La verdad de Lucy
De vuelta a casa, me fui directa al garaje.
—¿No desayunas? —preguntó mi padre mientras se preparaba un café.
—Más tarde, quizá, ahora no me apetece nada.
Al entrar puse el radiador a tope. Hacía un frío horrible. Me acerqué al piano, en plan melancólico; la tarde anterior mi madre y yo habíamos estado tocando a cuatro manos y riéndonos cada vez que me equivocaba con el mismo acorde. Había sido guay pasar tanto tiempo con ella en vacaciones.
Luego me envolví en la manta de pelitos que siempre dejo en el sofá y cogí un libro.
No llevaba ni cinco minutos leyendo que vibró el móvil.
Era Lucy; me envió un audio larguísimo. El corazón me dio un brinco; era raro que me escribiera tan temprano.
¿Habría pasado algo nuevo? ¿Habrían subido alguna foto rara a la cuenta que alguien había abierto con su nombre?
Me senté en el sofá, aún envuelta en la manta, y le di a escuchar.
Lucy
Beca…, hola. Llevo varios días con esto en la cabeza. No sé por dónde empezar y seguro que me voy a liar, pero necesito decirlo.
Desde el verano te he fallado un montón, y tú no me has fallado nunca.
Nunca. Porque yo sí me alejé. Yo sí hice como si no pasara nada.
Yo sí pasé de ti. Y es que con la separación de mis padres y la mudanza estaba fatal, y preferí fingir que estaba bien.
Pero contigo no podía hacerlo, sabía que te ibas a dar cuenta y, en vez de apoyarme en ti, me aparté.
No quería hablar con alguien que me conocía tan bien como tú. Y eso fue muy injusto.
Y luego pasó lo de la cuenta falsa y… Y lo único que tenía claro era que necesitaba tu apoyo. Y estuviste ahí para mí. Lo estás. Sin reproches, sin enfadarte, sin nada raro. Como siempre.
Ahí me di cuenta de que tú no me habías fallado nunca. Y de que yo sí te fallé. Y de que lo siento muchísimo.
No te pido nada. Solo… eso. Que lo sepas.
«Pobre Lucy», pensé. Hacía casi tres semanas desde que me escribió asustadísima, pidiéndome ayuda: alguien había abierto una cuenta falsa en Instagram como si fuera ella, con su nombre y su foto en el perfil, y lo que más miedo daba era que subía fotos que Lucy no había subido en ningún lado; solo las tenía en su móvil.
Vale que no eran fotos raras ni comprometidas, eran normales; con sus amigas o selfies …
y también alguna antigua en la que salíamos las dos, pero eran fotos personales y privadas.
¿Qué tipo de persona podía hacer algo así?
¿Por qué? Y, sobre todo… ¿cómo narices habían conseguido sus fotos? ¿Acaso le habrían hackeado el móvil?
Es que era horrible…
A todo aquello se le sumaba el problema de que nuestros padres no sabían que teníamos Insta. De hecho, lo teníamos prohibido.
Lucy estaba fatal, normal, y claro, yo, aunque lleváramos unos meses superdistanciadas, en cuanto me lo contó todo fue como: vale, obviamente tengo que estar ahí la primera.
Así que desde el minuto uno empecé a revisar la cuenta cada dos por tres, por si aparecía algo raro o demasiado personal.
Y, entre susto y susto, volvimos a hablar mucho, casi como antes, solo que con todo el lío de las fotos de por medio y con Lucy en estado de agobio total.
No era la mejor forma de reconectar, pero sí que fue una manera de darme cuenta de que, pasara lo que pasara, Lucy era mi amiga y quería apoyarla.
No podía dejarla sola en un momento como ese.
Entre las dos reportamos el perfil mil veces.
Ella incluso subió unas historias desde su Insta de verdad explicando que ese perfil no era suyo y pidiendo por favor que lo denunciaran.
También escribió por privado a la cuenta falsa, diciéndole cosas tipo: «¿Quién eres?
», «¿De qué vas?», «Deja de subir mis fotos».
Pero sus mensajes ni siquiera aparecían como «leídos».
A veces la cuenta dejaba de publicar uno o dos días, pero luego volvía como si nada. Lucy lo llevaba cada vez peor.
Era una pesadilla
Y bueno…, el miedo no se le había quitado en ningún momento. A mí tampoco.
Yo le enviaba memes, audios tontos, intentaba que se riera y el agobio se le pasaba a ratos, pero luego le volvía igual de intenso. O peor.
Ese día, después de escucharla, me quedé mirando el móvil sin saber qué hacer. Si escribirle o llamarla… y al final le respondí con otro audio.
Yo
Lucy…, tía, yo te voy a querer siempre, ¿vale? Estás superperdonada. Han pasado muchas cosas, pero nuestra amistad puede con esto y con mucho más. Cuando nos veamos, hablamos de todo, sin prisas… Yo también te echo un montón de menos.
Por suerte, no estaba en línea, porque si no íbamos a terminar las dos llorando a saco, así que solté el móvil para procesar todo lo que me había dicho.