Por los fans Capítulo treinta
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Capítulo treinta

AviDelRevés : Renunciaría a todo el azúcar del mundo por un beso suyo… Sus labios son el único dulce que necesito.

Kyran

V oy a contarte cómo descubrí que la orientación sexual no se escoge.

Cuando tenía once años, estaba en un equipo infantil de fútbol americano.

Ya se me daba bien por aquel entonces. Por eso creía que, si me esforzaba lo suficiente y seguía mejorando, algún día conseguiría llegar a la NFL.

Cuanto más jugaba y aprendía a crear una sinergia con mis compañeros, más factible me parecía ese sueño.

Uno de nuestros receptores era un chico llamado Cody, al que también se le daba bastante bien para su edad.

Éramos unos críos, sí, pero había una diferencia notable entre nosotros dos y los niños que jugaban solo porque sus padres los habían apuntado al primer deporte extraescolar que habían pillado para no tener que aguantarlos por las tardes.

Puede que esa fuera en parte la razón por la que me apuntaron también los míos, aunque, sin buscarlo, resultó ser la mejor decisión que han tomado jamás. Pero, bueno, que me estoy yendo por las ramas.

Mi lado más despreocupado fue desvaneciéndose lentamente a medida que me acercaban a la fe católica.

Después de que empezara a temerle a Dios, adopté una actitud obediente y, pese a que detestaba la imagen de la familia católica ejemplar que mis padres le vendían al resto del mundo, intenté con todas mis fuerzas cumplir con lo que se me ordenaba al mismo tiempo que me aferraba a mi individualidad como buenamente podía, porque lo único que me importaba era conseguir jugar al fútbol como todo un profesional y evitar distracciones.

Así que seguí sus reglas. Hice la comunión, serví en el altar como monaguillo (solo un par de veces, hasta que le rogué a mi padre que me permitiera dejarlo) y fui a los campamentos de la iglesia. Tenía que hacerlo.

Te estarás preguntando qué pinta Cody en todo esto… Bien, pues ahora te lo explico.

A Cody y a mí se nos daba de maravilla jugar juntos. Teníamos una química que uno no esperaría encontrarse en un equipo de fútbol infantil, pero que en nuestro caso había surgido de manera natural. Siempre estaba ahí para recibir mis pases y no tardamos mucho en hacernos amigos.

Un día, después de un partido emocionante en el que machacamos al equipo del Malden Catholic por treinta y uno a tres, estábamos cambiándonos en los vestuarios y riéndonos de algunas de sus recepciones. Entonces me dio un empujoncito de broma.

Era algo que hacía a menudo, así que no me resultaba raro. Sin embargo, por algún motivo, aquella vez dejó la mano un segundo de más en mi pecho antes de deslizarla hacia abajo y quitarla.

Dicho así, no parece nada del otro mundo, y sí, soy consciente de que aún era demasiado pequeño.

Pero, por lo visto, tenía la edad suficiente para que mi cerebro le enviara una señal al resto de mi cuerpo.

Los receptores que te ayudan a distinguir las cosas que deseas repetir de aquellas que te dejan indiferente se activaron en ese instante y me dijeron: «Pues, oye… , creo que esto me gusta».

Esa parte de mí siempre había estado ahí. Pero, al igual que una semilla, solo brotó cuando llegó el momento adecuado. Y, a partir de ese día, mi mente comenzó a regarla y a nutrirla con pensamientos y reflexiones.

Todo surgió de forma completamente inocente.

Por aquel entonces ni siquiera me interesaba el sexo, aunque entendía su funcionamiento y su propósito.

Pero las únicas relaciones sexuales de las que nos hablaban eran las que se mantenían entre un hombre y una mujer.

Según el colegio, mis padres, la Iglesia y casi todo el mundo que conocía, el sexo entre dos hombres era algo antinatural.

Y, a pesar del miedo que le tenía a Dios, no lograba reprimir esos sentimientos, porque, tal y como yo lo veía, Dios me había hecho así.

Si no hubiera querido que me emocionara por un empujoncito amistoso que otro chico me había dado en el vestuario, no habría configurado mi cerebro de esa forma. Simple y llanamente.

Tras aquella experiencia, me pasé el año entero observando a mis compañeros de clase con sutileza, tanto a los chicos como a las chicas, intentando averiguar si lo que había sentido era real o una simple coincidencia, y, cuanto más lo hacía, más me reafirmaba.

Era demasiado pequeño como para interesarme en exteriorizar mi atracción hacia alguien…

Todavía me ponía nervioso la idea de confesarle a un chico que me gustaba, o, peor aún, besarlo.

Pero, en el fondo, sabía que era lo que querría algún día.

Que, cuando fuera mayor, saldría con un chico…

Y que mis padres me odiarían por ello.

Aunque aquella certeza me resultaba un poco abrumadora, tampoco me afectaba demasiado.

Creía firmemente que, si mis padres no eran capaces de ver que no se trataba de algo que hubiese elegido por capricho, como quien decide qué cereales quiere para desayunar, entonces estaba claro que no me querían y que en realidad no entendían el plan de Dios.

Y, sinceramente, si pensaban que yo mismo había elegido de manera consciente que me atrajeran los chicos, entonces también debían de ser bastante ignorantes.

A lo largo de mi niñez, me habían repetido sin cesar que a los chicos les deben gustar las chicas.

Así que el hecho de que yo quisiera estar con otro chico, pese a todas esas creencias que se habían empeñado en inculcarme, demostraba de sobra que no podía ser una elección, ¿no?

Quiero decir, ¿quién elegiría algo que supuestamente va en contra de su naturaleza?

En fin, el caso es que, a lo largo de ese año, también empecé a aborrecer con todas mis fuerzas la iglesia y todas las actividades en las que nos obligaban a participar a los niños.

Nada de aquel entorno me parecía auténtico.

Casi todos daban la impresión de estar allí para cumplir con su papel y mantener la fachada de buena persona que querían proyectar ante el resto del mundo.

Sin embargo, lo que hacían en realidad era escudarse tras esa imagen para juzgar a los demás o cometer actos aún más atroces.

El mejor ejemplo de ello era el hombre que me traumatizó de por vida.

El padre McAdams.

No soportaba estar cerca de ese hombre. Su presencia me transmitía una sensación desagradable, pero lo peor era que no había pruebas de que hubiera hecho algo malo.

Al menos, no al principio. Era solo un presentimiento, como cuando hay una fuga de gas y, aunque no ves nada, percibes el peligro en el aire.

El padre McAdams me había cogido cariño y no dejaba de asignarme nuevas responsabilidades bajo la excusa de que eran tareas especiales que solo confiaba a los niños que mejor se portaban.

En realidad, no eran más que tonterías como mover cosas de un lado a otro en su despacho o ayudarlo a preparar la misa.

Lo único que lo hacía un poco más llevadero era que algunos de mis amigos también estaban allí, incluido Cody.

Una vez pillé al padre McAdams observándonos a los dos, después de que hubiéramos estado charlando y bromeando, como siempre, y sentir su mirada clavada en mí hizo que se me pusieran los vellos de punta.

El verano que cumplí los doce fue, como era de esperar, mi último año en el campamento de la iglesia.

Había pensado en preguntarle a mi padre si podía dejar de ir y apuntarme a un campamento de fútbol o algo que se ajustara más a mis intereses en vez de pasar seis semanas escuchando una y otra vez las mismas historias de la mente colmena de nuestros monitores.

Algunos sacerdotes de la parroquia se dejaban caer por el campamento para oficiar misas especiales y esas cosas. Sin embargo, cuando el padre McAdams se presentó allí la última noche para supervisar nuestras oraciones, tuve un mal presentimiento de inmediato.

Había estado acercándose a mí cada vez más, aunque ahora sé que, en realidad, lo que estaba haciendo se llama «grooming» .

Me prestaba una atención excesiva, me ofrecía pequeños obsequios e intentaba aislarme del resto para quedarse conmigo a solas.

Era mucho más fácil esquivarlo cuando había otras personas cerca.

Pero aquella última noche se las ingenió para acorralarme cuando me encontraba solo.

Recordar todo lo que sucedió, y de una manera tan vívida, me provoca un dolor tan fuerte que lo siento incluso físicamente. Son muchas las razones por las que se me revuelve el estómago, la bilis me quema la garganta y se me tensan las rodillas y la espalda solo de pensar en ello.

Pero la principal es que soy consciente de lo mucho que me destrozó la vida y me lastró la mente.

Aquel hombre me arrebató la comodidad que sentía con mi cuerpo.

Lo que hizo me impidió tomar conciencia de mí mismo.

Fue como la gran explosión que desemboca en el colapso de una ciudad entera.

Sufrir aquel abuso, confesárselo a mi padre, tener que soportar su negativa a creerme y presenciar cómo se rompía mi familia…

Todo aquello sepultó a mi verdadero yo bajo años de escombros.

Sabía quién era y estaba dispuesto a convertirme en esa persona cuando creciera. Pero él me robó esa identidad. Él y mi padre me obligaron a cargar con una vergüenza y un arrepentimiento que no eran míos.

Así que, por puro instinto de supervivencia, hui de la verdad y me refugié tras la imagen de un nuevo Kyran Harbor.

El chico hetero al que solo le importaban sus estudios, las chicas y el deporte.

El que se volvió popular como una forma más de tenerlo todo bajo control.

Me puse una máscara tan realista que hasta yo mismo empecé a confundirla con mi propia piel.

Enterré mi verdadero ser durante años y me enfrenté a él con uñas y dientes. Incluso después de que Avi y yo nos adentráramos en el mundo del OnlyFans, seguía diciéndome una y otra vez que solo se trataba de un medio para ganar dinero. Pero, en el fondo, sabía perfectamente que era mentira.