Capítulo veintisiete #3
—¡Mierda! —exclamamos Bridget y yo al mismo tiempo. Todo el mundo mantiene los ojos fijos en el campo, tensos por la expectación.
El balón sale disparado por los aires. Un jugador de Notre Dame se lanza a por él.
Pero entonces Kyran estira el brazo, lo atrapa y lo sujeta contra su pecho mientras cae en la zona de anotación.
Se produce un instante de silencio en el que todos nos quedamos mirándolo, sin aliento.
El árbitro levanta las manos y estallamos en alaridos de celebración.
¡Touchdown!
Bridget y yo nos abrazamos, gritando como locos.
—¡Por los pelos! —chilla, apurando el resto de su bebida.
—Van a por la conversión de dos puntos —dice la madre de Guty, aferrándose al brazo del chico que está sentado junto a ella. A juzgar por lo mucho que se parece a Guty, diría que es su hermano.
—Vamos, brother… —susurra el chaval para sí mismo, como si le estuviera hablando a Guty. «Pues sí que es su hermano»—. Consíguenos esos dos puntos.
Kyran está gritándole a su línea ofensiva con tanta fuerza que su voz llega hasta aquí arriba. Señala, gesticula y asiente a los jugadores que se encuentran a su lado mientras se colocan en posición para la jugada.
Con el saque, se desata el caos. Es difícil saber qué está pasando.
Me parece ver que el balón se dirige a la izquierda, pero luego da la impresión de ir hacia la derecha.
De pronto, Kyran lo lanza por encima de todas las cabezas en dirección a Guty, que consigue zafarse milagrosamente del agarre de dos rivales y lo atrapa.
La multitud rompe en chillidos y aplausos mientras él hace su bailecito de la victoria en la zona de anotación.
—¡Ese es mi hermano! —aúlla el chico a nuestra espalda.
Sigo a Kyran con los ojos conforme sale del campo, intentando transmitirle toda mi buena energía. Todavía tenemos que impedir que Notre Dame anote y luego anotar una vez más para ganar.
«Tom Brady todopoderoso…, necesitamos un milagro».
Connor Devlin, el quarterback de Notre Dame, sale al campo con los suyos, y se nota que están dispuestos a darlo todo. Nuestra defensa intenta contenerlos por todos los medios, pero avanzan lentamente por el campo.
Deslizo la vista hacia el banquillo donde se encuentra Kyran y lo veo moviendo la rodilla con el mismo nerviosismo que se había apoderado de mí antes.
«Ojalá pudiera estar ahí abajo con él…».
—No está todo perdido hasta que se haya acabado, cari… —susurro.
Devlin lanza un pase incompleto y sus dos intentos de avanzar por tierra no lo llevan a ningún lado, así que deciden ir a por el gol de campo.
—No le deseo ningún mal a nadie, pero, por favor, Señor, haz que este chico falle —gimotea la madre de Guty. Bridget y yo no podemos evitar echarnos a reír.
El kicker de Notre Dame chuta el balón y lo eleva por los aires.
Contengo la respiración.
El árbitro extiende los brazos a los lados. Ha fallado.
—¡Sí! —Nos levantamos del asiento de un salto, gritando y abrazándonos en corro mientras damos saltitos de alegría.
—¡Dios mío, van a conseguirlo! —exclama Bridget.
—¡Calla! No lo gafes. —Tiro de ella para que vuelva a sentarse.
Nos abrazamos mientras observamos cómo ejecutan el despeje del balón. Quedan dos minutos para que termine el partido. Y Kyran se dispone a salir al campo por última vez.
Ha llegado la hora de la verdad… El momento que nos conducirá al éxito o al fracaso.
Si conseguimos anotar un touchdown más, nos declararemos campeones de la NCAA.
He dejado de respirar. El alboroto a mi alrededor se ha convertido en un mero ruido de fondo y lo único que soy capaz de percibir son los latidos de mi corazón…, como si se hubieran acompasado con los de Kyran.
Se mueve con gracia, como si se tratara de una danza delicada, y lanza el balón de un modo casi celestial. Es un auténtico placer ser testigo de la fuerza y la concentración de las que hace gala en el terreno de juego. Parece respirar con el campo, como si fueran uno solo.
Kyran Harbor nació para esto, simple y llanamente. Ahora mismo, no me cabe duda alguna.
«Va a llegar a la NFL. Serían tontos si no se fijaran en él».
Y, por primera vez, no me da miedo la idea de que se marche de Boston. Ni siquiera me preocupa ni me genera dudas. Esto es más importante que cualquier cosa…
El fútbol es su destino.
Además, siendo sincero, lo seguiría allá donde fuera.
«Si él me quiere a su lado, claro…».
Primer down tras primer down, continúan avanzando y la tensión se vuelve insoportable. Pero, por asfixiante que resulte, lo consiguen. Cuando por fin se le presenta la oportunidad, Kyran la aprovecha.
Levanta el brazo. El balón surca el aire.
Guty lo atrapa.
Touchdown.
«Los Eagles acaban de ganar la puñetera Rose Bowl, cari».
Creo que no me había invadido una euforia tan grande en mi vida. Todos estamos saltando y gritando. Abrazo a Bridget mientras llora. La familia de Guty debe de estar aterrorizando a todos los perros del vecindario con sus aullidos de alegría.
Joder, ha sido una victoria épica. No me lo puedo creer… Bueno, sí, porque mi hombre es buenísimo en lo suyo.
Nunca había sentido tanto orgullo.
—A tu novio lo van a fichar para la NFL —solloza Bridget en mi oído a la vez que me sacude con entusiasmo, y yo suelto una risita—. ¿A dónde crees que lo mandarán?
—No sé, pero ojalá acabe en algún sitio guay. —Suspiro al tiempo que mi mente divaga por los muchos lugares que alberga este gigantesco país.
«Y ojalá me permita acompañarlo».
Me muerdo el labio y observo a Theo clavando el punto extra.
Todos lo vitoreamos, porque, al fin y al cabo, ha sido él quien ha puesto el broche de oro al partido.
Nunca me había parado a pensar en lo mucho que depende el equipo de su kicker.
Theo cumple de maravilla con su rol. Espero que no se machaque demasiado por haber fallado un solo gol de campo en toda la temporada.
«Aunque, si es como Kyran, estoy seguro de que no va a dejar de comerse la cabeza».
Kyran está tan mono ahora mismo que me derrito con solo mirarlo. Guty y él se abrazan mientras sus compañeros los rodean para celebrar la victoria. La ofensiva de Notre Dame continúa en el campo, pero, como solo quedan quince segundos en el marcador, el partido se da por terminado.
«Menudo subidón. Un final apoteósico para una temporada de infarto».
—Perdón, no me he quedado con vuestros nombres —nos dice la madre de Guty por encima del jaleo y de la canción All I Do Is Win, que suena a todo volumen por los altavoces.
—Yo soy Avi. Y esta es Bridget, la hermana de Kyran.
—Liz Gutierrez. —Sonríe—. Y este es mi hijo, Marco. —El hermano de Guty nos dedica un asentimiento de cabeza y, acto seguido, su madre nos pregunta—: ¿Vais a venir a la fiesta?
Desvío la mirada hacia Bridget y noto cómo la ansiedad comienza a apoderarse de mí de nuevo. La verdad es que no tenía pensado ir… Sé que Kyran será el centro de atención esta noche y la idea de sumarme al plan sin previo aviso me incomoda un poco.
Pero Bridget me da un codazo.
—Sabes que va a querer que estés allí.
Trago saliva y asiento, inseguro.
La madre y el hermano de Guty se despiden de nosotros con la mano mientras desaparecen entre la multitud. Y ahora estoy todavía más nervioso… Todos sabemos que las fiestas llenas de jugadores de fútbol no son precisamente lo mío.
«Vas a tener que acostumbrarte si acaba entrando en la NFL…».
Ojalá pudiera hablar con Kyran ahora mismo. Cuando estamos a solas, todo es diferente, pero, cada segundo que pasamos lejos el uno del otro, siento que las dudas y la incertidumbre me corroen por dentro.
Deslizo los ojos otra vez hacia el campo, donde un reportero está entrevistando a Kyran, que parece rebosar felicidad. Y me alegra verlo así de exultante.
«Supongo que eso es lo único que importa».
—Bueno, entonces, ¿qué? —me pregunta Bridget—. ¿Vas a quedarte a esperarlo?
Sacudo la cabeza, sin dejar de mirar a Kyran.
—Nah, ahora está en su salsa. Mejor volvemos al hotel. Además, ahí es donde va a ser la fiesta, ¿no?
Bridget asiente y nos abrimos paso entre la multitud de gente que se agolpa por todos los rincones del estadio, aunque, al salir de allí, nos damos de bruces con un atasco de tres pares de narices en la carretera, así que tardamos una eternidad en regresar al hotel.
Cuando por fin logramos llegar, necesito con urgencia algo de alcohol en vena.
—Vamos al bar —propone Bridget en cuanto cruzamos por la puerta.
—Todavía no he cumplido los veintiuno —murmuro.
—Ay, Señor. Se me olvidaba que sois unos críos —se burla.
Me río y niego con la cabeza.
—Hay un minibar en mi habitación.
Nos encaminamos hacia allí y, una vez dentro, nos servimos dos chupitos de una botella de tequila para celebrar que nuestros flamantes Eagles se han proclamado campeones de la División I de la NCAA.
—Estoy muy orgulloso de él… —digo suspirando, notando cómo el licor me quema la garganta.
—Se nota —responde Bridget con una sonrisa—. Parecía que te iba a dar un chungo cuando el balón estaba en el aire antes del último touchdown.
Suelto una risita por lo bajo.
—Es que…, al haberlo visto jugar a lo largo de toda la temporada mientras lo nuestro iba cociéndose a fuego lento…
, me siento como si yo también hubiera formado parte de ello.
No sé si me explico. —Sacudo la cabeza, jugueteando con el esmalte descascarillado de mis uñas—. Nunca he experimentado nada parecido.
—Formas parte de ello, Avi —me corrige, y alzo la vista—. Eres la mascota. —Le contesto con un resoplido, pero me lanza una mirada que me deja clavado en el sitio—. Hablo en serio. Sé que parece una tontería, pero estuviste ahí animándolos y apoyándolos a todos. Sobre todo a él.
Frunzo los labios.
—Me hacía ilusión que me incluyeran en el grupo.
—No mentía cuando te dije que tu nombre salía en cada conversación que teníamos. —Eleva las comisuras—. Siempre que lo llamaba después de algún partido, me contaba alguna cosa sobre ti, como cuando bailaste el Gangnam Style…