¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) Mal cuerpo
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Mal cuerpo

Me levanté con el cuerpo un poco raro, tenía dolor de barriga y un poco de fatiga. Supuse que sería del agobio del día anterior y que pronto me sentiría mejor. Además, no podía faltar al instituto porque tenía examen de Historia.

A mitad de la mañana, le pedí permiso a Mati, nuestra tutora y profe de Lengua, para ir al baño y fue ahí, justo cuando iba a hacer pis, cuando me di cuenta de que tenía las braguitas manchadas.

Oh, no.

Me quedé mirando la mancha de sangre. Sentí una mezcla de susto, de asco y de «bueno, sabía que esto tenía que pasar algún día». Todo a la vez. Lo segundo que me vino a la cabeza fue: «¡¡¡MAMÁ!!!».

¡Lo que me faltaba!

La habría llamado en ese mismo instante, pero, claro, tenía el móvil en la taquilla.

Tragué saliva, respiré hondo y pensé en lo que ella me habría dicho con esa voz que pone cuando nota que me estoy agobiando: «Vale, Beca, tranquila, esto es normal».

Recordé que, hacía unos meses, sin venir mucho a cuento, me soltó:

—Beca, igual deberías llevar encima una compresa, por si acaso. Caben en cualquier bolsillo, no se va a notar.

Y yo le contesté: «Sí, mamá, claro», y pasé del tema. Sin embargo, habría dado lo que fuera por tener una en el bolsillo trasero de mis vaqueros.

Pero no era el caso, así que improvisé con papel higiénico, a saco, capa tras capa. Mi máximo miedo era manchar el pantalón. Ahora que ya tenía bastante olvidado el mote de la Calcetines —no lo oía desde antes de las vacaciones de Navidad— no iba a dar pie a que me pusieran otro nuevo.

Un cuadro

Al salir del baño, aunque hacía bastante frío, me quité la sudadera y me la até a la cintura. Así me sentía más segura.

Volví a clase justo cuando el timbre anunció la hora del recreo. Nada más sentarme para recoger mis cosas, Bel me clavó la mirada. Parecía preocupada.

—¿Estás bien? Has tardado un montón.

—Sí…, no sé. Estoy cansada.

No coló ni medio segundo.

—Beca, ¿te ha venido la regla?

Vaya pillada

La miré sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque has ido al baño en mitad de clase, tienes cara de «algo pasa» y lo de la sudadera atada es un clásico —enumeró tranquila—. ¿Es la primera vez?

Suspiré y asentí.

—Sí…

—Pues bienvenida al club —dijo, sonriendo, sin hacerlo raro ni incómodo.

Me quedé mirándola.

—¿Tú también tienes la regla? O sea, no ahora, sino que… Ya sabes…

—Sí —me interrumpió—. Desde los once. ¿Quieres una compresa? Siempre llevo una en la mochila.

Sonreí porque me recordó a mi madre. Nota mental: «Empezar a llevar compresas en la mochila».

—Sí, por favor.

Bel me acompañó al baño y me tranquilizó un montón.

—Yo la tuve en verano —explicó Noa—, pero no me ha vuelto. Mi madre dice que al principio es un poco caótico.

—Yo aún no —comentó Andrea—. Y la verdad es que para bailar la regla es un rollo; si se me retrasa, mejor.

—Ya —dijo Bel—. Pero la incorporas a tu vida rápido. Al menos para mí no ha sido un drama, vamos.

Bel respondió a todas mis dudas sin hacerme sentir rara, ni pequeña, ni exagerada. Noa añadió alguna cosa de su experiencia y Andrea escuchaba atentísima. Sin darse cuenta, consiguieron que echara un poco menos de menos a mi madre.

—Qué guay poder contároslo —les dije.

—Para eso están las amigas —respondió Bel, como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando llegué a casa, le dije a mi padre que me encontraba mal y que no tenía hambre. Me tocó la frente, serio.

—Igual estás incubando algo.

Ehh… no

—No sé… He dormido fatal. Voy a acostarme un poco.

Me supo mal no decirle la verdad, pero, no sé…, se me hacía raro hablar del tema con mi padre.

En cuanto cerré la puerta de mi cuarto, me dejé caer en la cama y llamé a mi madre por videollamada. Contestó enseguida.

—Beca, ¿qué pasa? —preguntó, preocupada.

—Nada grave, mami…, es que… me ha bajado la regla.

Se quedó callada dos segundos, mirándome como si estuviera ahí mismo y no a miles de kilómetros.

—Ay, mi amor… —dijo—. ¿Y cómo estás? ¿Más o menos bien?

—No sé…, rara. Me duele la barriga bastante y la espalda por abajo. Y además tengo como pena.

Con mi madre ya había hablado muchas veces de esto, pero, aun así, habría dado lo que fuera porque estuviera conmigo; por un abrazo suyo.

Aun desde lejos fue experta en cuidarme, y hasta consiguió hacerme sonreír.

Me dio una miniclase exprés sobre compresas y tampones, e incluso bromeó con enseñarme a ponerme una copa menstrual.

—¡¡Ni en broma!! —grité, tapándome la cara con la manta.

—Vale, vale, era coña —rio—. Pero hazme caso: si te sigue doliendo, pídele un paracetamol a tu padre y cuéntaselo.

A mí ahora ya no me pasa, pero durante años, los primeros días de regla, me encontraba fatal y él me cuidaba superbién…

Ahora te toca a ti dejarte cuidar. Y acuérdate: me puedes escribir o llamar siempre que quieras.

Ojalá estuviera ahí conmigo :(

—Ya…, lo sé.

—No, en serio. Tú me llamas y yo estoy. Siempre. Veinticuatro siete.

—Gracias, mamá —susurré.

Al rato, mi padre subió con un paracetamol y un vaso de agua.

Supongo que mamá le había dicho algo, pero no me importó.

Se sentó a mi lado en la cama sin hacer preguntas, y yo le conté lo que pasaba.

Al final, no me dio cosa contárselo. No hizo falta hablar mucho más: me sonrió y me dijo que me calentaba la comida, que me iba a sentar bien.