Capítulo veintitrés
Kyran
L os Eagles van a la putísima Rose Bowl.
Anoche jugamos el último partido de los playoffs de la temporada contra Ohio State. Y ganamos…
Por los pelos.
Fue uno de los peores partidos que he jugado en la vida.
Fuimos por detrás la mayor parte del encuentro, y, para qué engañarnos, fue sobre todo culpa mía.
No podía concentrarme. Estaba disperso, hecho pedazos, abatido y, básicamente, sin ganas de nada.
Como diría Austin Powers, había perdido mi mojo.
La defensa y los running backs nos salvaron el culo hasta el tercer cuarto, y el entrenador estaba hecho una auténtica furia. No me había gritado nunca como anoche… Parecía que le iba a estallar la vena de la frente.
Nuestra defensa se lució y mantuvo a raya a los Buckeyes todo lo que pudo, pero en el último cuarto íbamos dos touchdowns y un gol de campo por detrás. Ahí fue cuando Guty intervino.
Acabábamos de recuperar el balón tras una intercepción al quarterback de Ohio. Estábamos en su yarda veinticinco cuando el entrenador pidió tiempo muerto, y entonces Guty me agarró del pescuezo.
—Kyran, escúchame. —Se me acercó a la cara, susurrando y gritando a la vez—.
No sé qué coño te pasa, pero vas a dejarte de tonterías ya, ¿entendido?
Has llegado muy lejos y no puedes echarlo todo a perder por un bajón de mierda.
No sé qué te tiene como alma en pena, pero apárcalo un momento y céntrate.
Estaba tan abrumado que apenas podía respirar. Sentía cómo se me venía todo encima, igual que si me hubieran colocado un montón de ladrillos sobre los hombros. Las inseguridades que intento reprimir a diario me trepaban por la garganta y se filtraban por cada poro de mi piel.
«No eres lo suficientemente bueno».
«Eres débil. No sirves para nada».
«Tienes miedo».
«Este es el verdadero tú…, no la superestrella que ven desde fuera».
«No eres más que un pobre fracasado hecho trizas».
«¿Qué te hace pensar que él podría querer a alguien como tú?».
El fragor de la multitud gritando y vitoreando al otro equipo me envolvía por completo; era tan ensordecedor que me empezó a temblar todo el cuerpo.
Un nudo me oprimía el pecho. Cerré los ojos y sacudí la cabeza.
—Voy a perder este partido, tío. No sé qué estoy haciendo… Creo que me está dando un a-ataque de p-pánico…
Guty me clavó los dedos en los hombros y me zarandeó con fuerza hasta que abrí los ojos de golpe.
—¡Espabila, Nueve! Esto no es típico de ti. Eres el mejor quarterback de la puta división y no te rindes nunca sin luchar.
Esas palabras resonaron en mi mente y me trajeron un recuerdo a la memoria: Avi con su puñetero disfraz de águila diciéndome lo mismo.
«Tú no eres de los que se rinden sin luchar… Créeme, lo sé muy bien».
Al pensar en ello, elevé ligeramente las comisuras de los labios y solté una risita nerviosa por lo bajo.
«Hay que ver lo tontaina que parece con el traje de mascota. Y cuando se pone a hacer el moonwalk y el Electric Slide… Si es que está hecho un payaso, de verdad».
«No está todo perdido hasta que se haya acabado», dijo su voz en mi cabeza.
—No está todo perdido… —murmuré, enderezando los hombros—. Todavía no se ha acabado, joder.
—¡Eso es, coño! —gritó Guty, dándome una fuerte palmada en la espalda—. ¡Vamos a por ellos, cari!
«No soy tu cari…».
Ensanché la sonrisa y junté las manos con fuerza, sintiendo cómo se me tensaban los músculos de pura determinación.
«Soy su cari».
—¡A por ellos! —Estampé mi casco contra el de Guty y él me respondió con un gruñido.
Tenía una misión: estaba decidido a enmendar mis cagadas en lo que quedaba de partido. Treinta segundos después, le lancé un pase de touchdown a Guty.
En la siguiente ofensiva, otro.
Todo el mundo estaba fuera de sí, pero, por primera vez en toda la noche, yo me sentía en calma.
En mi salsa… Y, cada vez que echaba un vistazo a la línea de banda, me entraba la risa de imaginarme allí a Baldwin, la puta águila, contoneando las caderas como siempre.
Seguro que a la gente le parecía que estaba loco por reírme solo, pero me daba igual.
No pensaba perder aquella noche. Era lo único de lo que estaba completamente seguro en ese momento.
A treinta segundos de que acabara el partido, necesitábamos acercarnos lo justo a la zona de gol de campo para que Theo obrara su magia. Pero yo tenía otros planes en mente.
Después del saque, retrocedí dos pasos y clavé los ojos en mi mejor amigo, el mejor wide receiver de toda la puta ACC y quizá de toda la división, mientras atravesaba el campo a la velocidad de un rayo, como el puto Correcaminos, alejándose tanto de la defensa de los Buckeyes que no iban a poder alcanzarlo en la vida.
Entonces lancé el balón como si quisiera enviar un cohete directo al espacio exterior. Casi me disloco el hombro haciéndolo volar en una espiral perfecta. Era una apuesta arriesgada… El pase más largo que había intentado hasta la fecha.
Pero, en la yarda diez, tras recorrer ochenta y dos yardas en el aire, aterrizó justo en los brazos extendidos de Guty, que trotó hasta la zona de anotación para darnos la victoria.
«Menuda pasada, joder».
Volver al campo después de haber jugado uno de los partidos más desastrosos de mi vida para lanzar el touchdown más largo, no solo de mi carrera, sino de toda la temporada, de los más largos que se han visto en la liga, y acabar rompiendo todo tipo de récords…
fue el mayor subidón de euforia que he experimentado jamás.
Sin embargo, cuando miré emocionado hacia la línea de banda, él no estaba allí… Faltaba la mascota.
Y la sonrisa se me borró al notar cómo me invadía una oleada de nostalgia mezclada con otros sentimientos… Arrepentimiento e intranquilidad, sobre todo. La victoria habría sabido mucho mejor en casa, eso seguro.
Pero, en ese momento, decidí dejar todo aquello a un lado unos instantes para centrarme en celebrarlo con mis compañeros. Íbamos a jugar en el Campeonato de la División I.
«Solo me aguarda una última gran victoria».
Aunque anoche nos divertimos un poco en Ohio, todos acordamos que lo celebraríamos en condiciones al volver a Boston. Guty y yo vamos a montar una pedazo de fiesta esta noche en nuestra habitación. De hecho, se va a armar una buena en toda la planta de la residencia.
Y sí, tengo ganas, pero también me corroe por dentro la misma incertidumbre inquietante que lleva días atormentándome.
No he vuelto a hablar con Avi desde que discutimos. No nos hemos dirigido ni una sola palabra… Ha habido un silencio sepulcral entre nosotros.
La semana previa al partido, pensé en ir a verlo en un montón de ocasiones. Para disculparme por haberme largado, aun sabiendo que lo único que él quería era que me quedara.
Pero, cada vez que me ponía los zapatos y me encaminaba hacia la puerta, algo me impedía salir en su busca. Por mucho que odie admitirlo, creo que era el miedo lo que me retenía.
Porque sí que quiero verlo…
«Me muero de ganas».
Quiero pedirle perdón por haberme comportado como un imbécil con lo del OnlyFans y haberme preocupado solo por mí. He repasado lo ocurrido cientos de veces en mi mente y no puedo dejar de pensar en lo quejica y egoísta que fui.
Sí, aún me aterroriza la posibilidad de que alguien de la universidad se tope con la cuenta de Avi.
Me da miedo que descubran que era yo el que aparecía en esos vídeos y que me echen del equipo o algo peor…
, como que me expulsen de la universidad por haberme convertido en una estrella del porno gay a cambio de dinero y acabe condenado a pasar el resto de mi vida en un trabajo miserable…
«Viviendo en casa, teniendo pesadillas cada noche».
Sería un desastre de proporciones épicas, pero, aun así…, no supe gestionarlo. Debería haberme quedado y haber hablado con Avi de ello en lugar de gritarle y huir con el rabo entre las piernas.
«Encima, después de haberle dicho que quería quedarme…».
Estoy convencido de que ha vuelto a odiarme a muerte. Por eso no me ha escrito ni me ha llamado en toda la semana que ha transcurrido desde nuestra pelea…, ni siquiera para felicitarme por el partido, y la simple idea me está consumiendo por dentro.
Pero lo que me dijo aquella noche…, y lo cerca que estuvimos de algo que todavía me aterra hasta la médula…
, me ha mantenido clavado en el sitio, dentro de mi cómoda burbuja de evasión y negación, que ha dejado de parecerme tan cómoda, ahora que he descubierto lo bien que me siento cuando salgo de ella.
Aquella semana, de Navidad a Año Nuevo, fue la mejor de mi vida. Puedo intentar reprimir lo que siento y seguir fingiendo que solo fueron unos cuantos polvos o un entretenimiento pasajero, pero esa mentira ya no se la cree nadie. Ni siquiera yo.
Para más inri, mañana se celebra el banquete del equipo. Se supone que todos los miembros, incluida la mascota, deben asistir con sus familias, y no sé si Avi tiene intención de ir…
Aunque ahora mismo estamos preparándolo todo para una noche de desenfreno y celebración épica, en el fondo soy consciente de que, cuando empiecen a rular los chupitos, la música suene a todo volumen y las chicas se arremolinen a mi alrededor, dedicándome miradas y caricias pícaras, lo único que tendré ganas de hacer será lo mismo que llevo meses haciendo…
Irme de la puta fiesta y plantarme en su habitación.
Porque es allí donde realmente me apetece estar.
Y no quiero esperar a verme vencido por mis impulsos. Necesito hablar con él ya, para aclarar cuanto antes qué está pasando entre nosotros…
«Si es que acaso hay un nosotros, sin los fans».
—Ey… —le murmuro a Guty, que está moviendo cosas de un lado a otro para la fiesta, que, en teoría, comienza en un par de horas—. Tengo que salir un momento.
Me pongo los zapatos y el abrigo.
«Esta vez sí pienso ir».
—Vuelves para la fiesta, ¿no? —pregunta mientras coloca las botellas de licor en la encimera—. Habrá una barbaridad de tías buenas deseando meterle mano al águila imperial que escondes entre las piernas.