Capítulo veintinueve #4
Abre los ojos de par en par con un destello de nerviosismo, como si intuyera que estoy a punto de contarle algo espantoso.
—No… Es muy reservado con muchas cosas —resopla, y fija la vista en la maleta del suelo—. Aviel, voy a dejarlo. Le he pedido el divorcio. No soporto tanto secretismo.
«¿Qué…?».
Me quedo mirándola boquiabierto. No me lo esperaba para nada.
—Nunca me mantuvo al tanto de sus problemas financieros. Y hace unas semanas encontré en su cajón un extracto de un fondo fiduciario a nombre de Kyran. Con más de un millón de dólares.
Trago saliva y me clavo los dedos en los muslos.
—Cuando le pregunté, me contestó que ese dinero era de Kyran y que sabía que su hijo nunca lo usaría ni permitiría que nadie más lo hiciera. Por la forma en la que lo dijo, parecía que había intentado que se lo cediera en algún momento, pero él no quiso.
Aprieto los dientes, notando cómo el profundo desprecio que siento hacia ese hombre se va apoderando de cada fibra de mi ser.
—¿No te contó de dónde venía el dinero…?
—No. —Sacude la cabeza—. Y ya estoy harta, Avi. Este hombre no es quien aparenta ser.
—No… No lo es. —Suspiro—. Mira, no puedo entrar en detalles, pero creo que Kyran se ha ido por algo que le pasó… cuando tenía doce años. Tom ayudó a encubrirlo negándolo y haciendo de menos a su propio hijo.
Percibo un brillo de tristeza en los ojos de mi madre.
—¿Fue algo… malo? —pregunta, y yo asiento despacio—. ¿Algo relacionado con la iglesia…? —Vuelvo a asentir y se cubre la cara con las manos—. Dios mío…
Al oír esas dos palabras, justo en este momento, se me revuelven las entrañas. Toda la ira que he estado reprimiendo desde que me enteré de la verdad sale de golpe a la superficie.
Me levanto de un salto de la cama y le lanzo una mirada llena de rabia.
—¿Cómo puedes pronunciar su nombre tan tranquilamente? Dios no existe, mamá. ¿No te das cuenta? ¿Qué clase de dios permitiría que un guía de su puñetero rebaño hiciera algo así? ¡Venga ya, eso no hay quien se lo trague!
Jadeo en busca de aire mientras mi madre se limita a observarme en silencio, dejándome que suelte todo lo que llevo dentro. Toda la confusión, el dolor y la ira hacia ese supuesto ser infinito al que no le importamos ni una mierda.
—Dios no existe —escupo—. Y, si existe, es pura maldad.
Un cabrón retorcido que debería amar a los justos y condenar a los culpables, pero que hace justo lo contrario.
¡Hay niños inocentes que sufren por culpa de sus propios fieles y él se dedica a mirar hacia otro lado!
Los obliga a vivir con la culpa, solos y aterrados.
Me tapo la cara con las manos para ocultar las lágrimas que me brotan de los ojos.
Y entonces siento que mi madre se pone de pie y me envuelve con sus brazos, acariciándome con delicadeza mientras intenta calmar mis sollozos. Igual que cuando murió mi padre…
Cuando le dije que jamás volvería a rendir culto a ningún dios.
—Mamá, se ha ido creyendo que tiene que lidiar con esto solo, y no es verdad —gimoteo—.
El cabrón de tu marido fue el que hizo que se sintiera así.
Dios hizo que se sintiera así. Pero yo lo quiero y necesito que…
—Me cuesta respirar; apenas logro hablar entre mis hipidos—.
Necesito que esté bien. Que sepa que no se lo merece.
—Sacudo la cabeza—. A la gente buena le pasan cosas malas porque a Dios le da igual.
—Aviel… —susurra, pasándome los dedos por el pelo—, sabes que hubo muchas razones que me impulsaron a irme de Israel cuando era una cría.
Nunca he creído que nuestras creencias religiosas le hicieran justicia a Dios.
Desde pequeños nos enseñan a tenerle miedo, a adorarlo pase lo que pase y a aceptar unos textos antiguos escritos por hombres de hace miles de años como si fueran la verdad absoluta.
No tiene ningún sentido. La verdadera fe debería estar abierta a la interpretación.
Pero mucha gente no lo ve así. Y esas personas son las mismas que escogen un bando en las guerras y que ponen el grito en el cielo ante lo que consideran una blasfemia o una herejía, pero luego van y cometen auténticas atrocidades.
La religión ha propagado más odio que amor en este mundo, y esa es una de las realidades más desgarradoras que he experimentado en la vida.
Los hombros se me agitan al tratar de coger aire y ella me acaricia el pelo.
—Cuando yo tenía nueve años, tu tío Elijah se fue de casa.
Por aquel entonces no lo sabía, pero después me enteré de que era gay y nuestra comunidad lo estaba discriminando por su sexualidad.
Así que, cuando tuve edad suficiente, yo también me marché y me fui a vivir con él.
Y solía decirme muchas de las cosas que acabo de oírte a ti ahora mismo…
Que Dios nos odia y que su imagen no genera más que hipocresía y mentiras.
Sostenía que las religiones organizadas eran sectas. Y todavía lo piensa.
Hace una pausa y se ríe con cariño.
—Pero un día, cuando yo tenía dieciséis años y tu tío diecinueve, decidimos dar un paseo en barca.
En Oriente Medio hace un tiempo precioso en otoño, así que nos pareció un buen plan.
Cogimos una barca pequeña para navegar por la costa.
Además, no era la primera vez que lo hacíamos.
En fin, el caso es que estábamos a poco más de un kilómetro de la orilla cuando el motor se nos averió.
Teníamos remos, pero, aun así, nos pusimos nerviosos.
Y luego empezó a llover. Con lo rara que era la lluvia por allí…
empezó a caer de una forma insólita. Diluviaba con tal fuerza que las olas nos azotaban por todos lados.
Estábamos convencidos de que íbamos a volcar.
Y la tormenta… parecía reflejar la ira de tu tío.
Las olas chocaban y nos zarandeaban. El mar rugía con la misma furia que lo había dominado a él durante años.
Y, en ese instante, lo miré. Le cogí las manos y él sostuvo las mías.
No hablamos, pero ambos nos dimos cuenta de que Dios lo sabía.
Sentía… nuestra rabia y frustración por lo que había pasado en casa, y era un sentimiento mutuo.
Él no era el que nos había infligido ese dolor; lo estaba sufriendo con nosotros.
Y, en cuanto lo comprendimos, sentimos que la lluvia se lo estaba llevando todo consigo… , como si nos purificara.
Miro a mi madre pestañeando, porque me cuesta no ser escéptico con estas cosas. Pero en sus ojos veo que ella sí lo cree de verdad.
Aquel momento la marcó para siempre.
—La lluvia se detuvo de repente —continúa, curvando los labios en una sonrisa—.
Y, cuando alzamos la vista, el cielo estaba cubierto de un montón de estrellas.
—Me coge la mano—. Aviel, Dios no es un anciano barbudo que se sienta allí arriba y nos castiga cuando nos portamos mal.
Dios es amor, alegría y luz. Es tanto lo bueno como lo malo.
Es una entidad que representa la Tierra, las estrellas y la inmensidad de una existencia de la que solo formamos una mínima parte.
Me enjuga con los dedos las lágrimas que me resbalan por las mejillas.
—Dios es fe, Avi. La fe en ti mismo y en el lugar que ocupas en el universo conforme sigue su curso. Y, por cada momento de dolor, enfermedad o desesperación que atravesamos, existe una proporción equivalente de amor y felicidad. Solo tienes que alzar la vista.
Suelto un suspiro pesado y expulso toda la negatividad que me corroe por dentro. Abrazo a mi madre con fuerza para que me consuele como cuando era un niño…
Porque sé que lleva razón.
La gente buena sufre, la mala se va de rositas y la vida continúa girando en el caos de un circo cósmico infinito. Lo único que nos queda es tener fe en nosotros mismos, encontrar la belleza en el dolor y reírnos tanto como podamos.
Da igual lo que Kyran necesite hacer para superar el tormento que lo consume: no pienso renunciar a lo nuestro. Por más que huya de mí, nunca dejaré de ir tras él.
Y espero que sepa que, cuando se sienta preparado para volver, yo siempre le abriré la puerta.