Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 5 Ruinas
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Capítulo 5 Ruinas

Ruinas

David desapareció, pero su amenaza se quedó en el penthouse como un olor.

No era azufre.

No era humo.

Era peor.

Era presencia.

Esa clase de presencia que no ocupa espacio, pero tampoco permite que una respire como si estuviera sola.

Quedó en las paredes, en el vidrio, en el aire frío de la habitación, en el vestido que todavía llevaba puesto, en la mejilla donde su golpe no había dejado marca porque el infierno no siempre necesita herir la piel para humillar.

No vuelvas a hacerlo.

La frase seguía viva.

No como advertencia.

Como prueba.

David había sentido algo.

Algo pequeño, sí. Algo incompleto. Algo que tal vez no bastaba para salvarme de él, ni para salvar a Leo, ni para romper la cadena que me amarraba a su voluntad. Pero algo. Y esa era la única razón por la que no me fui a fingir descanso como él había ordenado.

Descansar.

Qué palabra tan humana.

Qué mentira tan inútil para una cosa como yo.

Me quedé frente al ventanal, mirando la ciudad despertar con esa luz pálida de la madrugada.

Abajo, los autos empezaban a moverse. Gente viva iba hacia trabajos, cafés, escuelas, hospitales, oficinas.

Personas pequeñas dentro de una maquinaria enorme, cada una cargando su propia culpa, su propia esperanza, su propio miedo.

Antes yo habría mirado esa ciudad como un tablero de posibilidades.

Ahora la miraba como un campo de cuerpos que David podía convertir en órdenes.

Y yo era la boca que debía cumplirlas.

Herramienta.

Puerta.

Súcubo.

La palabra ya no me sonaba hermosa.

Al principio, cuando David la dijo, hubo algo oscuro en mí que se enderezó.

Algo que reconoció el poder, la belleza, la inmortalidad, el peligro.

Una parte mala, antigua, hambrienta, se sintió nombrada por fin.

Pero ahora, después de Samuel, después de sentir cómo una parte de su alma podía ser arrancada y otra devuelta, después de ver la molestia en los ojos de David, la palabra comenzó a cambiar.

Súcubo no era solo una forma.

Era una condena con labios bonitos.

Me llevé una mano al pecho.

Todavía sentía allí el lugar donde el mandato de David había tirado de mí. No dolía como una herida abierta. Dolía como una llave girando desde adentro. Como si mi cuerpo tuviera cerraduras que no me pertenecían.

Tenía que haber otras.

No sabía de dónde salió esa certeza.

Tal vez de la forma en que David hablaba de mi especie.

Tal vez de la palabra misma, tan vieja, tan cargada de leyenda, tan imposible de pertenecerle solo a una mujer muerta en un apartamento.

Tal vez de las historias de mi madre, de aquellas mujeres hermosas que visitaban sueños, robaban voluntad, bebían fuerza y dejaban a los hombres vacíos.

Las leyendas rara vez nacen de una sola criatura.

Tenía que haber otras como yo.

O algo parecido.

Y si existían, tal vez sabían lo que David no quería que yo supiera.

Me aparté del vidrio.

No tomé llaves.

No abrí puertas.

Solo pensé en ellas.

En otras mujeres hechas de deseo y castigo.

En otras bocas convertidas en entrada al infierno.

En otras condenadas caminando entre los vivos con alas escondidas debajo de vestidos perfectos.

La habitación se dobló.

No como cuando David me arrastraba.

Esta vez fue más lento.

Más incierto.

Como si el mundo no supiera si tenía derecho a llevarme donde yo quería ir.

Bien.

Eso significaba que, por una vez, la orden no venía de él.

La sombra se abrió a mis pies.

No era negra del todo.

Tenía un color raro, entre ceniza y violeta oscuro, como una herida vieja vista bajo poca luz. No me tragó. Me invitó. Y yo, que había pasado mi vida entrando a lugares donde no debía estar, di un paso.

El penthouse desapareció.

El aire cambió.

Y el lujo murió de golpe.

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Aparecí en un edificio abandonado.

No en el infierno.

No exactamente.

Pero tampoco en el mundo normal.

Era una estructura enorme, vieja, quizá un teatro, quizá una iglesia, quizá un hotel que había perdido su nombre mucho antes de que yo naciera.

El techo estaba roto en algunas partes, pero no entraba luz.

Las paredes, cubiertas de humedad, tenían grietas largas como venas enfermas.

Había columnas torcidas, telas colgando desde balcones oscuros y un olor agrio que parecía mezcla de perfume vencido, polvo mojado y flores pudriéndose en agua vieja.

El silencio respiraba.

No estaba vacío.

Lo supe enseguida.

Sentí miradas.

No humanas.

Tampoco como las de David.

Eran miradas cansadas, escondidas, llenas de hambre vieja y miedo aprendido. Me quedé quieta en el centro de aquel lugar, con mi vestido vino oscuro, mi piel intacta, mis uñas negras, mi boca roja, y por primera vez desde que desperté en el infierno me sentí nueva.

Demasiado nueva.

Algo se movió en una esquina.

Luego otra cosa en un balcón.

Después un susurro.

—Es reciente.

La voz vino de la oscuridad.

Femenina.

Rota.

No vieja por edad, sino por uso.

Me giré despacio.

—¿Quién está ahí?

Una risa baja respondió.

No alegre.

Una risa seca, como hojas muertas rozando el suelo.

—Todavía pregunta como viva.

Otra voz, más suave, desde arriba:

—Déjala. Huele a primer fuego.

Primer fuego.

La frase me recorrió la piel.

—Muéstrense.

El silencio cambió.

Y entonces empezaron a salir.

Una por una.

Al principio parecían mujeres.

Esa fue la parte más cruel.

Una bajó por unas escaleras rotas con una elegancia que intentaba recordar.

Era alta, delgada, con cabello negro hasta la cintura, pero el cabello se le caía en mechones desiguales, como si la belleza ya no tuviera fuerza para sostenerse completa.

La piel de sus brazos era pálida, casi translúcida, atravesada por líneas oscuras debajo de la superficie.

Llevaba un vestido de satén desgarrado en el ruedo.

En otro tiempo debió haber sido preciosa. Todavía lo era, desde lejos.

De cerca, el alma le goteaba por los ojos.

No en lágrimas.

En sombra.

Otra apareció detrás de una columna. Esta tenía alas abiertas.

No como las mías cuando salían llenas, densas, oscuras y fuertes.

Las suyas estaban rotas.

Una membrana colgaba rasgada entre huesos finos.

Tenía agujeros como tela quemada. Cada vez que respiraba, las alas temblaban con un sonido húmedo, débil.

Sus cuernos crecían torcidos desde la frente, uno partido en la punta, el otro cubierto de grietas.

Su boca seguía siendo hermosa, demasiado roja, pero los labios estaban secos, agrietados, como si hubiera besado siglos de ceniza.

La tercera no caminaba.

Se arrastraba.

No porque no pudiera levantarse del todo, sino porque parecía haber olvidado cómo estar de pie sin parecer humana.

Tenía el rostro joven, casi de niña adulta, pero los ojos eran antiguos, enormes, hundidos, llenos de una oscuridad que no brillaba.

El cuerpo le cambiaba a ratos: una mano de mujer, luego dedos largos con uñas de garra; una espalda desnuda, luego espinas pequeñas asomando bajo la piel; una sonrisa dulce, luego dientes finos, demasiados.

Tragué saliva.

No necesitaba respirar, pero mi cuerpo todavía imitaba ciertas costumbres cuando el miedo sabía tocarlo.

—Tú eres nueva —dijo la primera.

—¿Qué son? —pregunté.

La de las alas rotas se rio.

El sonido terminó en tos.

—Qué tierna.

La que se arrastraba ladeó la cabeza.

—Ella cree que no sabe.

La primera bajó un escalón más.

—Somos lo que vas a ser si duras lo suficiente.

La frase me golpeó más fuerte que el viento frío del lugar.

Miré sus cuerpos.

Sus marcas.

Sus grietas.

La forma en que la belleza todavía intentaba existir sobre ellas, como una pintura cara puesta encima de madera podrida.

—Súcubos —murmuré.

—Éramos —dijo la de alas rotas.

La palabra cayó entre nosotras como una piedra húmeda.

Éramos.

No dijo somos.

Éramos.

—¿Cuánto tiempo llevan aquí?

La primera sonrió.

Le faltaba algo en esa sonrisa.

No dientes.

Esperanza.

—El tiempo no se cuenta igual cuando una ya no pertenece a nada.

—Dime.

Me miró con cansancio.

—Ciento veinte años, tal vez. Ciento cincuenta. Hubo décadas en las que no recordé mi nombre. Hubo décadas en las que solo recordé el sabor de los hombres.

Sentí frío.

La que se arrastraba levantó la mano.

—Yo recuerdo mi nombre algunos días.

—¿Cuál es?

Se quedó pensando.

Demasiado.

Sus ojos se movieron como si buscara una puerta dentro de la cabeza y no encontrara la llave.

—No sé si hoy es uno de esos días.

La de alas rotas se acercó un poco.

Su olor me golpeó.

No olía a muerte.

Eso habría sido más amable.

Olía a perfume antiguo, piel quemada, hambre rancia y alma gastada. Como si hubiera sido usada tantas veces que ya no quedaba una criatura entera allí dentro, solo restos envueltos en una forma.

—No deberías haber venido —me dijo.

—Necesito saber.

La primera soltó una risa triste.

—Todas dicen eso al principio.

—¿David las envió?

Al escuchar su nombre, las tres se quedaron inmóviles.

No fue miedo común.

Fue terror entrenado.

La de las alas rotas recogió las membranas contra su espalda como si el nombre pudiera cortarlas más. La que se arrastraba se metió detrás de una columna, temblando. La primera bajó la mirada de inmediato.

El silencio se volvió más pesado.

—No digas ese nombre aquí —susurró la primera.

—¿Por qué?

—Porque a veces escucha cuando una lo odia demasiado fuerte.

Sentí la nuca fría.

—¿Él les hizo esto?

Nadie respondió.

Eso fue respuesta suficiente.

Me acerqué a ellas.

—Yo también le pertenezco.

La de alas rotas levantó la mirada.

Sus ojos tenían un color extraño, como oro sucio detrás de agua turbia.

—No digas pertenezco como si fuera una frase triste. Dilo como sentencia. Dilo como tumba.

—No pienso quedarme así.

La primera me miró con una compasión tan vieja que me enfureció.

—Eso también lo dijimos.

—Yo no soy ustedes.

La que se arrastraba volvió a reír desde la sombra.

—Todavía tiene orgullo.

—Déjala —dijo la primera—. El orgullo es la última ropa que se cae.