Por los fans Capítulo veintiséis #2
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Capítulo veintiséis #2

—Créeme, a mí también me hace falta tu polla. —Echo un vistazo a la puerta para asegurarme de que Guty no esté cerca—. Es mi amuleto de la suerte.

—Pues nada…, estaré listo y esperándote en California. A tu servicio, superestrella —musita en un tono juguetón.

—Te llamaré cuando aterrice —respondo, deslizándome fuera de la cama por fin—. Tienes que venir a cenar con Bridget y conmigo.

—Me encantaría.

—Vale… —Me muerdo el labio, porque no me apetece nada colgar, y me siento un poco ridículo.

—Dilo tú primero, Kyran —susurra.

Pongo los ojos en blanco, pero no soy capaz de reprimir la sonrisa de desquiciado que se me dibuja en la cara.

—Te quiero, Avi.

—Mmm… Te quiero, RBG .

—Eres un tonto del culo. —Me muerdo los labios para contener la risa, y él se echa a reír a carcajadas.

—Ese es mi hombre.

Al terminar la llamada, la cabeza me da tantas vueltas que parece haberse convertido en el Demonio de Tasmania. No consigo asimilar la cantidad de cosas que han ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas…

Después de todo por lo que hemos pasado Avi y yo, admitir por fin que ese odio nunca fue real y que el miedo solo escondía amor…

me dejó completamente fuera de juego. La realidad me cayó encima como un jarro de agua fría.

Pero, acto seguido, me sentí como si me hubieran quitado una venda de los ojos.

Ahora lo veo todo más claro que nunca.

«Soy gay y estoy enamorado de mi hermanastro».

«Ya está. Ya lo he dicho».

«Madre mía… Así debe de ser un buen subidón con drogas de las fuertes».

—¿Qué haces aquí tan sonriente, tío? —Guty entra en el dormitorio dando tumbos para coger su bolsa de deporte—. ¡Que se nos va el día!

—Perdón —gruño, esforzándome por sonar normal y no como alguien que está pillado hasta las trancas por su hermanastro.

Me pongo la ropa para entrenar y sigo a Guty al gimnasio, con la esperanza de quemar un poco de esta energía desbordante antes de poner rumbo a California.

Mañana será un gran día… Me aguarda el partido más importante de mi vida.

Y, por primera vez, siento de verdad que hay alguien por quien quiero ganar.

Cuando me instalo en el hotel de Pasadena, la euforia de antes se ha desvanecido un poco, y me cabrea un montón.

No quiero estar así de tenso e intranquilo, pero no puedo evitarlo. Además de todo lo que tenemos encima ahora mismo, voy a ver a mi hermana después de seis años, así que me es imposible calmarme.

Por supuesto, la echo muchísimo de menos. Bridget y yo éramos uña y carne antes de que se marchara…, sobre todo de pequeños. Bueno, yo era el típico hermano menor que no la dejaba en paz, y ella, la hermana mayor borde que solía vestirme con su ropa y maquillarme. Vamos, lo normal entre hermanos.

Pero, aparte de eso, era mi guardiana. Mi mejor amiga.

Cuando quedó claro que nuestros padres estaban demasiado ocupados con sus cosas (mi padre con el trabajo y mi madre con sus amigas del club de campo) para prestarnos atención a alguno de los dos, Bridget cuidó de mí.

Jugábamos juntos todos los días después del colegio, hasta que llegó a la adolescencia y sus amigos pasaron a ser su prioridad.

Nunca me lo ha dicho, pero creo que todavía se siente culpable por lo que sucedió, porque no estuvo allí para protegerme.

Pero no fue culpa suya. Y, de todos modos, ¿qué podría haber hecho para impedirlo?

Por eso quiero hablar con ella a solas primero, antes de que conozca a Avi. Quiero pedirle que no entremos en esos… temas, que no removamos el pasado, menos aún con Avi delante. No me gustaría que sacara a relucir asuntos que él desconoce…

Porque lo que más me preocupa, por encima de cualquier cosa, es que descubra la verdad. Si se enterase, nuestra relación cambiaría por completo.

Por desgracia, mi Uber se detiene frente al restaurante donde hemos quedado para cenar justo cuando Avi se baja del suyo. Aun así, no logro sentirme decepcionado por no poder tener un momento a solas con Bridget…, porque él está aquí.

Y me quedo embelesado al verlo.

Va vestido como siempre: con unos vaqueros negros rotos y unas Converse desgastadas.

Además, lleva una camisa azul marino de manga larga sobre una camiseta de tirantes por la que asoman retazos de su piel olivácea y parte de sus músculos.

Su pelo denso y sedoso, tan oscuro que casi parece negro, tiene el mismo aspecto despeinado que de costumbre, y los dedos me hormiguean de las ganas que me entran de enredarlos entre sus mechones mientras me besa hasta dejarme sin aliento.

Todavía me cuesta asimilar lo sencillo que me resulta reconocer lo bueno que está.

Antes hacía lo imposible por apartar ese tipo de ideas y no fijarme en cada centímetro de esa perfección tan puramente masculina y bella que posee, pero ahora no puedo quitármelo de la cabeza… , porque no quiero privarme de ello.

Está guapísimo. Cuando me ve, la ligera curva de sus labios se transforma en esa sonrisa radiante tan suya, de dientes perlados y labios carnosos y rosados… El conjunto perfecto.

Y me siento el cabronazo más afortunado del mundo por ser el destinatario de esa sonrisa.

Todo esto me parece nuevo…, y, aun así, lo reconozco en parte, como si siempre hubiera estado ahí, escondido en los rincones más oscuros de mi mente.

Creo que me siento así por él desde hace tiempo, solo que ahora he dejado de huir de ello.

Permito que me envuelva, igual que hace él con sus fuertes brazos cuando se acerca y me estrecha entre ellos, provocando que cada fibra de mi ser se derrita bajo su tacto.

—Dios, cómo te echaba de menos… —me susurra al oído, adornándome el cuello con un par de besos furtivos mientras me rodea la nuca con la mano.

Lo cojo por la cintura y lo abrazo con todas mis fuerzas, apoyando mi cabeza en la suya.

«Siento una felicidad tan desconcertante a su lado…».

El roce de su pecho musculoso contra el mío, su altura y su fuerza, iguales a las mías, su olor… Todo en él me embriaga. Tomo una bocanada profunda de aire para llenarme los pulmones con su aroma, fascinado por lo familiar que me resulta.

Ámbar, bergamota, sándalo y cáñamo quemado. Huele exactamente como la vela que Bridget me regaló por Navidad, la que solía encender en su habitación antes de marcharse.

Ese olor me calmaba y me ofrecía consuelo cuando me faltaba el aire…

La única diferencia es que Avi también huele a caramelos de fresa. Y eso hace que su aroma sea mil veces mejor.

—Cari, estás temblando. —Se separa un poco y clava sus ojos azules en los míos—. ¿Tienes frío?

Niego con la cabeza y trago saliva para sofocar la ansiedad y el miedo.

—Es solo que… me alegro muchísimo de que estés aquí.

Parpadea y la preocupación que había en su rostro se disipa tras esa sonrisita suya tan reconfortante. Por la forma en la que detiene los ojos en mis labios, sé que quiere besarme. Y yo quiero que lo haga…

Pero estamos a la vista de todo el mundo. En plena calle.

«Nunca he besado a un chico en público…».

—Vamos a entrar —gruñe, deslizándome las manos lentamente por el cuerpo antes de soltarme, como si no quisiera dejar de tocarme, pero supiera que no le queda más remedio que hacerlo—. Tengo que asegurarme de que comes bien, precioso.

Me muerdo el labio, porque eso suena de maravilla. Me muero de hambre y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me encanta la idea de que quiera cuidarme.

Es una locura… Soy un hombre hecho y derecho.

No necesito que nadie se deshaga en atenciones por mí.

Y, sin embargo, cada vez que Avi me trata así, me siento increíblemente especial, como si alguien me apreciara de verdad como hombre y no me viera solo como un jugador de fútbol americano, un estudiante ejemplar o… un objeto.

—Estoy… estoy un poco nervioso —le confieso. Las palabras brotan solas, como si ansiaran escapar de los confines de mi mente y refugiarse en él—. Hace tiempo que no veo a mi hermana…

—Seguro que se muere de ganas de verte, cari —responde en un tono tranquilizador.

Asiento con la cabeza mientras me apoya sutilmente la mano en la parte baja de la espalda para guiarme hacia el interior del restaurante, aunque no dejo de rogarle a mi subconsciente que me dé un respiro.

«No desentierres el pasado, por favor. Nada de recuerdos indeseados ni ataques de pánico».

«No quiero que él me vea así».

Una vez dentro, Avi da mi nombre, ya que fui yo quien realizó la reserva, y la recepcionista nos comunica que Bridget nos está esperando. La seguimos hacia el comedor y extiendo una mano temblorosa para buscar la de Avi, pero acabo rozándosela ligeramente sin más.

Lo único que quiero es cogérsela, joder, pero soy incapaz. Todavía me da demasiado miedo, y odio que sea así.

En cuanto llegamos a la parte de atrás del restaurante, distingo a mi hermana.

Está sentada en una mesa, escribiendo en el móvil, y una sensación de calidez me invade el pecho de inmediato.

No hablamos a menudo, solo intercambiamos algún que otro mensaje o nos llamamos de vez en cuando, pero le sigo la pista en redes.

Por eso no me sorprende lo mucho que ha cambiado.

Aunque, para mí, sigue siendo la misma chica con la que crecí.

Tiene el pelo rubio oscuro, quizá un par de tonos más claro que el mío, y bastante más largo de lo que solía llevarlo.

Ha sacado la nariz y la barbilla de mi madre, pero los ojos oscuros son de mi padre.

También está mucho más en forma que antes, porque, por lo visto, ahora se ha aficionado a correr.

Debe de percatarse de que nos acercamos a la mesa, porque alza la vista y posa los ojos en mí al instante. Curva los labios en una sonrisa gigantesca y radiante, pero, aun así, puedo leer las emociones que se le reflejan en la cara como si las llevara escritas en un cartel con luces de neón.

—Mi hermanito… —solloza Bridget, levantándose de la silla de un salto para abalanzarse sobre mí. Me abraza con tanto ímpetu que casi me tira al suelo.