Por los fans Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

—Lo siento… No estoy de humor para fiestas ahora mismo. —Me alejo de la mesa dando pisotones—. Feliz Navidad para quien la tenga.

Me dirijo a toda prisa hacia las escaleras, pero la idea de subir a mi habitación en este momento me resulta aún más asfixiante.

«Necesito un poco de aire fresco… Tengo que salir de esta casa».

Así que, en vez de encerrarme, me dirijo a la puerta principal, la abro de un tirón y me lanzo al ambiente frío de la noche.

Recorro el camino de entrada tan absorto en mi ira que ni siquiera me doy cuenta de que no llevo el abrigo puesto hasta que me aterriza un copo de nieve encima.

A ese lo siguen unos cuantos más, que salpican las mangas de mi camiseta Henley gris oscuro.

«Genial. Nieve. Otra de esas cosas que a la gente le parecen preciosas y especiales, pero que, en realidad, son una putada de las grandes».

Me pongo a pasear por la calle con la esperanza de silenciar los pensamientos que se me arremolinan en la cabeza.

La rabia me impulsa a apretar los puños a los lados mientras el recuerdo de los gritos, las peleas y la gente saliendo por la puerta maleta en mano me sacude por dentro y me arrastra al fondo de un océano de desesperanza.

Me paso varios minutos dando una vuelta enorme al barrio, hasta que los dientes me castañetean y dejo de sentir las manos. No creo que pueda seguir soportando sobre mis hombros el peso de todo aquello mucho más tiempo…

La terrible y cruel verdad con la que cargo es agotadora.

Da igual que me sienta diferente. Por más que huya de las personas y los lugares que asocio a mi pasado, los recuerdos siempre van a perseguirme.

No sirve de nada evadirme ni negarlo ni mirar hacia otro lado.

«Porque sigo estando defectuoso por dentro y a nadie parece importarle una mierda lo que me pase».

Sorbo por la nariz y detengo mis pasos torpes para contemplar la calle. Me saco el móvil del bolsillo con las manos temblorosas y le hago una foto a una farola solitaria cuya luz se refleja sobre los copos de nieve de tal manera que parece que llueve purpurina.

Pese a que tengo los dedos entumecidos, escribo un pie de foto para publicarla en Instagram, intentando tragarme con todas mis fuerzas el nudo que se me forma en la garganta.

Noche tranquila.

Me muerdo el labio para que deje de temblarme y justo me dispongo a publicar la foto cuando oigo unos pasos, seguidos de una voz grave y familiar que me hace cerrar los ojos… De alivio, supongo.

Una sensación de consuelo, tan dulce como desconcertante, me invade al saber que él… está aquí.

—Ky… —Avi se acerca a mí a grandes zancadas y, cuando abro los ojos, me lo encuentro con mi abrigo en los brazos. Lo extiende a toda prisa y me lo coloca sobre los hombros—. Madre mía, hace un frío de cojones aquí fuera. ¿Cómo has aguantado sin abrigo?

—Lo… lo si-siento —respondo con la voz rota, parpadeando con fuerza para mantener las lágrimas a raya.

—No. No te disculpes —repone con firmeza, sosteniéndome el abrigo sobre los hombros.

El calor que desprenden sus brazos y su cuerpo mientras me achucha me arropa a un nivel más allá de lo físico, como si derritiera también el hielo que me cala por dentro—.

Solo lo decía porque me alegro de haberte encontrado…

Al echarle un vistazo, me percato de los copos de nieve que le cubren los hombros, el gorro y las pestañas.

—¿Cu-cuánto tiempo llevas a-aquí fuera? —pregunto, todavía tiritando.

—Desde que te fuiste, más o menos. —Suspira—. Quería asegurarme de que estuvieras bien. —Parpadeo sin dejar de mirarlo, fijándome en la rojez de sus mejillas—. ¿Estás bien?

A pesar de que me encantaría mentirle, no creo que pueda, así que me limito a sacudir la cabeza. No soy capaz de hablar, y ni siquiera sé qué decir… No entiendo por qué, pero me siento mucho mejor ahora que está aquí conmigo.

Un copo de nieve le cae justo en el labio superior y se lo quita con la lengua. Por alguna razón, ese simple gesto me saca una risita… Un diminuto soplo de alegría que se mezcla con el gélido aire de la noche.

Avi esboza una sonrisa genuina por primera vez desde que estuvimos juntos en mi habitación y la imagen provoca en mí el mismo efecto que un trago de licor descendiéndome por la garganta.

—¿Quieres que volvamos dentro? —Me recorre los brazos de arriba abajo con los dedos, como si siguiera intentando hacerme entrar en calor. «¿Acaso no sabe que ya lo ha conseguido…?»—. O podemos continuar con el paseo… Lo que prefieras.

Ahora que la luz tenue de la farola otorga un resplandor suave a sus facciones, el azul de sus ojos parece mucho más intenso que de costumbre.

El hecho de que se haya ofrecido a pasear conmigo en la víspera de la Navinucá, aun con el frío desgarrador que nos envuelve, me da la fuerza suficiente para regresar a casa.

«Siempre y cuando él esté conmigo…».

—Deberíamos resguardarnos del frío —murmuro—. Te estás conge­lando.

Aprieta la boca.

—¿Yo? ¿Y tú qué? Tienes los labios azules.

Me echo a reír de nuevo y me apoyo sobre él mientras nos conduce a ambos de vuelta a casa.

No puedo evitar respirar hondo y llenarme los pulmones del aire frío de la noche mezclado con su aroma.

Ese olor aviva una sensación de familiaridad que consigue tranquilizarme, aunque no logro comprender por qué.

Pero me gusta de todos modos. Me envuelve igual que sus brazos, como una manta enorme y peludita.

Cuando entramos en casa, todo está en silencio de nuevo. Avi me mira como si se estuviera preguntando si debería quedarse conmigo o darme algo de espacio, pero, por mucho que mi cuerpo desee aferrarse a él, me aparto con delicadeza.

—Gracias… —digo en voz baja—. Me voy a la cama. Estoy agotado.

Me dirijo hacia las escaleras y lo oigo susurrar a mi espalda:

—Vale… Buenas noches.

Subo los escalones a trompicones, frotándome las manos para recuperar la sensibilidad y trazando con los dedos una de las líneas que me atraviesan la palma…

«Nuestra calle, donde me encontró».

—Buenas noches.

Me revuelvo en la cama, sudando entre las sábanas.

Tengo la polla tan dura que me duele y me arranca un gemido de los labios cada vez que me roza la suave tela.

Una silueta oscura aparece en el umbral de la puerta y algo dentro de mí me dice que es Avi.

A juzgar por la forma en la que se me encoge el pecho y se me revuelve el estómago en su presencia, estoy casi convencido de que es él.

No dice nada. Simplemente se desliza hasta la cama y se tumba conmigo. Entonces nuestros cuerpos se entrelazan, generando un calor tan sofocante que nos quema la piel, como si nos hubiéramos sumergido en un mar de fuego.

«Vais a arder en el infierno para toda la eternidad…».

—Solo quiero estar contigo… —me susurra Avi en el cuello, restregándose con mis piernas—. Quiero hacerte mío.

Trago saliva con dificultad. Me noto la garganta seca y rasposa, como si hubiera estado gritando o llorando, aunque no recuerdo haberlo hecho. Tengo la espalda tensa y los músculos resentidos…

Unas rozaduras me coronan las rodillas.

Avi está tocándome, pero el tacto de sus manos parece diferente. Me estremezco al sentir sus dedos fríos recorriéndome la separación de las nalgas.

«Ruega por el perdón…».

Abro los ojos, pero solo veo oscuridad. Una negrura espesa… Un gran vacío repleto de nada.

—¿Avi…? —grito mientras las manos siguen tocándome, con más vehe­mencia y voracidad… Me agarran de un modo salvaje hasta que me retuerzo para zafarme de ellas—. Avi, ¡vuelve!

Intento hablar, pero no sale nada de mis labios. A pesar de que oigo las palabras en mi mente, mis cuerdas vocales no responden. Me tapan la boca…

Es un pulgar envuelto en algo. Sabe mal…

Lo odio.

«Lo odio con todas mis fuerzas».

—Para… —grito, con los ojos anegados en lágrimas, forcejeando desesperadamente con la esperanza de huir, pero no puedo moverme. Estoy paralizado, como si mi cuerpo fuera de piedra. Indefenso y dócil.

«Tú sabes quién eres».

«No. No, no, no, por favor. Por favor, para».

«Este eres tú, Kyran. Él te ha hecho así…».

La mano cubierta con algo irregular me tapa la boca y me precipito hacia el abismo.

—¡No! —grito jadeando, incorporándome de golpe en la cama.

Con la respiración entrecortada, echo un vistazo frenético alrededor, parpadeando para dispersar la neblina en la que me ha sumido la pesadilla.

Cuando el velo se alza y la realidad vuelve por fin a presentarse nítida ante mis ojos, dejo escapar un suspiro tembloroso.

Estoy en mi habitación y no hay nadie conmigo.

—Joder. —Me froto los ojos con fuerza y me aparto el pelo empapado de sudor de la frente.

«No echaba para nada de menos estos putos sueños…».

Aún los tengo a veces, pero ni por asomo con tanta frecuencia como cuando vivía aquí, bajo el mismo techo que mi padre y todas las mentiras a las que se aferra. Son inevitables en esta casa, como un monstruo que se esconde debajo de mi cama.

Deslizo la mirada hacia el reloj de mi mesita de noche. Es poco más de la una de la madrugada.

«Probablemente siga en su puñetera misa…».

Resoplo por la nariz, sacudo la cabeza y me deslizo fuera de la cama para dirigirme con sigilo al baño.

Me paso allí metido unos cuantos minutos, echándome agua en la cara y haciendo gárgaras con enjuague bucal para quitarme el sabor amargo del miedo.

Pero, al acabar, me sorprendo a mí mismo fijando la vista en la puerta de la derecha…

, la que conduce a la habitación de Avi.

Y mis pies me llevan hasta allí de manera impulsiva.

Giro el pomo y abro solo una rendija para asomarme con cautela a la penumbra de su cuarto. Lo encuentro al instante, tumbado en la cama con los brazos cruzados debajo de la cabeza y la mirada fija en el techo.

Posa los ojos en los míos y se incorpora despacio.

—Ey…

—Perdón —murmuro, adentrándome en la habitación—. No podía dormir.

—Ya… —Me observa, parpadeando—. Te he oído gritar…

—¿Te he despertado? —pregunto con culpabilidad.