El primer partido
El sábado a las once quedé con las chicas en la entrada del nuevo polideportivo. Era enorme, de esos sitios que parecen una ciudad en miniatura: había padres cargando mochilas, jugadores calentando, entrenadoras animando…
Yo miraba alrededor, en plan barrido general, por si veía a Nico; pero era imposible porque, con tanta gente, era difícil encontrarse con alguien sin querer.
Cuando llegamos al campo donde jugaba Bel, ya había jugadoras estirando o haciendo carreras por el césped y familias cogiendo sitio en las gradas.
—¿Nos pasamos a decirle algo antes de que empiece? —sugirió Andrea, que tenía ilusión por verla en modo deportista profesional.
—Sí, venga —dijo Noa—. Así la ponemos un poquito más nerviosa.
—Un poquito solo —añadí yo—, lo justo para que meta dos goles.
Echándole morro, nos colamos en los vestuarios. Bel llevaba la equipación nueva y tenía esa cara suya de concentración máxima y emoción.
—Madre mía, estás muy pro —comentó Andrea.
—Calla, que estoy atacada —respondió Bel, riéndose—. Por cierto, he visto a Jorge y a Nico, de lejos.
—¿Ah, sí? —preguntó Noa.
—Sí. Están jugando en el campo de al lado. Pero estarán a punto de terminar ya —añadió Bel.
Yo asentí en plan «ah, mira qué casualidad» y seguí a lo mío, a desearle suerte, decirle que lo iba a petar y prometerle gritos exagerados cuando metiera gol.
De chill…
El partido empezó nada más sentarnos en las gradas. Yo me metí enseguida en el partido, animando a Bel y comentando las jugadas con las chicas. Desde el principio, se vio que iba a estar muy igualado; de hecho, la primera parte acabó en empate a uno.
—Voy a por algo de comer antes de que me muera —anunció Andrea.
Noa y yo nos quedamos guardando el sitio. Aproveché para preguntarle cómo llevaba sus ilustraciones, y me comentó, ilusionada, que Londres la había inspirado un montón. De pronto, alzó la mirada, la fijó en algo y sonrió.
—Mira quién viene —indicó, levantando un poco las cejas.
Busqué con la mirada y…
Nico subía las escaleras con Jorge, directos hacia nosotras, con las mochilas al hombro y el pelo mojado, recién duchados.
Se ve que se habían asomado a ver el partido, cosa que me descolocó del todo, porque ese encuentro no entraba en ninguno de mis planes mentales: no contaba con que aparecieran para ver jugar a Bel.
Me recoloqué en el asiento y pensé: «Tranqui, Beca, normalidad absoluta», pero mi corazón, por su cuenta, pegó un acelerón.
—¡Hola! —saludó Nico tan tranquilo como siempre.
Yo, en cambio, me puse nerviosa de golpe. Intenté disimularlo, pero como Noa me miraba en plan «tía, relájate», aún me puse más nerviosa. Muy yo.
¡Qué caos!
—Va muy igualado, ¿no? —comentó Nico, abriendo una lata de refresco y sentándose a mi lado, en el sitio de Andrea.
—Sí… están empatadas —respondí, echándome un poco a un lado y esperando que el corazón no se me saliera por la boca.
Jorge se sentó al lado de Nico, serio como siempre, mirando al campo sin decir nada. Yo apenas le hice caso.
—¿Quieres? —Nico me ofreció el refresco. Su refresco. Y yo me quedé pillada un segundo, porque compartir bebida es una de esas cosas que, en teoría, no significan nada…, pero en la práctica, sí. ¿O no? ¿O sí?
—Vale.
Al coger la lata, nuestros dedos se rozaron un segundo. Un segundo absurdo, pero suficiente para que me diera la sensación de que me ponía roja y pensara: «No, por favor, no la cagues». Y así me quedé, con la lata en la mano sin atreverme a beber, en plan persona funcional cero.
¡Me muero!
Cuando Andrea volvió y vio su sitio ocupado, me miró en plan «luego hablamos», se sentó al otro lado de Noa y empezó a repartir patatas como si no pasara nada.
Las jugadoras volvieron al campo. Yo intenté concentrarme, pero era complicado con Nico tan cerca, notando su brazo cada vez que se movía.
Entonces pasó.
Bel recibió un pase buenísimo, empezó a correr como una loca, esquivó a una defensora y chutó a portería. Golazo.
¡Fue INCREÍBLE!
Toda la grada se levantó, gritando: «¡Gooooool!». Nosotras también.
—¡Bel es increíble! —exclamé, dando saltos con las chicas.
—La verdad es que juega genial —comentó Nico.
De refilón, vi que Jorge también se había puesto de pie. Estaba concentradísimo en el juego.
Andrea, Noa y yo nos sonreímos y estoy segura de que pensaron lo mismo que yo: «Esto se lo tenemos que decir a Bel».
Al volver a sentarnos, no sé cómo pasó, si fue Nico o fui yo, nos dimos la mano, así, tan normal. Recuerdo escuchar mi corazón a mil por hora.
¡¡OMG!!
Seguí mirando hacia el campo, como si estuviera supermetida en el partido.