Epílogo de Avi #2
Les sonrío a ambos. No creo que sean pareja de forma oficial, porque mi buena amiga Bea no es de las que buscan una relación seria. Aun así, últimamente parecen uña y carne. No sé qué rollo se traerán, pero supongo que tendremos que esperar para enterarnos.
—Qué ganas de ver a mi chico —interviene Theo con alegría—. Llevas demasiado tiempo acaparándolo.
Suelto un grito ahogado, fingiendo indignación.
—Perdona… Lo que Kyran y yo hagamos en la intimidad es cosa nuestra.
Frankie se ríe a carcajadas mientras Theo me lanza una mirada de espanto.
—¿Qué le has pillado a Kyran por su cumple? —pregunta Micah, que llega trotando junto a Zeb, ambos con unos cócteles muy elaborados en la mano.
—Me apuesto lo que sea a que le va a regalar una fusta y una mordaza con bola a juego —suelta Zeb, esbozando una sonrisita de suficiencia—. ¿No ves que les va lo duro?
—Venga ya, por favor —resopla Frankie—. Si son unos blandengues. —Frunzo el ceño y añade en un tono de burla—: Pero, si alguna vez quieres que te instruya como es debido en el arte de la negación del orgasmo, solo tienes que decírmelo. Seguro que le vendría bien a tu chico.
—Vale, demasiada información —gruñe Theo, sorbiendo su bebida—. ¿Y tú cómo lo sabes? —Mira a Frankie con los ojos entrecerrados.
—Digamos que fui la loncha de jamón que se les coló en el sándwich antes de que Kyran descubriera que era vegetariano —explica, sonriendo con orgullo.
Suelto una risita y pongo los ojos en blanco.
—Sí, churri, tú fuiste la que nos juntó.
Muchas gracias, te estamos todos superagradecidos.
—Me giro hacia Micah y Zeb y le doy un sorbito a la bebida del segundo, que me pone mala cara—.
Para vuestra información, le he comprado a Kyran algo muy especial por su cumpleaños y me muero de ganas de dárselo.
—Sabes que ponerte un lazo en el rabo no cuenta como regalo, ¿verdad? —responde Micah con una sonrisa ladeada, y clavo los ojos en él apretando los labios.
—¡Ay, no! —grita Zeb—. Le has comprado un anillo de diamantes, ¿verdad? ¡Vas a pedirle matrimonio! —exclama, dando saltitos y aplaudiendo de la emoción.
—Te entiendo. —Bea asiente con la cabeza—. Yo también querría echarle el lazo si fuera tú.
—No voy a pedirle matrimonio. —Me río por la nariz—. Somos demasiado jóvenes para casarnos. —El estómago se me retuerce de pronto y los nervios se apoderan de todo mi cuerpo tan solo de pensarlo—. Tampoco creo que Kyran me dijera que sí…
Me muerdo el labio y fijo la vista en mi vaso.
—¡¿Estás de coña?! Por supuesto que te diría que sí. Está loquito por tus huesos y lo sabes.
Curvo los labios en una sonrisa, pero me obligo a reprimirla.
—¿Tú crees…?
—Espera, no estarás planteándote en serio lo de pedirle matrimonio, ¿no? —pregunta Theo con nerviosismo, como si el tema lo afectara personalmente.
—No —resoplo, y todos desvían los ojos en mi dirección—. ¡Que no voy a pedírselo!
—Mejor, porque el matrimonio es un timo de los gordos —gruñe Theo, y apura de un trago su bebida.
Levanto una ceja, pero, antes de que pueda seguir indagando en lo que le ocurre, la puerta principal se abre de golpe y una voz potente retumba en toda la estancia.
—¡Ya está aquí el stripper ! —grita Guty, riéndose y aplaudiendo, y todas las miradas se vuelven hacia él—. No hay de qué preocuparse, amigos míos. ¡Ahora sí que empieza lo bueno!
Todos estallamos en carcajadas mientras Theo corre a saludar a su amigo y el resto de los invitados murmuran entre ellos, probablemente preguntándose de dónde ha salido este personaje tan ruidoso y excéntrico.
—Ey, gorrita del revés —dice Guty sonriendo al acercarse a nosotros y, acto seguido, me da un codazo que me arranca un gruñido de dolor—. Gracias por invitarme. Llevaba años sin pisar Filadelfia.
—Me alegra que hayas podido venir —murmuro, frotándome el costado. «Madre mía… Creo que me ha partido una costilla»—. Kyran va a alucinar cuando te vea.
—Cómo echo de menos a mi Nueve. —Hace un puchero.
—No es tuyo, ¿eh? —Zeb me dedica una sonrisita y luego le dirige una mirada coqueta a Guty.
Este ladea la cabeza y lo observa con los ojos entrecerrados.
—Bueno, coge un cóctel y algo de comer si quieres —intervengo, agarrando a Guty del brazo y mostrándole dónde está todo—. Kyran debe de estar al caer. Y solo falta por llegar…
La puerta se abre y, al levantar la vista, nos encontramos a Bridget sonriendo y saludándonos con la mano conforme entra.
—¡Hola!
—¡Eh, Jeff Bridges! —exclamo con entusiasmo y miro a Micah, que lo repite gritando.
Ambos nos reímos.
—Eh…, ¿qué me he perdido? —pregunta Theo confundido.
Frankie, Zeb y Bea dicen al unísono:
—Se llama Bridget.
La abrazo, nos ponemos a chillar de felicidad por volver a vernos y, una vez que nos hemos calmado, se la presento a los demás.
—Vale. —Suspiro y doy una palmada—. ¿A quién le apetece que le enseñe la casa mientras esperamos al cumpleañero?
—¡A mí, a mí!
Bea y Zeb comienzan a balancearse de la emoción. Frankie agarra a Bridget de un brazo y a Micah de otro, y camina con ellos mientras Guty y Theo cuchichean sobre quiénes de los presentes en la fiesta serán los nuevos compañeros de equipo de Kyran.
Procedo a guiarlos por nuestra casa adosada de dos plantas y les voy mostrando lo que hemos hecho con cada habitación, oyendo sus exclamaciones de asombro.
No es por fardar ni nada, pero nos lo hemos montado de maravilla.
Kyran y yo la hemos convertido en la casa soñada de cualquier soltero…
, solo que es completamente para nosotros.
Tenemos un cine, un gimnasio, cinco dormitorios (uno de ellos con baño propio), un despacho, una cocina interior que haría que el mismísimo Gordon Ramsay se quedara sin palabras y una terraza con cocina exterior y jacuzzi.
Es una puta locura. De esos sitios en los que siempre te imaginas viviendo, pero que parecen inalcanzables…, y Kyran y yo lo hemos conseguido. Dos veinteañeros que ni siquiera acabaron la universidad.
«Dios bendiga América».
Le estoy enseñando a Micah mi biblioteca de libros sobre teorías conspirativas y nuestra vitrina de recuerdos cuando me vibra el móvil en el bolsillo. Es un mensaje de Tom.
—Ay, mierda. —El corazón me martillea las costillas—. Kyran viene de camino. Estará aquí en quince minutos.
Me los llevo a todos fuera de la habitación para prepararnos y Zeb me tira de la manga.
—¿Puedo vivir con vosotros, por favor?
Sacudo la cabeza, riéndome.
—En serio, tío. Este sitio es un flipe… —dice Guty.
—Es lo que tiene el dinero de la NFL —repone Theo con una sonrisa.
—Y el del OnlyFans —canturrea Zeb, guiñándome un ojo.
—Jo, ¡hay muchas habitaciones que me suenan de vuestros reels ! —chilla Bea, cogiéndome de la mano—. Hacéis una pareja monísima. Me alegráis el día cada vez que subís algo. Siempre que os veo estoy en plan: «¡Esos son amigos míos!».
No puedo evitar soltar una risita mientras noto cómo se me calienta la cara.
—A mí me encantó ese en el que Kyran te escondía la comida basura —interviene Frankie.
—Mi favorito fue el de su reacción cuando te pusiste a despotricar sobre los avistamientos del Hudson Valley —añade Micah entre carcajadas.
—Ah, ¿sí? Pues yo me inclino más por los vídeos de la ducha… —murmura Zeb.
Lo fulmino con la mirada, aunque las comisuras de los labios se me alzan solas hasta esbozar una sonrisa cómplice.
—Esos son solo para los fans. —Le guiño un ojo y él me lanza un beso—. ¡Vale, gente! —grito, bajando la música para que me oiga el resto de la fiesta—. ¡Quedan diez minutos!
Me dirijo corriendo a la cocina a comprobar si el chef y los camareros lo tienen todo listo y les pido que guarden silencio unos minutos para la sorpresa.
Todos los invitados se colocan en sus respectivos sitios en el salón y la adrenalina se me dispara por las nubes al fijarme en la cámara de seguridad de la puerta principal, esperando que aparezca el coche de Kyran.
Al cabo de un par de minutos en los que creo que me va a dar un chungo, su Mercedes SUV se detiene junto al bordillo. Frankie baja la intensidad de las luces mientras todos se agachan. El pulso me retumba en los oídos a medida que la emoción y el nerviosismo se apoderan de mí.
«Espero que le guste…».
En todo el tiempo que llevo conociéndolo, nunca ha tenido una fiesta sorpresa. No es que esté dudando de mí mismo ni nada de eso… Seguro que le alegra el detalle.
«Bueno, vale, a lo mejor sí que estoy dudando un poquito…».
Pero ya no hay vuelta atrás, porque ha subido los escalones y está metiendo la llave en la puerta.
—¡Cari! —grita en cuanto entra, acompañado por el sonido de sus pasos retumbando en el recibidor—. Madre mía… Vaya día llevo. Necesito una cerveza, un baño y una buena ración de rabo. No necesariamente en ese orden…
Me tapo la boca para que no se me escape la risa. Entonces, dobla la esquina y Frankie enciende las luces.
—¡Sorpresa!
Todos nos levantamos a la vez de un salto, entre gritos de alegría y vítores, y la gente empieza a soplar los matasuegras que he dejado repartidos por toda la casa.
Kyran retrocede por la sorpresa, pero ni siquiera me da tiempo a recrearme en el rubor de sus mejillas al darse cuenta de lo que acaba de soltar sin saberlo delante de cuarenta invitados y todo el personal del restaurante…
Porque se me escapa un grito ahogado lleno de pánico y voy corriendo hacia él.
—¡Kyran! ¿Qué te ha pasado en la cara?
Tiene el ojo izquierdo rodeado de tonos negros, morados y azules, y ahora me siento fatal por haberlo obligado a exponerse al resto de la gente en este estado.
—Ay, mi ángel… —dice suspirando, sonriendo y pasándome las manos por el pecho mientras yo le reviso el ojo con preocupación—. ¿Has montado todo esto por mí?
—Sí, sí… Pero ¿qué te ha pasado? —gimoteo.
Ignora por completo mi pregunta, me besa en los labios con una sonrisa de oreja a oreja y luego mira por detrás de mi hombro.
—¡Es increíble, chicos! No tenía ni idea… Casi me cago del susto.