Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 1 Mala #2
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Capítulo 1 Mala #2

Ahí estaba otra vez. El cálculo torpe. La sospecha. El orgullo intentando cubrir la inseguridad. Él no era David. No sabía medir una amenaza que venía vestida de deseo. No sabía que algunas mujeres sonríen mejor cuando ya han decidido destruirte.

—¿Viniste sola? —preguntó.

—¿Te preocupa?

—Me preocupa que estés jugando conmigo.

Casi sonreí.

—No, Rafael. Hoy no vine a jugar.

Él me sostuvo la mirada unos segundos. Luego miró la calle detrás de mí, como si esperara ver patrullas, testigos, hombres escondidos. Nada. Solo noche. Viento. Un auto negro esperando con el motor apagado.

—Pasa —dijo al fin.

Entré.

La casa olía a licor, encierro y rabia vieja.

Había vasos sobre una mesa, cortinas cerradas, una televisión encendida sin sonido.

Todo se veía caro y descuidado a la vez, como si Rafael hubiera intentado comprar una vida elegante pero no supiera vivir dentro de ella sin mancharla. Cerró la puerta detrás de mí.

El sonido del seguro fue claro.

Casi teatral.

—¿Sabes? —dijo, caminando despacio a mi alrededor—. Tienes mucho valor viniendo aquí.

—No tanto como crees.

—Después de lo que pasó, cualquiera pensaría que ibas a esconderte.

—Me cansé de esconderme.

Rafael se detuvo frente a mí.

Sus ojos bajaron a mi boca.

Luego a mi cuello.

Luego al vestido.

—Te ves diferente.

—Lo soy.

Él se acercó demasiado.

Olía a whisky y a sudor contenido.

—¿Y Leo? —preguntó con una sonrisa fea—. ¿Dónde está tu profesorcito?

El nombre de Leo en su boca hizo que algo dentro de mí se abriera como una herida caliente.

Mis ojos no cambiaron todavía.

No iba a regalarle el miedo.

Ni la rabia.

Todavía no.

—Lejos de ti.

—Qué lástima. Quería saludarlo otra vez.

Su mano subió rápido.

Venía preparada para golpear.

Lo vi antes de que ocurriera.

Antes de morir, quizá me habría tomado por sorpresa.

Antes del infierno, quizá el cuerpo habría respondido tarde, con esa lentitud humana que convierte el peligro en golpe.

Pero ahora todo se movió distinto. El aire se hizo lento.

La mano de Rafael avanzó hacia mi cara como si viajara dentro de agua espesa.

Vi sus nudillos. La tensión del brazo. La violencia pequeña y cobarde que tantas veces debió usar para sentirse más grande que alguien.

Y entonces mis ojos brillaron.

No sé de qué color.

No era verde.

No del todo.

Era algo más hondo. Más caliente. Un resplandor oscuro mezclado con rojo, como si la lava hubiera aprendido a mirar a través de mí.

Rafael se quedó inmóvil.

Su mano suspendida a centímetros de mi rostro.

La sonrisa se le murió.

—¿Qué...?

No pudo terminar.

Mi voluntad entró en él.

Así se sintió.

Como si algo en mí extendiera dedos invisibles y se metiera por sus ojos, por su boca, por cada parte de su cuerpo que alguna vez había disfrutado haciendo daño.

Sentí su perversidad. Su deseo. Su miedo.

Su memoria. Sentí lo que había hecho y lo que habría querido seguir haciendo.

Sentí su alma como una cosa sucia, pesada, pegada a él como alquitrán tibio.

Me dio asco.

Y hambre.

Eso fue lo peor.

No hambre de comida.

No hambre de lujo.

Ni siquiera hambre de venganza.

Hambre de arrancar.

Rafael tragó saliva.

—Jade...

Su voz ya no sonó segura.

Sonó pequeña.

La mía bajó hasta volverse casi un susurro.

—Camina.

Él obedeció.

No quiso hacerlo. Lo vi en sus ojos. Lo sentí peleando por dentro, empujando contra mi orden como un animal atrapado.

Pero su cuerpo ya no le pertenecía del todo.

Dio un paso. Luego otro. Caminó hacia el pasillo con la rigidez de un hombre que empieza a entender demasiado tarde que la violencia no siempre está del lado de sus manos.

Lo seguí.

Despacio.

Sin tocarlo.

La casa parecía contener la respiración.

Entramos a su habitación.

Era amplia, oscura, con una cama grande desordenada y ropa tirada en una silla. Había una pistola sobre la mesa de noche. La miré un segundo. Luego miré a Rafael.

—No.

Su mano, que ya había intentado moverse hacia ella, cayó a su lado.

Los ojos se le llenaron de terror.

—¿Qué me estás haciendo?

—Lo mismo que tú hiciste tantas veces.

Me acerqué.

—Quitarle a alguien el control.

Rafael intentó hablar, pero su boca solo tembló.

—Quítate la ropa —ordené.

Sus dedos fueron torpes al principio. Resistían.

Se detenían. Volví a mirarlo y la luz en mis ojos subió un poco más.

Entonces obedeció mejor. Botones. Cinturón.

Tela cayendo al suelo. No había deseo en mí.

Ni placer. Ni juego. Solo una frialdad exacta, casi quirúrgica.

Lo despojé de todo lo que podía hacerlo sentirse hombre, dueño, amenaza.

Quedó vulnerable, temblando, con el cuerpo expuesto y el alma empezando a olerme a podredumbre.

—Acuéstate.

Negó con la cabeza.

Apenas pudo hacerlo.

—Por favor...

Esa palabra en su boca sonó ofensiva.

—Ahora sabes decirla.

Se acostó.

La cama se hundió bajo su peso.

Yo me subí sobre él con la calma de una sentencia.

Rafael respiraba rápido. Sus ojos iban de mi rostro a mis manos, de mis manos a la puerta, de la puerta a la pistola que ya no podía tocar.

Una parte de él todavía quería confundir la escena.

Todavía quería creer que el cuerpo de una mujer encima del suyo significaba algo que él conocía, algo que podía dominar, algo que podía ensuciar a su manera.

Pobre idiota.

Qué poco imaginaba.

Me incliné sobre él.

Su respiración me golpeó la cara.

—¿Esto es lo que quieres? —susurré.

Su cuerpo reaccionó con esa vulgaridad automática que no respeta ni el miedo.

Eso me enfureció más.

—No —le dije—. No vas a tocarme.

Y entonces lo inmovilicé.

No con cuerdas.

No con manos.

Con hambre.

Su cuerpo se quedó rígido sobre la cama. La boca abierta. Los ojos vivos, demasiado vivos, atrapados dentro de una carne que ya no obedecía. Intentó gritar. Solo salió un sonido ahogado, una cosa rota en el fondo de la garganta.

Yo sonreí.

Y dejé de fingir.

El cambio empezó por mi espalda.

Primero fue dolor.

Luego alivio.

La piel se abrió sin sangre, o quizá la sangre se volvió sombra antes de caer.

Dos alas oscuras se desplegaron detrás de mí, grandes, densas, hermosas de una manera que habría hecho llorar a una persona buena.

No eran alas de ángel. No tenían blancura.

No prometían cielo. Eran alas de noche antigua, de deseo podrido, de fuego convertido en piel.

Se extendieron sobre la habitación y apagaron parte de la luz.

Rafael empezó a llorar.

No hizo ruido.

No podía.

Sus lágrimas bajaron hacia las sienes y se perdieron en la almohada.

Después vinieron los cuernos.

Los sentí crecer desde mi cráneo como una corona torcida, lentos, calientes, inevitables.

El espejo frente a la cama me devolvió una imagen que por un segundo me dejó quieta: mi rostro seguía siendo mío, pero más afilado.

Mis ojos ardían. Mi boca parecía demasiado roja.

Mi piel tenía una belleza imposible, terrible, hecha para atraer antes de destruir.

Súcubo.

La palabra de David.

La leyenda de mi madre.

La forma completa.

Me incliné hasta que mi cara quedó muy cerca de la de Rafael.

Él temblaba por dentro. Podía sentirlo. Cada músculo luchando sin moverse. Cada pensamiento chocando contra la pared de mi voluntad. Su miedo ya no era una emoción. Era un sabor. Amargo. Espeso. Casi nutritivo.

—Vas a desear nunca haberme conocido —le dije.

Entonces abrí la boca.

No lo besé.

No todavía.

Primero respiré.

Y al respirar, algo dentro de él respondió.

Lo vi.

Lo vi porque su pecho se arqueó como si una mano invisible lo hubiera agarrado desde adentro.

Su garganta se tensó. Las venas del cuello se marcaron oscuras bajo la piel.

Sus ojos se abrieron tanto que por un momento pensé que iban a romperse.

De su boca salió al fin un sonido, no un grito entero, sino una exhalación desgarrada, un pedazo de alma intentando sujetarse al cuerpo.

Ahí estaba.

Su alma.

No era luz limpia.

No era blanca.

No era hermosa.

Era una masa turbia, gris, con hilos negros enrollados en ella, como si cada daño cometido hubiera dejado una marca viva.

La sentí pegada a sus costillas, a su lengua, a sus manos, a todo lo que había usado para tomar, golpear, amenazar, destruir.

No quería salir. Se aferraba a la carne con una desesperación asquerosa.

La agarré sin tocarla.

Rafael se arqueó sobre la cama.

Esta vez sí gritó.

El sonido llenó la habitación con una violencia casi física. Las ventanas temblaron. La lámpara parpadeó. Sus talones golpearon el colchón, inútiles, desesperados, mientras su cuerpo seguía preso debajo de mí.

Tiré.

El alma cedió un poco.

Rafael gritó más fuerte.

Y yo sentí cada parte de su dolor como si pudiera verlo desde dentro.

Era un desgarro lento. No de piel. No de hueso. Algo peor. Como arrancar raíces vivas del fondo de un pozo. Como despegar una sombra que llevaba años creyéndose dueña de la carne. El cuerpo de Rafael se sacudió, pero no podía apartarse. Sus ojos me suplicaron. Su boca intentó formar palabras.

Perdón.

Creo que quiso decir perdón.

No se lo permití.

—Esto es por Leo.

Mi voz no salió humana.

Salió con un eco profundo, doble, infernal, como si otra cosa hablara conmigo desde el fondo del fuego.

Tiré otra vez.

El alma se desprendió un poco más.

Rafael se dobló bajo mí, aunque no pudiera moverse del todo. Las venas de su pecho se oscurecieron. La piel empezó a perder color. Los labios se le pusieron grises. Durante un segundo, su cuerpo llegó al borde de apagarse.

Lo solté.

No del todo.

Solo lo suficiente.

Rafael inhaló de golpe.

Un respiro enorme.

Roto.

Un respiro de hombre que acaba de regresar del borde y entiende que volver no siempre es misericordia.

Me miró.

Nunca voy a olvidar esa mirada.

No porque me conmoviera.

Porque me alimentó.