Oxidada
El resto de la semana se fue encajando poco a poco. En clase, los profes apretaban, recordándonos, de buen rollo, que ya no estábamos en primaria. Teníamos muchos trabajos y un calendario lleno de exámenes.
Menos mal que en los recreos estábamos las cuatro super a gusto, a nuestra bola, como si ese rato fuera una burbuja en la que reíamos, comentábamos chorradas y nos quejábamos un poco.
Nico iba con su grupo, sobre todo con Jorge, y yo con el mío.
Cada uno a lo suyo. Nos cruzábamos poco, aunque lo buscaba con la mirada constantemente.
Según las chicas —que estaban en modo observadoras nivel experto—, Nico huía de Celia y era ella la que intentaba llamar su atención.
Vaya tres
Lo que sí se repetía casi todos los días era lo de acompañarme hasta el bus. Y ese ratito, la verdad, era muy… no sé, nuestro.
Hablábamos de cosas normales: de los próximos exámenes, de entrenos, de profes, de Calcetines y su obsesión con llevar una de mis zapatillas en la boca como si fuera un trofeo…
Nada emocionante, pero al menos yo conseguía estar con una actitud algo más normal; aunque, eso sí, después de despedirnos siempre había un minimomento de estrés, ese segundo antes de que el bus girara, el segundo en el que pensaba: «Vale, ahora aparecerá Celia y lo volveré a ver junto a ella».
Pero no pasó. Ningún día. Y no fue mejor porque, en vez de rayarme con el universo Celia, empecé a rayarme con cosas que podría hacer en esos ratos a solas, en forma de una de mis listas mentales:
¿Y si un día le doy la mano así, sin querer pero queriendo?
¿Y si en vez de la mano le doy un beso?
¿Y si me muero del susto antes?
¿Y si le pregunto directamente qué pasa con nosotros…?
El viernes, mientras caminábamos hacia la parada, Nico me contó que los entrenos con el equipo de Jorge iban genial.
—Mañana voy a jugar de titular en el nuevo polideportivo. Sustituyo a un compañero que está fuera el fin de semana.
—¿En serio? ¡Me alegro! Nosotras iremos al polideportivo para ver jugar a Bel.
Nico sonrió. Se inclinó un poco para rozar mi hombro con el suyo y dijo:
—Entonces, nos vemos mañana.
Esa tarde, después de sacar a Calcetines de paseo, pensé que ya iba siendo hora de volver a coger la guitarra.
La guitarra siempre había sido mi sitio seguro, mi zona de confort, y la verdad es que en navidades la había dejado un poco aparcada sin darme cuenta.
Últimamente no encontraba el momento, y eso era mala señal, porque tocar y componer siempre me habían hecho sentir superbién, como más yo.
Así que la agarré y… ostras. Sonaba horrible, y tuve que afinarla bien, pero ni con esas, porque en cuanto toqué un par de acordes, me di cuenta de que la que estaba como oxidada era yo: los dedos torpes, los cambios lentos, todo raro. Me frustré un poco, la verdad.
Como muchas veces que me ponía a tocar, pensé en Pablo.
Hacía días que no hablábamos, por lo que me entraron ganas de escribirle.
Él siempre conseguía que, en cero coma, recuperara la confianza musical.
Era curioso que él fuera la única persona a la que le enseñaba mi parte musical sin pensarlo dos veces.
Con el resto del mundo me costaba muchísimo más, me volvía insegura.
Yo
¡Pablooo! ¿Cómo va el año?
Pablo
Holaaa, Beca. ¿Qué tal tú? Yo… pues empiezo fuerte, jaja.
Literal. Me he roto un ligamento. Estoy escayolado hasta la rodilla y aprendiendo a andar con muletas, pero bueno, al menos no ha sido una mano, así que puedo seguir tocando.
Menos mal. Espero que tú estés superbién.
Te paso la melodía que he estado componiendo estos días…
Estoy bastante contento. Ya me dirás qué te parece. Chauuu.
Pablo
Yo
Pablo, POR FAVOR, es superbonita.
Pablo
Me hace mucha ilusión que te guste.
Pablo
Voy a intentar grabarla bien, porque esta versión suena un poco cutre.
Pablo
Y a ver si le doy un par de vueltas al estribillo, que aún no me convence.
Yo
Pues yo ya la estoy tarareando en mi cabeza.
Yo
Si se me ocurre algo, te lo mando.
Yo
Gracias, Pablo.
Pablo
Me quedé un rato mirando el techo, con la melodía todavía dando vueltas en mi cabeza.
Pensé que igual no tenía que ser todo tan complicado; aunque Celia fuese como una sombra molesta, había un montón de cosas que me hacían sentir bien y a salvo: tocar la guitarra, hablar con Pablo, las cosas que compartía a solas con Nico…
y, por supuesto, mi mundo con las chicas.
Qué ganas de que fuera sábado.