Vuelta a la rutina
Al salir de casa hacía un frío horrible. Me subí la capucha del chaquetón y me puse los cascos para escuchar la canción de buenos días que me había mandado mi madre esa mañana. Me entró un buen rollo instantáneo.
En el bus, calentita, me vino la preocupación tonta de siempre: era irremediable que en el insti me reencontrara con Celia y su clan.
Solo esperaba que ese trimestre no hubiera risitas ni comentarios.
Era un poco: «Por favor, universo, somos de galaxias distintas, sí, así que cada una en su planeta. Gracias».
Qué pereza…
En cuanto llegué al insti, vi a Bel y a Noa en la puerta, esperándonos a Andrea y a mí, que llegamos a la vez. Nos dimos un abrazo de primera hora, murmuré: «Qué gusto veros» y subimos entre el griterío típico del primer día después de las vacaciones.
En clase, Bel se dejó caer en la silla sin quitarse el chaquetón.
—Tía, no ha empezado la clase y ya estoy cansada.
—A mí me ha costado la vida levantarme —dijo Andrea.
—Yo llegué anoche de Londres —añadió Noa—. No sé ni dónde tengo la cabeza, será el jet lag .
—¡Pero si solo hay una hora de diferencia! —exclamó Bel.
—Esa era la broma, Bel —remató Noa.
La mañana fue fuerte: profes recordándonos todo eso de que había que cumplir los objetivos, coger ritmo con el temario… Todos estaban en plan: «Comenzamos trimestre, vamos a ponernos las pilas».
Así que, cuando llegó la hora del recreo, estábamos deseando ir directas a nuestro banco de siempre.
No llevábamos ni un minuto sentadas cuando vimos pasar a la pandilla de 1.
º A con Celia delante, seguida de su séquito.
Nico y Jorge cerraban el grupo, hablando de algo juntos, a su bola.
De repente, Celia se dio la vuelta y se acercó a Nico para decirle algo al oído y luego mirarme con esa maldita sonrisa suya.
Tuve la sensación de hacerme pequeña, y es que cada vez que me la cruzaba no podía evitar acordarme de su manera de burlarse de mí el primer día de curso, o de la pintada en el banco, como si mi cabeza tuviera un archivo especial solo para «cosas de Celia».
¿Por qué? Si yo estaba con mis amigas, con mi mundo, con gente que me quería.
¿Por qué esa chica me descolocaba tanto?
¿Por qué se esforzaba en hacerme sentir mal?
En su línea…
—Beca —murmuró Noa—. Pasa de ella, lo hace aposta.
Asentí. Sabía que era una tontería…
Entonces, Nico levantó la vista justo al llegar a nuestra altura y, al verme, me saludó con la mano, así, supernatural. Jorge ni se molestó en mirarnos.
Yo levanté la mano y sonreí. Celia me puso mala cara.
A mi lado, Bel soltó un resoplido.
—Tía, no te agobies —dijo Andrea—. Pasa de Jorge.
—Sí, ya paso —murmuró Bel, tratando de sonar indiferente—. Ahora yo no existo y parece que su nuevo superamigo es Nico.
—El trimestre pasado ya iban mucho juntos, ¿no? —comentó Noa.
—Normal, están en la misma clase —respondí yo por decir algo. También pensé que estaban en el mismo grupo de Celia, y eso sí que me resultaba muy incómodo.
—Jorge siempre necesita a alguien que le ría las gracias —explicó Bel en su tono ácido—, y ahora le ha tocado a él.
Las tres nos quedamos un segundo calladas, esperando por si Bel quería seguir desahogándose, pero no dijo nada más.
Y entonces yo, para romper un poco la tensión, y porque llevaba todo el rato queriendo contarlo, solté en plan casual:
—Ayer me quedé un poco agobiada.
—¿En serio? ¿Tú? ¿Agobiada? —dijo Bel, burlona. Volvía a ser la de siempre.
Ja, ja, qué graciosa
—Bueno, pues ya no os cuento nada —bromeé.
—A esta ni caso —replicó Andrea.
—Eso, cuenta —agregó Noa.
—Pues que Nico me dijo que tenía ganas de volver para ver a sus amigos… y a mí.
—Tía, ¿te dijo eso? ¿Y qué? ¿Qué hiciste? ¿Qué pasó?
Noa se levantó del banco y dio unos saltitos antes de exclamar:
—¡Seguro que se dieron otro be…!
—¡No! —Tiré de Noa para que volviera a sentarse—. No pasó nada más. Le dije que yo también tenía ganas de volver a verlo, pero creo que no me oyó porque la voz me salió en plan ardilla ahogada.
Las tres soltaron una carcajada.
—Tía, te imagino total —dijo Bel.
—«Sí…, yo… también» —se mofó Andrea—, con tu voz de animalito del bosque de las hadas.
—Oye —protesté, riéndome—, como sigáis así, no os cuento nada más.
Y seguimos riéndonos de cualquier cosa; de hecho, entramos en clase llorando de risa.