Por los fans Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

CualquierAgujeroEsTrinchera : Si yo fuera una ardilla y tú un alto roble, enterraría mi bellota en tu culote. Creampie_dreampie : @NoSoyTuCari tú di lo que quieras, pero tienes todo el potencial para ser mi cari

Avi

E l corazón se me sube a la garganta cuando oigo que llaman a la puerta.

«¿Qué…? ¿Qué es esto?».

«Creía que estaba demasiado colocado para sentir estas cosas…».

Me meto la camiseta que le he birlado por la cabeza y voy corriendo hacia la puerta, reprimiendo la sonrisa que amenaza con dibujarse en mis labios. Lo de recibirlo con este modelito lo hago mayormente de coña, pero me muero por ver la cara que pone.

Respiro hondo con la intención de serenarme, abro de un tirón y lo agarro de la camiseta para arrastrarlo hacia el interior. Abre los ojos de par en par y curva sus labios carnosos en una sonrisa a la que le sigue una risita encantadora.

«Eso no es típico de mi hermanastro».

Pero viniendo de Kyran…, de ese Kyran con el que pasé la Navinucá en mi cama, en la casa de nuestros padres…, creo que es un regalo especial solo para mí.

Como la gorra de los Boston Red Sox que me regaló, murmurando de forma adorable: «Es que no podía soportar verte con esa gorra de los Yankees ni un segundo más».

En serio… ¿Desde cuándo es tan mono?

Kyran se planta delante de mí con los brazos cruzados y ladea la cabeza. Va ensanchando la sonrisa a medida que me recorre con la mirada de arriba abajo.

—O sea que no había perdido mi camiseta… Me la habías mangado tú.

Me muerdo el labio y él fija sus ojos avellana de inmediato en ese pequeño gesto.

—Creo que deberías darme las gracias por haberla encontrado.

Se ríe por lo bajo, acortando la distancia entre nosotros, y desliza la mano por la tela de la camiseta de su uniforme, la misma que ahora me cubre el pecho.

—No la he lavado desde el último partido que jugamos, ¿sabes? —Me acaricia la sonrisa con la suya y un leve murmullo se me escapa de la garganta.

—Me gusta. Hueles a tío bueno —respondo con voz ronca, y él se echa a reír de nuevo.

Entrelazo los dedos con las sedosas hebras de su pelo color miel, lo atraigo hacia mí y comienzo a besarlo despacio, jugueteando con su lengua hasta que me tiembla todo el cuerpo sin control.

—Estás brutal con ella —susurra contra mi boca, agarrando la camiseta con el puño mientras nos contorsionamos al unísono para buscarnos y nos devoramos a besos—. A nadie le queda tan bien como a ti.

—¿Ni siquiera al gran Kyran? —lo provoco.

—Aparte de a mí, tonto del culo —replica, empujándome contra la puerta, y noto que ambos tenemos la polla dura.

Pero él lleva pantalones y yo solo tengo mis calzoncillos Calvin Klein puestos… Así que siento perfectamente cómo restriega toda su longitud contra la mía, lo que hace que la experiencia sea mil veces mejor.

Me doy la vuelta, lo empujo contra la pared con un gruñido y lo beso con más fiereza, sumiéndonos a ambos en un trance mientras deslizo la mano entre ambos para acariciarle el miembro erecto.

—¿Quieres que me la deje puesta? —pregunto, tirando de él hacia el dormitorio.

Al ver cómo asiente frenéticamente, no puedo evitar que mis labios, hinchados por los besos, esbocen una sonrisa maliciosa.

En teoría, íbamos a quedarnos una semana entera en casa, pero bastaron dos segundos allí para darme cuenta de que Kyran no iba a querer estar metido entre esas cuatro paredes tanto tiempo, de modo que, al día siguiente de Navidad, le propuse que se inventara alguna excusa relacionada con el fútbol para que pudiéramos volver a la residencia antes de lo previsto.

Me habría gustado pasar más tiempo con mi madre, pero me pareció que sacar a Kyran de allí era más importante en ese momento.

Así que volvimos a la Boston College hace dos días y desde entonces nos hemos pasado prácticamente todo el tiempo que hemos estado despiertos con las manos, la boca y la polla ocupadas.

Le dije que lo más sensato era quedarse aquí… mientras todo el mundo está fuera por las vacaciones de Navidad. De ese modo, podríamos recrear la increíble noche que pasamos en casa todas las veces que quisiéramos, sin temer que nadie nos descubriera.

Aun así, Kyran todavía tiene sus dudas. Tampoco esperaba que se deshi­ciera de su heterosexualidad de un día para otro, pero me alegra que siga presentándose en mi puerta de forma voluntaria y sin escudarse en el pretexto de grabarnos para el OnlyFans, cosa que aún hacemos, por supuesto…

, porque nos hemos acostumbrado y nos lo pasamos bien.

No obstante, hemos dejado de tomárnoslo como una obligación, lo cual es maravilloso y desconcertante a partes iguales.

Si no lo hacemos por los fans, entonces eso significa que lo hacemos…

por nosotros. Por la relación, o lo que quiera que sea esto, que hemos construido.

Y no creo que Kyran esté preparado para lidiar con ello.

Aunque, a decir verdad, yo tampoco sé si estoy listo, porque nunca he experimentado nada parecido. Ni con un tío… ni con nadie.

Soy un novatillo en esto de las relaciones, de modo que vivo con el miedo constante de hacer algo que lo espante.

«Ya sabemos todos lo asustadizo que es Kyran por naturaleza…».

—Avi… —murmura contra mis labios mientras nos comemos la boca de camino a mi cama—, te he preparado una sorpresa…

—Ah, ¿sí? —balbuceo, desplomándome sobre las sábanas y tirando de él hasta que se queda encima de mí—. Yo también tengo una sorpresa para ti.

—Vale, pero la mía no implica nada sexual. —Me detiene antes de que le quite la camiseta.

—Anda, ¿no? —Suspiro, con el pecho acelerado por la excitación.

Niega con la cabeza y frunce el ceño.

—¿Por qué? ¿La tuya sí?

Asiento, mordiéndome el labio.

—Ah… —Me pasa los dedos por los abdominales, todavía ocultos tras su camiseta—. Bueno, en ese caso, supongo que podemos empezar por la tuya.

Esta vez soy yo el que niega con la cabeza.

—No, no. Ahora quiero saber cuál es esa sorpresa tuya que no entraña nada sexual.

Las mejillas se le encienden.

—Es que hay que ir fuera para poder dártela. O sea, tenemos… que salir de la residencia.

Lo miro boquiabierto, como si le hubieran brotado dos cabezas, encantadoras y hermosas por igual.

«¿Me ha preparado una sorpresa que implica… que nos expongamos de verdad al mundo exterior? ¿Juntos?».

—Vale. —Asiento despacio, intentando contener mi entusiasmo—. Entonces…, ¿me visto?

Me regala una sonrisa casi eufórica.

—Sí —susurra, recorriéndome otra vez con la mirada—. Pero déjate mi camiseta, por favor.

«Joder, a este paso me voy a caer redondo al suelo y va a tener que hacerme el boca a boca».

Kyran se desliza fuera de la cama y me tiende la mano conforme me incorporo, dando volteretas por dentro de lo raro que me parece todo esto y lo increíble que me resulta que se esté comportando como una especie de novio heterocurioso.

Puede que me lo esté imaginando, pero el hecho deque quiera sacarme de la residencia es claramente un paso hacia algo más serio.

—¿Vas a decirme a dónde me llevas o forma parte de la sorpresa? —pregunto mientras salimos del edificio y nos dejamos envolver por el frío exterior.

—Es parte de la sorpresa, sí —dice con una sonrisa ladeada conforme avanza hacia la calle principal, esperando que lo siga. Y yo no dudo.

Se detiene frente a un SUV negro y se gira para encararme.

—¿Me has… comprado un coche? —Lo miro, parpadeando confundido, y él se echa a reír.

—No. —Pone los ojos en blanco, sin perder la sonrisa—. Lo he alquilado. La primera parte de la sorpresa requiere usarlo para ir a un sitio.

Me agarra del brazo y me guía hacia un lateral del lujoso Mercedes que tenemos delante. Me abre la puerta del copiloto y me hace un gesto para que me suba. Obedezco, por supuesto, aunque no paro de preguntarme qué narices se traerá entre manos.

«¿En serio acaba de abrirme la puerta…?».

Kyran se monta en el asiento del conductor, se abrocha el cinturón y arranca el coche con un leve murmullo. Luego me mira de reojo.

—¿Listo?

—Siempre —respondo sonriente.

Mete la marcha y conducimos por las calles que rodean el campus de la Boston College.

—¿Puedo poner música? —pregunto, contemplando lo relajado y atractivo que está al volante.

Debo admitir que me encanta. Como me he criado en una ciudad y todo eso, no soy mucho de moverme con el coche. Sé conducir y disfruto haciéndolo de vez en cuando, pero creo que me gusta mucho más que sea él quien me lleve.

Kyran coge su móvil de la consola central, lo desbloquea rápidamente y me lo ofrece.

—Está conectado por Bluetooth. Tengo Spotify.

«Eso me abre todo un mundo de posibilidades…».

Busco la cuenta que me hice, selecciono una de mis listas («Para los FANS») y le doy a reproducir.

Kyran me echa un vistazo de soslayo y esbozo una sonrisita.

—¿Te suena esta canción?

—Como para no. —Suspira—. No te cansabas de ponerla una y otra vez cuando vivíamos bajo el mismo techo. —Me río por lo bajo—. A estas alturas me sé toda la letra palabra por palabra.

—Ah, ¿sí? —Inclino la cabeza—. Demuéstramelo.

Suelta una carcajada y se niega en rotundo, pero se une a mí en cuanto empiezo a cantarla y, antes de darme cuenta, estamos entonando a pleno pulmón Say It Ain’t So, una de mis canciones favoritas de Weezer.

Y sí, parece saberse la letra al dedillo, porque llega a la parte de «Dear Daddy, I write you » sin equivocarse ni una sola vez.

Cuando termina el tema, estoy partiéndome el culo y a él se le han saltado las lágrimas de la risa.

—Ooh, esta también es buenísima —exclamo, balanceándome en el asiento mientras suena She, de Green Day.

—¿No eres muy joven para que te guste esta música? —pregunta, riéndose entre dientes.

—Por favor —resoplo—. La música de los noventa es clave. Además, ya te dije que…

—Es lo que solía ponerte tu madre —completa mi frase, como si me hubiera leído el pensamiento, y desvía los ojos hacia mí—. Lo sé. Me acuerdo.