Por los fans Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

—Pero el fútbol americano… El fútbol americano es un todo o nada.

Leí hace poco una estadística que afirmaba que el cien por cien de los jugadores de la NFL sufre algún tipo de lesión a lo largo de su carrera.

El cien por cien. O sea que, pase lo que pase, si juegas, vas a hacerte daño.

Qué puta locura, ¿no? —Se ríe suavemente, maravillada por el dato—.

El fútbol americano es, de lejos, el más apasionante de todos los grandes deportes tradicionales.

Si lo piensas, parece casi de bárbaros, pero, una vez le pillas el truco, es complejo y fascinante.

No es solo un juego, es un estilo de vida.

Adrenalina en estado puro, de principio a fin.

La observo con los ojos entrecerrados y una sonrisa socarrona en los labios.

—¿Eres fan de los Patriots? Porque hablas como si lo fueras…

Bridget echa la cabeza hacia atrás riéndose y no puedo evitar reírme yo también. Luego me dirige una mirada de complicidad.

—Más te vale ir preparándote, chaval. Esto es solo el comienzo… Si fichan a Kyran en la NFL, vas a necesitar un sedante.

«Ya, eso es lo que me temo».

Le pego un buen trago a la cerveza, con la esperanza de que me calme todo lo posible.

—El caso es que no me inquieta que pierda. Tengo claro que no va a perder. Lo que me preocupa es la cantidad de presión a la que se somete a sí mismo para superarse, no sé si me explico.

Ella asiente y aparta los ojos de los míos mientras le da un sorbo a su vaso.

Necesito averiguar qué es lo que sabe…, comprender a qué me enfrento con Kyran.

—Es curioso, porque de pequeño era muy tranquilo —dice, mirando al vacío—. Todos los niños querían estar a su lado. Siempre estaba riéndose y con una sonrisa en la cara.

No doy crédito a lo que estoy escuchando.

«¿Estamos hablando del mismo Kyran Harbor?».

—Y no fue porque lo educaran así ni nada por el estilo —continúa Bridget—.

Mi padre se pasaba todo el día trabajando, no te exagero.

Y mi madre se quitó de en medio en cuanto tuvimos edad suficiente para valernos por nosotros mismos.

Pero tampoco nos importó mucho, porque nos teníamos el uno al otro.

El resto daba igual… —La voz se le apaga un poco antes de murmurar—: Éramos nosotros contra el mundo.

Su expresión pasa de la nostalgia al remordimiento mientras sigue bebiendo de su vaso.

—Pero con el tiempo nos fuimos distanciando…

Yo empecé a volcarme en mis amigas, porque, a ver, tenía catorce años, era lo normal; a esa edad te vuelves más egoísta que nunca.

Y Kyran perdió ese carácter despreocupado y comenzó a seguir más las reglas…

El único sitio donde siempre se sentía cómodo era el campo de fútbol.

Sonríe con aire juguetón y curvo los labios también en respuesta. Una cálida sensación de orgullo me inunda el pecho al pensar en lo lejos que ha llegado Kyran.

Pero entonces se le desvanece la sonrisa y murmura:

—Debería haberme fijado más… en por qué se ponía tan nervioso. Debería haber estado más presente… Haberle dicho a mi padre que se fuera a la mierda con sus… —Se calla de repente y me mira de reojo, pero no termina la frase. En cambio, apura la bebida de su vaso de un trago.

Me limito a observarla, confundido e inquieto, porque no creo que todo ese remordimiento se deba al divorcio.

«Aquí pasa algo más».

—Bridget… —pronuncio con firmeza, y vuelve a posar los ojos en los míos—, ¿por qué se separaron tus padres? —Se muerde el labio, sin apartar la vista de mí—. ¿Qué ocurrió para que ambos quisierais huir de allí tan desesperadamente?

Abre la boca, sorprendida, y me mira con una culpa y una angustia tan palpables que casi las siento atravesándome en oleadas. Parece estar a punto de decir algo…, como si lo tuviera en la punta de la lengua y el silencio la estuviera consumiendo por dentro.

Pero entonces la gente empieza a caminar en fila junto a nosotros para volver a sus asientos y el alboroto que se desencadena alrededor nos indica que el descanso está llegando a su fin.

Se aclara la garganta y sacude ligeramente la cabeza.

—Voy a por otra cerveza antes de que nos sentemos.

La observo alejarse con la cabeza gacha mientras les doy vueltas a sus palabras.

«Si Kyran solía ser un espíritu tan libre…, ¿qué le cortó las alas?».

«Se acabó. Voy a potar».

El corazón se me ha instalado de manera permanente en la garganta y apenas puedo respirar.

Este partido me está empujando a la bebida. No sé qué ha ocurrido en el descanso, pero Notre Dame ha vuelto al campo a tope de energía.

Han anotado dos touchdowns en ofensivas consecutivas y su defensa está dándolo todo.

Supongo que se han dado cuenta de que no pueden tomarse a Kyran a la ligera, porque llevan todo el rato encima de nuestros receptores, así que nos han obligado a optar por el juego terrestre, pero no creo que aguantemos así mucho rato.

Y, para colmo, Theo ha fallado un gol de campo… El primero en toda la temporada.

Me siento fatal por él. Es un pedazo de kicker, pero se ve que la presión le ha pasado factura.

Ha salido del campo hecho una furia y ha lanzado el casco contra el banquillo con tanta rabia que incluso ha desconchado la pintura. Kyran ha intentado hablar con él y lo ha agarrado del brazo para que se tranquilizara, pero Theo estaba demasiado cabreado. Y lo entiendo.

Los Eagles necesitaban esa ventaja. De hecho, todavía la necesitamos.

Vamos catorce puntos por detrás y solo quedan cinco minutos de partido. El entrenador Matthews está gritándole al círculo de nuestra ofensiva. Aunque no oigo lo que dice, no da la impresión de estar muy contento, así que lo más probable es que esté tratando de meterles el miedo en el cuerpo.

«Ese hombre siempre me ha dado un poco de mal rollo. Parece muy tranquilo… Hasta que deja de serlo».

—Kyran hará algo para remontar —murmuro, enfrentándome a la duda que refleja mi voz—. No tiene otra opción.

—¿Y esos se hacen llamar Fighting Irish? —resopla Bridget, y luego grita—: ¡Demuéstrales cómo juega un irlandés de verdad, Ky!

Todo el mundo alrededor comienza a vitorear, pero yo soy incapaz de moverme. He entrelazado las manos con tal fuerza que siento que voy a romperme los dedos.

Kyran regresa al campo trotando junto con nuestra línea ofensiva y, aunque no le vea la cara, siento en cierto modo toda la tensión que lo recorre. Es como si estuviera allí abajo con él, dentro de su cuerpo, compartiendo su frustración y su nerviosismo.

Guty recibe el despeje y sale corriendo con el balón, zigzagueando entre la defensa de Notre Dame para ejecutar un retorno. La multitud de las gradas rompe en gritos de júbilo y ovaciones. La familia de Guty debe de estar sentada justo detrás de nosotros, porque me han estallado los tím­panos.

Al final, alguien consigue derribarlo, pero ha logrado avanzar veintiséis yardas. Kyran le dice algo cuando todos se reúnen para acordar la siguiente jugada. Guty asiente y chocan los cascos.

—Vamos, cari… —susurro—. Tú puedes.

Tras el saque, Kyran se dispone a darle el balón a Benito en la mano para que corra, pero, justo antes de entregárselo, retrocede y se lo lanza a Guty, realizando una finta impecable.

Notre Dame no se lo esperaba. Guty, cual potro desbocado, atrapa el balón y echa a correr por el campo más rápido de lo que parece humanamente posible. Logra llegar hasta la yarda quince antes de que lo plaquen. Pero da igual, porque ahora estamos en posición de anotar.

—¡Toma ya! —grito mientras Bridget profiere alaridos de ánimo y chocamos los cinco—. ¡Así se hace!

—¡El número ochenta y uno es una bestia parda! —chilla.

—¡Ese es mi hijo! —exclama detrás de nosotros una mujer con la piel bronceada y el pelo corto de punta, visiblemente emocionada.

—¿Es usted la madre de Guty? —le digo, y ella asiente con entusiasmo—. Es un tío majísimo.

—¿Vas también a la Boston College? —me pregunta.

—Soy el… —Las palabras se me atascan en la garganta. «¿Hermanastro de Kyran? ¿Colega de Kyran? ¿Novio de Kyran? ¿Por qué coño me he quedado en blanco?». Carraspeo y opto por la respuesta más sencilla—. Soy la mascota de los Eagles.

Bridget clava los ojos en mí y me encojo de hombros.

—¡¿Tú eres el águila?! —La madre de Guty suelta un grito ahogado—. En casa nos gustas mucho. —Sonrío con modestia y finjo una reverencia—. ¡Deberías estar ahí abajo con ellos, animándolos!

—Ojalá… —murmuro. Y la conversación se corta en seco, porque el balón está en el aire.

Fellows lo atrapa en la zona de anotación y todos nos levantamos de un salto del asiento.

—¡Eso es, joder! —grito mientras el estadio entero enloquece.

—Un momento —advierte un tipo sentado al lado de la madre de Guty—. Hay un pañuelo en el campo.

—¿Quién lo ha lanzado?

— Holding. El jugador ofensivo número siete ha agarrado a un defensa rival. Diez yardas de penalización —anuncia el árbitro por los altavoces.

—¡Un mojón que te comas! —protesta Bridget a voces, indignada.

—¡No mames, de holding nada! —clama la madre de Guty, y Bridget choca con ella su vaso a modo de brindis.

—¡Eh, árbitro! ¿Qué tal si me agarras esta? —brama el chico de al lado de la madre de Guty, cogiéndose el paquete.

—Mijo… —lo reprende ella, sacudiendo la cabeza.

—Que no cunda el pánico, no pasa nada —murmuro, sobre todo para mí mismo—. Lo tienen controlado.

Sé que Kyran está cabreado, pero no permite que se le note en ningún momento. Le da una palmada en la espalda al número siete, Sean Cameron, y se preparan para volver a la carga.

La jugada arranca de nuevo y estoy empapado de sudor.

La defensa de Notre Dame cubre por completo la zona de anotación.

Kyran no tiene a quién mandarle el balón, así que comienza a correr, esquivando como buenamente puede a guards y tackles.

Se encuentra tan solo a un paso de la zona de anotación cuando un pedazo de cabrón gigantesco le arrebata el balón de las manos.