Capítulo treinta y uno #2
Pero acudí a él, una y otra vez, porque mi corazón lo anhelaba incluso cuando yo no era capaz de comprenderlo, y ahora lo veo tan claro como el azul grisáceo de sus ojos.
Mi ángel me salvó. Me sacó de las sombras en las que me escondía. Me sostuvo entre sus brazos cuando me flaqueaban las fuerzas y me quiso cuando yo mismo me repudiaba.
Es desinteresado y auténtico… Un bicho raro fascinante y admirable.
Estoy enamorado de un ángel… Y se llama Avi.
Al acabar de leerlo, tengo el corazón desbocado dentro del pecho y noto una presión hormigueante en la nariz que me obliga a sorber sin parar. Tiemblo tanto que me da la impresión de que voy a desplomarme de rodillas en el suelo.
«No me puedo creer que haya escrito esto… en su cuenta de verdad. La que todos asocian con él. Y me lo ha dedicado a mí».
—¿Dónde estás, cari? —le susurro al teléfono con los labios temblorosos—. Vuelve a casa conmigo.
Me cuesta horrores no llamarlo ahora mismo, pero contengo las ganas, porque no soportaría que me ignorase de nuevo.
No ha contestado a ninguna de mis llamadas en las casi seis semanas que han pasado.
Solo me envió un mensaje en el que me decía que se encontraba bien y que volvería a llamar a mi puerta.
Y esa es la única razón por la que no he perdido la esperanza.
Tengo que darle el espacio que necesita.
Pero está siendo la misión más difícil que me he propuesto en la vida.
No hace falta que estemos separados, porque lo que él no sabe es que yo no lo salvé… Fue él quien me salvó a mí.
Había vivido la mayor parte de mi existencia a la deriva, sin tener ni idea de quién era ni cuál se suponía que debía ser mi propósito en este mundo. Hasta que apareció el cascarrabias de mi hermanastro y me abrió los ojos.
Soy la mascota del equipo, esa que acompaña y anima al resto. Soy artista y un espectáculo andante. Soy amante, amigo y, sobre todo, un enamorado del hombre que me hizo reconocer todas estas facetas de mí mismo con una claridad dolorosa.
El rubio buenorro gruñón que, pese a las cicatrices que le atravesaban el alma, me cogió de la mano al borde del abismo, la apretó y se lanzó conmigo al vacío.
Por millonésima vez desde que se fue, tengo que obligarme a arrojar el móvil a un lado. Echo a correr hacia mi cuarto y rebusco en el cajón del escritorio hasta que doy con un porro que había escondido ahí por si las moscas.
Soy consciente de que dejé de fumar por Kyran y me enorgullece haber aguantado tanto tiempo. Pero, ahora mismo, necesito colocarme…, anestesiar todas estas emociones que se han apoderado de mí. Olvidarme de lo vacío que me siento sin él.
Estoy intentando encender el mechero una y otra vez, refunfuñando por lo mal que va y por el hecho innegable de que voy a tener que comprarme uno nuevo, cuando oigo que llaman con los nudillos a la puerta.
Permanezco inmóvil un momento con el porro entre los labios. Luego me lo saco de la boca y lo dejo de nuevo en el escritorio. Salgo del cuarto y me dirijo hacia la puerta, reprimiendo la frustración como buenamente puedo. Justo cuando agarro el pomo, comienzan a llamar con más insistencia.
Abro de golpe, sin pensármelo dos veces, y suelto con rabia:
—Bueno, ya vale, ¿no? A ver si nos cal…
Pero todo el enfado se desvanece junto con mi voz al encontrarme con unos ojos avellana, una melena dorada y unos labios carnosos curvados en una sonrisita temblorosa.
—Madre mía… —dice Kyran con un suspiro, ladeando la cabeza—. Estás… para el arrastre.
Frunzo el ceño y parpadeo rápidamente con la boca abierta. Me quedo mirándolo tres segundos enteros antes de ser capaz de balbucear:
—N-no, qué va…
—Que no, dice… —Ensancha su preciosa sonrisa, pero debo de estar alucinando. No puede ser real… Seguro que no es más que un producto de mi imaginación como respuesta a la soledad que me carcome por dentro—. Parece que no te ha ido muy bien sin mí.
Estoy paralizado. En shock. ¿De verdad está aquí?
«Kyran…».
«Kyran está aquí».
Y lleva razón. Voy arrastrándome como un alma en pena y sé que es probable que tenga el aspecto zarrapastroso de alguien a quien le han roto el corazón. Pero no pienso reconocerlo así por las buenas, cuando acaba de presentarse en mi puerta, sobresaltándome de esta forma.
Así que aprieto los labios y murmuro:
—En realidad, estoy dándome la gran vida. ¿Y tú quién se supone que eres? Has interrumpido mi almuerzo de caviar de diamantes y trufas bañadas en oro.
Kyran se echa a reír y ese sonido despierta cada célula de mi cuerpo. El pulso se me dispara y un escalofrío me recorre de pies a cabeza conforme se acerca a mí y me pone las manos en el pecho, intentando colarse en el apartamento.
Me deja tan descolocado que doy un paso hacia atrás para permitirle entrar, emocionado, nervioso y eufórico por el simple hecho de tenerlo por fin ante mí de nuevo.
Su tacto… La calidez de sus manos, la luz que desprende su sonrisa… Su presencia me desarma por completo y, antes de darme cuenta, estoy temblando.
No puedo dejar de fijarme en lo guapo que está en persona, después de tanto tiempo refugiándome en fotos y vídeos antiguos que he visto un millón de veces solo para sentirme cerca de él. Por primera vez en más de un mes, estoy observándolo con mis ojos y no a través de una lente del pasado.
«Es real. Es Kyran de verdad».
—Espero que no te importe que me haya plantado aquí… sin avisar —susurra, acorralándome contra la pared más cercana—. Tus amigos me han dado la dirección.
—No… Yo no… —Ni siquiera soy capaz de articular una frase coherente. Estoy cortocircuitando—. No puedo…
—Me encanta dejarte sin palabras —musita, humedeciéndose los labios.
—Kyran… —pronuncio en voz baja, saliendo de mi ensimismamiento lo justo para sostenerle la cara entre las manos—. ¿Eres tú de verdad? Necesito que me pellizques o algo, porque he tenido un montón de sueños parecidos a este…
Suelta una risita y apoya la frente contra la mía.
—¿Y qué pasaba en esos sueños? ¿Eras… feliz?
—¿Estás de coña? —Me tiemblan los labios sobre los suyos—. Para mí no existe la felicidad si no te tengo conmigo.
—Dios, no sabes cuánto te he echado de menos… —Me desliza los dedos por el cuello y sacudo la cabeza, atónito.
No me puedo creer que esté aquí de verdad, tocándome, pasándome sus dedos largos y perfectos por el pelo, hundiendo la cara en el hueco de mi cuello e inhalando mi aroma como solía hacerlo.
«Ay, Señor, me va a dar algo».
—¿Por qué…? —comienzo a decir con la voz ronca, y me aclaro la garganta mientras él se pega a mí, aprisionándome contra la pared—. ¿Por qué has… decidido venir ahora?
—Nunca he querido alejarme de ti, Avi. —Noto cómo frunce los labios sobre mi garganta conforme habla—. Créeme…
—Entonces dime por qué, Kyran —gimoteo a la vez que me recorre con las manos, como si llevara tiempo ansiando tocarme. Sus caricias me devuelven el alma… Me siento vivo de nuevo.
—Porque, cari… —musita en un tono de voz arrepentido, con esa vacilación suya tan propia que provoca que me flaqueen las rodillas—, no podía soportar la idea de que cargaras con el peso de sanar mis heridas. No me parecía justo.
—Pero ¿no te das cuenta de que no me importa?
—resoplo, alzándole el rostro para mirarnos a los ojos—.
Kyran, quiero sanarte. No hay nada que me haya hecho más feliz en la vida que abrirte la puerta cada vez que aparecías perdido y desconcertado y necesitabas que te enseñara lo liberador que podía ser dejarse llevar.
Me encanta sanarte, cari, y, si necesitas mi ayuda, será un placer concedértela.
—Lo sé —contesta con un suspiro, manteniendo los ojos fijos en los míos, como si estuvieran imantados—.
Y por eso te quiero tanto. Pero necesitaba aprender a sanarme a mí mismo para que lo nuestro fuera real.
Quiero que estés con el verdadero Kyran, cari, porque él se ha enamorado perdidamente de ti, Avi Vega.
Tú eres el que me ha impulsado a seguir adelante todo este tiempo. Mi ángel…
—He visto tu publicación. —Le dedico una sonrisa a la que él responde con otra, rozándome los labios de un modo juguetón.
—Quiero que todo el mundo sepa de quién soy —susurra.
«Dios, ahora mismo me siento como si me hubiera precipitado al vacío desde un lugar muy alto y a la vez estuviera flotando entre las nubes».
Y sí, me sigue dando miedo, porque nunca había estado enamorado y me aterra volver a perderlo. La idea de entregarte por completo a alguien de esta forma es bastante abrumadora.
Pero me lanzaría de cabeza a cualquier abismo siempre que él me sostuviera la mano.
—Por favor, no vuelvas a dejarme nunca —susurro, sellando mis palabras en sus labios dulces y suaves con un beso. Lo echaba tanto de menos que estoy al borde del colapso—. Por favor, Kyran…, sea cual sea la carga que lleves sobre los hombros, podemos afrontarla juntos, pero… no me dejes.
Odio la vulnerabilidad que refleja mi voz, pero no puedo evitarlo. Volver a tenerlo aquí me ha brindado el chute de dopamina que necesitaba con urgencia desde que se fue.
—Por si no te has dado cuenta, tengo la mala costumbre de huir de ti, cari. Pero ya se ha acabado… Avi, mereces que sea yo el que te persiga a ti.
Me aferro a él, completamente expuesto, sin ningún tipo de coraza.
—No es una persecución si yo me muero de ganas por que me atrapes.
—Mi ángel… —ronronea con una sonrisa.
«No me hacen falta más palabras. Solo sus labios».
Él es quien se lanza a besarme primero, con fuerza y rapidez, gimiendo como si llevara semanas hambriento y por fin pudiera alimentarse de nuevo.
El reencuentro de nuestras bocas me revuelve por dentro y me calienta la sangre al instante.
Los dedos me vibran de necesidad conforme recorro cada rincón de su cuerpo, cada curva de sus músculos firmes, cada tramo de piel que alcanzo con las manos.
Me deleito en la suavidad de su pelo, en la calidez que desprende y en el hecho de que esté sonriendo todo el rato.
Se lo ve feliz y yo estoy en el paraíso.