrazo—. Qué alegría verte.
—Igualmente —dijo ella—. Tenía muchas ganas de venir.
Era verdad. Se le notaba.
En el camino de vuelta, Lucy no paró de hablar: que si su nueva ciudad, que si el instituto era enorme, que si los primeros días se perdía todo el rato, que si tenía un profe de Lengua que parecía sacado de una peli antigua, que si sus compañeros fueron amables, que si el uniforme…
Escuchándola, nadie diría que estaba agobiadísima con la movida que teníamos con Instagram.
Sonreía, hacía bromas, imitaba a la gente del instituto nuevo y conseguía hacernos reír.
Parecía tranquila. Normal. Como si no llevara semanas durmiendo mal, con ansiedad; como si no estuviéramos todo el rato pendientes de un perfil en el que nunca sabíamos lo que iba a aparecer.
Se me había olvidado lo fácil que era estar con Lucy.
Lo encantadora que podía ser sin proponérselo.
Ahora entendía por qué, cuando estaba con ella, yo me sentía más segura, o más protegida, o no sé, mejor.
Ella socializaba, hablaba, hacía que todo fluyera.
Lo hacía con naturalidad. Y, cuando estábamos juntas, lo hacía por las dos.
Nada más entrar en casa, Calcetines se lanzó sobre ella moviendo el rabo, superemocionado, como si también hubiera echado de menos a Lucy aunque no la conociera.
—¡Calcetines! ¡Hola! —exclamó ella, agachándose para abrazarlo.
Desde ese mismo segundo, mi perro decidió que Lucy era su nueva persona favorita y empezó a seguirla a todas partes.
Tenía sentido
Subimos a mi cuarto para que dejara la mochila. Se sentó en la cama, mirándolo todo con calma, como si estuviera comprobando qué cosas seguían igual y qué había cambiado.
—He echado de menos esto —dijo al final, sonriendo.
Yo le devolví la sonrisa, sin saber muy bien qué contestar, y entonces fue ella la que se levantó y soltó, decidida:
—Vale, ahora sí. Enséñame el famoso garaje.
Al llegar, se quedó parada en seco.
—Pero… —dijo, mirando alrededor—. ¿Qué ha pasado aquí?
Sonreí antes de contestar.
—Nada, un poco de limpieza y de mover muebles que llevaban años por aquí.
Entró y recorrió el espacio con la mirada, fijándose en el sofá y los cojines, la alfombra, las estanterías, las luces colgadas… hasta que se detuvo frente al piano, apoyó un dedo en las teclas y tocó un par sin pensar.
—¿Te acuerdas cuando tu madre intentaba enseñarme? —preguntó—. Y yo no daba una.
—Sí, tía —respondí—. Tenías menos oído musical que un pie.
Se rio, siguió dando vueltas y se paró delante del corcho, inclinando un poco la cabeza.
—Esta es Andrea, la chica que va al conservatorio, ¿no? —dijo, señalando la foto de carné que Andrea había clavado ahí.
—Sí —asentí.
—¿Y tus otras amigas? ¿Las otras chicas del caos? —preguntó, buscando con la mirada alguna foto más en el corcho.
—No tengo ninguna aquí —dije, riéndome—. Espera.
Saqué el móvil y busqué alguna en la que saliéramos todas juntas.
—A ver… —murmuré—. Vale. Mira.
Lucy se inclinó un poco sobre mi hombro.
—Deja que adivine —dijo—. Esta es Noa. Y esta, claramente, es Bel.
—Sí.
Lucy sonrió y siguió mirándolo todo: el sillón bajo el ventanal, la guitarra, la estantería…
—Esto también lo reconozco —dijo, escogiendo un cuaderno de entre las baldas—. Es el famoso cuaderno azul.
Le mostré la llave que llevaba colgada del pecho. Lucy sonrió y ahí le noté por primera vez algo distinto, una sombra de tristeza, o quizá nostalgia, o no sé…
—Podemos dormir aquí —sugerí para interrumpir ese silencio raro—. Tenemos colchones hinchables, sacos de dormir, almohadas, mantas, un calefactor…
—Eso sería genial —respondió sin dudarlo.
Nos miramos y sonreímos, sin decir nada más.