Capítulo 4 Traición
Traición
Después de aquella noche, el mundo de los vivos dejó de parecerme un lugar.
Empezó a parecerme una lista.
Nombres. Direcciones. Habitaciones. Pecados.
Cuerpos tibios esperando sin saber que ya habían sido seleccionados.
David no me llevaba a cazar como quien improvisa.
No. David tenía método. Tenía gusto. Tenía paciencia.
Me entregaba hombres como si fueran copas servidas sobre una mesa elegante: este por ambicioso, este por cruel, este por cobarde, este por haber vendido a alguien, este por haber callado cuando todavía podía salvar una vida.
Al principio intenté decirme que todos merecían caer.
Era una mentira útil.
Y yo siempre fui buena con las mentiras útiles.
Los primeros fueron fáciles. Hombres con almas tan negras que ni siquiera tuve que buscar demasiado.
Bastaba mirarlos. Bastaba olerlos. Había en ellos una podredumbre antigua, una seguridad asquerosa, un orgullo tan inflado que incluso al sentirme cerca creían que la noche les estaba ofreciendo un premio y no una condena.
Entraba.
Sonreía poco.
Los dejaba acercarse.
Después el deseo hacía el resto.
Qué cosa tan triste es el deseo cuando no tiene alma detrás. Un hombre puede llevar un traje perfecto, un reloj caro, una voz educada, una mesa reservada, una copa de vino en la mano, y aun así, por dentro, ser apenas una boca abierta esperando que alguien le dé permiso para ensuciar algo.
Yo aprendí a ver eso.
David me enseñó sin enseñarme.
No hacía falta que me explicara demasiado. Mi cuerpo nuevo entendía. Mis ojos sabían dónde detenerse. Mi voz sabía bajar en el momento exacto. Mis dedos sabían tocar una muñeca, un cuello, un pecho, y encontrar debajo de la piel el punto donde el alma empezaba a desprenderse.
El dolor de ellos era distinto cada vez.
Algunos gritaban como animales.
Otros se quedaban mudos, con los ojos abiertos, viendo por primera vez el tamaño real del agujero que llevaban dentro.
A unos el alma les salía en hilos negros, lenta, pegada a la carne como raíces enfermas.
A otros se les arrancaba de golpe, con un sonido húmedo, profundo, como si alguien rompiera una tela viva debajo de las costillas.
Los había que suplicaban. Los había que ofrecían dinero, nombres, contactos, casas, cuentas, cuerpos ajenos.
Los había que intentaban rezar cuando ya no les quedaba tiempo para ser creyentes.
Yo los escuchaba.
A veces me reía.
A veces no.
Eso fue lo que empezó a preocuparme.
No el horror.
No los gritos.
No los cuerpos secos ni las bocas abiertas ni las manos rígidas sobre sábanas caras.
Lo que empezó a preocuparme fue que algunas noches no sentía nada.
Ni asco.
Ni rabia.
Ni culpa.
Solo hambre.
Una hambre quieta, educada, paciente, como si el infierno hubiera aprendido a sentarse dentro de mí con las piernas cruzadas, esperando su turno.
David lo notaba.
Siempre lo notaba.
—Te estás volviendo eficiente —me dijo una madrugada.
Apareció en el asiento trasero del auto, aunque yo iba sola.
O creí ir sola. Con David nunca se sabía.
A veces estaba en la sombra. A veces en el reflejo.
A veces en mi propia respiración. Esa noche estaba sentado detrás de mí, impecable, con la mirada tranquila y una sonrisa mínima, como un hombre satisfecho después de una cena elegante.
Yo miraba por la ventana.
La ciudad pasaba en líneas borrosas.
—Eso no es un cumplido —dije.
—No pretendía que lo fuera.
—Entonces cállate.
David rió bajo.
—Qué carácter tan persistente. Me divierte que todavía uses ese tono después de obedecer tan bien.
Apreté los dedos sobre el borde del asiento.
No había sangre.
Nunca había sangre.
Mis uñas podían abrir piel ajena, podían rasgar el alma de un hombre desde adentro, pero mis propias palmas seguían intactas aunque quisiera lastimarlas. Ese cuerpo nuevo me negaba incluso la pequeña honestidad de una herida.
—No obedezco bien —dije.
—Obedeces.
—No es lo mismo.
David se inclinó un poco hacia delante.
Sentí su voz cerca de mi oído.
—Para mí, sí.
Cerré los ojos.
Ahí estaba otra vez.
La cadena.
No siempre tiraba de ella. Esa era la parte más cruel. David no necesitaba arrastrarme todo el tiempo. Me dejaba caminar, elegir vestidos, entrar a hoteles, mirar a los hombres, decidir la forma del daño. Me daba espacio suficiente para que una parte de mí creyera que todavía tenía voluntad.
Después, cuando yo empezaba a creerlo, él decía una palabra.
Y mi cuerpo recordaba quién tenía la llave.
—Esta noche fue diferente —dijo.
No respondí.
—No disfrutaste tanto.
—¿Eso te molesta?
—No. Me interesa.
Abrí los ojos.
—No soy uno de tus experimentos.
David sonrió.
—Pequeña, eres mucho más cara que un experimento.
Me giré hacia él.
—No me digas pequeña.
—Te lo diré hasta que dejes de reaccionar.
Lo odié.
No con la rabia limpia que una puede lanzar como un vaso contra la pared. Lo odié de una forma más profunda, más útil. Un odio sin gritos. Un odio que no quería quemarse rápido. Un odio que empezó a sentarse junto al hambre y observar.
Todavía no era traición.
No le puse ese nombre.
Una no se despierta un día pensando voy a desafiar al rey del infierno y sale de compras como si nada. La traición, cuando nace de verdad, no llega vestida de valentía. Llega como cansancio. Como una pregunta pequeña. Como el deseo de saber si la cadena tiene un punto débil.
Esa noche, por primera vez, me pregunté dónde estaba el de David.
No lo dije.
Ni siquiera lo pensé con palabras completas.
Solo dejé que la pregunta pasara por mí como una sombra rápida.
David dejó de sonreír.
Yo también dejé de respirar.
Sus ojos se fijaron en los míos desde el espejo retrovisor.
—Cuidado con el silencio, Jade.
Mi corazón no latía como antes, pero algo dentro de mi pecho golpeó una vez.
—No dije nada.
—Exacto.
No volvió a hablar durante el resto del camino.
Y yo aprendí algo.
David no lo escuchaba todo.
No siempre.
Había pensamientos que, si nacían demasiado abajo, demasiado mezclados con dolor, con memoria, con algo que ni siquiera yo sabía nombrar, tardaban más en llegarle.
Eso no era libertad.
Pero era una grieta.
Y yo había vivido demasiado tiempo usando grietas como puertas.
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El siguiente nombre fue Samuel Ortega.
David lo dejó sobre la mesa del penthouse como si fuera una invitación.
No literalmente. No había papel. No había fotografía. No había carpeta. Con David, las órdenes entraban directo a la cabeza, completas, suaves, insoportables. De pronto yo sabía el nombre, la edad, el hotel, el número de habitación, la culpa más grande y la forma exacta en que debía acercarme.
Samuel Ortega.
Cincuenta y dos años.
Abogado.
Viudo.
Dos hijos.
Un hombre con una vida llena de zonas grises.
No negro.
Gris.
Eso ya me molestó antes de verlo.
Los hombres negros eran fáciles. Una podía mirarlos y encontrar enseguida una razón para no temblar. Rafael había sido violencia. Esteban había sido ruina con traje. Otros habían vendido cuerpos, verdades, familias, silencios. Con ellos el infierno parecía casi ordenado. Sucio, sí, pero ordenado.
Samuel era otra cosa.
David apareció junto al ventanal del penthouse mientras yo me vestía.
No lo miré por el espejo.
Mi reflejo sí estaba allí esa noche, pálido, perfecto, con la boca roja y los ojos más verde jade oscuros de lo que recordaba.
Llevaba un vestido color vino profundo, elegante, cerrado en el cuello, pegado al cuerpo sin parecer desesperado.
No necesitaba parecer desesperada. La muerte me había quitado esa vulgaridad.
—No pongas esa cara —dijo David.
—¿Cuál?
—La de mujer que intenta convencerse de que todavía tiene límites.
Me puse un arete despacio.
—Todo el mundo tiene límites.
David sonrió en el reflejo.
—No. Todo el mundo tiene precios. Los límites son los precios que todavía no se han pagado.
—Qué profundo. ¿Lo dices antes o después de condenar gente?
—Depende del público.
Me giré hacia él.
—¿Qué hizo Samuel?
David caminó por la habitación con esa calma de dueño que nunca pedía permiso.
—Hace muchos años enterró una prueba.
—¿Eso es todo?
—Esa prueba habría salvado a una mujer.
No dije nada.
—Marina Valdez —continuó—. Joven. Pobre. Sin apellido útil. Acusó a un hombre con demasiado dinero y muy poca vergüenza. Samuel pudo ayudarla. No lo hizo. Ganó el caso, subió en su carrera, compró una casa mejor y aprendió a dormir mal.
Sentí el nombre de Marina quedarse en el aire.
—¿Ella murió?
—No inmediatamente.
—Eso no responde.
David me miró con frialdad.
—No.
Aquello me llegó al pecho.
—¿Dónde está?
—Lejos de la vida que debió tener.
—¿Y Samuel?
—Samuel hizo cosas buenas después. Muchas.
Ayudó a otros. Donó. Defendió inocentes.
Acompañó a su esposa hasta el final cuando enfermó.
Crió a sus hijos con una ternura bastante molesta.
Se arrepintió todos los años, aunque nunca lo suficiente como para destruir lo que construyó sobre aquel silencio.
Me quedé quieta.
—Un alma gris.
David sonrió.
—Ves que aprendes.
No quería aprender eso.
No quería aprender que el infierno también tenía interés en los hombres que habían hecho algo imperdonable y luego habían pasado media vida intentando compensarlo sin tocar la raíz de su pecado.
No quería aprender que una vida podía estar manchada y aun así conservar zonas suaves.
No quería tener que decidir qué parte pesaba más.
Porque esa era la trampa.
David no quería solo el alma de Samuel.
Quería mi duda.
—Lo quieres completo —dije.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque todavía duele.
—Eso no es una razón.
—Es una excelente razón.
Tomó una copa vacía de la mesa y la observó contra la luz.
—Las almas que todavía duelen tienen mejor textura. Las completamente podridas caen rápido. Hacen ruido, alimentan, cumplen. Pero las grises... las grises se rompen con una música más fina.
Lo miré con asco.
—Eres repugnante.
—Y tú estás vestida para trabajar conmigo.