Abrazos
El árbitro pitó el final. El equipo de Bel había ganado y de repente todo fue ruido: gritos, aplausos, gente levantándose.
Nico y yo nos soltamos la mano y, dejándonos llevar entre la gente que salía de las gradas, empezamos a bajar las escaleras.
Jorge se paró a saludar a alguien, Nico se detuvo junto a él y ahí, entre empujones suaves y voces por todas partes, lo perdí de vista.
—Bel saldrá por allí —dijo Noa, señalando una puerta grande donde ya se estaba juntando gente para esperar a las jugadoras.
A lo lejos, vimos a los hermanos de Bel con su madre. Ella era menudita, y ellos enormes; le sacaban por lo menos una cabeza.
—Parecen sus guardaespaldas —bromeó Noa mientras nos acercábamos.
—¡Hola, chicas! ¡Vaya partidazo! —comentó la madre en cuanto nos vio, contentísima.
Andrea y Noa empezaron a decir lo increíble que había jugado Bel, y uno de sus hermanos añadió que lo había hecho con mucha cabeza.
Yo iba asintiendo, pero la verdad es que estaba un poco en otro lado.
Mientras hablaban, yo miraba la salida, las puertas, la gente que pasaba, intentando buscar a Nico sin que se notara, pero nada. Cero rastro.
—¡Andrea! —El grito de una chica que pasaba a nuestro lado me devolvió al presente.
—¡Claudia! —dijo Andrea, sorprendida.
Se abrazaron con esa alegría típica de cuando te encuentras con alguien que te cae bien de verdad. Claudia era morena, tenía el pelo corto y la nuca rapada. Era superdistinta a Andrea, casi lo opuesto.
—Pero ¿qué haces aquí? —preguntó Andrea.
—He venido a una fiesta de cumpleaños. Unas chicas de mi clase lo celebran ahí. —Señaló uno de los pabellones del recinto.
—No tenía ni idea de que se pudieran celebrar fiestas aquí.
—Pues sí —respondió Claudia—. Por cierto, ¿sigues en el conservatorio?
—Sí, tía, ahí sigo —respondió Andrea, poniendo cara de «qué remedio»—. Este año, por fin acabo el elemental. ¿Y tú? Ya hace dos años que lo dejaste.
Andrea estaba harta del conservatorio…
—Buah, sí. Estaba fatal. Todo ese rollo superestricto y competitivo no… no iba conmigo. Ahora estoy en una escuela de danza contemporánea. No tienen título en plan oficial, pero me encanta. Bailo, aprendo y no tengo a nadie agobiándome. Top.
—Qué bien… —dijo Andrea. Algo en su expresión cambió.
—Oye, ¿tienes móvil? —Claudia sacó su teléfono—. Me gustaría que nos viéramos algún día o, yo qué sé, seguir en contacto.
—Claro, ¡me encantaría! —Andrea se puso a buscar el móvil en el bolsillo. Intercambiaron números y Claudia se despidió después de darle un abrazo.
Alcé la mirada para ver si el equipo de Bel salía ya cuando los vi. Nico y Jorge se acercaban; para salir del polideportivo no tenían más remedio que pasar justo por nuestro lado. Al vernos, se detuvieron.
—Hombre…, ¡qué alegría! —dijo la madre de Bel nada más ver a Jorge y, con una sonrisa enorme, lo abrazó—. Pero mírate, si estás enorme.
Los hermanos también lo saludaron como si fuera de la familia. Jorge reía, se notaba muchísimo que había pasado mil tardes en casa de Bel y que le tenían cariño del de verdad. A su lado, Nico dio un paso atrás, hasta quedar a mi lado. Me sonrió.
—Bueno —dijo Jorge—. En realidad entrenamos aquí los sábados, y hoy teníamos un amistoso, pero vamos, hemos visto la segunda parte.
—Ha jugado increíble, ¿no? —comentó la madre, orgullosa—. Primer partido y ya así.
—Sí —asintió Jorge—. Ella siempre juega increíble.
Vaya, vaya…
Miré a Andrea y Noa y, justo entonces, empezaron a salir las jugadoras.
Bel estaba recién duchada, con el pelo todavía mojado, suelto, y una sonrisa enorme, de esas que se le ponen cuando está feliz de verdad.
En cuanto la localizamos, fuimos directas hacia ella.
La rodeamos en un abrazo eufórico, todas a la vez, y ella se rio mientras intentaba decir algo que no se entendía.
Su madre se unió enseguida a las cuatro, y sus hermanos aparecieron detrás, dándole palmadas en la espalda, hablando a la vez.
¡Guapísima!
Cuando el abrazo se fue deshaciendo, Bel, todavía sonriente, levantó la vista. Jorge estaba delante, parado, mirándola. Ella se quedó un segundo así y, sin pensárselo, dio un paso y lo abrazó. Él parecía sorprendido, pero no la rechazó: la abrazó de vuelta.
—Enhorabuena.
—Gracias —respondió Bel, separándose de él. Parecía nerviosa, cortada; no la había visto nunca así antes.
—Ha sido un partidazo —añadió Nico, que había respetado el momento sin meterse—. Ese gol final ha sido… brutal.
—Gracias, Nico —dijo Bel, sonriendo y respirando hondo. Jorge asintió mientras seguía mirándola, a su lado.
Y justo cuando nadie sabía muy bien qué hacer, porque era más que superobvio que ahí había pasado algo…
—¡Foto! —exclamó la madre de Bel, levantando el móvil.
La tensión se disolvió mágicamente. Nos juntamos como pudimos.
Bel en medio, claro. Jorge a su lado, nervioso, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
Los demás, apretados alrededor. Sonrisas un poco torpes, hombros rozándose.
Nico pasó el brazo por mi espalda y yo hice lo mismo sin pensarlo. Me encantó hacerlo.
—Sonreíd —dijo la madre.
Clic.