Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 5 Ruinas #2
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Capítulo 5 Ruinas #2

Me ardió la cara.

—Vine a buscar respuestas, no lástima.

La de alas rotas caminó hacia mí.

Cada paso parecía dolerle. Sus pies no tocaban bien el suelo. A ratos eran pies de mujer. A ratos garras negras. A ratos algo incompleto, como si la forma no pudiera decidir qué ser.

—¿Ya tomaste almas?

No respondí.

Ella olió el aire.

—Sí. Pocas. Fuertes. Una te supo a venganza. Otra a poder. Otra a duda.

Di un paso atrás antes de poder evitarlo.

—¿Puedes oler eso?

—Todas podemos al principio.

—¿Y después?

La mujer sonrió.

Sus labios se partieron un poco y de la grieta salió una línea oscura.

—Después una solo huele hambre.

La primera se sentó en un escalón roto. Su vestido se abrió sobre las piernas y vi que la piel de sus muslos tenía manchas de sombra, como quemaduras internas.

—Él te hará creer que cada alma te fortalece.

—Lo hace.

—Sí.

La respuesta fue rápida.

Demasiado honesta.

—Al principio.

Me quedé quieta.

—¿Qué pasa después?

La que no recordaba su nombre susurró desde la columna:

—Después no te llenan.

La primera asintió.

—Cada alma tapa un hueco y abre dos más. Cada hombre que cae por ti te deja algo: poder, belleza, calor, vida. Pero también se lleva algo. Una memoria. Una vergüenza. Una ternura. Una palabra.

—No.

Lo dije demasiado rápido.

La de alas rotas me miró con tristeza.

—Ya empezó, ¿verdad?

—No.

—¿Qué olvidaste?

Nada.

Quise decir nada.

Pero mi mente se tensó.

El apartamento de Leo estaba allí. Su cama. Su blusa. Su olor. Su voz. Su perdón. Todo estaba allí.

Todo.

Casi todo.

Me aferré a su rostro.

A sus ojos.

A la forma exacta en que me miraba en el autobús escolar.

El recuerdo tardó un segundo de más en aparecer.

Solo un segundo.

Pero bastó.

Sentí que el suelo se inclinaba debajo de mí.

La primera lo vio.

—Ah.

Negué con la cabeza.

—No.

—Él siempre empieza por los bordes.

—No.

—No arranca lo que más amas de una vez. Sería demasiado obvio.

Primero borra el color de una tarde. La forma exacta de una risa.

La temperatura de una mano. Después te deja el nombre, pero no el dolor.

Luego el dolor, pero no el rostro. Al final, si sigues trabajando, una recuerda que amó a alguien, pero no por qué.

La garganta se me cerró.

Leo.

Leo Navarro.

Profesor.

Bueno.

Perdonó.

Me amó.

Yo lo destruí.

Repetí los datos por dentro como una oración desesperada.

La de alas rotas se inclinó hacia mí.

—No lo repitas como lista. Las listas también se borran.

—Cállate.

—Guárdalo en una herida. Las heridas duran más.

Eso me atravesó.

Una herida.

Leo no como recuerdo.

Leo como dolor.

Eso sí.

Eso todavía estaba entero.

Eso ardía.

Eso no podía tocarse sin que una parte de mí quisiera gritar.

—¿Cómo escaparon? —pregunté.

Las tres se miraron.

Y ahí entendí algo peor.

No habían escapado.

Aquel lugar no era refugio.

Era depósito.

Ruinas.

No de piedra.

De ellas.

—No escapamos —dijo la primera—. Nos dejaron aquí cuando empezamos a fallar.

La que se arrastraba se apretó contra la columna.

—Cuando ya no éramos hermosas suficiente para tentar.

—Cuando confundíamos órdenes —dijo la de alas rotas.

—Cuando tomábamos almas incompletas —añadió la primera, mirándome con una intención que me heló—. Cuando devolvíamos pedazos que debían caer.

Sentí que algo en el aire me tocaba la espalda.

Samuel.

No dije su nombre.

No pensé su nombre entero.

Pero ellas lo olieron.

La de alas rotas abrió los ojos.

—Lo hiciste.

La primera se puso de pie.

—Ay, niña...

La palabra niña me hizo daño.

No por insulto.

Por Elena.

Por mi madre.

Por la forma en que una vez me llamó pequeña sin ponerme cadena.

—¿Qué pasa cuando él lo descubre? —pregunté.

Las tres se llenaron de miedo al mismo tiempo.

No respondieron.

La de alas rotas miró hacia el techo roto.

—No debiste venir.

—Ya estoy aquí.

—Y él también lo estará si sigues preguntando.

—Necesito saber cómo romper la cadena.

La primera se acercó rápido.

Más rápido de lo que su deterioro hacía parecer posible. Me agarró la muñeca con una fuerza seca, desesperada.

—No se rompe con fuerza.

Su mano estaba helada.

Y debajo de su piel sentí algo casi apagado, una chispa triste, mínima, peleando por no extinguirse.

—Entonces ¿cómo?

Ella tragó saliva.

Le temblaba la boca.

—Con algo que no venga de él.

—¿Qué significa eso?

La de alas rotas susurró:

—Un nombre limpio.

La que se arrastraba añadió desde la sombra:

—Una memoria que duela más que el hambre.

La primera apretó mi muñeca.

—Un amor que no hayas usado del todo.

Leo.

La palabra casi salió de mí.

Casi.

Pero el aire cambió antes de que pudiera respirar.

Todas lo sintieron.

Las tres Súcubos se apartaron de mí como si de pronto mi cuerpo hubiera empezado a arder con otra luz.

El edificio se quedó quieto.

Demasiado quieto.

Luego se oyó un chasquido.

No fuerte.

No dramático.

Solo dedos rozándose en algún lugar invisible.

La que se arrastraba empezó a llorar.

—No...

La primera soltó mi muñeca.

—Corre.

Pero ya no había adónde.

Las sombras del edificio se estiraron hacia el centro, largas, negras, obedientes. La humedad de las paredes se secó de golpe. Las telas colgantes se endurecieron como piel muerta. El aire se llenó de un olor que conocía demasiado bien.

Azufre.

Hierro quemado.

Carne vieja.

Y debajo de todo, lujo.

David apareció en el centro del teatro abandonado.

No como hombre.

No primero.

Primero llegaron las pezuñas.

Negras.

Enormes.

Hundieron el suelo con un crujido que sonó a huesos rotos debajo de la piedra.

Después las piernas, demasiado largas, cubiertas de una oscuridad viva que no era piel ni humo.

Luego el torso, ancho, antiguo, marcado por grietas rojas donde el fuego respiraba dentro de él.

Los hombros parecían hechos para cargar siglos.

Las manos tenían dedos largos, coronados por garras negras.

Dos cuernos se alzaban desde su cabeza, curvos, imponentes, como una corona nacida de la primera noche del mundo.

Su rostro era David y no era David.

La boca perfecta seguía allí, pero más grande, cruel, capaz de sonreír como un hombre y devorar como una bestia. Los ojos no tenían el verde humano ni la calma elegante que usaba en los penthouses. Eran brasas negras, profundas, con un centro rojo que no miraba: reclamaba.

El emperador del infierno no entró al lugar.

El lugar se arrodilló alrededor de él.

Las tres Súcubos cayeron al suelo.

No por respeto.

Por terror.

Yo quedé de pie.

No por valentía.

Porque el miedo me dejó clavada.

David giró la cabeza despacio.

Las sombras obedecían cada movimiento.

—Qué reunión tan conmovedora.

Su voz no salió de su boca solamente.

Salió de las columnas.

Del techo roto.

De las grietas.

De mi propio pecho.

La de alas rotas escondió la cara contra el suelo.

—Mi señor...

David la miró.

Ella empezó a temblar con tanta violencia que sus alas rotas golpearon el polvo.

—No —susurró—. Por favor. Yo no le dije...

Él levantó un dedo.

No la tocó.

Solo lo levantó.

La Súcubo se convirtió en polvo.

No hubo sangre.

No hubo grito completo.

Solo un sonido seco, horrible, como una estatua hueca rompiéndose desde adentro.

Su cuerpo se agrietó en un segundo: rostro, boca, alas, cuernos, manos.

La sombra salió por las fisuras y luego todo se deshizo.

Ceniza oscura cayó sobre el suelo donde ella había estado, todavía con la forma breve de sus alas antes de perderse en el polvo.

No respiré.

La que se arrastraba chilló.

David giró apenas la mirada hacia ella.

—No, no, no, no...

Chasqueó los dedos.

Ella también se volvió polvo.

Esta vez vi sus ojos hasta el final.

Ojos antiguos.

Ojos cansados.

Ojos que un segundo antes no recordaban su nombre y aun así entendían que estaban desapareciendo para siempre.

La ceniza cayó sin peso.

La primera Súcubo, la que me había tomado la muñeca, se quedó de rodillas frente a él.

No suplicó al principio.

Quizá ya sabía que no servía.

Quizá había vivido tanto que incluso el miedo tenía menos palabras.

David se acercó a ella con pasos lentos.

El suelo se quemaba bajo sus pezuñas.

—Te dejé existir en silencio —dijo—. Y aun así elegiste hablar.

La mujer levantó la mirada.

Su belleza rota temblaba bajo el polvo.

—Ella necesitaba saber.

David sonrió.

En esa forma, su sonrisa fue una puerta abierta al horror.

—No. Ella necesitaba obedecer.

La mujer me miró.

Y en sus ojos vi algo que no esperaba.

No miedo.

Lástima.

Por mí.

—Recuerda la herida —susurró.

David chasqueó los dedos.

Su cabeza se deshizo primero.

Luego el resto.

Vestido, manos, boca, cabello, aquella chispa triste bajo la piel.

Todo.

Polvo.

El silencio que quedó después no fue vacío.

Fue asesinato.

Tres montones de ceniza oscura descansaban en el suelo del edificio abandonado.

Tres advertencias.

Tres futuros posibles borrados con un gesto.

David volvió su rostro bestial hacia mí.

—Ahora sí —dijo—. Hablemos.

Quise moverme.

No pude.

No por cadena.

Por terror.

Había visto a hombres gritar. Había visto almas arrancarse de cuerpos.

Había visto la puerta del infierno abrirse bajo camas, oficinas y baños privados.

Pero esto era distinto. Aquellas mujeres eran como yo.

O habían sido como yo. Habían tenido belleza, hambre, voz, quizá nombres, quizá amores, quizá una primera noche en que creyeron que podrían aprender a usar la condena sin desaparecer dentro de ella.

Y David las convirtió en polvo como quien limpia una mesa.

—Eran tuyas —dije.

Mi voz salió baja.

—Todo lo que cae suficientemente bajo termina siendo mío.

—Las destruiste.

—No. Las terminé.

El asco me subió a la boca.

—Eres un monstruo.

David dio un paso hacia mí.

Su sombra me cubrió entera.

—Sí.

En esa forma, la palabra no tuvo adorno.

No tuvo cinismo.

No tuvo juego.

Fue verdad.

Simple.

Enorme.

—Y tú, Jade Sorel, pareces estar olvidando lo que significa servirme.

La cadena tiró de mí.

Esta vez no desde el pecho.