Capítulo 4 Traición #2
El golpe entró limpio.
Bajé la mirada a mi vestido.
Hermosa.
Preparada.
Útil.
Eso era lo que él quería que viera.
No a Jade Sorel.
No a la mujer que había amado tarde.
No a la muerta que todavía olía a Leo cuando nadie debía olerla.
Una herramienta infernal con labios rojos.
Mala.
La palabra volvió.
Pero esa vez no me dio poder.
Me dio náusea.
—No voy a disfrutar esto —dije.
David dejó la copa.
—No te pedí que lo disfrutaras.
Se acercó.
—Solo que lo hicieras.
---
Samuel Ortega esperaba en la habitación 1704 de un hotel junto al río.
No sabía que esperaba.
Eso era lo peor.
Cuando entré, él estaba de pie junto a una mesa pequeña, revisando el celular con el cansancio de un hombre que ya no espera buenas noticias.
Levantó la mirada y me vio. No hubo en sus ojos esa vulgaridad rápida de otros hombres.
Hubo sorpresa. Después confusión. Después, sí, deseo.
Pero el deseo en Samuel no era hambre primero.
Era tristeza buscando una forma de no estar sola.
Eso lo hizo más peligroso.
Para mí.
—Disculpe —dijo—. Creo que se equivocó de habitación.
La puerta se cerró detrás de mí sin que yo la tocara.
Samuel miró hacia el sonido.
Luego volvió a mí.
—¿Quién es usted?
Pude darle una mentira.
Tenía muchas.
Las mentiras son como vestidos: una aprende cuáles le quedan mejor según la habitación.
Pero esa noche me cansé antes de empezar.
—Jade.
El nombre le tocó algo.
No reconocimiento completo. Tal vez un rumor. Tal vez una noticia vieja. Tal vez una historia contada por alguien que no sabía lo que de verdad había pasado.
—Jade —repitió.
David apareció sentado en una silla cerca de la ventana.
Samuel no lo vio.
Yo sí.
Claro que sí.
David cruzó una pierna y apoyó las manos sobre la rodilla, elegante, divertido.
—No pierdas tiempo presentándote como si esto fuera una cena.
Lo ignoré.
Samuel dejó el celular sobre la mesa.
—¿Está bien?
Qué pregunta tan cruel.
Una mujer muerta, convertida en Súcubo, enviada por una presencia infernal para arrancarle el alma, y el hombre tuvo la indecencia de preguntarme si estaba bien.
Casi me reí.
Casi.
—No —dije—. Pero eso no importa.
Samuel frunció el ceño.
—¿Necesita ayuda?
David soltó una risa baja.
—Qué encantador. Esto se pone mejor.
Me acerqué a Samuel.
Él no retrocedió enseguida. Eso también lo separaba de los otros. Los culpables negros suelen sentir el peligro como amenaza. Los grises, a veces, lo confunden con oportunidad de reparar algo.
—Marina Valdez —dije.
El nombre lo destruyó antes de que yo lo tocara.
Vi cómo el color le bajó de la cara. Vi la garganta moverse. Vi los dedos abrirse apenas sobre la mesa. Ya no necesitaba preguntarle si recordaba. El alma lo hizo por él.
David sonrió.
—Ahí está la herida.
Samuel cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, parecían más viejos.
—¿Quién la envió?
—Nadie.
—¿Ella está...?
No pudo terminar.
—Viva —dije.
No sabía si era cierto.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
David me miró.
Yo mantuve los ojos en Samuel.
—No lo sé —admití después—. Pero tú sí deberías saberlo.
Samuel bajó la cabeza.
No lloró.
Todavía.
—He intentado encontrarla.
—Mentira.
La palabra salió con mi poder.
Samuel se estremeció.
—No lo suficiente —corrigió, con voz rota.
Eso me molestó más que una mentira completa.
La verdad a medias siempre ha sido más sucia que una mentira descarada. La mentira, al menos, sabe que se está escondiendo. La verdad a medias se maquilla de valentía y espera aplausos por asomar la cara.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
David se inclinó en la silla, interesado.
Samuel respiró hondo.
—Gané un caso que debí perder.
—Más claro.
—Oculté una prueba.
—Más claro.
La orden lo dobló.
No cayó, pero se agarró del borde de la mesa como si el cuerpo se le hubiera vuelto pesado.
—Sabía que ella decía la verdad.
El cuarto cambió.
No visualmente.
Peor.
El alma de Samuel empezó a abrirse.
No porque yo la arrancara, sino porque la confesión le aflojó los nudos.
La vi, gris, temblorosa, con manchas negras pegadas como alquitrán viejo.
Vi una sala de tribunal. Vi a Marina joven, con las manos apretadas sobre las piernas, intentando no parecer débil delante de hombres que ya habían decidido cuánto valía su dolor.
Vi a Samuel más joven, brillante, ambicioso, con el traje correcto y el corazón ya aprendiendo a callarse.
Vi la prueba.
Un informe.
Una llamada.
Una posibilidad.
Y después nada.
Silencio.
Victoria.
Dinero.
Prestigio.
Una vida subiendo por encima de una mujer hundida.
Sentí rabia.
Eso era bueno.
La rabia me daba permiso.
Pero también vi después.
Samuel en una iglesia vacía.
Samuel dejando sobres anónimos.
Samuel rechazando casos parecidos.
Samuel frente a la habitación de su esposa enferma, leyéndole en voz baja.
Samuel solo, años después, con una carta sin enviar dirigida a Marina.
La rabia no desapareció.
Se volvió más incómoda.
—Tómalo —dijo David.
Su voz ya no estaba solo en la habitación.
Estaba dentro de mis huesos.
Me acerqué a Samuel.
Él levantó la mirada.
—¿Vino a matarme?
—No.
—Entonces ¿qué quiere?
No supe qué responder.
Porque la respuesta verdadera era horrible.
Vine a tomarte algo peor que la vida.
Le puse una mano sobre el pecho.
Samuel inhaló con fuerza.
El contacto abrió la puerta.
Su alma respondió de inmediato. La sentí contra mi palma, viva, culpable, cansada.
No era limpia. No. Nadie podía mirar lo que él hizo y llamarlo limpio.
Pero tampoco era la cosa podrida y orgullosa que yo había arrancado de otros.
Esta alma no se defendía con soberbia. Se encogía.
Temblaba. Parecía esperar el castigo desde hacía años.
Eso me enfureció.
Porque el arrepentimiento no devolvía la vida.
No devolvía los años.
No devolvía a Marina la mujer que habría sido si aquel juicio no la hubiera convertido en una sombra pública.
Pero tampoco podía negar que el arrepentimiento estaba ahí.
Real.
Tardío.
Inútil.
Humano.
—Hazlo —ordenó David.
La cadena tiró.
Mis dedos se cerraron sobre el alma de Samuel.
Él gritó.
No como Rafael.
No como los otros.
El grito de Samuel salió hondo, quebrado, como si algo que llevaba años aguantando por fin hubiera encontrado una boca. Cayó de rodillas frente a mí. Su camisa se arrugó bajo mi mano. Las venas del cuello se le marcaron. Los ojos se le llenaron de lágrimas que esta vez sí cayeron.
Tiré un poco.
Solo un poco.
Su alma se desprendió lo suficiente para que el dolor lo partiera.
Samuel se dobló hacia delante con un gemido seco. Una luz gris salió de su pecho, atravesada por hilos negros y pequeñas brasas pálidas. No era hermosa. No era repugnante. Era peor: era complicada.
David se levantó de la silla.
—Más.
Apreté los dientes.
Tiré otra vez.
Samuel gritó mi nombre, aunque no me conocía.
—¡Jade!
Eso me atravesó.
No por él.
Por Leo.
Leo diciendo mi nombre en la sala, oliéndome sin verme.
Jade.
Jade.
Jade.
La habitación del hotel desapareció por un segundo y vi el apartamento. La cama. La blusa. El baño limpio. Leo pidiéndole a mi presencia que lo dejara descansar. Sentí el mismo dolor, pero convertido en una idea nueva.
David usaba todo.
Mi hambre.
Mi belleza.
Mi rabia.
Mi culpa.
Mi amor.
Incluso mi nombre en boca de otros podía convertirse en cuerda si yo se lo permitía.
Y estaba cansada.
No cansada como se cansa una mujer viva.
Cansada de ser usada.
Cansada de que cada parte de mí tuviera una función en manos de otro.
Cansada de que el infierno me hubiera dado poder solo para convertirme en herramienta.
Mala, sí.
Pero no propiedad.
Esa diferencia empezó a abrirse dentro de mí con una lentitud peligrosa.
No fue una decisión grande.
No hubo música.
No hubo luz.
No hubo valor limpio.
Solo una idea pequeña, afilada:
si David podía usar grietas, yo también.
Aflojé la mano.
David lo notó.
—No te detengas.
Samuel respiraba con dificultad, de rodillas, con el alma medio desprendida como una herida abierta que nadie más podía ver.
—No voy a tomarla completa —dije.
El cuarto se quedó inmóvil.
David me miró.
Ya no sonreía.
—¿Qué dijiste?
Mi cuerpo quiso obedecer antes que mi boca.
La cadena tiró con fuerza. El fuego dentro de mí se dobló hacia David. Mis dedos temblaron sobre el pecho de Samuel, listos para cerrarse otra vez y arrancar lo que faltaba. Sentí el mandato bajar por mi columna, duro, caliente, terrible.
Tómalo.
Tómalo.
Tómalo.
Casi lo hice.
Casi.
Entonces pensé en Leo.
No en su cuerpo.
No en su olor.
No en su cama vacía.
Pensé en su perdón.
Ese perdón absurdo, limpio, insoportable. Ese perdón que David no entendía y por eso quería destruir. Pensé en Leo sosteniéndome mientras yo moría, diciéndome que siempre iba a perdonarme, incluso cuando ya no había nada que ganar.
El mandato tembló.
No desapareció.
Pero tembló.
Y allí encontré otra grieta.
David podía empujar mi hambre.
Podía tensar mi cuerpo.
Podía abrir puertas bajo mis pies.
Pero había algo en el recuerdo de Leo que no obedecía igual.
No porque yo fuera buena.
No todavía.
Tal vez nunca de la forma vieja.
Pero había algo en ese amor que no pertenecía al infierno, aunque el infierno lo estuviera usando.
Y eso David no lo controlaba por completo.
No lo pensé demasiado.
Pensar demasiado era peligroso.
Actué.
Cerré los ojos y tiré del alma de Samuel, pero no hacia abajo.
Hacia mí tampoco.
La giré.
El dolor fue brutal.
Samuel gritó tan fuerte que las ventanas vibraron. Su cuerpo cayó de lado, convulsionando sobre la alfombra. La luz gris de su alma se estiró entre mis dedos como un tejido vivo. Los hilos negros se agitaron, buscando salida. Las brasas pálidas parpadearon, débiles, casi apagadas.
David dio un paso hacia mí.
—Jade.
No fue advertencia.
Fue amenaza.
Yo hundí los dedos en la parte negra.
Arranqué solo eso.
Samuel se arqueó con un grito que se rompió a la mitad.