Por los fans Capítulo treinta #3
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Capítulo treinta #3

Aparte de los que me envió ese mismo día, después de que me esfumara, me ha estado mandando por lo menos tres al día durante la última semana para decirme todo tipo de cosas. Desde…

Avi: Te quiero, cari… Por favor, vuelve conmigo.

Hasta…

Avi: Mira, voy a serte sincero… Sé que estás dolido,

pero me parece muy fuerte que ni siquiera me

RESPONDAS.

Pasando por…

Avi: Robin te echa de menos. Acaba de maullar y

parece que ha dicho «Kyran». En serio, no te exagero.

El último es una captura del vídeo de aquella vez que nos liamos en el baño de Theo. Pero del vídeo original, no del que subió con mi cara difuminada.

Al verlo, se me corta la respiración y noto cómo afloran de nuevo todas las emociones que se apoderaron de mí en ese momento. Recuerdo el miedo que sentí por lo mucho que me gustaba notar sus labios sobre los míos. El cuerpo no paraba de temblarme.

La foto lo refleja a la perfección. Es como si ya entonces estuviera enamorándome de él, lo cual me encanta y me entristece al mismo tiempo.

«Ojalá no hubiera desperdiciado tanto tiempo fingiendo ser quien no era».

Le escribo un mensaje y, tras un brevísimo instante de duda, le doy a enviar.

Yo: Hola, cari. Sé que lo estás pasando mal, pero aguanta por

mí. Estoy sano y salvo y te prometo que volveré pronto… Esta

vez pienso llamar a tu puerta para quedarme de verdad. Te

quiero, mi ángel de la guarda. Gracias por salvarme.

Luego apago el móvil. Es lo que debo hacer, por más que me duela.

—Sabes que te he visto… mirando a los otros chicos.

Me duelen las rodillas y me noto la espalda tensa.

—No pasa nada, Kyran. No tengas miedo. Dios te ama. Él te ha hecho así.

Lleva un rosario negro enroscado en la mano.

El mismo que se me cayó al suelo cuando entró en la habitación y cerró la puerta con llave.

—Pero vas a tener que suplicar su perdón por tu comportamiento lujurioso. Yo puedo ayudarte…

La tela blanca de su sotana me roza la cara cuando se la levanta.

—Este eres tú, Kyran. Esta es tu naturaleza.

—Pero no he hecho nada… No qui-quiero —susurro con la voz temblorosa por el pánico.

—Dios lo ve todo. Sabe que estás mintiéndole.

Niego con la cabeza una y otra vez, pero él me la sujeta para inmovilizarme. El olor a humo y aceite me inunda los pulmones.

—Ruega por tu salvación con tu propio cuerpo, Kyran. A viva voz, para que él te oiga.

Abro los ojos de golpe, jadeando en busca de aire, me incorporo en la cama y echo un vistazo alrededor, incapaz de reconocer el sitio en el que me encuentro.

«Ah, ya me acuerdo. Estoy en una habitación de hotel distinta… En Boston».

«Bueno, en Cambridge, para ser más exactos».

Me pasé un mes en aquel hotel de los Berkshires, acudiendo a mis sesiones de terapia con Anna y enfrentándome a un montón de heridas emocionales que llevaban ocho años enquistadas en lo más profundo de mi ser.

Después de varias semanas duras removiendo mi pasado para recomponerme, decidí que iba siendo hora de volver a Boston y hacer algo muy importante…

Hablar con mis padres.

Anna me dijo que podía seguir viéndome por Zoom o derivarme a un profesional de la zona, lo que yo prefiriese.

Aunque todavía no me he decidido, creo que me inclino más por seguir con ella.

Las sesiones presenciales no están nada mal, pero ya me he acostumbrado a su método de trabajo.

Y, por muy bonitos que me parezcan los Berkshires, este no es mi sitio, así que lo mejor será optar por las videollamadas.

Va a ser difícil estar en Boston sin ver a Avi. Pero, a decir verdad, ya estoy harto de alejarme de él.

Mis heridas siempre van a acompañarme allá donde vaya. Forman parte de quien soy y, como he aprendido en estas semanas, tengo que hacerles sitio, aceptarlas y concederme el tiempo y el espacio necesarios para sanar.

Quiero atravesar todo ese proceso junto a Avi.

A estas alturas, las pesadillas ya no me resultan tan aterradoras. La rabia y la desesperanza continúan estando presentes, pero estoy aprendiendo a lidiar con ellas, quizá porque he dejado de invertir toda mi energía en negarme a mí mismo su existencia.

También he estado leyendo un montón y escuchando música. Incluso he empezado a meditar y a hacer yoga. Estas últimas cinco semanas han sido como una especie de rehabilitación para desprenderme de los mecanismos de evasión a los que me aferraba, y por fin me siento preparado para retomar mi vida.

Pero, sobre todo, para ver de nuevo a Avi.

«Lo echo muchísimo de menos».

Salgo de la cama y me dirijo al cuarto de baño. Tras enjuagarme la cara, me miro en el espejo… y recuerdo todas las ocasiones en las que me he quedado observando mi reflejo como si fuera un completo desconocido, preguntándome si alguna vez volvería a reconocerme en él.

Ya no me siento como aquel niño aterrorizado de doce años al que le faltaba el aire cada vez que pensaba en lo que le habían hecho. Me paso los dedos por el pelo y esbozo una ligera sonrisa, porque por fin vuelvo a parecer yo.

Y reconozco a la persona que tengo ante mí, al verdadero Kyran. Ya había visto destellos de él antes.

«Con Avi».

Parpadeo frente a mi reflejo.

—Te mereces unos padres mejores, pero estos son los que te han tocado. Así que vas a ir, les vas a soltar lo que te has estado guardando y vas a pasar página. Ocurra lo que ocurra, estás aquí. Este eres tú.

Unas horas después, ya duchado y vestido, bajo las escaleras para ir a comer con mis padres.

Me parece casi surrealista lo mucho que me ha costado juntarlos a los dos en un mismo espacio.

Aun sabiendo que he dejado la universidad y que me fui de casa porque estaba pasándolo fatal, han hecho falta múltiples mensajes y llamadas para convencerlos.

Pero al final accedieron a almorzar conmigo en el restaurante del hotel donde me estoy alojando. Reservé una mesa al fondo para tener más privacidad, así que espero que vaya todo bien.

Cuando entro en la sala, la recepcionista alza la vista. Me limito a decirle que he quedado con alguien, paso de largo y voy directo hacia la mesa del fondo. Mi madre ya está sentada, pero mi padre aún no ha llegado.

Me detengo un segundo y respiro hondo, recordándome que no puedo controlar cómo reaccionan los demás. Solo puedo controlar mis propios actos.

—Mamá —susurro cortésmente mientras me acerco a la mesa y tomo asiento frente a ella—. Cuánto tiempo…

Mi madre me mira con una sonrisa. Elena Harbor-McLaughlin sigue siendo una mujer preciosa.

Pelo rubio, ojos verdes, rasgos delicados.

Tiene el mismo aspecto que cuando ejercía de mi madre a tiempo completo, salvo por las arrugas nuevas que le han salido alrededor de los ojos y el vacío que porta en la mirada desde que confesé la verdad que acabó con nuestra familia.

—Kyran, tesoro… Me tenías muy preocupada —responde con ese tono tan característico suyo de señora pija de Boston casada con un rico—. Llevo queriendo ponerme en contacto contigo desde que me enteré de que la empresa de tu padre había quebrado.

—¿Y por qué no lo hiciste? —Ladeo la cabeza.

Se pone a recolocar los cubiertos de la mesa, visiblemente incómoda, aunque se le pasa enseguida.

—Ya sabes que la relación entre tu padre y yo es complicada. Hay demasiados malos recuerdos…

«Ah, sí. El clásico truco de convertir a papá en el malo de la película. Cómo olvidarlo…».

—Habría sido tan fácil como coger el teléfono. Solo tenías que estar presente —respondo en un tono firme y sereno—. Pero no lo has estado nunca. Ni ahora ni entonces.

Arruga la frente.

—Ky… No… —Hace una pausa y niega con la cabeza—. No sé qué decir.

Entrelazo las manos sobre la mesa y la miro a los ojos.

—Ah, no te preocupes por eso. Yo sí tengo mucho que decir.

Como, por ejemplo, que necesitaba una madre.

Alguien que me protegiera y me consolara.

Que me dijera que todo iba a salir bien.

Pero tú preferiste centrarte únicamente en tu matrimonio de mierda y luego desapareciste de mi vida.

Encima, siempre soy yo el que tiene que ir detrás de ti en las fiestas o en otras fechas señaladas…

Dios, ¿en qué cabeza cabe? No te dignaste a llamarme ni siquiera cuando gané la puñetera Rose Bowl…

Sacudo la cabeza y me hundo en el asiento, permitiendo que la rabia y la tristeza que acompañan a esos hechos recorran cada fibra de mi ser.

No intento reprimir mis emociones ni ignorarlas. Me limito a quedarme sentado, vibrando por la tensión, obligándome a respirar hondo.

—Estoy muy orgullosa de ti, cielo —susurra, y alzo los ojos hacia los suyos—.

De verdad. Sé que no he estado ahí para apoyarte, pero me doy por satisfecha solo con ver todo lo que has conseguido…

y lo lejos que has llegado. A pesar de los errores que cometimos tu padre y yo, has acabado convirtiéndote en un hombre increíble.

Trago saliva, tratando de aflojar el nudo que se me ha formado en el pecho con sus palabras. Detesto haber tenido que sacárselas a la fuerza y que haya tardado tanto en decirlas, pero es mejor que nada.

—Lo único que necesito saber es si estás bien, Kyran —prosigue—. Que dejes la universidad y te marches así por las buenas… me parece preocupante.

—Pero es que ese es el caso, mamá —murmuro—.

Que no estoy bien. Al menos, no emocionalmente…

Por eso me fui. Porque, sí, por fuera parece que todo me va bien, pero por dentro sigo cagado de miedo.

—Se encoge un poco, jugueteando con los mechones de su pelo, como si supiera a dónde quiero llegar.

Me inclino sobre la mesa y añado en un susurro—: No fue solo cosa de papá.

Tú también tienes culpa, porque me violó un hombre al que ambos considerabais un siervo de Dios y no hicisteis nada.

Mi madre suelta un grito ahogado y se tapa la cara con las manos. Por vergüenza y remordimiento, sí, pero también porque no soporta oírlo. Sigue queriendo actuar como si no hubiera ocurrido nunca.

«Negarlo. Evitarlo. Enterrarlo todo a dos metros bajo tierra».