Por los fans Capítulo veinte #4
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Capítulo veinte #4

Voy a follar con él porque quiero, no porque tenga que hacerlo ni porque esté intentando convencerme a mí mismo de ello. Quiero sentir cómo nos fundimos el uno con el otro, porque estar junto a él de esa forma tan íntima es lo único que brinda algo de certeza a mi vida.

Avi tira del edredón para cubrirnos y seguimos besándonos con avidez, moviéndonos al mismo compás mientras él se humedece el miembro con algo parecido a una loción.

—Tenemos que ser extremadamente silenciosos —murmuro en sus labios, y me siento a horcajadas sobre él, manchándole el abdomen de las gotas que me brotan de la punta de la polla.

Acto seguido, comienzo a restregar el culo contra su erección, deslizando su miembro entre mis nalgas—. Mi padre debe de estar al caer…

—Entonces…, intuyo que es mal momento para probar el anillo, ¿no?

—bromea, y suelto una risita lasciva a la vez que niego con la cabeza.

Me sostiene la mandíbula, manteniendo mi rostro frente al suyo al mismo tiempo que guía su glande hacia mi agujero—.

Ya lo estrenaremos cuando volvamos a la residencia.

Asiento y le muerdo el labio para no hacer ruido a medida que se desliza dentro de mí. Tardo unos segundos en acostumbrarme, pero, cuando me apoyo en las rodillas y alzo las caderas para empezar a coger el ritmo, una oleada de placer me recorre todo el cuerpo.

La cama cruje un poco, así que nos movemos despacio.

Pero da igual, porque la sensación es increíble…

Manos que exploran, labios que se devoran, dientes que dan mordisquitos y lenguas que se confiesan lo que nuestras bocas tienen que callar.

Somos un remolino de respiraciones entrecortadas y jadeos ahogados, dándonos a escondidas el placer que nos ha estado insuflando vida todo este tiempo.

Y, justo cuando me encuentro a punto de alcanzar el orgasmo, pienso en lo tonto que he sido al intentar convencerme a mí mismo de que esto era solo por el dinero.

No hay ni una cámara a la vista y ha sido el mejor polvo de mi vida.

La polla de Avi se hincha dentro de mi culo y la mía palpita entre nuestros cuerpos entrelazados mientras ambos estallamos de placer al unísono y nos ponemos perdidos el uno al otro.

Es como tocar el mismísimo cielo.

Un milagro de los de verdad.

Ha convertido mi condena en una dulce salvación.

La mañana de Navinucá, Avi y yo nos despertamos sobresaltados por las voces y el ruido que se oyen al otro lado de la puerta de su habitación.

Después del polvo tan alucinante que echamos, solo por nosotros y por nadie más, nos pasamos horas hablando hasta que ambos nos quedamos dormidos. En su cama. Juntos.

Con nuestros padres al final del pasillo.

Ya, quizá no fuese la mejor idea del mundo. Pero, aun así, ha sido la mejor noche de mi vida, y me aterra pensar en lo que significa eso.

Salto de la cama desnudo, recojo mi ropa y corro hacia el baño, con Avi pisándome los talones.

—Joder… —gruño—. ¿Crees que nos oyeron anoche? No, imposible. Habrían dicho algo. O no…, porque sería bastante incómodo —farfullo, con la mente dando vueltas a toda pastilla.

—Si te piensas que voy a dejar que te metas en la ducha antes que yo es que te has fumado un porro de los buenos —refunfuña Avi, empujándome para abrirse paso.

—¿Estás de puta coña? —le ladro entre susurros—. ¿Quién de los dos tiene todavía corrida en el culo? —añado, levantando la mano, y él sonríe al verme.

—Por favor, no dejes nunca de levantar la mano por ese motivo. Me encanta que lo hagas.

Pongo los ojos en blanco y me acerco al grifo de la ducha. Cuando lo abro y comienza a salir el agua, le echo un vistazo a Avi, que está desnudo frente al espejo del baño, estirándose y cogiendo su cepillo de dientes.

—Te veo comiéndome con la mirada. —Me guiña un ojo a través del reflejo.

—No te estoy comiendo con la mirada… —refunfuño—. Solo estoy preguntándome cómo es posible que me acostara contigo anoche.

—¿Por qué? ¿Porque soy tan maravilloso que no puedes creerte la suerte que tienes? —Esboza una sonrisa radiante.

Me meto en la ducha con un resoplido y cierro la cortina de un tirón.

—Cállate, Avi.

—Bueno, tú avísame si quieres compañía… —canturrea.

—Claro, un plan sin fisuras —murmuro con sarcasmo—. Viene tu madre buscándonos, nos encuentra en la ducha juntos y le cantamos un villancico de Navinucá en pelotas para alegrarle las fiestas.

Se ríe y sigue con lo suyo mientras yo me aseo y revivo en mi mente todo lo que pasó anoche.

Me está costando un poco asimilar que fuese real…

No la parte del sexo, porque ya me estoy acostumbrando a lo desconcertante y placentero que me resulta hacerlo con él, sino el hecho de que nos acurrucáramos juntos desnudos, intercambiando caricias y anécdotas durante horas, hasta que me quedé dormido con la cabeza apoyada en su pecho, sus dedos en mi pelo y las piernas entrelazadas, manteniéndonos lo más cerca posible sin llegar a aplastarnos.

Anoche hablamos de todo lo imaginable… Salvo de una cosa bastante significativa que no tengo intención de mencionarle nunca. Pero, por lo demás…

Descubrí que le encantan el grunge y el rock alternativo de los noventa, porque era la música que su madre solía ponerle de niño. También me contó que solo le gusta el regaliz rojo y que el negro le parece más asqueroso que el romero, ingrediente que también incluye en su lista negra culinaria.

Me enteré de que cree en la existencia de seres tan disparatados como Pie Grande, el hombre polilla, los alienígenas y criaturas varias de otras dimensiones.

Además, me confesó que jamás ha tenido una relación que haya durado más de un par de semanas y que nunca ha ido a ningún baile del instituto.

Ese dato me entristeció un poco, porque se me había olvidado por completo que faltó a nuestro baile de graduación hasta que lo mencionó. Y ni siquiera me percaté en su momento.

Todavía siento un nudo en el estómago cada vez que reproduzco sus palabras en mi cabeza…

«Por si no te habías dado cuenta, soy una especie de pringado, Kyran —resopló, ocultando con una sonrisa forzada lo que sentía de verdad, y me odio a mí mismo por no haber sabido verlo antes—. Y los pringados no tienen a nadie con quien bailar agarrados en la graduación».

Lo nuestro es complejo, confuso y enrevesado de cojones, pero, cuanto más lo pienso, más seguro estoy de que lo que pasó anoche fue una de esas experiencias que solo vives con alguien de quien estás a punto de enamorarte… Y yo la viví con mi hermanastro. Con un tío.

No debería estar pasando nada de esto… Y me aterra lo que implica. Pero no puedo seguir luchando contra algo que me hace brillar más que el árbol de Navidad del Rockefeller Center.

Avi lleva diciéndome desde el principio que deje de resistirme a lo que me hace sentir bien.

Y, cada vez que me insistía, yo dejaba que sus palabras cayeran en saco roto, porque no conoce toda la historia.

No sabe la verdadera razón por la que necesito aferrarme a la imagen que me he creado de mí mismo.

Sin embargo, me da la impresión de que por fin estoy empezando a ver todo esto como lo que es: algo bueno.

Por complicado que sea, las cosas que hacemos juntos me parecen increíbles.

Hasta anoche pensaba que solo se debía a que el sexo había provocado que aflorara cada ápice de deseo enterrado en lo más profundo de mi ser tras años de negación por puro instinto de supervivencia.

Pero ahora sé que la parte física no fue más que el comienzo…

En algún momento, el odio se fue apagando y en su lugar brotó algo nuevo.

«¿Afecto? ¿Cariño? ¿Apego? No lo sé…».

Lo único que tengo claro es que, ahora mismo, cuando lo observo por la rendija de las cortinas mientras hace gárgaras con el enjuague bucal y se echa parte del pelo despeinado hacia atrás para recogérselo en un medio moño diminuto, no veo al hermanastro que me saca de quicio.

Ni siquiera veo al socio reticente con el que he de colaborar a regañadientes para poder quedarme en la universidad.

Solo veo a Avi.

El chico que ha sabido reconocer partes de mí que a los demás siempre les han pasado desapercibidas. El chico que nunca deja de sonreírme, por muy cruel que sea con él.

El chico con copos de nieve en las pestañas que salió en mitad de la noche detrás de mí para llevarme el abrigo.

«Ese chico no haría todo esto solo por el dinero… ¿Verdad?».

—¿Has terminado ya? —protesta, y me alejo de las cortinas para fingir que no lo estaba mirando.

—Eh… —Estoy tan ocupado intentando desenredar la maraña emocional en la que me he sumido que me es imposible articular palabra.

—Vale, se acabó. —Descorre la cortina con un movimiento rápido y se mete en la ducha.

Su imponente cuerpo me obliga a retroceder hasta pegarme a la pared mientras coge el gel de ducha y comienza a enjabonarse.

La imagen de la espuma resbalando por los músculos bronceados de Avi es justo lo que necesitaba para evadirme de mi caos interior.

—Vas a tener que dejar de mirarme así si no quieres que te empotre ahora mismo —murmura.

Me quedo quieto, contemplando las gotas de agua deslizándose por sus labios carnosos mientras tiemblo y la sangre me fluye a toda prisa hacia la polla. Avi baja los ojos hasta ella y luego vuelve a posarlos en los míos, dejando escapar un suspiro entrecortado.

—Date la vuelta —me ordena con voz ronca y autoritaria, provocando que el culo se me contraiga de deseo—. Vamos a tener que hacerlo rápido… y en silencio.

Asiento con la cabeza, obedezco y apoyo las manos en la pared. Ahora mismo solo me importa volver a sentirlo dentro de mí. Me he vuelto oficialmente adicto a esta nueva forma de evadirse del caos, mucho más placentera que la negación en la que solía escudarme.