Capítulo Nueve
CALLIE
Me miro una última vez en el espejo del auto antes de bajar.
La entrada del hotel resplandece con luz cálida, latón pulido y esos arreglos florales tan caros que te hacen preguntarte si las orquídeas tienen grupos de presión.
Las cámaras destellan cerca de la entrada.
No llega a ser una alfombra roja, pero se le parece lo suficiente para que se me tensen los hombros.
Enderezo la espalda, levanto la barbilla y entro en la boca del lobo.
Dentro del salón de baile, el equipo ya va de grupo en grupo.
Copas de champán en mano. Trajes confeccionados a la perfección.
Sonrisas falsas bajo lámparas de araña lo bastante brillantes para interrogar a alguien.
Los patrocinadores rondan las mesas de la subasta silenciosa, fingiendo entender de hockey mientras pujan por camisetas firmadas y paquetes de fin de semana en un spa.
Está todo el equipo, salvo el capitán. No se ve a Luca por ninguna parte.
Bien. Probablemente bien.
No quiero estar aquí. Como ya le dije a Jax cuando me invitó, estas galas no son lo mío.
Pero Roth me obligó a asistir.
Jax es el primero en verme. Está en mitad de una conversación con un patrocinador corporativo cuando sus ojos se posan en mí y la frase simplemente se le corta.
—Maldita sea —dice entre dientes—. Ese vestido va a matarme.
Me detengo junto a él y le dedico una sonrisa cortés porque hay cámaras, donantes y al menos tres personas cerca con pinta de tener yates bautizados en honor a alguna laguna fiscal.
—Pues muérete en silencio —digo—. Hay prensa.
Se lleva una mano al pecho y susurra teatralmente: —Mi fantasma te perseguirá.
—Esta noche quemo salvia.
Su sonrisa se ensancha, pero ahora hay algo más cuidadoso en sus ojos. Mira, sí, pero no lo convierte en un espectáculo. No me toca. No invade mi espacio. De algún modo, eso empeora el calor de su mirada.
—Estás hermosa —dice, esta vez en voz más baja.
La sinceridad me alcanza antes de que pueda esquivarla.
—Gracias —digo, y me alejo antes de cometer alguna estupidez, como dejar que mi cara muestre sentimientos.
Theo está al otro lado del salón, cerca de la subasta silenciosa, impecable en un traje gris carbón oscuro. Sin corbata. El cuello un poco abierto. Discreto, sereno y, de algún modo, más peligroso que cualquiera que se esfuerce más.
Me ve. Sus ojos se alzan, se detienen y me recorren.
Cuando llego a la mesa de la subasta, se inclina lo justo para que solo yo lo oiga. —Demonios.
Una palabra. Eso es todo, pero mi corazón casi olvida cuál es su trabajo.
Lo miro, buscando una broma, pero Theo nunca bromea. Es el único jugador que comprueba las cifras y no se limita a leer entre líneas.
—Hoy estás muy hablador —digo, tomando una copa de champán de la bandeja del camarero.
—Lo mejor que he podido hacer bajo presión.
Me río a mi pesar y a él se le mueve apenas la boca.
Luego se aleja y me deja entre un palo de portero firmado y una cesta de vinos de lujo, con la piel erizada.
La tensión y la excitación que siento no tienen nada que ver con la ansiedad de estar en público, sino exclusivamente con la forma en que me miran Jax y Theo.
Me alejo, intentando recuperar el equilibrio, y entonces veo a Luca.
Está junto al bar del fondo, vestido de negro sobre negro, porque claro que sí. El traje le sienta como si la violencia hubiera aprendido modales. Las mangas le ciñen los antebrazos lo justo para sugerir contención o amenaza y, sinceramente, con Luca la diferencia es decorativa.
Nuestras miradas se encuentran a través del salón.
Su expresión cambia. No mucho. La cara de Luca tiene el rango emocional de una puerta de lujo cerrada con llave.
Pero aun así lo veo. La mínima ruptura en su control.
La forma en que tensa la mandíbula. La forma en que baja la mirada a examinar mi vestido durante un peligroso segundo antes de volver a mis ojos de golpe.
Luego sale al balcón, lo más lejos posible de la multitud.
Me digo que no lo siga. Me digo que estoy aquí por trabajo.
Me digo muchas cosas útiles.
Luego dejo el champán intacto en una bandeja que pasa y lo sigo.
La terraza de la azotea está tranquila en comparación con el salón de baile de abajo. El aire fresco me acaricia los hombros desnudos y la ciudad brilla más allá de la barandilla: torres de cristal, semáforos y agua oscura a lo lejos.
Durante un momento, me quedo allí, con los tacones silenciosos sobre la piedra y el vestido pegado a mi piel como si conociera secretos que aún no he admitido.
Luca está en el extremo opuesto de la terraza, apoyado en la barandilla de espaldas a mí, con las manos bien separadas y firmes como si se sujetara para no moverse.
Debería irme. Dejar que se consuma en la tormenta que lo haya perseguido hasta aquí arriba.
En lugar de eso, digo: —Siempre haces que tus salidas parezcan tan dramáticas. ¿Es cosa de ser capitán?
No se vuelve. —Es cosa de salir antes de hacer alguna estupidez.
El pulso me da un golpe, fuerte.
Cruzo los brazos, lo cual no sirve de nada contra el frío ni contra la sensación de que él me deja sin aire. —¿He vuelto a ofenderte por existir, Petrenko?
Por fin se vuelve.
Y que Dios me ayude.
Sus ojos me recorren una vez, despacio y con filo, como si diseccionara una amenaza o memorizara un error. O ambas cosas.
—Ese vestido —dice con voz áspera— debería ser ilegal.
—Se lo diré al abogado del equipo —replico, tan falta de aliento que no puedo sentirme orgullosa—. Probablemente ya tenga mi expediente.
Da un paso hacia mí. No me muevo.
—No deberías haber venido —dice.
—¿Porque te incomodo?
—No. —Otro paso—. Porque no puedo pensar cuando estás cerca.
Suelto una risa suave y amarga, porque querer que lo diga y oírselo decir son dos clases muy distintas de problemas. —Has dejado muy claro que no confías en mí, Luca.
—No confío. —La sinceridad golpea más fuerte de lo que lo habría hecho una mentira.
Ahora está delante de mí, lo bastante cerca para que vea la tensión en su mandíbula y la contención en cada línea de su cuerpo.
—Pero tampoco puedo dejar de pensar en ti —dice.
Las palabras caen entre nosotros como un fósforo encendido.
Lo miro fijamente. —Ni siquiera me conoces.
—Exacto.
La voz se le quiebra un poco al decirlo y algo cede dentro de mí.
La ciudad parece desdibujarse a nuestro alrededor: la música que se filtra tenuemente desde abajo, las risas lejanas del salón de baile.
Todo se desvanece hasta que solo quedamos él, yo y esa imprudente pulgada de espacio que ninguno de los dos cruza.
—Tengo que irme —susurro—. Solo soy una distracción.
Tensa la mandíbula. —Lo eres.
Odio que duela. Odio aún más querer que siga hablando.
—Arruinas mi concentración —dice—. Mi rutina. Mi control. —Su voz baja aún más—. Y nunca he deseado nada tanto.
Se me corta la respiración.
Sus manos se alzan despacio y se detienen justo por encima de mis caderas. Sin tocarme, solo suspendidas ahí, lo bastante cerca para que todo mi cuerpo me traicione.
No puedo creer cuánto deseo que me toque...
—Luca —digo, pero no suena como una advertencia.
Suena como permiso.
Su mirada baja a mi boca.
Me inclino hacia él antes de recordar todos los motivos por los que no debería hacerlo. Lo bastante cerca para sentir su calor. Lo bastante cerca para que su aliento me roce los labios.
Se queda inmóvil. Su contención se tensa tanto que casi puedo oírla.
—No empieces algo que no puedas terminar —dice.
Las palabras caen como agua fría.
Retrocedo, aturdida por el calor en la cara y el dolor en el pecho.
Él se vuelve primero, se agarra a la barandilla y mira la ciudad.
Casi le pregunto qué quiere de mí, qué cree que es esto, si sabe lo cruel que es atraerme con una mano y alejarme de un empujón con la otra.
Pero la respuesta ya está entre nosotros.
Me desea.
Pero no confía en mí.
Y no puedo permitirme ninguna de las dos cosas.
¿Lo deseo siquiera? ¿O deseo a Jax? ¿O a Theo?
Mierda.
Así que me alejo.