Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 1 Mala
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Capítulo 1 Mala

Mala

Desperté en una cama que no reconocí.

Eso fue lo primero que entendí antes incluso de abrir bien los ojos.

No era la roca negra. No era el suelo caliente del infierno.

No era ceniza pegada a mi piel ni lava respirando entre grietas antiguas.

Era suavidad. Sábanas frías. Tela cara rozándome los muslos.

Un colchón demasiado perfecto para pertenecerle a una mujer muerta.

Abrí los ojos despacio.

El techo era alto. Blanco. Limpio. Tan silencioso que por un segundo me pregunté si el infierno había aprendido a vestirse de lujo para seguir burlándose de mí.

La habitación olía a madera fina, a flores frescas y a ese perfume invisible de los lugares donde el dinero no necesita gritar para que una lo entienda.

Había cortinas oscuras, una lámpara de cristal, una pared completa de vidrio y, más allá, la ciudad extendida bajo la noche como si alguien la hubiera puesto allí solo para recordarme que el mundo seguía viviendo sin mí.

Me incorporé.

No me dolió nada.

Eso fue lo segundo que entendí.

Mi cuerpo ya no tenía el peso enfermo del veneno.

No había ardor en la garganta. No había frío en los dedos.

No había esa debilidad triste con la que una se apaga mientras escucha a un hombre bueno llorar demasiado tarde.

Respiré, y el aire entró limpio. Demasiado limpio.

Como si mis pulmones fueran nuevos. Como si la muerte hubiera barrido de mí todo lo humano que estorbaba.

Me miré las manos.

Seguían siendo mías.

Y no.

La piel estaba intacta, pálida, suave, casi luminosa bajo la luz baja de la habitación.

Las uñas oscuras, perfectas, parecían hechas de una sombra pulida.

Moví los dedos despacio y sentí una fuerza fina debajo de la piel, una corriente caliente que no dolía.

Esperaba miedo. Esperaba asco. Esperaba ese rechazo natural que una debería sentir cuando despierta convertida en otra cosa.

Pero no sentí eso.

Sentí curiosidad.

Qué peligroso es eso.

Una empieza por sentir curiosidad ante lo que debería horrorizarla, y cuando viene a darse cuenta ya está aprendiendo a usarlo.

Aparté las sábanas y puse los pies sobre el suelo.

Mármol frío. Perfecto. El contraste me hizo sonreír apenas.

Hacía unas horas, o unos días, o lo que fuera que significara el tiempo después de morir, el fuego me había reconocido.

Ahora el mármol también parecía hacerlo.

Caminé hacia el ventanal sin cubrirme demasiado.

No había pudor en una habitación que ya había sido entregada como escenario. Y yo entendía muy bien los escenarios.

La ciudad brillaba abajo.

No era el apartamento que había compartido con Leo. No era aquella vida modesta, demasiado pequeña, demasiado llena de promesas limpias y muebles correctos. Esto era altura. Vidrio. Silencio caro. Un penthouse construido para una mujer que no pensara en pedir permiso.

Vi un juego de llaves sobre una mesa baja.

Luego otro.

Y otro.

Llaves de autos lujosos, colocadas como ofrendas pequeñas sobre una bandeja negra. Algunas tenían emblemas que no necesité mirar demasiado para entender. Poder también tiene sonido, peso y forma. A veces viene en cuero. A veces en metal. A veces en motores esperando en un garaje privado.

Caminé hacia el vestidor.

Las puertas se abrieron solas al acercarme.

Claro que sí.

David siempre había tenido gusto por los detalles que parecían amables mientras escondían una orden.

El clóset era enorme. Vestidos colgados por color, por textura, por intención.

Seda. Terciopelo. Satén. Negro, rojo, marfil, vino oscuro.

Ropa hecha para que una entrara a cualquier lugar sabiendo que el silencio también podía volverse atención.

Había zapatos alineados como soldados hermosos.

Carteras. Abrigos. Joyas descansando en cajones forrados de terciopelo, cada una brillando con esa paciencia cruel de las cosas caras que saben que tarde o temprano serán elegidas.

Me acerqué a un espejo de cuerpo entero.

Y me vi.

Jade Sorel.

Muerta.

Devuelta.

Mejor.

No más inocente. Nunca lo fui. No más limpia. Eso tampoco. Pero sí más precisa. Más terminada. Como si el infierno hubiera encontrado dentro de mí la mujer que la vida había empezado a tallar con hambre, mentira y ambición, y hubiera decidido terminar el trabajo con fuego.

Me puse un vestido negro.

No lo elegí por luto.

El luto ya no me pertenecía.

Lo elegí porque el negro siempre entiende mejor a las mujeres que han perdido el derecho a fingir pureza.

La tela cayó sobre mi cuerpo como si hubiera sido cosida con mi sombra.

Me ajustó la cintura, me dejó los hombros descubiertos y dibujó cada línea con una delicadeza que no pedía permiso para ser mirada.

Me puse unos aretes pequeños. Un anillo.

Nada exagerado. La muerte me había vuelto más peligrosa, no más desesperada.

Volví al balcón.

La puerta de cristal se abrió con un suspiro.

El aire de la noche me tocó la cara. Frío. Vivo. La ciudad respiraba debajo, ajena, llena de hombres que todavía creían que sus almas les pertenecían. Me apoyé en la baranda y miré las luces como si fueran piezas sobre una mesa.

Entonces sonreí.

—Está bien, David —murmuré—. Quieres que sea mala.

El viento movió mi cabello.

Sentí algo caliente despertar detrás de mis costillas, como una respuesta.

—Te voy a enseñar que esa palabra me queda pequeña.

Mis ojos encontraron mi reflejo en el vidrio del balcón.

Hermosa.

Fría.

Imposible.

—Y sé exactamente por dónde empezar.

Hice una pausa.

La ciudad pareció escucharme.

—Rafael Ponce.

El nombre no me provocó miedo.

Ni siquiera rabia al principio.

Me provocó dirección.

Rafael. El hombre que creyó que podía tocar a Leo con violencia y salir de eso respirando.

El hombre que había arrastrado su suciedad hasta la vida de alguien que, aun destruido, seguía teniendo un alma demasiado limpia para este mundo.

Leo había sangrado por culpa de hombres como él.

Leo había sufrido por culpa de la clase de monstruos que solo conocen el miedo cuando por fin les toca sentirlo en su propia carne.

Y yo, al parecer, acababa de convertirme en la forma más hermosa de ese miedo.

La voz de David llegó detrás de mí sin cuerpo.

Suave.

Cercana.

Como si me hablara desde el aire, desde el vidrio, desde una parte caliente dentro de mi propia sangre.

—Rafael salió de la cárcel.

No me volteé.

—Qué rápido.

—Pagó una fianza generosa. Los hombres como él saben algo muy simple: la cárcel no es amable con quienes han vivido haciendo daño fuera de ella.

Sonreí apenas.

—Las cárceles están llenas de hombres que creen ser malos hasta que conocen a otros peores.

—Exacto.

La voz de David parecía disfrutar mi calma.

—Rafael no quería quedarse allí. No después de lo que le hizo a tu amado Leo. No después de entender que, detrás de los barrotes, su nombre ya empezaba a circular como una deuda.

Mi mano se cerró sobre la baranda.

La palabra amado me cruzó como una aguja.

—No digas así su nombre.

David dejó escapar una risa baja.

—Todavía te duele.

—Rafael no va a durar mucho libre.

—No —susurró David—. No si haces bien tu trabajo.

Me quedé mirando la ciudad.

Un auto pasó muy abajo, diminuto, brillante, ignorante de todo.

—Las personas como él no van a durar mucho con sus almas dentro del cuerpo —dije—. Yo me voy a encargar de eso.

El silencio de David fue casi una caricia.

—Entonces ve.

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Rafael Ponce vivía escondido en una casa demasiado grande para un hombre tan pequeño.

No estaba en el centro. Tampoco en un barrio pobre.

Los cobardes con dinero siempre buscan lugares intermedios, lo bastante lejos del ruido para sentirse seguros, lo bastante cerca de la ciudad para seguir creyendo que controlan algo.

La casa tenía una verja alta, cámaras en las esquinas y luces encendidas en la entrada.

Todo aquello estaba diseñado para mantener afuera a los enemigos humanos.

Qué tierno.

Me bajé de un auto negro sin hacer ruido.

No lo conduje. No tuve que hacerlo. Las llaves estaban en mi mano, pero el vehículo parecía saber solo hacia dónde llevarme. Quizá era otra cortesía de David. Quizá el infierno también sabía dar servicio completo cuando quería cobrar después.

Caminé hacia la puerta principal.

Las cámaras me siguieron.

Las sentí girar.

Sentí también algo dentro de ellas apagarse un segundo antes de que pudieran guardarme. No se rompieron. No chispearon. Simplemente dejaron de verme. Igual que Leo. La idea me rozó el pecho de manera desagradable.

No.

No ahora.

No iba a pensar en él ahora.

Toqué el timbre.

Una vez.

Dentro, pasos.

Pesados.

Apresurados.

La puerta se abrió.

Rafael estaba ahí.

Más delgado que antes. Más pálido. Con barba de varios días y los ojos demasiado abiertos. La cárcel, aunque breve, le había dejado algo pegado a la cara. No arrepentimiento. Los hombres como él rara vez aprenden eso. Era miedo. Una alerta animal. Una furia sucia mezclada con paranoia.

Pero al verme, todo eso se transformó.

Primero sorpresa.

Después alivio.

Luego deseo.

Siempre el mismo orden ridículo.

—Tú —dijo.

Me miró de arriba abajo con esa vulgaridad que ni el miedo pudo quitarle.

—Jade Sorel.

—Rafael.

Mi voz salió tranquila.

Demasiado tranquila.

Él abrió un poco más la puerta, pero no se movió para dejarme pasar.

—Pensé que estabas muerta.

—Yo también.

Se le endureció la mandíbula.

Algo en mi respuesta no le gustó. Bien. A los animales violentos hay que dejarles oler algo extraño antes de acercarse demasiado.

—¿Qué quieres?

Lo miré con una dulzura vacía.

—Verte.

Rafael soltó una risa seca.

—¿Verme?

—Sí.

—Después de todo lo que pasó.

—Precisamente por eso.

Sus ojos cambiaron.