El primer paseo
Hacía rato que Calcetines se había aburrido de olisquear por todas partes y andaba reclamando mi atención.
Sonreí acordándome de su carita el día que lo trajeron a casa justo al inicio de las vacaciones de Navidad, y pensé que adoptarlo había sido lo más genial del mundo.
Me parecía mentira que hiciera solo tres semanas que estaba con nosotros, en plan, ¿cómo había podido vivir sin mi perro toda mi vida?
¡Era el perro más mono del mundo!
Salimos al jardín y recordé que, un par de días antes, cuando le pusimos las vacunas, el veterinario nos dijo que ya tenía cuatro meses y que podíamos empezar a probar a sacarlo a la calle.
Calcetines se había comportado en el aeropuerto, así que me cerré el abrigo y respiré hondo.
Mi perro me observaba como si supiera que algo emocionante estaba a punto de pasar.
—Dime —le dije, mirándolo muy seria a los ojos—, ¿te apetece conocer el barrio?
Él entendió cero, pero movió la cola entusiasmado.
Hacía un día espectacular, frío pero supersoleado, perfecto para despejarse después de una mañana tan intensita.
O al menos esa fue la excusa que me puse a mí misma, porque en el fondo yo sabía que el primer paseo de Calcetines iba a ser la mejor excusa para ir hasta el final de mi calle y pasar «casualmente» por delante de la casa de Nico.
Me moría por saber si había vuelto. Desde que se fue a su pueblo, apenas habíamos hablado, y es que en aquel sitio, perdido entre montañas, Nico tenía cero cobertura.
Así que llevábamos casi tres semanas sin apenas comunicarnos.
Se me hizo muy raro, sobre todo porque tres semanas atrás Nico y yo hablábamos un montón.
Salíamos a pasear perros juntos. Tuvimos una cita; fuimos al cine.
Y nos dimos un beso inolvidable.
¡AAHHHH!
Me miré en el espejo y, por si acaso, me peiné un poco y me aseguré de estar presentable.
—Papá, me voy a dar una vuelta con Calcetines.
—Genial, Beca —respondió él, abriéndonos la verja—. A ver qué tal va su primer paseo.
Papá intentó sonar alegre, pero parecía un poco…, no sé, descolocado, bajito de ánimo. Supongo que lo normal. Otra vez teníamos que volver a acostumbrarnos a estar sin mamá. Mi padre intentaba disimular, pero se le notaba.
Por la calle, Calcetines iba dando tirones y cruzándose de lado a lado de la acera. Y así llegamos a la casa de Nico: las persianas ya estaban abiertas, así que supe que había vuelto.
Me agobié un poco (¿por qué no me había escrito para decir que había llegado?) pero intenté no montarme una película: era supertemprano, y encima el día antes de empezar las clases.
Además, él también había tenido lo suyo: la despedida de su abuela, de sus amigos del pueblo…
Igual estaba, yo qué sé, aterrizando otra vez en la realidad, como yo con lo de mi madre.
Me centré en las ganas que tenía de verlo, pero mi mente no pudo evitar empezar a hacer una lista de interrogantes:
1. ¿Y si todo es incómodo?
2. ¿Y si me pongo nerviosa y no sé qué decir?
3. ¿Y si ya no es lo mismo que antes de irse?
4. ¿Y si simplemente… no conectamos igual?
5. ¿Y si he dejado de gustarle?
—¿Beca? —escuché a mi espalda—. ¡Hola!
Era él.
Menos mal que no lo tenía de frente, porque mi cara debió de ser un cuadro.
—Hola —dije, intentando que la voz me saliera normal.
Nico llevaba su sudadera azul, el pelo un poco revuelto y esa sonrisa que… En fin, por algo Bel lo llamaba el chico de la sonrisa perfecta.
Calcetines se fue directo hacia él: parecía recordarlo perfectamente. O quizá es que Nico olía muy bien. O las dos cosas.
—¡Qué guapo estás! —exclamó, agachándose para acariciarlo.
—Sí… —Definitivamente, mi cerebro estaba en modo plano. Me agaché junto a él para juguetear con Calcetines, que estaba mordisqueando la correa.
—¿Qué tal las vacaciones? —preguntó Nico sin dejar de acariciar al perro.
—Bien —respondí—. Normales.
Y me callé porque no sabía cómo seguir. Genial conversación, Beca.
—Las mías bien también. Muy guay.
El silencio fue raro y muy incómodo. Nadie decía nada.
Yo no sabía qué hacer ni dónde mirar. Pensé en el día del cine y en el beso, y solo de acordarme me entró más vergüenza todavía.
Seguro que él estaba pensando algo tipo «esta chica está rarísima».
O callada. O las dos cosas. No fui capaz de mirarlo a la cara, así que me centré en Calcetines, un poco para disimular y un poco porque no se me ocurrió nada mejor.
Él, en cambio, estaba tan tranquilo, como si los silencios no le dieran alergia, como a mí.
—Oye, ¿y este… ha salido ya al parque? —preguntó, ahora sí, mirándome un segundo.
—Todavía no, este es su primer paseo oficial.
—¿Quieres que lo llevemos al parque a ver qué tal?
Lo miré un segundo. Nico me sonrió, y el corazón me dio un vuelco. Intenté devolverle la sonrisa sin parecer boba y, finalmente, dije:
—¿Ahora?
—Sí, ¿no?
Me acordé de todas las veces que habíamos ido al parque rodeados de perros —Nico paseaba a los perros de los vecinos para ganar algo de dinero— y de lo bien que lo pasábamos.
Fueron días muy top, en los que Nico y yo conectamos un montón.
Fue cuando lo conocí de verdad. Y ahora, sin embargo, sin saber por qué, la idea me ponía mucho más nerviosa que antes.
—Vale —me salió la peor voz de ardilla deprimida de la historia.
¿Podía actuar normal?
—Genial. Aviso a mi madre y salgo. Tardo nada.
Me quedé en la acera, haciéndole caricias a mi perro. Él me empujó con el hocico, como si supiera que necesitaba ánimos.