Capítulo treinta #5
—Y, lo más importante, siempre he sido gay. Nací así y punto. Además, estoy enamorado de Avi y quiero estar con él. Así que… pues eso. Ya estaría.
Me levanto, echo un último vistazo a sus caras de incredulidad y le doy una fuerte palmada en el hombro a mi padre con una sonrisa.
—Hasta otra.
Me alejo de la mesa, sintiéndome como nuevo. Y mucho más ligero.
Sí, soy consciente de que es un proceso lento que requiere un trabajo constante, pero hoy he dado un gran paso y estoy orgulloso de mí mismo.
«Tengo que ver a Avi».
«Que le den a todo esto. Lo único que quiero ahora mismo es besarlo como si no hubiera un mañana».
Una vez en la acera, me saco el móvil del bolsillo para pedir un Uber.
Echo de menos el Mercedes SUV, pero no me quedó más remedio que devolverlo en cuanto regresé a la ciudad.
Es demasiado caro y no puedo fundirme todos los ahorros del OnlyFans, y menos con el tema de la universidad todavía pendiente…
Estoy metiendo la dirección del apartamento de Frankie en la aplicación cuando noto que alguien me agarra el hombro.
—Kyran…
Es mi padre.
Me giro para encararlo, completamente desconcertado. Pero, antes de retroceder por miedo a que me dé un puñetazo, se abalanza sobre mí y me estrecha entre sus brazos.
Me está abrazando… Mi padre me está abrazando.
Permanezco inmóvil como una estatua durante unos buenos cuatro segundos, con los brazos colgando a los lados mientras mi padre me estruja contra su pecho con toda la fuerza que es capaz de reunir.
Noto un pinchazo detrás de los ojos y, al final, le envuelvo la cintura para devolverle el abrazo. Parece tener la respiración entrecortada…, como si estuviera llorando. No entiendo nada.
«¿Qué coño está pasando?».
—Te quiero, Kyran —susurra con la voz ronca—. Te quiero muchísimo. Lo siento en el alma, hijo.
«Madre mía… Qué vergüenza».
Ahora soy yo el que está llorando como un descosido contra su pecho sin poder contenerme. Me aferro a él, temblando, mientras siento cómo se derrumban ladrillo a ladrillo los muros que nos separaban.
Nos quedamos así un rato, hasta que volvemos a la realidad y nos soltamos, secándonos las lágrimas rápidamente e intentando disimular cualquier rastro de emoción visible, porque, aunque sea una mierda, eso es lo que nos han enseñado a hacer desde pequeños, y cuesta desprenderse de las viejas costumbres.
Nos miramos y me muerdo el interior de la mejilla, sin saber qué decir.
—Me alegro por ti. —Su tono desprende la misma seriedad de siempre, pero sé que sus palabras son sinceras. Las siente de verdad—. Por ti… y por Avi.
Curvo los labios en una ligera sonrisa.
—Creía que ibas a enfadarte… porque es un chico. Y tu hijastro.
Niega con la cabeza y suelta una risita a la que no puedo evitar corresponder con una carcajada.
—No voy a engañarte: no lo entiendo…, pero te acepto tal y como eres, hijo, y no quiero que cambies nunca.
Las lágrimas amenazan de nuevo con inundarme los ojos, así que fijo la vista en el suelo y parpadeo para contenerlas.
—Eres fuerte, Kyran. Infinitamente más fuerte que yo. Siempre lo has sido —asegura con firmeza—. Te has convertido en un hombre admirable y lo has conseguido tú solo. Eso es motivo suficiente de orgullo.
Asiento con la cabeza y le dedico una sonrisa.
—Gracias, papá.
—Y yo no me preocuparía por lo de que Avi sea mi hijastro… —La alegría le desaparece del rostro—. Al fin y al cabo, pronto dejará de serlo.
Frunzo el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Hannah me ha dejado —responde con un suspiro—. Vamos a divorciarnos.
«Eh… ¡¿Cómo?!».
—¿En serio? —Jadeo, boquiabierto—. ¿Por qué?
—Digamos que soy tan mal marido como padre —murmura.
—No… Papá, eso no es…
—Kyran, es la verdad —me interrumpe, y trago saliva.
—Vale, sí. Pero todavía estás a tiempo de ponerle remedio. Arregla las cosas con ella, igual que estás haciendo conmigo.
Sonríe con tristeza.
—Puede que yo también tenga que librar mis propias batallas internas. —Me da una palmada en el hombro—. Me has inspirado, hijo.
Estoy tan feliz que el corazón se me va a salir del pecho. No me puedo creer lo que acabo de oír, pero la sensación que me provocan esas palabras es maravillosa.
Siento que por fin tengo un padre de verdad… «Después de veinte años, sí, pero más vale tarde que nunca».
De pronto, me mira confundido.
—Entonces, ¿Avi no te ha contado lo del divorcio?
—Es que… Eh… No he hablado con él desde hace cosa de un mes. —Me froto la nuca.
—¿Y eso? —Ladea la cabeza.
—Lo dejé… para poner en orden mis emociones. —Suspiro—. No quería empezar una relación con tantas heridas abiertas sin curar.
Mi padre me observa con un brillo de arrepentimiento en los ojos, como si por fin comprendiera que es el responsable de muchos de los problemas que arrastro.
—Pero si os… queréis. —Se atraganta con las palabras y suelto una carcajada—. ¿Qué? Ten paciencia, me estoy esforzando.
—Lo sé. No pasa nada, papá. Es normal que te cueste hacerte a la idea de que soy gay.
Me lanza una mirada seria, aunque le asoma una sonrisa en la cara.
—Lo que intento decirte es que Avi no parece de los que renuncian a algo valioso solo porque pueda resultarle difícil.
—Tienes razón —murmuro, volviendo a fijar la vista en el móvil—. Voy a ir a verlo. Ya va siendo hora.
—¿Quieres que te lleve? —me pregunta, y lo miro confundido. «¿Quién es este hombre?». Él se limita a reírse y asiente con la cabeza—. Venga, vamos.
«Bueno, no seré yo quien se niegue».
Sigo a mi padre hasta el coche, me subo y ponemos rumbo a Brookline.
La cabeza no para de darme vueltas; tengo muchas cosas que asimilar.
Por un lado, estoy muy contento, pletórico, más bien, por lo bien que ha salido todo con mi padre, y, por otro, estoy tan impaciente por ver a Avi después de más de un mes que soy incapaz de quedarme quieto.
No puedo parar de mover la rodilla y retorcerme los dedos en el regazo conforme nos adentramos en la calle de Frankie.
Mi padre deja escapar algo parecido a una risita y deslizo los ojos en su dirección.
—¿Qué pasa?
—Se nota que tienes muchas ganas de reencontrarte con él. —Sonríe—. Nunca te había visto así.
Me hundo en el asiento y murmuro:
—Estoy nervioso. ¿Y si está enfadado conmigo por haberme ido?
—No creo. No parece propio de Avi —responde, y asiento, porque es cierto—. Estoy seguro de que se alegrará de saber que estás bien.
Le señalo el edificio de Frankie y se detiene junto al bordillo de la acera.
—Gracias, papá —le digo mientras me desabrocho el cinturón—. Sienta bien poder hablar contigo… como un padre y un hijo de verdad.
—Lo sé. —Asiente—. Siempre tendrás un sitio en casa… si algún día te apetece volver. Por cualquier motivo. —Se frota la nuca y yo sonrío—. Incluso puedes traerte a Avi, si… quieres…
Me río con suavidad.
—Ya, claro. Lo que te faltaba.
—Ky —musita cuando abro la puerta—, Dios te ama incondicionalmente. Ten eso claro. No es el Dios que yo me imaginaba… Es mucho mejor. Afable y comprensivo. No permitas que lo que ocurrió te impida acercarte a la auténtica fe. No a la que yo solía imponerte. Creer en ti también es creer en él.
Inclino la cabeza y le dedico una sonrisa antes de salir del coche. Me despido de él con la mano y subo los escalones de la entrada de Frankie. No sé si seré capaz de reconciliarme con Dios algún día…, pero también daba la relación con mi padre por perdida y míranos ahora.
Lo único que nos hacía falta era abrirnos el uno con el otro.
Quizá lleve razón… A lo mejor la fe solo consiste en creer en ti mismo, en tu propia fuerza, en la complejidad de la vida humana y en tu capacidad para amar y perseverar.
Quizá Dios seamos simplemente nosotros cada vez que depositamos nuestra fe en el mundo que nos rodea.
Me detengo frente a la puerta del piso de Frankie y respiro hondo antes de llamar. El corazón me trepa por la garganta y la expectación bulle en mi interior como si fuera agua a punto de desbordarse de una olla.
«Me muero de ganas de verle la cara… No hay nada que desee más en este momento que volver tenerlo delante de mí».
Sin embargo, cuando la puerta se abre de golpe, me encuentro con unos ojos de un verde azulado intenso y un pelo rosa chillón.
—Anda, hola. —Frankie me mira con los ojos entornados y una sonrisa ladeada en los labios—. Sabía que acabarías apareciendo tarde o temprano.
—Hola… —murmuro, echando un vistazo por encima de su cabeza hacia el interior del apartamento. Enseguida localizo a Bea, Zeb y Micah—. ¿Está… aquí?
—¡Ni se te ocurra dejarlo entrar! —grita Zeb—. Por su culpa mi amigo va arrastrándose por ahí como un zombi.
Frunzo el ceño y luego deslizo los ojos de nuevo hacia Frankie, que permanece de pie, con los brazos cruzados y todo su peso apoyado sobre una pierna, de tal modo que le sobresale un poco la cadera.
—Frankie, venga ya. Solo quiero verlo. —Se queda callada, así que me abro paso junto a ella y me cuelo en el apartamento—. ¿Avi? —Miro por todas partes, dando vueltas desesperadamente, como si esperase que saliera de pronto de un armario o algo por el estilo—. ¿Avi?
—No está aquí —responde Bea, arrugando la frente con preocupación. Micah le da un codazo y ella suelta un chillido—. ¿Qué? Se lo ve bastante afectado por la ruptura.
Me detengo en seco y los observo a todos con los ojos abiertos de par en par.
—¿Os dijo… que habíamos… roto?
—No con esas palabras —contesta Frankie tan tranquila—. Pero sí, nos dijo que lo dejaste tirado en California porque necesitabas espacio.
De pronto, se me encoge el corazón.
No sé qué me hizo pensar que Avi podría haberles confesado por qué me fui. Él nunca traicionaría mi confianza.
«Por eso les contó que lo dejé tirado y ahora todos se creen que soy el malo. Genial…».
Curvo los labios en una sonrisa, pero la contengo enseguida.
—¿Dónde está? Necesito verlo…
—Está ocupado —dice Zeb sonriendo con suficiencia.
El alma se me cae a los pies.
—¿Está… con alguien? —Trago saliva y me giro hacia Frankie—. ¿Está saliendo con alguien?
Ella pone un puchero con los labios y niega con la cabeza.
—Qué mono eres. No, tesoro, no está saliendo con nadie. Está regodeándose en su propia miseria… en su nuevo apartamento.
—¿Avi se ha buscado un piso?
—Ha alquilado uno en Brighton con su madre —responde Micah.
—Dadme la dirección. —Todos se quedan mirándome fijamente y pongo los ojos en blanco—. Por favor.
—Es el 501… —comienza a decir Bea, pero Zeb le tapa la boca con la mano.
Se me está agotando la paciencia.
—Vale, escuchad… No sabéis por qué me fui en realidad, así que entiendo que queráis proteger a vuestro amigo y que penséis que le he roto el corazón.
De hecho, tenéis motivos más que suficientes para pensarlo.
Llevo años tratándolo a puntapiés y renegando de mis sentimientos hacia él, pero la verdad es que estoy enamorado de él hasta las trancas y solo quiero estar a su lado…
Cogerle de la mano, comprarle Twizzlers y escucharlo hablar sobre reptilianos.
Quiero apoyarlo como él me ha apoyado a mí y ver cómo se le iluminan los ojos cuando se emociona.
Estoy totalmente enamorado de Avi Vega, no me cabe duda.
—Me agacho para establecer contacto visual con Zeb—.
Por eso os ruego que me deis su dirección…
, porque no es que quiera besarlo ahora mismo, es que lo necesito. Más que el aire que respiro.
Zeb pestañea, arruga la frente y le destapa lentamente la boca a Bea.
—Es lo más bonito que he oído en toda mi vida.
—¡Parece una novela romántica! —exclama Bea con un chillido.
Miro a Micah de reojo y sonríe.
—Es el 501 de la calle Chiswick, apartamento 4F.
Una sonrisa de oreja a oreja se apropia de mis labios cuando me vuelvo hacia Frankie. Ella deja escapar un suspiro despacio y luego me pellizca la barbilla.
—Que no eres su cari… Y una mierda —escupe con sorna, y suelto una risita—. Venga, cari, ve a por tu chico.