Por los fans Capítulo veintiuno #2
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Capítulo veintiuno #2

Aprieto los labios para no sonreír demasiado y me acomodo en el asiento, tarareando al ritmo de la música. La siguiente canción empieza justo cuando me fijo en los letreros por la ventanilla. Estamos saliendo de Boston y dirigiéndonos hacia las afueras de la ciudad.

—¿Está muy lejos el sitio al que vamos? —pregunto con impaciencia, jugueteando con las cosas del salpicadero.

—Es una sorpresa, Avi —murmura, lanzándome una de sus miradas de reprimenda.

—Ya, pero… ¿cuánto queda?

—¿Tienes TDAH o qué? —refunfuña, con una sonrisa divertida en los labios.

—No sé. —Me encojo de hombros—. A lo mejor. Puede ser. ¡Anda! ¿Qué es esto?

Me giro y me inclino para inspeccionar unas bolsas que hay en el suelo del asiento trasero. Parecen estar llenas de aperitivos, pero me llevo un manotazo en el costado antes de conseguir verlas mejor.

—Estate quieto y calladito —me ladra, aunque sigue sonriendo—. Madre mía, eres peor que un niño.

—Perdón, RBG —me río, acurrucándome en el asiento.

—¿Cómo? ¿Qué me has llamado?

—Rubio buenorro gruñón —respondo alegremente, y él frunce el ceño—. Así te llamaban los fans cuando nos suplicaban que hiciésemos alguna colaboración juntos.

—Qué majos —repone en voz baja, y me muerdo el labio.

—Oye, razón no les faltaba…

Intenta fulminarme con los ojos, pero es incapaz de dejar de sonreír, y ese gesto me vuelve loco. Me atrevería a decir que, por primera vez desde que lo conozco, parece… feliz. Sin orgasmos de por medio ni partidos de fútbol… Es alucinante.

—Por cierto, vi esa foto nuestra que subiste para los fans… —dice con un aire serio.

Sé perfectamente a cuál se refiere. Anoche, después de hacer que se corriera tres veces, le saqué una foto acurrucado sobre mi pecho, con el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas y los ojos cerrados.

Por supuesto, le difuminé la cara antes de publicarla.

Además, no estaba dormido del todo, sino en uno de esos momentos de letargo tras llegar al orgasmo en los que no deja de acariciarme.

Quería recordar ese instante, así que le eché una foto, la compartí en OnlyFans y escribí debajo: «Creo que, definitivamente, ya es mi cari».

Me muerdo el interior de la mejilla y le miro la cara, con la esperanza de que no me suelte que soy un cursi.

—¿Has leído los comentarios?

—Sí. —Suspira, dando golpecitos con el pulgar en el volante—. Les ha flipado bastante, ¿no?

—Porque les encanta lo que tenemos, Kyran —contesto con sinceridad—. Es como cuando te pones una peli romántica y quieres que los dos protagonistas acaben juntos. Les chifla vernos follar, eso seguro, pero creo que también les gustamos como… pareja.

Se le borra la sonrisa de la cara y se me forma un nudo de inquietud en el estómago.

Lo he presionado demasiado.

«¿Ves? Esto es lo que pasa cuando no tienes ni idea de cómo estar con alguien: te comportas como un bicho raro y lo echas todo a perder por ser un desastre con patas».

Kyran desvía los ojos brevemente hacia los míos.

—Pero en esas películas… todo es ficción, ¿no? Quiero decir, los actores no son pareja de verdad…

Me froto las palmas en los vaqueros.

—Cierto… Aunque, bueno, a veces sí que acaban juntos. En la vida real, me refiero.

Asiente y se queda callado, con la vista fija en la carretera que se extiende frente a él, como si estuviera absorto en sus pensamientos.

El silencio dentro del coche se vuelve asfixiante hasta que, por fin, murmura:

—No sé cómo afrontarlo, Avi…

—¿El qué? —pregunto, con el corazón en un puño por lo que sea que esté a punto de decirme y, a la vez, impaciente por oírlo.

—El hecho de que… —Hace una pausa para tragar saliva y se muerde el labio—. Creo que me atraen…

El pecho se me encoge al darme cuenta de que no le preocupa que le guste yo como persona… Lo que le inquieta es que le guste alguien de su mismo sexo.

—¿Los tíos? —escupo las palabras que está evitando y me mira con el ceño fruncido, aunque no percibo enfado en su gesto, sino más bien… miedo.

Me sabe fatal que esté pasándolo mucho peor que yo con todo esto.

Es cierto que yo no he salido oficialmente del armario como bisexual, porque solo se lo he mencionado a mis amigos, pero, aun así, sé que contárselo a mi madre no sería ni por asomo tan difícil como lo sería para él confesárselo a su padre. O a sus compañeros de equipo.

—No hace falta que te preocupes por eso ahora —digo en un tono de voz que deja claro que hablo en serio mientras permanezco firme a su lado—. No hay prisa por aclarar nada. Tú disfruta del momento y lo que tenga que suceder… ya sucederá.

Se detiene en un semáforo en rojo y se vuelve ligeramente hacia mí, con una expresión intensa de gratitud y un destello de asombro en los ojos.

—Quiero preguntarte una cosa…

—Dispara.

—¿Por qué finges que no te importa nada cuando es evidente que sí te importa? —Inclina la cabeza—. ¿Por qué… recurres a todas esas drogas para sedar al verdadero Avi? No tienes por qué… Ese Avi es inteligentísimo, tierno y… jodidamente increíble.

Me limito a mirarlo boquiabierto un instante, sintiéndome como si me hubiera arrancado de un tirón la máscara y estuviera observando el horrible amasijo de inseguridades que escondía debajo.

—Es que… —comienzo a musitar, pero la voz se me quiebra y tengo que aclararme la garganta antes de continuar— no siempre me resulta fácil ser yo, Kyran.

No puedo mostrarme abiertamente, como tú…

A mí nadie me dice lo maravilloso que soy, excepto mi madre.

Pero, claro, ella solo me lo dice porque no le queda otra.

Arruga la frente.

—No. Te lo dice porque es la verdad, Avi. No tienes ni puta idea de lo que daría yo por parecerme un poco más a ti. Por no ser como el resto y enorgullecerme de ello… Creo que por eso siempre te he odiado tanto…, porque me da envidia lo… libre que eres.

No me puedo creer lo que estoy escuchando. Sus palabras reflejan un sentimiento tan intenso que noto una presión detrás de los ojos, como si fuera a romper en llanto en cualquier momento.

Menos mal que el semáforo se ha puesto en verde y un coche detrás le ha pitado para que arranque, porque no creo que pudiera seguir sosteniéndole la mirada después de algo así sin ponerme a llorar como una Magdalena.

—Perdón si me he pasado… —murmura—. No quería que pareciera que te estaba juzgando ni nada de eso, te lo aseguro. Es solo que… creo que por fin estoy conociendo al verdadero Avi. Y me gusta. Muchísimo.

Parpadeo y trago saliva una y otra vez para no derrumbarme.

—Ahora sabes cómo me siento yo… —susurro.

Noto que me está mirando de reojo, pero no puedo volver a deslizar la vista hacia él. Al menos, no mientras sienta este deseo irrefrenable de abrazarme a él y no soltarlo nunca.

El resto del trayecto transcurre en silencio. Solo suenan las melodías lentas de una lista que hice para nosotros, repleta de canciones que me recuerdan a los momentos que hemos pasado juntos y de letras que, en mi mente, no dejan de hablar de él.

Al cabo de un rato, salimos de la autopista y nos adentramos en un pueblecito en el que no he estado nunca.

Se le dibuja de nuevo una sonrisita en los labios y recupera su entusiasmo, lo que significa que debemos de estar cerca.

Entonces, se mete en un aparcamiento vacío, presidido por una pantalla blanca gigantesca.

En el cartel pone: Mendon Twin Drive-In .

Giro la cabeza de un lado a otro, tratando de absorber cada detalle de aquel autocine.

La nieve cubre el suelo por completo y no se ve ni un coche alrededor.

El lugar da la impresión de estar abandonado, lo cual tiene todo el sentido del mundo, porque me apuesto lo que sea a que este tipo de actividades suelen ser veraniegas.

Además, hay carteles de «Cerrado» por todas partes, así que no sé muy bien qué pretende hacer aquí.

Pero, aun así…, es superromántico.

—¿Me has traído a un autocine? —exclamo con un grito ahogado, sonriendo mientras le doy golpecitos con el dedo en el abdomen—. ¿Porque te dije que no había estado nunca en uno?

—Sí. La verdad es que es mi sitio favorito. —Suspira, mirando por la ventanilla—. Mis padres solían traernos aquí a Bridget y a mí cuando éramos unos críos… en verano. Todo esto se llenaba de coches. Echábamos los asientos hacia atrás y nos acurrucábamos entre mantas y cojines.

Me doy la vuelta para echarle un vistazo a la parte de atrás y se ríe por lo bajo.

—No me he traído nada de eso —dice, recostándose en el asiento y girando la cara en mi dirección—. Se me ocurrió que podríamos darnos calor mutuamente… —Se muerde el labio.

—¿No se suponía que tu sorpresa no implicaba nada sexual? —pregunto sonriendo.

—Somos nosotros. —Se encoge de hombros—. No creo que seamos capaces de sacar el sexo de la ecuación del todo.

No puedo evitar soltar una carcajada.

—Ahí llevas razón. Pero… el sitio está cerrado, ¿no? —Miro alrededor—. ¿Cómo vamos a ver una peli?

Estira el brazo hacia atrás y coge la funda de su portátil.

—Ya había pensado en ello, cari. —Abre la cremallera y lo saca mientras me quedo observándolo boquiabierto—. Si sigues reaccionando así cada vez que te llamo de esa forma, voy a tener que dejar de hacerlo.

Me obligo a juntar los labios.

—Perdón. Es que… me gusta cómo suena «cari».

—Ya lo suponía. —Me lanza una mirada burlona e increíblemente sensual de reojo, tal y como haría un novio…, y en este instante parece mío.

«Por los cuervos benditos de Odín, no tengo ni un poquito de autocontrol ahora mismo».

—Coge las bolsas de atrás. Son aperitivos para picar durante la peli —dice mientras coloca el portátil en el salpicadero y empieza a trastear con él.

Le hago caso y procedo a hurgar en ellas. No falta ni uno de mis caprichos favoritos: latas de Coca-Cola y cerveza de raíz, ositos de gominola, pasas con chocolate, palomitas, Pringles con sabor a pizza y, cómo no, Twizzlers. Montones de Twizzlers.