Capítulo treinta #4
En ese momento, mi padre se acerca a zancadas a la mesa.
«Justo a tiempo».
Ambos levantamos la mirada hacia él y vemos cómo mueve los ojos de un lado a otro, probablemente decidiendo dónde colocarse. Está claro que no le apetece sentarse con mi madre, o al menos no quiere que ella piense que sí. Pero yo estoy en el borde de mi sofá y no pienso hacerle hueco.
«Siéntate con tu exmujer, papá. Así no tendréis más remedio que mirarme los dos a la cara».
Al final mi madre accede a echarse a un lado, permitiendo que mi padre se siente a regañadientes junto a ella. Intercambian una mirada breve y poco entusiasta.
—Elena… —musita él.
—Tom —responde ella con un suspiro.
Pongo los ojos en blanco.
«Señor, qué suplicio».
Mi padre me mira desde el otro lado de la mesa, con el rostro surcado por las mismas líneas adustas e implacables de siempre, solo que parece estar mucho más cansado de lo habitual; diría que incluso tiene un aire abatido. Lleva la ropa ligeramente arrugada y barba de unos días.
«Da pena verlo…».
Supongo que ha estado ocupado con ese nuevo trabajo del que no sé apenas nada y por eso da la impresión de estar para el arrastre.
«O puede que también lleve un tiempo temiéndose este pequeño encuentro inesperado».
—Kyran, me alegra que estés bien —murmura con voz grave—. Me tenías preocupado…
—Ah, ¿sí? —le espeto—. Vamos, que los dos estabais preocupados, pero no tanto como para hacer algo al respecto.
—No seas así. —Frunce el ceño—. Te llamé y te pedí que volvieras a casa. ¿Por qué has dejado la universidad, hijo? Tu educación es lo más importante.
—Papá, tú y yo sabemos que voy a tener que elegir… —digo, enderezándome— entre el fútbol o la escuela de negocios. Es muy poco probable que pueda sacar ambas cosas adelante.
A juzgar la cara que ha puesto, sabe que llevo razón, pero no quiere reconocerlo.
—Da igual. El caso es que tienes que seguir estudiando. No puedes descuidar tu porvenir para irte por ahí a hacer el vago…
—¡¿Hacer el vago?! —Suelto con una risa de incredulidad—. O sea que crees que me fui para tocarme los huevos a gusto viajando de un lado a otro y evadiendo mis responsabilidades, ¿no?
—Eso no es lo que quería decir —se queja, pero no me apetece escucharlo.
«Ahora sí que estoy cabreado».
—Vale, vamos a quitarnos esto de encima ya, porque no os he pedido que vinierais para hablar del fútbol ni de la escuela de negocios ni de lo que decida hacer con mi puto futuro.
—Intento mantener a raya la ira centrándome en encontrar las palabras que necesito—.
Os he citado aquí porque he empezado a ir a terapia para ponerle solución por fin a mis problemas, después de ocho años tragándome toda esta mierda, y me he dado cuenta de que nunca voy a poder pasar página si no os digo exactamente cómo me siento.
Mis padres intercambian una mirada cargada de nerviosismo, pero no les doy tiempo a desviarse del tema.
Me agarro al borde de la mesa y les escupo gruñendo:
—Me jodisteis la vida casi tanto como él.
—Kyran… —comienza a decir mi padre, pero lo interrumpo con un siseo, procurando no estresarme más de la cuenta.
—Se suponía que teníais que quererme y protegerme.
¡Los dos! Era vuestro deber escucharme y apoyarme…
Deberíais haber estado de mi lado, sin cuestionarme, y haber deseado decapitar a ese hijo de la gran puta por lo que me hizo.
Pero no. Preferisteis fingir que no había pasado nada.
—Clavo los ojos en mi padre—. Tú me dijiste que estaba exagerando.
Me acusaste de inventármelo. ¡Hiciste que me sintiera culpable por que me hubieran violado!
Mi madre se estremece entre sollozos ahogados y mi padre abre los ojos como platos. Mis palabras parecen dolerle físicamente, pero, siendo sincero, se lo tiene merecido.
«Ahora sabes cómo me he sentido yo cada día durante los últimos ocho años, papá».
—Y tú. —Dirijo una mirada llena de rabia hacia mi madre—.
Elegiste mantener la boca cerrada, salvo para hincharte a Xanax como si fueran caramelos y bajarlos con una copita de vino.
Nunca me dijiste ni una puñetera palabra ni me preguntaste si estaba bien o si necesitaba hablar con alguien.
—Dejo escapar una risa cargada de furia—.
Ah, no. Perdón, se me olvidaba. Sí que me dijiste algo…
«Tienes que seguir adelante, Kyran. Pensar en ello solo le otorga más poder».
Qué buen consejo para un niño de doce años al que un puto cura acababa de meterle la polla hasta la garganta.
—¡Kyran! —Mi padre golpea la mesa con el puño, haciendo vibrar los platos—. Ya basta. Entiendo que quieras castigarnos. De verdad que sí. La cagamos pero bien.
—Decir que la cagasteis es quedarse bastante corto…
—¡Lo sé! —brama—. Lo sé y lamento de corazón no haberte creído.
Lamento que seamos los culpables de haber permitido que ese desgraciado entrara en tu vida.
No tienes ni idea de lo mucho que siento que tuvieras que soportar algo así, pero no podemos cambiar lo que ocurrió.
—Se detiene un segundo mientras me quedo observándolo atónito, con una rabia tan profunda que me dan ganas de saltar por encima de la mesa y estrangularlo—.
Yo tendré que cargar con el error que cometí el resto de mis días…
, pero no quiero que tú también lo hagas.
Quiero que seas capaz de seguir adelante, hijo.
Tu madre llevaba razón… Pensar en ello solo le otorga más poder. No le concedas ni un ápice más.
Rechinando los dientes, cierro los ojos y respiro hondo para concentrarme en quien soy. En el verdadero Kyran, no el que ellos creen conocer.
Cuando vuelvo a abrirlos, atravieso a mi padre con la mirada.
—Quiero que lo digas. —Lo veo tragar saliva y me inclino hacia él—. Dilo, papá. En voz alta.
Niega con la cabeza sutilmente.
—Kyran, no…
— Dilo —escupo con furia—. Me hiciste pensar que tenía alguna especie de trastorno solo por contar la verdad.
Esa es la razón que me ha impedido seguir adelante, la que me llevó a guardármelo todo y fingir que era otra persona tantos años…
Te guste o no, ocurrió, papá. No puedes escudarte en tus oraciones para olvidarlo.
A Dios no le importan una mierda tus avemarías ni tu penitencia.
Dilo en voz alta, admite la verdad, o te juro que saldré por esa puerta y no volverás a verme en tu vida.
Mi padre se pasa las manos por el pelo, claramente nervioso, y exhala despacio. El aire que nos envuelve está cargado de tensión y el silencio cae sobre nosotros como una gran lona.
Aunque tarda unos segundos, al final levanta la cabeza y clava los ojos en los míos.
—Abusó sexualmente de ti. El padre McAdams…, un hombre en el que confiábamos, te hizo cosas horribles y repugnantes, Kyran. Y yo me quedé de brazos cruzados.
La sinceridad de su mirada me brinda cierto consuelo. Al oír por fin esas palabras saliendo de su boca, me siento como si me quitaran un peso enorme de encima, uno del que ni siquiera he sido consciente hasta que se ha desvanecido y he empezado a respirar mejor. Infinitamente mejor.
«Se acabó lo de esconderse».
—Lo siento mucho, Kyran —susurra mi madre con voz temblorosa—. Siento muchísimo que tuviéramos que esperar a que otros chicos se atrevieran a hablar para escucharte. Y, aun así, sé que no fue suficiente.
Asiento con la cabeza.
—No. No lo fue —respondo con un hilo de voz, y ambos se limitan a mirarme—.
No quería dinero. Quería que os interesarais por mí y que no os avergonzarais ni me hicierais sentir como si padeciese alguna clase de enfermedad que debía ocultarle al resto del mundo bajo la fachada del hijo perfecto e inmaculado que habríais deseado tener.
Los dos asienten y se frotan la cara con un aspecto abatido. Sé que no debería encontrar placer en su angustia, pero no puedo evitarlo. Me reconforta que por fin reaccionen como deberían haberlo hecho en aquel entonces.
—Solo quiero que sepas… —comienza a decir mi padre con la voz ronca— que nunca pensamos que fuese un problema tuyo, Kyran.
Es que… nos destrozaba admitir que te hubiese ocurrido algo así cuando se suponía que nuestro deber era protegerte.
No te lo merecías… Nadie se merece pasar por eso.
Pero, sobre todo, no merecías que te hiciéramos sentir de esa forma.
Lamento haberte hecho pensar que me avergonzaba de ti…
La emoción me sube por la garganta; sin embargo, en vez de reprimirla, me permito exteriorizarla soltando una bocanada de aire y me mordisqueo el labio mientras permanecemos en silencio, mirándonos.
Desvío los ojos hacia el camarero que se encuentra de pie a unos metros de la mesa, como si llevara un rato queriendo acercarse a preguntar si necesitamos algo, pero no se atreviera a interrumpirnos.
Le hago un gesto para indicarle que no nos hace falta nada, porque, siendo sincero, no tengo nada de hambre, y, aunque la tuviera, no creo que fuese capaz de comer con estas personas. Al menos, no todavía.
Quizá algún día, con suerte, me vea capaz… Pero ahora mismo está todo demasiado reciente.
Cojo la cartera, saco un billete de veinte dólares y lo dejo sobre la mesa para compensar al camarero por las molestias.
—Tengo que deciros algo más —murmuro—. Y después me iré, porque seguramente este tema os lleve a soltarme más mierda con la que no me apetece lidiar en este momento. Pero que sepáis que os agradezco de verdad que hayáis venido y me hayáis escuchado. Ha sido… de gran ayuda.
Parpadean en mi dirección, con los ojos abiertos de par en par. Frunzo los labios y me dirijo sobre todo a mi padre, porque estoy seguro de que va a perder los estribos.
—Soy gay.
«La leche. Qué bien sienta decirlo en voz alta, joder».
Mis padres se quedan petrificados de un modo que resulta hasta cómico.
Curvo los labios y dejo escapar una risita por lo bajo a la vez que niego con la cabeza.