Capítulo Seis
LUCA
—Descansa un poco, Petrenko —grita el entrenador Bennett desde las vallas—. Estás volviendo a protegerlo.
Asiento una vez y patino hacia el banquillo.
El hombro lleva días molestándome. Una distensión, nada más. Manejable. He jugado con cosas peores. Todos en esta liga han jugado con cosas peores.
Pero ahora se está haciendo oír más.
Mis pases han perdido precisión. Noto raro el movimiento con el que completo los tiros. Hasta mis cargas empiezan a quedarse cortas, y eso es inaceptable de cara a un partido fuera de casa que podría influir en la clasificación.
Lo que necesito es descansar.
Lo que me encuentro es a ella.
Callie Monroe ya espera junto al banquillo cuando salgo del hielo. Carpeta con pinza en mano. Ceño fruncido. Boca apretada en una línea que dice que se ha dado cuenta de todo y no está de humor para dejar que le mienta.
—No eres invencible, ¿sabes? —dice mientras tomo mi botella de agua.
—No se lo digas a nadie. Arruina mi marca personal.
Sus ojos se desvían hacia mi hombro. —Estás volviendo a forzarte pese al dolor. Tu amplitud de movimiento está mal. Tu postura también.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Me dirijo al túnel. Ella mantiene el paso a mi lado.
—Cinco minutos —dice—. Sala de tratamiento. Puedes gruñirme y fingir que no hace falta. Yo documentaré la sesión y fingiré que no estás siendo imposible.
Dejo de caminar. Ella también. Alza la barbilla, con la mirada firme.
Odio que siempre sea tan firme. Odio aún más que eso me altere.
—He dicho que estoy bien.
—Y tu hombro ha dicho lo contrario. —Baja la voz—. Puedes venir por las buenas o puedo decirle al entrenador que estás ignorando indicaciones médicas antes de un partido fuera de casa.
La miro fijamente. Ella me devuelve la mirada.
Debería decir que no. Debería marcharme, como hago siempre.
En lugar de eso, la sigo.
La sala de rehabilitación está tranquila, pero no es privada. La puerta permanece abierta. La tableta de tratamiento ya está encendida sobre la encimera y uno de los asistentes de rehabilitación trabaja en el papeleo en la oficina de enfrente, al otro lado del pasillo.
Inteligente.
—Camilla —dice, poniéndose los guantes.
Me siento.
No parece impresionada. —Fuera camiseta.
—Invítame a cenar primero —digo, y me muerdo el interior de la mejilla.
¿Estoy... coqueteando con ella?
Alza una ceja. —Serías más encantador si no supiera que esa frase es un ochenta por ciento de evasión y un veinte por ciento de ego.
Aun así, obedezco. La camiseta se me pega a la piel, húmeda de sudor y tirante sobre el pecho. Cuando me la quito, sus ojos bajan durante medio segundo antes de volver a subir de golpe.
No lo bastante rápido.
Me siento en la camilla de espaldas a ella.
Los guantes chasquean detrás de mí. Luego sus manos se posan en mi hombro, demasiado cálidas, incluso a través del látex.
Sus pulgares encuentran la banda de músculo tenso bajo el deltoides y aprieto los dientes.
Encuentra el nudo de inmediato.
—Dios mío —murmura—. Llevas días compensando.
Presiona más a fondo.
El dolor atraviesa la articulación, agudo y ardiente. Luego cede bajo sus manos y se deshace en algo más sordo. Soportable.
—Acumulas tensión como si te diera puntos —dice.
—Me los da.
—No —dice—. Ganar da puntos. Destrozarte el hombro te da rehabilitación y un sermón mío con apoyo visual.
A mi pesar, casi se me mueve la boca.
Ella lo capta de todos modos. —Has sonreído.
—No lo he hecho.
—Me gano la vida interpretando la mecánica corporal, Petrenko. Tu cara no es tan misteriosa como crees.
Eso debería molestarme.
Me molesta.
También hace que algo se afloje en mi pecho de una forma de la que no me fío.
Sus dedos recorren la parte superior del hombro, comprobando la amplitud, la presión, la respuesta. Tiene cuidado. Más del que esperaba después de cómo le hablé ayer.
—Deberías haber venido antes —dice.
—He tenido cosas peores.
—El dolor no demuestra que seas fuerte. —Su voz se suaviza, pero solo un poco—. A veces es solo tu cuerpo pidiéndote que no seas idiota.
Sus manos se quedan quietas en mi hombro.
—Lo estabas protegiendo durante los ejercicios de tiro —dice—. Demasiada torsión al completar el movimiento. Proteges la articulación antes del contacto y luego compensas en exceso después de soltar el disco.
Miro por encima del hombro. —¿Estudiaste mis grabaciones?
—Claro.
—¿Por qué?
Sus ojos se encuentran con los míos. —Porque mantenerte sano es mi trabajo.
—Eso no es lo que he preguntado.
Entreabre los labios. ¿Callie Monroe no tiene una respuesta inmediata?
El aire entre nosotros cambia. Ella aparta la mirada primero.
Bien. Uno de los dos debería hacerlo.
Me asaltan recuerdos: la forma en que me miró ayer cuando dijo que no era la mujer de mi pasado.
Tenía razón, no lo es. Y no debería olvidarlo.
—No solo acumulas tensión física —dice—. Creo que también es emocional. ¿Has hablado con...?
Tenso la mandíbula. —No me analices —la interrumpo.
Se mueve un poco hacia un lado para comprobar mi amplitud de movimiento, manteniendo una distancia profesional que, de algún modo, me hace más consciente de cada pulgada entre nosotros. Su cuerpo está lo bastante cerca como para que sienta calor.
Odio que me guste ese calor.
—Levanta el brazo —dice.
Lo hago. El dolor me alcanza enseguida.
Se da cuenta antes de que pueda ocultarlo.
—Para. —Me sujeta la parte superior del brazo—. No sigas forzando pese a ese dolor.
—Puedo soportar el dolor.
—Lo sé —dice—. Eso es lo que me preocupa.
Las palabras golpean donde no deberían.
La miro.
Ahora está cerca. Solo me toca donde hace falta. Ojos concentrados. Boca seria. El pelo soltándose del recogido.
—No te asustas fácilmente —digo.
Alza la mirada hacia la mía. —He conocido a hombres más aterradores que tú, Petrenko.
—Lo dudo.
Su sonrisa es pequeña. Nada dulce. Un desafío.
Y que Dios me ayude, quiero aceptarlo.
Mierda.
Aparto la mirada.
Se aclara la garganta y retrocede.
—Descanso —dice, quitándose los guantes—. Nada de manejar el palo durante cuarenta y ocho horas. Hielo esta noche.
—Mañana tengo entrenamiento.
—El equipo sí —dice con severidad—. Tú no.
Aprieto la mandíbula. Me levanto despacio y alcanzo la camiseta.
Su expresión no se suaviza.
Me pongo la camiseta y voy hacia la puerta, luego me detengo con una mano en el marco. —Gracias.
Salgo antes de que pueda decir nada más.
Por desgracia, algo ha cambiado. Callie Monroe no es quien yo creía. ¿Y lo que siento por ella? Ya no es odio.
Y no sé si me jode más haberme equivocado o que una parte de mí quiera seguir equivocándose con ella.