Por los fans Capítulo veintidós #3
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Capítulo veintidós #3

—No lo sé… —Le agarro la mandíbula, acerco su boca rápidamente a la mía y lo beso con urgencia, aterrado ante la idea de que el fuego que hemos avivado se extinga en cualquier momento—. Esto es diferente, cari —murmuro entre nuestros besos frenéticos—. Dime que para ti también…

Asiente deprisa mientras nuestros labios se entregan a la euforia del momento.

—Sí, es diferente.

—¿Y qué significa? —Odio la desesperación que refleja mi voz.

No quiero comerme la cabeza con esto, pero es superior a mí. Me carcome por dentro no saber qué somos ni si esto durará… No sé absolutamente nada, excepto lo que siento por él, y es tan inoportuno que hasta los huesos se me estremecen, incluso estando bajo el agua caliente.

—No… No lo sé. —La voz le tiembla un poco, y me parte el alma, porque no quiero que tenga miedo.

No podemos estar asustados los dos… Esto no va así. Necesito que él muestre la seguridad que a mí me falta, aunque no creo que vaya a dar elpaso.

Menuda mierda.

—Ojalá tuviera respuestas, Avi, pero estoy hecho un puto lío… —susurra.

—¿Quieres quedarte? —musito.

Asiente.

Y la pregunta que me reconcome desde hace rato se abre paso por mi garganta.

—¿Seguirías queriendo… si alguien supiera que estás aquí?

Kyran se pega a mí, me agarra la espalda y apoya la frente en la mía.

—Creo… Creo que sí.

Respiro hondo, como si esa respuesta me hubiera insuflado vida.

«Creo que sí»…

«Vale. Me conformo con eso».

Después de besarlo unos cuantos minutos más, cierro el grifo, salgo de la ducha y cojo un par de toallas. No voy a agobiarlo más con el tema.

Quiere quedarse. Y eso, para mí, ya es un regalo.

Nos secamos el uno al lado del otro y me fijo en mi cepillo de dientes.

Al acordarme de que él lo ha usado esta mañana, se me dibuja una sonrisa en los labios.

Levanto la vista hacia Kyran y me lo encuentro mirándose en el espejo, parpadeando frente a su reflejo.

El vacío de sus ojos me borra la sonrisa al instante y me quedo observándolo unos segundos.

No es la primera vez que lo veo examinando su reflejo, recorriendo boquiabierto con la mirada su propio cuerpo, sus extremidades, como si no las hubiera visto nunca. Su reacción me recuerda a la de un alienígena con piel de humano… O un traje de Edgar, para que nos entendamos.

Es raro, y la verdad es que no sé muy bien qué pensar. Pero, tras unos minutos en silencio, está empezando a inquietarme un poco.

—Ky… —murmuro con un deje de preocupación en la voz.

Parpadea con fuerza y gira el rostro hacia mí, sin rastro de esa mirada ausente.

—¿Sí?

—¿Estás… bien? —pregunto en un susurro, procurando mantener la expresión de la cara lo más relajada posible para que no me note nervioso por su repentino ensimismamiento.

Exhala una bocanada de aire y eleva las comisuras de los labios, pero la sonrisa no le llega a los ojos.

—Genial. ¿Por qué?

—Por nada… —Sacudo la cabeza—. ¿Quieres que te preste ropa?

—Vale —dice suspirando, y su sonrisa comienza a parecer un poco más relajada y natural.

Obligándome a dejar de darle vueltas al tema, lo llevo de nuevo a la habitación, saco de la cómoda unos calzoncillos y se los ofrezco. Cuando se los pone, se acerca tranquilamente a la cama para quitar las sábanas sucias y no puedo evitar observarlo mientras lo hace.

Aunque da la impresión de sentirse bastante cómodo aquí, Kyran siempre ha sido como un libro cerrado, así que resulta difícil adivinar lo que se le pasa por la mente.

Quiero pensar que he llegado a conocerlo un poco mejor estas últimas semanas, pero, aun así, no es de los que exteriorizan sus sentimientos.

Se lo guarda todo para sí mismo, y no hay nada más angustiante que pillarte hasta las trancas por una persona que no comparte su mundo interior contigo.

«¿Qué te ronda por esa cabeza tan preciosa que tienes, cari?».

«¿Saldrás corriendo otra vez para alejarte de mí?».

—No tenías por qué hacerme la cama. —Me cruzo de brazos mientras ajusta las sábanas limpias sobre el colchón.

—Bueno, es que eres un poquito desastre —contesta con una sonrisa burlona—. Quería asegurarme de que estuviera bien hecha.

—¡Oye! —replico—. Que yo soy muy ordenado.

—Claro que sí… —Se ríe por lo bajo—. Igualito que el Nota.

La carcajada que se me escapa le dibuja en los labios una curva adorable. Entonces se da la vuelta para salir del cuarto y no me queda más remedio que seguirlo.

—¿Piensas ponerte ropa de verdad? —Me muerdo el labio al ver su culito respingón enfundado en mis Calvin Klein negros, sin nada más.

—¿Te molesta? —pregunta, lanzándome una mirada pícara antes de desplomarse en el sofá y coger el mando de la tele.

—¿A quién le va a molestar que le alegren la vista de vez en cuando? —Me siento junto a él y lo oigo soltar una risita por la nariz.

Nos apretujamos en un solo cojín porque Robin está durmiendo en el otro, ocupando la mayor parte del sofá.

Kyran la mira y resopla, sacudiendo la cabeza, aunque no puede ocultar la sonrisa que le adorna los labios mientras busca algo para ver.

Al final, se detiene en uno de los canales de ESPN que ni siquiera sabía que tenía.

—Me muero de hambre —dice, con un gesto abatido—. ¿Pides algo de comer?

—Por supuesto.

Voy corriendo a por el móvil y, cuando vuelvo al salón, me lo encuentro acariciando la cabecita peluda de Robin, que sigue durmiendo en el sofá.

La imagen me derrite tanto que me he convertido en el emoji de la cara con ojos de corazón.

—¿Qué te apetece comer, precioso? —me arrodillo junto a él en el sofá mientras ojeo la aplicación de DoorDash—. Hamburguesas, tacos… Ay, Dios, en este sitio hacen el mejor pollo frito del mundo…

—Avi, ¿podemos comer algo sano, por favor? —se queja—. La semana que viene tengo un partido muy importante. No quiero que me pase factura toda la comida basura que me meto en el cuerpo estando contigo.

—¿Qué factura te va a pasar? —resoplo con una risita de desconcierto—. Tienes un cuerpo impresionante, Kyran. Dudo mucho que tu nivel de grasa esté por encima del siete por ciento. —Frunce el ceño y lo miro, parpadeando—. Perdón…, ¿es un número muy alto?

—Para mí sí —refunfuña—. Necesito estar en plena forma para este partido. No puedo permitirme tonterías.

—Bueno, acabamos de pasar dieciocho horas quemando calorías sin parar, así que creo que no tendrás ningún problema. —Sonrío, y me responde con una mirada cargada de diversión.

—Nada de comida rápida ni demasiadas grasas trans, por favor. —Se acurruca a mi lado y me cubre el cuello de besos—. Hazlo por mí…

—Vale —contesto a regañadientes—. Hay que ver lo que hago por ti. ¿Qué te apetece comer entonces, cari?

—Mmm… ¿Sushi?

Hago una mueca, pero acabo cediendo…, porque tienen unos dumplings de cerdo frito que están buenísimos.

«Me pido unos cincuenta y listo».

—Marchando una ronda de sushi para esta escultura griega y los ocho amiguitos que lo acompañan. —Le doy un toquecito con el dedo en cada uno de los cuadraditos que conforman sus abdominales y me lo aparta de un manotazo.

—Ríete todo lo que quieras, pero el sushi en realidad tiene un montón de almidón —afirma, y me quedo observándolo, impertérrito—. Por el arroz…

—Ah, claro, el arroz… —lo provoco, y él se echa a reír, dándome un golpecito suave de broma en la mandíbula.

Le devuelvo el golpe y nos tiramos un buen rato peleándonos de forma juguetona hasta que le suplico una tregua para pedir el sushi de una vez.

—¿Podemos ver otra cosa? —me quejo, recostado en el brazo del sofá con él tumbado entre mis piernas, entreteniéndose con mis manos—. Me aburro. Seguro que en la MTV están poniendo episodios de Catfish en bucle…

Al no recibir ninguna respuesta, lo miro y veo que está concentrado en la palma de mi mano, recorriéndome el centro con la yema del dedo.

—Yo también tengo esta línea —susurra—, aunque la mía se curva por aquí…, como la avenida Commonwealth cuando cruza el campus.

Le lanzo una mirada de desconcierto, pero está tan ensimismado con las líneas de mi palma que no se da ni cuenta.

—¿Lees las manos o algo por el estilo? —pregunto, perplejo—. No te pega nada.

Desvía los ojos hacia los míos e inclina la cabeza, como si estuviera planteándose revelarme un secreto. Sonríe con timidez y se desliza un poco más arriba entre mis piernas.

—Si te cuento algo, ¿prometes no reírte de mí? —Aletea las pestañas y se muerde el labio.

—Lo prometo —respondo, conteniendo la respiración.

Levanta la mano y gira la palma para enseñármela.

—A veces me imagino que las líneas de mi palma son calles que conozco.

Mira, por ejemplo, esta puede ser la 93, o la Mass Pike.

—Pasa la yema del dedo por una línea y luego señala otra—.

Esta es la Highland. ¿Ves que desemboca en la Davis Square?

Igual que la avenida College. Y puedes seguirla hasta Cambridge…

La forma en la que se le iluminan los ojos me deja sin aliento.

No sé muy bien cómo, cuándo ni por qué empezó a hacerlo, pero puedo decir con total certeza que estoy completamente fascinado… Me maravilla que haya decidido compartir conmigo esta extraña y adorable costumbre que no parece haberle confesado a nadie más.

Ni siquiera consigo articular palabra, y mi silencio parece confundirlo, porque clava sus ojos avellana en mí y se nota que está nervioso.

—Soy un bicho raro, ¿verdad? No pasa nada, puedes decirlo…

—Eh… —Sacudo la cabeza y lo agarro de las muñecas para que no huya de mí avergonzado—.

Eh, no, no, no. Esto es gravísimo… ¿El quarterback superestrella del equipo, Kyran Harbor, también sabe ser mono ?

—Suelto un grito ahogado, fingiendo sorpresa, y su expresión de pánico se transforma en una ligera sonrisa—. ¡Así no hay quien pueda odiarte!

La sonrisa se le ensancha cuando le beso ambas palmas, pero trata de reprimirla con su habitual ceño fruncido.

—Si te esfuerzas, seguro que encuentras motivos.