Sentirse fuera
Lucy iba a venir ese fin de semana. Al final, solo había hecho falta hablarlo con mi padre y con su madre, y enseguida nos pusimos de acuerdo.
Miramos fechas, acordamos un finde y ya está.
Así, sin más. Y me parecía alucinante que no quedaran ni cinco días para vernos. Cinco. Después de tanto tiempo.
¡Qué nervios!
Esa mañana en el bus, volví a abrir nuestros mensajes, como si no los hubiera leído ya mil veces:
Lucy
Llego el sábado a la tarde. No había trenes antes. ¿Estarás en la estación? ¡¡¡Qué nervios!!! No me lo creo.
Con todo eso dándome vueltas en la cabeza, por poco me pasé de parada.
Ya en la calle del instituto, a lo lejos, vi a Bel y Nico, que caminaban juntos hacia la entrada.
Por un momento pensé en acelerar para alcanzarlos, pero no lo hice.
Me quedé mirándolos; era guay que fueran amigos y, además, tenía todo el sentido del mundo: compartían el fútbol, eran majísimos y cero complicados.
Yo, en cambio, era la de la música, la de los auriculares, la de quedarse observando el mundo alrededor.
Por un segundo, noté ese pellizco tonto de los celos; no de Bel, para nada, sino de lo fácil que parecía todo entre ellos.
Cuando entré en clase, Bel estaba apoyada en el pupitre de Andrea, hablando con las chicas.
—Sí que se puede —decía Bel.
—¿El qué se puede? —pregunté.
—Hacer la fiesta en el polideportivo.
—¿En serio? —dije.
—Sí —contestó—. Los del local le han dicho a Nico que ese fin de semana está libre, así que podemos usarlo sin problema.
—¡Qué bien! —exclamó Andrea, muy sonriente.
No dio tiempo a mucho más, porque justo en ese momento entró Mati, que carraspeó en plan «estoy aquí», y la conversación se quedó en pausa.
Ya en el recreo, sentadas en nuestro banco, Bel nos contó que la sala de fiestas era muy grande, muy chula y contaba con equipo de luces y música, nada que ver con uno de esos sitios tristes de paredes blancas, sin decoraciones y con eco.
Aprovechando que el local era tan grande, Bel nos propuso invitar a algunos de nuestros amigos.
Yo hice un repaso mental rapidísimo: Lucy no, porque venía ese fin de semana, y a ver qué tal nos sentíamos juntas; en cualquier caso, no iba a pedirle que repitiera plan una semana después.
Pablo vivía más lejos que Lucy y seguro que iba a flipar si lo llamaba para decirle, así, de pronto: «Oye, eres mi único amigo y mi único invitado a una fiesta».
Mejor que no, aunque me encantaría, la verdad…
Se lo comentaría, aunque seguro que no podía venir.
Qué lío…
Andrea, en cambio, estaba encantada.
—Yo podría invitar a mis compañeras del conservatorio —comentó—. Y a Claudia.
—¿La chica del polideportivo? —pregunté.
—Sí. Desde el día del partido hemos seguido hablando. Sería guay que viniera.
Bel dijo que ella invitaría a gente de su antiguo equipo, a las chicas del actual y propuso también invitar a gente del curso.
—Ya sé que ahora no tenemos un montón de amigos —aclaró—. Pero hay gente maja. Igual es un buen momento para conocernos más. Al final, dentro de nada nos iremos juntos varios días a la excursión de primavera del instituto.
La idea tenía sentido. El problema era que, cada vez que alguien decía «gente del curso», mi cabeza iba directa a la de siempre: Celia.
Como siempre
Noa también estaba un poco, no sé, al margen.
—Yo… no sé si tengo a alguien a quien invitar —dijo—. Que quede claro que no es que no me apetezca la fiesta; es solo que no soy muy de celebraciones así, con mucha gente.
Andrea se giró enseguida hacia ella.
—Seguro que te llevas bien con mis amigas del conservatorio —dijo—. Son muy normales, de verdad.
—Y con la gente de mi equipo también —añadió Bel.
Noa sonrió, como más tranquila. Asintió despacio, en plan «vale, veremos», y enseguida dijo:
—Oye, ¿y nuestro San Valentín?
Nos miramos un segundo, descolocadas.
—Lo digo porque es un fin de semana antes. Igual preferís que no lo hagamos.
—No, no —dijo Bel—. Lo hacemos.
—Claro que sí —añadí—. Una cosa no quita la otra.
Nos reímos y seguimos hablando un rato más, mezclando la fiesta con San Valentín, hasta que sonó el timbre y volvió la vida real.
Esa tarde tenía pocos deberes y nada que estudiar, cosa bastante rara, así que me puse a tocar un rato en el sillón del garaje, con Calcetines pegado a mi espalda en modo estufa portátil. No tenía muy claro qué estaba haciendo, solo que necesitaba repetir acordes y distraerme un poco.
La primera estrofa de la canción seguía ahí y, así, a lo tonto, empecé a buscar una segunda.
Me pasé un buen rato cambiando una frase, quitando una palabra, añadiendo otra, probando rimas que a veces funcionaban y a veces no tanto, hasta que, sin darme cuenta, me empezó a gustar lo que estaba saliendo; tanto, que le mandé un mensaje a Pablo.
Yo
Holaaaaaa. Vale, a ver. Me he propuesto como reto escribir UNA canción. Pero entera, ¿eh? De principio a fin. Una canción para sacar todos mis líos mentales. A ver si lo consigo.
Pablo
¡Ya verás que te va genial! A mí escribir me da paz mental.
Pablo
De hecho, me sumo al reto: yo también voy a intentar escribir una canción entera. ¡Esta vez lo conseguiremos!
Dejé el móvil bocabajo y sonreí. Gracias a sus palabras, me sentía más cerca de conseguirlo.