Por los fans Capítulo veintiuno #3
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Capítulo veintiuno #3

—Un momento… —Entrecierro los ojos, examinando el interior de la bolsa—. No veo ninguna barrita energética. —Lo miro fijamente—. ¿Qué vas a comer tú?

Se le escapa una carcajada sonora que me provoca un cosquilleo en el estómago.

—Por lo que a mí respecta, estoy de vacaciones. Además, siempre puedo compensarlo luego con más cardio. —Me guiña un ojo.

—Debería ser ilegal que me den estos soponcios de calor por tu culpa —murmuro, y se ríe de nuevo—. Que lo sepas…

—Todo forma parte del plan…, cari —canturrea, agarrándome de su camiseta y atrayéndome hacia sus labios.

Nos besamos hasta que casi acabo trepando por la consola central para ponerme encima de él, pero los dos nos separamos al darnos cuenta de que esto no es lo que deberíamos estar haciendo.

Vuelvo a desplomarme en mi asiento con un suspiro entrecortado.

—Bueno, ¿qué vamos a ver?

—Tú mandas. —Se peina el pelo hacia atrás con los dedos—. Tengo lo mejor de Scorsese y de Tarantino.

—Los reyes —afirmo, y él asiente.

—Por supuesto. Aunque también he incluido mis favoritas… Halloween, de Rob Zombie, todas las de La matanza de Texas, Los extraños y El silencio de los corderos.

—Ah, es verdad. Se me había olvidado que eras un friki del cine de terror. —Esbozo una sonrisita a la que él responde con otra—. Venga, pues voto por El silencio de los corderos, que está en mi top cinco de pelis favoritas.

Gira la cabeza hacia mí de golpe.

—Y en el mío.

—¡¿En serio?! —exclamo, emocionado por ir encontrando pequeñas coincidencias en el océano de diferencias que nos separa.

—Sip. —Me regala una sonrisa de oreja a oreja y luego me enumera su top cinco con los dedos—: El silencio de los corderos, Los extraños, Pulp Fiction, Infiltrados y Reservoir Dogs. Sin ningún orden de preferencia.

—Joder, qué buen top. —Aplaudo y se inclina en una reverencia.

—Ahora te toca a ti decirme el tuyo.

—Vale… —Alzo la mano y voy levantando un dedo para cada una—: Uno de los nuestros, Bitelchús, El silencio de los corderos. —Ladeo la cabeza, pensativo, y él asiente—. Érase una vez en Hollywood y Django desencadenado.

—Mmm… Pues sí que te gusta Leonardo DiCaprio.

—En las pelis de Tarantino está que se sale —digo—. Al menos, en mi humilde opinión.

Asiente, con cara de asombro, y pone la película.

—Un momento… Entonces, cuando me vestí de Vincent Vega en Halloween… —murmuro, observando cómo curva los labios, como si supiera lo que voy a decirle—, ¿estabas en modo fanboy total?

Se vuelve hacia mí con su habitual ceño fruncido, aunque parece mucho menos enfadado que de costumbre.

—Fue solo una casualidad afortunada.

Me inclino hacia él apoyando los codos en la consola central.

—Admítelo, me estabas haciendo ojitos.

Deja escapar una risa grave que me produce un cosquilleo en los huevos.

—Mmm… Vale, puede que me gustara el disfraz, pero solo un poquito.

—Ya, claro. —Sonrío—. Solo un poquito. —Aprieta los labios para reprimir una sonrisa y suelto un suspiro—. Por cierto, no he podido evitar fijarme en que no has incluido ninguna comedia en tu lista.

Arruga la frente.

— Pulp Fiction tiene su puntillo gracioso…

Me brota una carcajada de la garganta.

—El simple hecho de que pienses eso me confirma que estás fatal de la cabeza.

Se ríe por lo bajo y se recuesta en el asiento mientras empieza la peli.

—Es que no me gusta que me impongan… un sentido del humor.

Me es imposible contener la risita horrorizada que me sale.

—Madre mía, eres un monstruo.

—Lo que quiero decir es que… —comienza a excusarse, pero es incapaz de parar de reírse— prefiero encontrarles la gracia a las cosas por mí mismo. No soporto que me indiquen cuándo tengo que reírme. Por eso odio los monólogos.

—No sabes de lo que estás hablando, engendro de Satanás.

—Sacudo la cabeza—. ¿Has visto alguna vez un monólogo de los buenos?

¿De Bill Burr, Tom Papa…? —Ahora es él quien niega con la cabeza—.

Pues ya tienes deberes. Cuando llegues a tu habitación, te pones Kid Gorgeous, de John Mulaney, en Netflix.

Lo vi en directo en Nueva York y casi me meo encima.

—Vale —resopla, alargando la mano para agarrar la mía y colocarla sobre su muslo—. Si te prometo que lo veré, ¿cierras el pico ya? —Asiento con entusiasmo—. Bien. Pues cómete las chuches y quédate calladito.

No podría borrarme la sonrisa de chiflado que se me ha dibujado en los labios ni aunque me frotara la cara con un estropajo. A estas alturas, ese gesto tiene todas las papeletas para convertirse en una modificación corporal permanente. No piensa irse ni a tiros.

Abro un refresco para los dos, le paso las palomitas y comienzo a atacar el paquete de Twizzlers. Comemos con una mano y entrelazamos la otra, jugueteando suavemente con los dedos mientras vemos la peli.

Esta es, de lejos, la cita más romántica que he tenido en la vida.

Bueno, vale, es la única cita real que he tenido de adulto.

Fui al cine con alguna que otra chica cuando estaba en el instituto, pero la experiencia de agarrarles la manita con las palmas sudorosas por los nervios no es comparable a la manera en la que la mano enorme de Kyran encaja con la mía sin esfuerzo.

Me siento como si estuviera justo donde debo estar… A su lado.

E, incluso si no debiera, la verdad es que me importa un cojón. No quiero que esto se acabe nunca.

Más o menos a mitad de película, me acerco a él lo máximo posible, dejándome llevar por el subidón de azúcar, aunque sigo sin estar todo lo cerca que me gustaría por culpa de la puñetera consola del coche, que se encuentra justo en medio.

El sol ya se ha ocultado por completo y la oscuridad que nos envuelve me pone un pelín travieso.

—¿Y si vamos al asiento de atrás…? —susurro con mi voz más seductora, soltándole la mano para recorrerle el muslo con los dedos.

Desliza los ojos hacia los míos, brillando en la penumbra.

—¿Crees que podremos ver bien la peli desde ahí…?

Me encojo de hombros y gateo hasta él para besarle el cuello.

—Tampoco hace falta que estemos muy pendientes, la habremos visto un millón de veces.

Le atrapo suavemente el lóbulo de la oreja con los labios y emite un murmullo, con la respiración cada vez más entrecortada.

—Vale, pero se supone que ni siquiera deberíamos estar aquí… —dice, tratando en vano de resistirse a la lujuria que amenaza con apoderarse de su cuerpo mientras paso la mano por su creciente erección—. Si nos pillan, nos van a meter un buen puro.

—De una forma u otra vamos a acabar metiéndonos cosas que empiezan por la letra pe, así que… —susurro—. Además, no finjas que no te pone esto de saltarse las normas, querido hermanastro mío.

Deja escapar una risita grave y seductora, me agarra de la mandíbula para acercarme a su boca y nos fundimos en un beso desesperado. Me ofrece su lengua y la entrelazo con la mía antes de morder sus labios dulces y carnosos.

Me obligo a separarme de él, trepo hasta el asiento trasero —de una manera muy poco elegante, todo hay que decirlo— y me desplomo torpemente mientras ambos nos partimos de risa. Kyran me sigue, se coloca sobre mí y observo con los párpados entrecerrados cómo se quita la camiseta.

Le exploro el pecho y los abdominales con manos ansiosas, deleitándome en la suavidad de la piel que rodea sus músculos definidos del mismo modo que si me los estuviera comiendo con la mirada.

Kyran se desabrocha los pantalones y, tras hacer lo propio con los míos, nuestros cuerpos se encuentran al instante mientras saciamos nuestra lujuriosa sed con los labios.

Aunque la falta de espacio es evidente, no puedo decir que no esté disfrutando de ella. El asiento trasero es bastante amplio, pero los dos medimos casi dos metros y somos puro músculo, así que, al rozarnos, estamos generando un calor excesivo que ha comenzado a empañar los cristales.

Me baja los pantalones lo justo para sacarme la polla y me levanta ligeramente la camiseta, su camiseta, para acercar la boca a mi miembro.

Le da un lametón despacio antes de metérselo en la boca y succionarlo entre sus cálidos labios hasta que las caderas se me mueven solas en busca del placer que me proporciona.

Entonces me agarra la camiseta y se saca mi polla de la boca para coger aire.

—Ni se te ocurra quitártela.

Asiento con la cabeza y le enredo los dedos en el pelo.

—Tú mandas, número nueve.

Dicho eso, vuelve a descender la boca hasta mi miembro y pongo los ojos en blanco al sentir cómo me envuelve con la lengua.

—Joder, cómo me gusta que me la esté chupando el quarterback del equipo…

Gimotea y se la saca de nuevo.

—¿Y qué te parece sentir tu enorme polla dentro de ese quarterback? —pregunta, restregándose contra mi muslo.

—Eso también me encanta… —Me muerdo el labio, dándole vueltas a una idea que lleva un rato rondándome la cabeza.

Kyran me rodea otra vez el miembro con los labios mientras me baja un poco más los pantalones y, a continuación, se desliza los suyos hasta debajo del culo.

—Cari, estaba pensando… —Trago saliva, con el corazón acelerado por la adrenalina de estar haciendo esto aquí y de tenerlo comiéndome la polla con tanta ansia, pero también por los nervios de lo que estoy a punto de decirle—. En la sorpresa que iba a darte…

—¿La que sí tenía implicaciones sexuales? —murmura, recorriéndome el miembro a besos hasta rozarme los huevos con la lengua.

—Sí, esa. —Le paso las yemas de los dedos por los omóplatos—. Puedo dártela ahora…, si quieres.

Alza la vista para mirarme, con las mejillas teñidas de ese rosa suyo tan precioso.

—¿Cómo voy a negarme? —Me desliza la mano por debajo de la camiseta y me frota el pezón con el pulgar mientras me chupa los testículos.

—Vale… —Separo las piernas todo lo que puedo entre temblores—. Pues… Aquí la tienes…

Soy incapaz de pronunciar dos palabras seguidas sin tartamudear. Llevo tiempo con ganas de probarlo, pero me da mucha vergüenza decírselo.