Como antes
—A ver, Calcetines, ¿cómo se supone que se actúa después de semanas sin verse y con un beso de por medio?
—le dije, mientras él me miraba atento, como si me entendiera perfectamente—.
Es que tú no lo sabes, pero hubo un beso.
Bueno, el beso . Uno solo. Mi primer beso.
Y el suyo también. Qué fuerte, ¿no? Lo tengo todo el rato presente, y no sé ni qué hacer.
Si digo algo, si no digo nada… —añadí, y él me dio un lametón—.
¿Eso ha sido un beso? Claro, como tú no te arriesgas a hacer el ridículo…
La puerta volvió a abrirse y ahí estaba él, con las manos en los bolsillos, la sonrisa, el hoyuelo y esa cicatriz pequeñita en la ceja que me parecía perfecta.
Uf
—¿Vamos?
Asentí y me dije: «Tranquila, Beca, respira». Era consciente de cada uno de mis gestos, de cómo andaba, de si estaba sonriendo demasiado o demasiado poco; y cuanto más me observaba, menos natural me sentía. Me veía rara y, claro, me comportaba aún más rara. Entré en un bucle horrible.
Ya en el parque, nos metimos en la zona para perros y soltamos a Calcetines.
Nico y yo nos sentamos en un banco, cada uno en una punta.
¿Estábamos demasiado separados? ¿Acaso Nico prefería dejar distancia?
Igual él también estaba nervioso, no sé.
Quizá solo era cosa mía y yo estaba exagerándolo todo, montándome películas en la cabeza en versión cine dramático.
—Y ¿qué tal en el pueblo? —solté por dejar de estar callada. El silencio me estaba dando taquicardia.
—Muy bien. Es muy distinto a esto, todo está cerca, todos nos conocemos —respondió mientras seguía a Calcetines con la mirada—, y me gusta el rollo de estar entre montañas, salir al bosque…
—Qué chulo —dije con una sonrisa un poco forzada, creo.
—Allí tengo una pandilla de toda la vida. Este año hemos jugado una liguilla de fútbol. —Suspiró—. A veces echo de menos a mi grupo…
Yo estaba escuchándolo, asintiendo, intentando parecer una persona normal, cuando Nico se quedó mirando fijamente mis manos.
—¿Eso es una llave? —preguntó.
—¿Qué?
Bajé la vista y entonces me di cuenta. Estaba jugando con la cadenita del cuello, dándole vueltas a la llave del cuaderno azul sin parar. «Perfecto, Beca —pensé—. Estás tan nerviosa que haces cosas raras sin darte cuenta».
—Sí, es de una especie de diario que comparto con las chicas —contesté, soltándola y metiendo el colgante por dentro del jersey.
—Yo antes también llevaba un colgante —comentó Nico.
Lo miré.
—¿Sí?
—Era una estrella, plateada, de cinco puntas, pequeñita, muy chula —explicó—. Me la regaló mi abuela. La llevaba siempre encima.
¡Qué cute!
—¿Y la sigues teniendo?
Negó con la cabeza.
—No. La perdí hace tiempo. Me dio bastante pena, la verdad.
—Vaya, qué rabia.
Durante un segundo, a Nico se le borró la sonrisa. Sabía lo importante que era su abuela para él. Seguramente, perder ese colgante le dolió bastante.
Nos quedamos mirando a Calcetines, que estaba jugando felizmente con un perro enorme.
—¿Cómo llevas tú que se acaben las vacaciones? —preguntó Nico, seguramente para cambiar de tema.
—No sé, me da palo volver a madrugar para ir a clase… y echaré de menos a mi madre. —Preferí ser sincera.
De repente, Calcetines se subió al banco. Como el día anterior había llovido, lo dejó todo perdido de barro.
—Calcetines, ¡cuidado! —advirtió Nico entre risas, tratando de interponerse entre sus patas y nosotros, sin conseguirlo. Calcetines se puso encima de mí, saltó hasta Nico y, finalmente, bajó del banco para volver a jugar con los otros perros.
Nico y yo nos observamos y estallamos en carcajadas al ver que estábamos los dos manchados de barro.
Y entonces, accidentalmente, nos quedamos tan cerca que nuestras piernas se rozaron.
Un roce mínimo, tonto, pero suficiente para que el corazón se me acelerara como si estuviera corriendo una carrera.
Notaba su pierna junto a la mía y pensé que era ridículo que esa tontería pudiera descolocarme tantísimo.
—Volviendo al tema —murmuró, mirándome más fijamente de lo que pude soportar—, aunque en el pueblo esté genial, también tenía ganas de volver. Me apetecía ver a los de clase y… —dudó un segundo y luego sonrió avergonzado— y a ti.
Yo casi dejo de respirar. Literal. Como si alguien hubiera apagado el aire. Adiós aire para siempre… Pero, contra todo pronóstico, fui capaz de contestarle.
¿¿QUÉÉÉ??
—Yo también tenía ganas… —hablé bajito, con el corazón latiendo a mil, notándome la cara caliente—. Eso, que me alegro de que hayas vuelto —añadí, mirándolo a los ojos un instante y apartando la mirada justo después, porque no podía más.
—Y yo —admitió él.
Hubo un micromomento de tensión, de esos que duran nada, pero que se te quedan grabados, como si fuéramos a acercarnos, a atrevernos, como si todo dependiera de que uno de los dos se moviera cinco centímetros, pero no sucedió…
Sin embargo, ese intercambio sincero rompió el hielo entre nosotros.
A partir de entonces, él se puso a hablar de su familia, de lo que habían hecho por Navidad…
Yo le hablé de mis salidas con las chicas, de que había tocado mucho el piano con mi madre…
y todo volvió a ser más como siempre. Más fácil.
Más nuestro; aunque yo seguía notando ese cortocircuito por dentro.
—¿Volvemos antes de que nos congelemos? —propuso al verme con media cara metida en el chaquetón—. Estás helada, ¿no?
—Pues sí —reconocí—. Además, a Calcetines igual no le viene bien este frío.
Llegamos a mi casa, abrimos la verja y me quedé al otro lado de la cancela para despedirme.
Por un momento, nuestros dedos volvieron a rozarse, y me dieron ganas de cogerle la mano, sonreírle y decir: «Cómo me gustas, Nico».
Así, sin pensar, sin filtros, sin miedo; pero yo qué sé, no me atreví y no lo hice.
¿Qué está pasando?
Él sí me sonrió y, por un segundo, me pareció que iba a decir algo más, que iba a comentar cualquier tontería solo para quedarse conmigo un rato más; pero al final solo dijo:
—Nos vemos mañana en clase.
—Claro.
Se giró, metió las manos en los bolsillos y se fue calle abajo. Yo me quedé quieta un momento, con Calcetines sentado a mi lado, el corazón todavía acelerado y una sensación rara.