¿Por qué todo es tan complicado? (El caos de Beca 2) Querer encajar
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Querer encajar

Nada más despertarnos, fuimos directas a la cocina y nos preparamos un desayuno a lo loco: tostadas, fruta, cereales, zumo, chocolate, galletas…, todo a la vez, como si no hubiéramos comido en días.

Mi padre bajó y alucinó con que estuviéramos tan activas a esa hora.

—Aquí os dejo —dijo después de tomarse un café—, salgo a comprar.

—¡Hasta ahora, papá!

Nosotras seguimos a lo nuestro, engullendo y repitiendo que el plan «mañana de domingo juntas» era literalmente el mejor del mundo.

—¡Calcetines! —se oyó una voz desde la calle, entre ladridos de perro—. ¡Calcetines!

¿Qué?

Dejé de masticar al instante. Tenía la tostada a medio morder, y una mitad cayó sobre la mesa en plan dramático.

—¡Es Nico! —exclamé, abriendo un montón los ojos. No sé qué cara puse exactamente, pero debió de ser bastante ridícula, porque a las chicas les dio la risa.

Calcetines empezó a ladrar en la puerta, desesperado, para que le abriera. Aparentemente, estaba medio enamorado de Nico. Tampoco podía culparlo.

—Beca…, alguien ha venido a verte… —dijo Bel.

OMG

—No ha venido a verme nadie —respondí, limpiándome las migas de la camiseta—. Está paseando a los perros.

—Claro, claro —dijo Andrea.

Le abrí la puerta a Calcetines y salí al encuentro de Nico intentando que no se me notara que me temblaba todo por dentro. Las chicas, claro, se apretujaron en la ventana.

Nico estaba junto a la verja con todos los perros a los que solía pasear moviendo la cola a la vez. Abrí la verja, y Calcetines se volvió loco con Samba y el resto de perros.

—Hola, Nico —dije, agachándome para repartir mimos entre su manada—. Os vais al parque, ¿no? ¡Qué suerte!

—¡Hola! —gritaron las chicas desde dentro.

Nico las vio y sonrió con hoyuelo y todo. Les saludó con la mano.

—¿Lo vais a sacar? —preguntó, señalando a Calcetines, que estaba lamiéndole las manos.

—Pues… —Miré a las chicas, que asentían exageradamente en plan «sí, vamos, corre, no seas pesada».

—¿Os espero? —preguntó Nico—. No hay prisa. Así voy acompañado.

Me encogí de hombros y sonreí.

—Vale. Salimos enseguida. —Le hice un gesto con la mano y entré en casa seguida de Calcetines. Las chicas ya estaban recogiendo la mesa a toda prisa. Yo le escribí un mensaje rápido a mi padre para que supiera que salíamos un rato.

Al poco de estar paseando, me alegré de haber salido.

Andrea, Noa y Bel conectaron en nada de tiempo con Nico y los perros.

Aunque las chicas me lanzaban miradas cómplices para que dijera algo, la que iba más callada era yo.

No porque no quisiera hablar, sino porque estaba pendiente de todo: de cuándo me miraba, de si decía algo, de si me sonreía…

Cuando llegamos al parque y soltamos a los perros, Noa y Andrea se alejaron para lanzarles palos.

Mientras, Bel, Nico y yo nos sentamos en un banco y empezamos, bueno, empezaron a hablar de fútbol.

Yo los escuchaba sentada, asintiendo de vez en cuando y alucinando con mi propia capacidad de estar ausente, dándole vueltas a todo.

¿Estaba sentada demasiado cerca de Nico?

¿Me tenía que mover o mejor quedarme quieta?

¿Tenía que decir que no tenía ni idea de fútbol o era mejor fingir que sí?

¿Por qué narices tenía que fingir? ¿Por qué Bel podía hablar con él con total seguridad y yo no?

¿Por qué Noa y Andrea se lo estaban pasando genial con los perros y yo estaba rígida como un palo?

¿Era yo o las manos de Nico estaban cada vez más cerca de mi espalda?

¿Por qué tendría esta capacidad para verme desde fuera y saber que me estaba comportando de una manera tan poco natural?

Estaba en bucle total…

—La verdad es que el polideportivo es brutal —decía Nico—: Los campos, el pabellón nuevo…

—Sí —respondió Bel—. Y hay hasta una sala para celebraciones.

—Una amiga mía estaba ahí, en una fiesta de cumpleaños —comentó Andrea, uniéndose a nosotros.

—Eso he oído —dijo Nico—. Si no fuera porque todavía conozco a poca gente, igual me planteaba celebrar ahí el mío.

Al escucharlo decir eso me sorprendí. En realidad, parecía que Nico estaba integradísimo en el insti y que ya era amigo de toda su clase.

—¿Cuándo es? —preguntó Bel.

—El 20 de febrero.

—¿El 20 de febrero? —repitió ella—. ¿En serio?

—Sí, ¿por?

—¡Porque también es el mío!

—¡Qué fuerte! —dijo Nico, sorprendido—. Entonces igual sí que podemos hacer una fiesta de cumpleaños: ¡juntos!

—¡Síííí! —exclamó Andrea, supercontenta—. Por favor, necesito desestresarme de tanto examen.

A partir de ahí, estuvimos hablando de la posible fiesta. Andrea, Bel y Nico no paraban de lanzar ideas. Cuando él empezó a hablar de invitar a la gente de su clase, yo recaí en Celia y sus amigas. ¿La invitaría?

Pfff, qué pereza…

Hablaron de invitar a bastantes personas y empecé a sentir…

No sé…, que esa fiesta ya no era «nuestra», sino algo mucho más grande.

Bel, Nico y Andrea estaban entusiasmados, así que igual la rara era yo, que tenía la cabeza llena de cosas que no sabía ordenar, y notaba que algo que se suponía que era guay se me estaba haciendo bola.

Noa tampoco hablaba mucho, pero no parecía estar mal; de vez en cuando sonreía y asentía.

Esa tarde, ya en casa, con Calcetines tumbado a mis pies, cogí la guitarra para ver si conseguía relajarme.

Empecé a tocar sin buscar nada; me notaba rara, como baja de energía, con una tristeza que no quería aceptar ni sentir, pero ahí estaba y yo no sabía muy bien de dónde venía, y en mi cabeza se me mezcló todo: Nico, la fiesta, Celia, Lucy.

Ojalá pudiera hablarlo todo con mi madre, pero estaba lejos…

No quería que fuera un drama, pero tampoco estaba bien del todo; y así, escribiendo mentalmente, surgió la primera estrofa de mi primera canción:

Ha cambiado todo en tan poco tiempo

que no sé cómo decir explicar lo que siento.

Cuando me quedé sola pensé que jamás

iba a encontrar a nadie con quien encajar.