Capítulo veintisiete #4
Se me escapa una carcajada y ella se ríe entre dientes.
—En serio. No quería chincharlo, así que nunca se lo dije, pero estaba clarísimo que no podía quitarte el ojo de encima.
—Me era imposible odiarlo… —murmuro con sinceridad mientras nos sirve otros dos chupitos—. Y no por falta de ganas. A veces se comportaba como un auténtico capullo conmigo…
—Te creo.
—Pero, en el fondo, siempre he querido gustarle. Y el subidón de conseguir que alguien como él se interesara en alguien como yo no se puede comparar a nada que haya sentido antes…
—Avi, ¿a quién pretendes engañar? Sabes de sobra que eres perfecto para él.
—Yo no estoy tan seguro de eso…
—Que sí. Confía en mí. Te conozco desde hace solo un día y hasta yo me he dado cuenta.
Lo supe en cuanto entrasteis anoche en el restaurante y os sentasteis el uno al lado del otro, como si no pudierais separaros ni un instante.
Eres justo lo que mi hermano necesita. Alguien que lo apoye y que tenga paciencia, que lo quiera incondicionalmente.
Alguien capaz de plantarle cara y quererlo incluso cuando se pone cabezota.
Nos tomamos los chupitos y exhala despacio.
—Pero, sobre todo, alguien que permanezca a su lado. No se merece que vuelvan a abandonarlo…
—Bridget, no está resentido contigo por haberte ido de casa.
Desliza sus ojos ámbar hacia los míos. Con esta luz, me recuerda muchísimo a Tom.
—Pero tú sí… —susurra.
Aunque se me tensa la mandíbula, sacudo la cabeza.
—No es asunto mío.
—Venga ya. Eres de la familia. Y también la pareja de Kyran. Es normal que te cabree que le hagan daño.
Me recuesto en la silla y suspiro.
—Es que no entiendo por qué te largaste. No lo pillo… No logro comprender por qué Kyran está tan convencido de que fue él quien provocó que vuestra familia se separara.
Bridget clava los ojos en la encimera de mármol que nos separa y murmura:
—No fue culpa suya…
—Eso ya lo sé —gruño—. Pero ¿por qué cree que sí? No tiene sentido, joder.
Vierte más alcohol en su vaso y se lo ventila de un trago.
—Porque el cabrón de mi padre se aseguró de ello.
«¿Qué…?».
La miro con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué? ¿Por qué iba Tom a hacerle algo así a un crío de doce años?
Bridget guarda silencio unos instantes en los que la angustia y la incertidumbre se palpan en el aire.
—No me corresponde a mí contestar a esa pregunta… Debería ser Kyran quien te lo cuente.
Me paso los dedos por el pelo y tiro de los mechones con frustración.
—Ambos sabemos que no va a querer hablar de ese tema. Y necesito entender qué pasa, Bridget. Estoy empezando a asustarme de verdad. Por tu cara, parece que se trata de algo… grave.
Cuando levanta de nuevo la mirada hacia la mía, un velo de lágrimas le cubre los ojos.
—Es que es grave. Es lo peor que le puede pasar a una persona, Avi… Y le pasó a mi hermano pequeño.
«Ay, Dios… Esto es demasiado, joder. Me estoy acojonando».
Tengo el estómago tan revuelto que me entran ganas de vomitar. Sé que no está bien exigirle respuestas… Lo sé. Debería esperar a que Kyran se sincere conmigo cuando se sienta preparado.
Pero también sé que no es sano que se guarde para sí mismo las heridas del pasado y sufra en silencio fingiendo que no existen. Me gustaría ser capaz de ofrecerle mi ayuda. Y demostrarle que lo quiero, pase lo que pase.
—Prométeme que no vas a dejarlo… —susurra Bridget.
—No pienso dejarlo en la puta vida, a menos que él me lo pida…, porque haría cualquier cosa por él, aunque me matara por dentro —le confieso con voz temblorosa y absoluta sinceridad.
Al fin y al cabo, es la verdad. Kyran Harbor es el amor de mi vida. Así de simple.
Me he enamorado de él sin reservas. Se ha adueñado de todos y cada uno de los rincones de mi corazón.
Bridget se levanta de la silla y cruza la habitación para dirigirse hacia su bolso. Saca el móvil y comienza a escribir mientras yo me limito a observarla con el corazón a punto de salírseme del pecho.
Mira con rabia algo en la pantalla antes de suspirar y pasarme el móvil.
Lo cojo y le echo un vistazo. No tengo ni idea de lo que significan todas estas palabras que tengo delante… ¿Forman parte de un documento legal o de algún tipo de acuerdo?
Pero, conforme lo leo, voy sintiendo cómo se me parte el alma en dos.
Y, con cada palabra que sigue, el corazón se me resquebraja y se me hace añicos en el pecho. Los dedos me tiemblan de ira y desesperación al llegar al final.
Hay una foto.
—¿Es…? —Casi no me sale la voz. Estoy tan consternado, asqueado, furioso y horrorizado que soy incapaz de articular palabra—. ¿Esto fue lo que pasó? ¿Este es… él?
Oigo a Bridget sollozar y, aunque sé que está llorando, me es imposible apartar los ojos de la pantalla. Cada fibra de mi ser late con furia y una dolorosa empatía hacia mi hermanastro.
El hombre al que amo. Mi familia.
Pero da igual lo que signifique para mí. Esto me revolvería el estómago incluso si fuera un completo desconocido. Aparto el móvil a un lado y me cubro la cara con las manos, intentando contener las ganas de vomitar.
—Dios mío… —digo, temblando.
Me invaden una rabia, un odio y una tristeza que no había experimentado jamás.
—Ese es el padre McAdams —masculla Bridget con la misma furia que me recorre a mí las venas—. El puto monstruo que violó a mi hermano cuando tenía doce años.
«No… No, no, no. No me lo puedo creer».
«No puede ser cierto».
—Kyran… —gimoteo, tirándome del pelo como si fuera a arrancármelo.
Las palabras que acabo de leer no dejan de darme vueltas en la mente con mi propia voz.
«La archidiócesis ha acordado destituir y secularizar al padre James McAdams de la Catedral de la Santa Cruz de Boston tras un acuerdo extrajudicial con la familia de Kyran Thomas Harbor, residente en Somerville (Massachusetts)».
«La Iglesia pagará a la familia la suma de un millón cuatrocientos mil dólares. El acuerdo exige la confidencialidad de…».
—Bridget…, creo que voy a potar… —digo entre toses, con una voz que apenas reconozco, y salgo disparado hacia el baño.
Echo por el retrete todo el alcohol que acabo de beberme. A pesar de que me noto la cara encendida, tengo el cuerpo anestesiado… No percibo ni la quemazón ni el dolor punzante del estómago. Lo único que siento es una ira lacerante y abrumadora.
Tras desplomarme de rodillas, me obligo a respirar hondo hasta que consigo recomponerme un poco y vuelvo a levantarme, aunque me flaquean las piernas. Me enjuago la boca, me echo agua en la cara y alzo la vista hacia mi reflejo en el espejo. Entonces lo recuerdo…
Recuerdo todas las veces que he observado a Kyran hacer lo mismo.
«Todas esas veces que se miraba al espejo, como si tratara de reconocerse a sí mismo desesperadamente».
Regreso a la habitación tambaleándome y me encuentro a Bridget sirviéndose otra copa con las manos temblorosas.
—¿Un a-acuerdo? —tartamudeo, sacudiendo la cabeza.
Es una puta locura. Ni siquiera soy capaz de procesarlo. Me siento como si mi mente se hubiera desconectado de la realidad por completo. Creo que estoy en shock.
Bridget le da un trago a su bebida, pone una mueca por la intensidad del alcohol y luego suelta un largo suspiro de derrota.
—Fue a finales del verano, antes de mi último año de instituto…
Kyran acababa de volver del campamento de la iglesia, uno de los tantos sitios absurdos a los que mis padres nos obligaban a ir.
Yo llevaba unos años escaqueándome, porque les imploré llorando que me dejaran apuntarme al mismo campamento al que iban mis amigas.
Pero Kyran siguió yendo a ese. En teoría, íbamos a ir a Cabo Cod por la mañana…
Estaba metiendo… mi bañador en la mochila.
Se le quiebra la voz y deja escapar un ligero sollozo antes de frotarse la cara con fuerza, como si tratara de desprenderse del terror que le produce el recuerdo.
—Entonces oí un ruido. Como un… golpe seco.
Venía del baño de arriba —musita, con la mirada fija en la encimera de mármol—.
Corrí hasta la puerta y la aporreé llamando a voces a Kyran para saber si estaba dentro y si se encontraba bien…
—Hace una pausa de nuevo para coger aire—.
No respondía y había echado el pestillo, así que usé una tarjeta de crédito para abrirla a la fuerza.
Estaba… Estaba tumbado en el suelo de la bañera, con el grifo abierto y parte de la cortina colgando, como si hubiera tirado de ella con fuerza.
El corazón se me detiene y, a la vez, me martillea el pecho con más fiereza que nunca mientras Bridget lucha por encontrar las palabras.
—Creía que se había resbalado, así que fui corriendo hacia él.
No parecía haberse hecho daño, pero tenía…
los ojos abiertos y la mirada perdida. Ni siquiera parpadeaba.
Por un segundo creí que estaba muerto. Te juro que nunca he pasado tanto miedo en mi vida.
Pero luego me di cuenta de que estaba respirando…
y temblando de pies a cabeza. Lo envolví con una toalla y lo saqué de la bañera…
Apenas podía andar. No paraba de suplicarle a gritos que me contara qué le había pasado, pero se negaba a hablar.
Me imagino todo lo que está describiendo…
«A un pequeño Kyran petrificado».
«Hecho pedazos».
Las piernas me ceden y me desplomo de rodillas en el suelo, agarrándome la cabeza con los dedos enredados en el pelo.