Capítulo Dieciséis
CALLIE
Las manos de Luca me agarran las caderas y me arrastran hacia él sobre la encimera de la cocina, como si la distancia fuera un insulto que ya no puede tolerar.
Besa como si llevara semanas muriéndose de hambre y por fin hubiera dejado de fingir.
Tiene el pecho húmedo bajo mis palmas; el agua de lluvia sigue adherida a su piel y se enfría bajo mis dedos, pero cada lugar donde me toca arde.
Siento el retumbar de su pulso con tanta claridad como el mío, fuerte e irregular, traicionando cada pizca de control que intentó conservar con tanta desesperación.
Ahora no hay espacio entre los dos. Ni silencios cautelosos. Ni una sala de tratamiento llena de testigos. Ni una pared de hotel, ni una barandilla en la azotea, ni palabras amargas que fingen ser límites.
Solo Luca.
Y yo creía conocer la tensión. Creía entender la atracción lenta y enloquecedora de desear algo peligroso.
No conocía esto.
Esto es su boca sobre la mía, áspera y exigente, mientras sus manos se deslizan bajo el borde de mi sudadera. Su sudadera, la que se dejó en las instalaciones. La que debería haber devuelto. La que no dejaba de decirme que devolvería en unos días.
Sus dedos me rozan la piel desnuda y me arqueo antes de poder evitarlo.
Me levanta como si no pesara nada, mis piernas se aprietan instintivamente alrededor de su cintura mientras me aparta de la encimera y me presiona contra la pared más cercana, fría contra mi columna. En todo lo demás, él es calor.
Nuestras bocas se devoran. Al principio no hay ritmo, solo urgencia, frustración y semanas de contención que se quiebran de golpe.
Su lengua se desliza contra la mía. Sus dientes me atrapan el labio inferior.
Tiro de su camiseta, desesperada por tener menos tela y más piel, y él deja escapar un gemido grave desde la garganta antes de quitársela por la cabeza de un tirón y arrojarla a algún lugar detrás de él.
Mis manos encuentran su pecho y, Dios, es hermoso de la manera menos delicada posible. Sólido. Definido. Poderoso. Un cuerpo construido a fuerza de disciplina que ahora tiembla bajo mi contacto, como si fuera yo quien tiene el poder aquí.
La idea me marea.
—Me vuelves loco —murmura, con las manos deslizándose hacia mis muslos—. Lo sabes, ¿verdad?
Me inclino hacia él, rozándole la oreja con los labios. —Bien.
Gruñe. Gruñe de verdad. El sonido me atraviesa como un fósforo que cae en gasolina.
Sus manos se mueven bajo la enorme sudadera, empujando mis pantalones cortos, más bruscas ahora, pero aún con suficiente control para hacer que me duela el deseo. Cada caricia dice que quiere perderse. Cada pausa dice que le aterra hacer exactamente eso.
Cuando sus dedos encuentran mi clítoris, jadeo contra su boca.
Tiene los ojos fijos en los míos, leyendo cada mínimo cambio de mi rostro. Vuelve a tocarme, más despacio esta vez, de una forma devastadora, y casi se me olvida cómo respirar.
—Dios, Callie —dice con voz rota.
La cabeza se me cae hacia atrás contra la pared. —Más.
Sus ojos se oscurecen. —Vuelve a decirlo.
—Más.
Su mano se mueve con determinación: un dedo dentro de mí, luego otro. Me mezo contra su mano sin ninguna vergüenza.
Me observa la cara como si fuera lo único que importa en la habitación, como si estuviera memorizando cada respiración, cada sonido, cada pequeña grieta en mi compostura y guardándolos en algún lugar al que nadie más tiene permiso para llegar.
Me agarro a sus hombros, presionando la piel húmeda con las uñas. Su otra mano me sostiene la cadera, sujetándome contra la pared mientras mi cuerpo se mueve para él, en busca de más contacto, en busca de lo que ansío.
Se me rompe la respiración. —Luca.
—Te tengo —dice, áspero contra mi boca—. Déjate llevar.
La orden me atraviesa como un latigazo.
Me corro con fuerza, temblando contra la pared, con la espalda arqueada mientras el placer me desgarra con una rapidez para la que no estoy preparada. Él me besa mientras dura, se traga cada grito, con una mano firme en mi cadera mientras la otra me mantiene exactamente donde quiere.
No se apresura. No se suaviza. Me sostiene ahí y deja que me deshaga, como si hubiera estado esperando ver qué aspecto tengo sin armadura.
Cuando por fin disminuye, me aferro a él, sin fuerzas y en carne viva, con la frente apretada contra su hombro.
Su boca encuentra mi cuello, luego mi clavícula, luego la curva desnuda del hombro por donde se ha deslizado la sudadera.
Me besa despacio, casi con reverencia, y el contraste me hace flaquear las rodillas aunque ni siquiera estoy de pie.
Se siente como penitencia y plegaria entrelazadas. Como si me pidiera perdón con la boca por cada crueldad que ha dicho y no prometiera nada porque las promesas harían esto demasiado real.
Bajo las manos entre los dos y forcejeo con el botón de sus jeans. Él suelta una maldición en voz baja contra mi garganta cuando por fin consigo abrirlos y encuentro su pene duro como el acero. El sonido es tan áspero que vuelve a encenderme el calor por todo el cuerpo.
Cuando lo rodeo con la mano, se estremece como si ya estuviera demasiado cerca de perder el control.
—Joder —dice en un suspiro—. Callie.
Lo acaricio una vez, despacio, y sus caderas se sacuden hacia mi mano antes de que logre contenerse.
Me encanta eso. Me encanta esa grieta en él. La forma en que este hombre controlado, disciplinado e imposible tiembla cuando lo toco.
Su mano se cierra sobre mi muñeca, sin detenerme exactamente, solo aferrándose como si necesitara algo que lo anclara.
—Si sigues haciendo eso —dice con voz tensa—, esto se acaba antes de empezar.
Sonrío contra su mandíbula. —Eso sería trágico.
Resopla algo que podría ser una risa si no estuviera respirando tan fuerte y luego alarga la mano hacia su cartera, en la encimera detrás de mí.
Por supuesto que tiene un condón.
Por supuesto que Luca Petrenko, santo patrón de los problemas de control y la represión emocional, viene preparado incluso cuando asegura no saber qué está haciendo.
Abre el envoltorio con los dientes y verlo me provoca una nueva oleada de deseo. Hay algo obsceno y cuidadoso a la vez en ese gesto. Algo que hace que esto parezca imprudente sin ser descuidado.
Segundos después, vuelve a estar apretado contra mí, con el cuerpo cerca y su respiración mezclándose con la mía.
—Mírame —dice. Tiene la voz áspera.
Lo hago. Entra en mí de una sola embestida fluida y devastadora.
Se me abre la boca, pero no salen palabras. Solo hay sensaciones. Cómo me estira. El calor. La plenitud.
Está la intimidad imposible de tener a Luca dentro de mí mientras su frente descansa contra la mía y sus ojos se niegan a apartarse.
—Respira —susurra.
No me había dado cuenta de que había dejado de hacerlo.
Tomo aire, temblorosa y con demasiado ruido, y él baja la boca hasta la mía en algo más suave que un beso.
Entonces se mueve. Despacio al principio. Profundo. Cada embestida me arranca un sonido que no puedo tragarme.
La pared cruje suavemente detrás de nosotros. Mis uñas se clavan en sus hombros. Su mano me acuna la nuca, me ancla, como si supiera que podría salir flotando de mi propio cuerpo si no me sujetara.
—Luca —jadeo.
—Lo sé —gruñe, acelerando el ritmo—. Lo sé.
No es suave. No es dulce.
Es real.
Se mueve con intención, con determinación, la mandíbula apretada y los ojos fijos en los míos como si intentara ver bajo mi piel. Cada embestida parece una declaración demasiado sincera para las palabras.
¿Me deseas?
Tómame.
Y lo hago. Aprieto más las piernas alrededor de él. Respondo a cada movimiento con el mío. Me desprendo de las voces que tengo en la cabeza, del miedo, de la vergüenza, de la presión interminable.
Su control empieza a deshilacharse. Lo siento en su respiración trabajosa e irregular, en cómo me aprieta más el muslo, en el sonido áspero que hace cuando ondulo las caderas y lo recibo más profundo.
—Vuelve a hacer eso —dice, casi como una orden.
Así que lo hago.
Sus ojos destellan. —Otra vez.
Vuelvo a hacerlo, y el sonido que sale de él es tan roto y crudo que el placer me retuerce por dentro, agudo y brillante.
El ritmo se vuelve más fuerte. Más hambriento. El cuidado sigue ahí, pero ahora está enterrado bajo la necesidad, bajo la lluvia que golpetea las ventanas, el chasquido de nuestros cuerpos al encontrarse y la música áspera de su respiración en mi oído.
Debería estar pensando en las consecuencias.
Debería estar pensando en Jax, en Theo, en Roth, en el equipo, en cada frágil pedazo de mi carrera suspendido sobre un fuego al que no dejo de acercarme.
En lugar de eso, pienso en la boca de Luca.
En sus manos.
En cómo dijo que yo no era un error.
En cómo me mira ahora, como si yo pudiera ser lo único que desea lo bastante como para dejar de mentirse.
Mi orgasmo crece deprisa, fuerte, innegable. Surge de algún lugar profundo y salvaje y se acumula con cada embestida, cada roce de sus dientes a lo largo de mi mandíbula, cada maldición rota que deja escapar contra mi piel.
—Luca —advierto, porque siento que el mundo empieza a perder su forma.
Su mano se desliza entre nosotros.
—Córrete para mí —dice, con voz baja y áspera—. Déjame sentirlo.
Me rompo. Todo mi cuerpo convulsiona contra él, la cabeza se me cae hacia atrás y se me escapa un grito mientras el placer me arrolla. Es agudo, absorbente, interminable durante unos segundos cegadores.
Mi cuerpo palpita a su alrededor y Luca gime como si le doliera.
Me sigue un latido después, profundo y deshecho, con las caderas sacudiéndose mientras se hunde dentro de mí una última vez. Aprieta la cara contra mi cuello y el sonido que hace no tiene nada de controlado.
Es necesidad.
Es rendición.
Es Luca sin armadura.
Nos quedamos ahí, apretados contra la pared, jadeando y temblando. Su cuerpo pesa contra el mío. Mis piernas siguen rodeándole la cintura. Mis manos siguen en su pelo. Su respiración es caliente contra mi garganta.
Pasan minutos. Quizá horas. Por fin me baja al suelo con suavidad. Me flaquean las piernas y lo nota enseguida: una mano me sujeta la cintura antes de que pueda fingir que estoy bien.
Me apoyo contra la pared, todavía respirando con fuerza.
Luca me da un beso en el hombro y luego apoya la frente ahí, como si le diera miedo soltarme.
Levanto la mano y le aparto de la frente un mechón húmedo.
—¿Ya te arrepientes? —pregunto en voz baja.
Sus ojos se encuentran con los míos. No se esconde de mí.
Hay miedo en ellos. Hambre también. Algo tan tierno que podría magullarse.
—Puede que me arrepienta —susurra—. Pero ahora mismo no.
Las palabras se asientan entre los dos, imperfectas y sinceras.
Debería odiar esa respuesta, pero no puedo. Porque su boca sigue lo bastante cerca para besarla.
Sigue aquí.
Y no estoy preparada para soltarlo.