Capítulo diecinueve #4
Cuando me separo del cálido abrazo de Hannah, poso los ojos en mi padre, que se ha quedado ahí de pie como si nada y se acerca a nosotros con una sonrisa indiferente en los labios.
—Me alegro de verte, hijo —dice con su habitual firmeza, dándome un abrazo rápido y una palmada en la espalda—. Muy buen partido el del otro día. —Luego se gira y murmura—: Avi.
Acto seguido, le da un apretón en el hombro, que es la mayor muestra de afecto que cabe esperar de mi padre, pero Avi se abalanza sobre él y lo abraza con tal ímpetu que casi lo tira hacia atrás.
Estoy convencido de que lo ha hecho a propósito para burlarse un poco de él, lo cual hace que curve ligeramente las comisuras y tenga que reprimir una carcajada.
—Chicos, mañana voy a preparar un asado para la cena —anuncia Hannah, acurrucándose en el sofá. Mi padre se sienta en el otro extremo—. Así que esta noche hemos pensado en pedir comida.
—¿China? —exclama Avi con un grito ahogado de entusiasmo. Hannah sonríe y asiente con la cabeza—. ¡Qué guay! —Lo miro con el ceño fruncido y añade—: Es nuestra tradición de Navinucá.
—Es verdad… —Me río por lo bajo—. Se me había olvidado lo de la «Navinucá » .
Las primeras fiestas que Avi y Hannah pasaron con mi padre y conmigo, nos enseñaron que es una tradición de la familia Vega celebrar tanto Navidad como Janucá, ya que Avi es medio judío.
—¿Cómo se te ha podido olvidar la Navinucá?
—contesta, fingiendo indignación—. ¡Es la batalla definitiva entre Jesús y Moisés!
—Se ríe al ver la expresión horrorizada de mi padre y rectifica—: Es broma.
No es una batalla como tal. Es solo una semana de diversión hasta el octavo día, que es aún más divertido y, encima, este año cae justo en Navidad.
—Qué casualidad —se burla Hannah con una sonrisita.
—Bueno… Voy a subir mis cosas —murmuro.
—Ah, sí. Yo también —dice Avi, siguiéndome hacia las escaleras.
—¡Cenamos en una hora! —grita su madre a nuestra espalda.
Entro en mi antigua habitación a zancadas y exhalo despacio mientras echo un vistazo alrededor.
Todo está exactamente igual que cuando me fui, pero, por algún motivo que no comprendo, parece distinto.
No sé si es porque he cambiado… o porque nunca me he sentido del todo yo mismo entre estas cuatro paredes.
«Nada va a ser como antes…».
Suelto la bolsa de viaje en el suelo, me quito el abrigo y las botas, e intento ponerme cómodo, aunque, en realidad, tengo los nervios a flor de piel.
Estar cerca de mi padre siempre me pone tenso, pero, durante las fiestas, esa presión que siento por demostrarle que soy mejor hijo de lo que cree y que me empuja a buscar constantemente su aprobación, aun sabiendo que nunca me la dará, se intensifica aún más.
Me siento en la cama y me tumbo de espaldas, con la vista fija en el techo. Todavía conservo un vago recuerdo de cómo eran las fiestas antes de que nuestra familia se desmoronara…
No eran perfectas, ni de lejos. Pero, aun así, eran mejores que las de ahora.
Poníamos películas navideñas, decorábamos el árbol y tomábamos ponche de huevo junto a la chimenea.
Bridget y yo bajábamos las escaleras corriendo a primera hora de la mañana y chillábamos de emoción al ver los regalos repartidos por toda la casa y la galleta mordida en el plato que le habíamos dejado a Papá Noel. Se respiraba auténtica felicidad.
Y entonces todo cambió.
«Bastaron unas pocas palabras pronunciadas por unos labios temblorosos para acabar con toda la familia Harbor».
Unos golpes en la puerta me sacan del estado de nostalgia angustiosa en el que me había sumido.
—Ey…
Al levantar la cabeza, me encuentro a Avi entrando en la habitación con las manos metidas en los bolsillos. Se acerca tranquilamente y se sienta a mi lado en la cama, pero, por primera vez desde que nos conocemos, no intento apartarme de él.
Quizá solo se deba a que estoy agotado. El simple hecho de volver aquí y enfrentarme a los recuerdos de mierda que me traen siempre estas fechas me drena la energía por completo.
No obstante, me sorprendo a mí mismo pegándome más a él, refugiándome en su cercanía como si fuera lo único capaz de mantenerme alejado del caos que se apodera de mi mente.
Avi se tumba bocarriba junto a mí. Los dos nos quedamos mirando al techo, hombro con hombro, y comienzo a respirar con mucha más calma que antes. El movimiento de sus dedos me hace ser consciente de su proximidad. Entonces acerco los míos disimuladamente y se los rozo.
Lo oigo soltar una bocanada de aire y, de repente, noto sus dedos recorriendo los míos, acariciándolos despacio de arriba abajo.
El corazón me da un vuelco con su tacto y me despierta un cosquilleo en el estómago, pero no… no me desagrada.
Por confusa que me resulte la sensación, no quiero que se esfume, así que entrelazo mis dedos con los suyos. Tiene la mano cálida y grande, del mismo tamaño que la mía. Estamos agarrados y me gusta…
«Me gustan sus manos».
Avi gira la cara hacia mí y, aunque me pone nervioso que vea el evidente rubor que me tiñe las mejillas, yo también vuelvo la mía en su dirección. Los iris de ambos, con sus colores diametralmente opuestos, se encuentran y se abrazan de un modo casi íntimo.
—Quiero enseñarte una cosa —susurra, con una ligera sonrisa en los labios.
Alzo las cejas y parpadeo sorprendido al ver que se saca del bolsillo una especie de aro de goma. Acto seguido, me lo lanza y aterriza sobre mi abdomen. Tras cogerlo con la mano que tengo libre, lo examino de cerca.
—¿Qué cojones es esto? —gruño, y a él se le escapa la risa.
—Un anillo para el pene. —Lo miro escandalizado y se ríe aún más—. Nos lo ha regalado uno de nuestros fans.
Observo el objeto un segundo mientras un montón de pensamientos se me agolpan en la mente. Aun así, esta es la primera pregunta que sale de mi boca:
—¿Le has dado tu dirección a un desconocido de internet?
Avi se ríe por la nariz y el pecho se le sacude con cada resoplido.
—Le he dado la de Frankie.
—Eso es peor todavía —replico con un grito ahogado de incredulidad—. ¿Y si esta persona se planta en su casa?
—No les especifiqué el número de su apartamento ni nada de eso. —Suspira—. Además, su edificio es bastante seguro. Ella misma me dijo que no pasaba nada.
—¿Por qué…? —pregunto, incapaz de pronunciar más palabras.
Esboza una sonrisa y se encoge de hombros.
—Quería enviarnos algo por Navidad y me pareció un gesto bonito.
—¿Bonito… o raro? —respondo, estrujando el aro de goma entre los dedos.
Gira todo el cuerpo hacia mí.
—Ya has visto los mensajes directos, Ky. La gente lo está flipando con nosotros. —Lo miro parpadeando—. Y, por cierto, no es el único regalo que nos han mandado. Pero no podía… traerme los otros en la maleta.
Soy incapaz de dejar de mover la cabeza de un lado a otro, perplejo, mientras él sigue riéndose en voz baja.
—Pues supongo que ya hemos triunfado, ¿no? —murmuro con sarcasmo, aunque no puedo evitar sentirme halagado.
La gente nos envía regalos porque les gusta tanto lo que hacemos que quieren sentirse parte de ello.
De una forma sexual, sí, pero da igual. Si algo he aprendido estos últimos meses es que, lo admitamos o no, el sexo es una parte esencial de la vida humana y una manera más de establecer vínculos con otras personas.
Es esa química natural que surge cuando menos te la esperas.
Avi desliza sus ojos azul grisáceo hasta mis labios y, de pronto, me invade un calor intenso.
—Quiero besarte, Kyran —dice en voz baja, apretándome los dedos.
En un acto reflejo, desvío la vista hacia la puerta de mi habitación, que está abierta.
—No deberías…
—Es que me apetece muchísimo… —insiste.
—Pero no es… —La voz se me atasca en la garganta, carraspeo y continúo en un susurro—: No es buena idea.
—¿Por qué no? —Se acerca un poco más a mí.
—Porque…
Ni siquiera puedo pensar. La mente se me ha quedado en blanco y lo único que siento es una necesidad cálida y palpitante rezumando por los poros de la piel como una feromona.
Avi me pone la mano en el pecho y desliza los dedos peligrosamente cerca de mi corazón, que late desbocado ante su roce.
—¿Por qué, Ky? Dame una buena razón esta vez, no quiero otra de tus excusas cutres.
Trago la saliva que se me acumula en la boca y aparto la mirada un segundo para dirigirla hacia la puerta.
—Porque nuestros padres están abajo.
Emite un murmullo grave y profundo que me nubla los sentidos y sube la mano hasta mi mandíbula.
—Entonces, tendremos que ser muy silenciosos —responde, y tira de mí hacia su boca.
Para mi sorpresa, me dejo llevar y me arqueo contra él mientras fundimos los labios. Me besa de una manera hipnótica que me produce un cosquilleo de vértigo, como si estuviera caminando al borde de un precipicio.
Su beso son unas alas que me elevan muy por encima del suelo; el aliento que compartimos es el viento, que me envuelve en ráfagas veloces de jadeos y gemidos… y sus manos aferrándose a mi cuerpo son el ancla que impide que me aleje flotando a la deriva.
Está besándome y me siento como si volara.
Pero me da tanto miedo la caída que no puedo dejar de temblar.
—Avi… —murmuro entre nuestro torbellino de besos, lametones y mordiscos frenéticos, con las manos apoyadas en su pecho mientras se coloca encima de mí.
—Mmm… —Restriega las caderas contra las mías y separo las piernas por instinto.
—Deberíamos… cerrar la… puerta —digo con la voz ronca y entrecortada por la excitación. El dominio abrumador y sensual que ejerce sobre mí con sus labios, sus dientes, su lengua y sus manos es tan poderoso que consigue doblegarme hasta convertirme en una criatura dócil e inofensiva.
—No me obligues a parar —gruñe, sujetándome la mandíbula con una mano mientras me desliza la otra por debajo de la camiseta—. No quiero separarme de tus perfectos labios ni un solo segundo…