Capítulo veintinueve
Avi
C uando abro los ojos, no tengo ni pajolera idea de dónde estoy ni de qué hora es.
«Joder con las cortinas opacas del hotel…».
Me desperezo y me acurruco en la suavidad de las sábanas y el edredón con un bostezo, pero entonces me percato de que estoy solo en la cama. Busco a tientas la piel tersa y los brazos musculados de mi novio; sin embargo, me doy de bruces con la nada.
Dirijo la mirada al espacio vacío, me incorporo lentamente y echo un vistazo a la habitación en penumbra. No lo veo ni lo oigo por ninguna parte.
—¿Ky? —lo llamo a voces mientras me levanto de la cama de un salto para comprobar si se ha metido en el baño—. ¿Kyran?
La puerta está abierta y no hay nadie dentro. Cuando me giro hacia el salón, me doy cuenta de que su ropa ha desaparecido, lo que significa que ha tenido que irse.
El pecho se me contrae de inmediato, pero me obligo a respirar hondo para mantener la calma.
«No te preocupes. Lo más probable es que haya bajado a desayunar con el equipo… O a lo mejor está en su cuarto preparando la maleta».
El reloj de la mesita de noche marca las nueve y media, así que debe de llevar un buen rato despierto, porque Kyran siempre ha sido de los que madrugan.
También le gusta tener la maleta hecha y todo listo con horas de antelación cada vez que va a coger un vuelo. El suyo es a la una y media, y el mío, a las tres. Pensaba ir al aeropuerto con él para pasar más tiempo juntos, ya que no pude pillar el mismo vuelo.
«Seguro que está en su habitación cambiándose o charlando con Guty o algo».
Miro el móvil con la esperanza de que me haya enviado algún mensaje, pero se me cae el alma al suelo cuando veo que no me ha llegado nada.
Le escribo mientras me apresuro hacia el baño.
Yo: Ey, cari. ¿Dónde te has metido?
Yo: ¿Has desayunado ya o llamo al servicio de habitaciones para
pedir algo romanticón? Ya sabes… Tortitas con forma de
corazón, nata y fresas, el lote completo
Me cepillo los dientes sin despegar los ojos de la pantalla. Pasan casi tres minutos y no recibo ninguna respuesta. Ni siquiera ha leído los mensajes.
«Vale, ahora sí que estoy empezando a preocuparme un poquito».
Decido aplazar la ducha hasta averiguar dónde se ha metido. Me pongo lo primero que pillo y salgo escopeteado por la puerta. Las habitaciones del equipo están dos plantas más arriba, así que voy directo hacia el ascensor y pulso el botón una docena de veces seguidas.
«Es absurdo. ¿Por qué estás perdiendo los nervios de esta manera? Seguramente esté con…».
—Guty —pronuncio casi sin aliento cuando las puertas del ascensor se abren y lo veo ahí plantado, con la ropa de entrenar, empapado de sudor.
Él me dedica una sonrisita.
—¿Qué pasa, tío? —Entrecierra los ojos y murmura—: Imagino que os lo pasasteis bien anoche, porque no volvisteis a dar señales de vida ninguno de los dos…
Ni siquiera presto atención a lo que dice; estoy demasiado concentrado mirando dentro del ascensor en busca de cualquier rastro de Ky antes de entrar con él.
—Sí, lo pasamos genial. ¿Kyran ha ido contigo al gimnasio?
Arruga la frente.
—No… Creía que estaba contigo.
La respiración se me agita.
—Anoche sí, pero cuando me he despertado esta mañana se había ido. Supuse que estaría contigo.
Guty abre los ojos de par en par.
—No lo he visto desde que os largasteis de la fiesta anoche.
Tomo una profunda bocanada de aire, tratando de controlar mi pulso acelerado, y me saco el móvil del bolsillo.
«Todavía no me ha leído… ¿Qué coño está pasando?».
—Tranqui. Seguro que está en la habitación —dice Guty cuando se abren las puertas del ascensor y salgo escopeteado al pasillo—. A lo mejor ha venido a hacer la maleta mientras yo estaba entrenando.
—Eso espero… —susurro.
Lo sigo hasta la habitación, incapaz de contener la ansiedad que amenaza con apoderarse de todo mi cuerpo. Guty abre la puerta y noto cómo el corazón se me sube a la garganta conforme ambos irrumpimos dentro.
—¿Ky? —lo llamo a voces, recorriendo con los ojos cada rincón—. ¿Kyran?
—Nueve, tío, ¿estás aquí?
Pero no contesta. Porque no está aquí.
—Vale, estoy empezando a preocuparme de verdad… —Me paso los dedos por el pelo.
—Tranqui, no te alarmes. Igual está con Theo. —Guty le da un toquecito a la pantalla de su móvil y este comienza a sonar. Luego desvía la vista hacia mí—. ¿Has probado a llamarlo?
—Le he escrito… —murmuro, mordiéndome el labio—. Pero ni siquiera me ha leído, y han pasado unos veinte minutos.
Guty me lanza una mirada que no me tranquiliza en absoluto.
—Ey. —La voz de Theo suena por el altavoz.
—Oye, tío, ¿está Ky contigo? —le pregunta Guty.
—No… —responde, confundido—. Creía que estaba con Avi.
Me pongo a pasear por la habitación, inquieto, y Guty le contesta:
—Avi no lo encuentra.
Se oyen pasos al otro lado de la línea y Theo susurra algo que no alcanzo a escuchar.
—¿Estás en tu habitación? —inquiere Guty.
—Sí… O sea, no. He salido a correr y ahora estoy… tomando un café. —Murmura algo más, como si estuviera tapando el móvil mientras habla con otra persona.
—Tío, ¿qué cojones haces? —le ladra Guty.
—¡Nada! No te rayes —gruñe Theo—. No he visto a Ky, pero si me lo topo, te llamo.
Guty pone los ojos en blanco.
—Vale, sí. Gracias —susurra, paseándose conmigo por el cuarto. Acto seguido, corta la llamada y se frota los ojos. Cuando se aparta la mano de la cara, clava la vista en un punto, parpadeando atónito.
—¿Qué? —pregunto, con el cuerpo entero vibrando por los nervios.
—Se ha llevado sus cosas… —Guty se dirige dando zancadas hacia una de las camas. Se agacha, mira debajo, abre los cajones y lo revuelve todo—. Su bolsa de viaje, todo. Se lo ha llevado.
«¿Qué? ¿Por qué narices iba a llevarse todas sus cosas sin avisar?».
—Joder… —gruño. Desbloqueo el móvil con los dedos temblorosos y llamo a Kyran.
Pero me salta el buzón de voz.
—Mierda —musito, cubriéndome la cara.
«No puede ser. ¿Por qué iba a marcharse así, sin más…?».
—¿Os habéis peleado o algo? —pregunta Guty, y poso la vista en él.
—No, estábamos… —La voz se me apaga al recordar nuestro encuentro de anoche y lo que sucedió de verdad —. Estábamos bien.
Sí, fue una noche tensa, teniendo en cuenta que el pasado de Kyran por fin salió a la luz.
Pero parecía que todo iba bien. Le aseguré con toda la sinceridad del mundo que lo quiero incondicionalmente y que puede hablar conmigo de lo que sea.
Luego echamos un polvo alucinante, acabamos perdidos y él se quedó dormido entre mis brazos.
Creía que estábamos bien. Sé que esto debe de ser muy duro para él, porque está acostumbrado a tragarse todos sus problemas y ocultárselos al resto del mundo, pero pensaba que de verdad había comprendido lo que le dije… Que estaré siempre a su lado, para cualquier cosa que necesite.
«Joder, qué puta mierda. ¿Dónde se habrá metido?».
Le escribo otro mensaje y le doy a enviar.
Yo: Cari… Por favor, dime que estás bien. No hay ni
rastro de tus cosas en la habitación del hotel y me estoy
preocupando en serio. Te quiero, Kyran… Por favor.
—¿De verdad no te suena haberlo visto cogiendo sus cosas? —le pregunto, deslizando el dedo por la agenda del móvil.
Guty niega con la cabeza, claramente inquieto.
—Debe de habérselas llevado mientras estaba en el gimnasio. O durmiendo… No recuerdo si estaban ahí cuando me desperté o no…
El miedo a lo que pueda haber pasado me sacude el cuerpo entero conforme busco el número de Bridget y pulso el icono de llamada.
«A lo mejor ha ido a ver a su hermana…».
«Tiene que ser eso. Seguro que está con ella».
—¿Hola? —responde Bridget con un deje de confusión en la voz, porque creo que todavía no tiene mi número guardado.
—Ey, Bridget. Soy Avi.
—Ey —me contesta, dejando escapar un suspiro cargado de arrepentimiento—. Oye, lo siento por largarme así anoche. Después de toda esa chapa emocional necesitaba estar sola…
—Tranquila, lo entiendo, pero… ¿está Kyran contigo? —le pregunto, rezando en silencio por que esté allí.
«Tiene que estar allí».
Bridget se queda callada un segundo antes de decir:
—No. ¿Por qué…?
—Mierda —gruño. Me dirijo a la puerta y le grito a Guty conforme salgo—: Voy a mi habitación a ver si ha vuelto.
Él asiente con la cabeza, concentrado en su móvil y toqueteando la pantalla a toda prisa.
—Avi, ¿qué está pasando? —inquiere Bridget al otro lado de la línea mientras los pies me llevan solos escaleras abajo hacia mi habitación.
—Kyran ha desaparecido —susurro.
Y, al pronunciar esas palabras en voz alta, me siento como si me hubieran echado encima toneladas de cemento fresco.
Ha desaparecido. Se ha marchado.
«¿Por qué se ha ido? ¿He hecho algo mal?».
«¿Se ha largado por mi culpa…?».
—¡¿Cómo que ha desaparecido ?! —exclama con un grito ahogado—. ¿Qué ha pasado?
—No lo sé, joder. —La emoción se me atasca en la garganta—. Se enteró de que me habías contado lo que le ocurrió de niño… Por tu mensaje.
—Perdón… —contesta con un tono agudo y tembloroso.
—Da igual, no importa. Y eso mismo fue lo que le dije a él. Le rogué que entendiera que no me importa nada de lo que pasara. Solo quiero estar a su lado y que me permita formar parte de su vida.
Entro de golpe en la habitación del hotel con la esperanza de encontrármelo ahí, mirándome como si estuviera loco por haber montado todo este drama por nada.
Pero no hay nadie.
—Bridget, tengo que dejarte —murmuro, al borde del llanto—. Por favor, llámame si sabes algo de él.
—Sí. Y tú igual.
Me siento lentamente en el sofá, con los ojos pegados a la pantalla del móvil, suplicándole a todos los astros que lea mis mensajes por lo menos.
Yo: Cari, ¿dónde estás…? Solo quiero saber si estás
bien. Te quiero muchísimo.
Transcurren los minutos sin recibir respuesta y, aunque el pánico se está apoderando de mí, el cansancio me pesa tanto que no tengo fuerzas ni para moverme.
El móvil me vibra en la mano y pego un brinco de alivio.
Pero no es Kyran. Es un mensaje de un número desconocido.