Por los fans Capítulo diecinueve #3
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Capítulo diecinueve #3

—¿Qué coño le pasa a esta persona? —Sacudo la cabeza, desconcertado por todo lo que estoy leyendo. Hay cientos de comentarios de ese tipo y se vuelven cada vez más perturbadores a medida que indagas.

—Los tienes bebiendo los vientos por ti —dice Avi entre risas.

—Es una puta locura. ¿A quién se le ocurre escribirle este tipo de cosas a un completo desconocido?

Se encoge de hombros.

—No sé por qué te sorprendes. Así son los raritos en internet. No es nada nuevo.

—Ya, bueno, supongo que por eso apenas me meto en las redes sociales —resoplo.

Avi suelta un bufido de burla y lo fulmino con la mirada.

—Venga ya. —Se ríe a carcajadas—. Si te pasas todo el día en Instagram publicando frasecitas motivacionales. « Hashtag afortunado » —replica con sorna, y luego pone los ojos en blanco—. Por favor…

No puedo evitar que se me dibuje una sonrisita maliciosa en los labios.

—No sabía que me seguías…

Arruga la frente.

—Es que no te sigo. El algoritmo de los huevos no deja de mostrarme tus mierdas aunque no me interesen.

—Claro. —Se me ensancha la sonrisa—. Lo que tú digas, stalker.

—Vete a la mierda —me bufa.

Pero, ahora que sé lo mucho que se pica con el tema, no pienso parar de chincharlo.

Me giro hacia él y le pregunto en voz baja:

—¿Publicas algo de vez en cuando o te hiciste la cuenta con el único propósito de espiarme?

—No te vengas arriba, que no eres tan interesante… —susurra, mordiéndose el interior de la mejilla mientras clava los ojos en la pantalla del portátil.

«Esto es extremadamente satisfactorio».

—¡Anda, mira! —exclama, cambiando de tema—. Tenemos a un fanático de Jesucristo diciéndonos que vamos a arder en el infierno para toda la eternidad. —Señala la pantalla y se parte de risa.

La cara me cambia por completo y la boca se me seca de repente.

Siento que me falta el aire, pero tengo que controlarme. No puedo permitir que Avi se dé cuenta de la batalla que estoy librando contra mi propia mente.

—¿Y q-qué… vas a hacer? —pregunto, esforzándome por parecer sereno mientras abro una mano temblorosa y fijo la mirada en la palma.

«No pasa nada».

«Estás aquí y todo va bien».

«Tú solo céntrate en la voz de Avi».

Lo oigo de fondo hablando sobre bloquear al tipo, pero me aferro a sus palabras como si fueran la cuerda que puede ayudarme a salir del pozo al que me he precipitado. Me sujeto a ellas con uñas y dientes y trepo hasta la superficie.

«Ahí está Highland Ave —pienso para calmarme, siguiendo con los ojos las líneas de la palma—. De niño solía recorrerla de arriba abajo en bici con mis amigos. Y, mira, el restaurante tailandés ese que tanto me gusta».

El ritmo cardíaco se me estabiliza poco a poco y vuelvo a respirar con normalidad. Deslizo la vista hacia Avi, que sigue riéndose de lo tonta que es la gente en internet, sin tener ni idea del mini ataque de pánico al que acabo de enfrentarme.

«Me pregunto qué diría si supiera… la verdad».

Cuando se percata de que no me estoy riendo con él, gira la cabeza en mi dirección y clava sus iris, de un brillante nebuloso, en los míos.

—Ky…, ¿estás bien?

—S-sí… Perfectamente —murmuro, intentando sonar seguro de mí mismo.

«Pareces gilipollas. Va a olerse que ocurre algo».

«Rápido. Cambia de tema».

—Deberíamos irnos ya. —Me levanto de golpe, me alejo de él y saco el móvil de mi bolsa de viaje en un intento de desviar la atención de mi cambio de humor repentino.

Siento sus ojos sobre mí. Sé que me está mirando, pero no dice nada.

Se limita a cerrar el portátil y se pone de pie.

—Vale —responde en un tono alegre, recolocándose la camiseta.

Diez minutos más tarde, estamos fuera, rumbo a la carretera principal para coger nuestro Uber.

Los ojos se me van solos hacia Avi mientras andamos.

Lleva la mochila al hombro, sus característicos vaqueros negros rotos y unas botas negras.

En la parte de arriba se ha enfundado un abrigo negro acolchado y se ha cubierto la melena enmarañada con un gorro de color rosa chillón.

Mi pelo claro y mi tez pálida contrastan con su piel olivácea y los mechones oscuros que le caen de manera desenfadada sobre los ojos.

No podríamos ser más diferentes… Yo, con el chaquetón de marinero de Burberry que mi padre me regaló las Navidades pasadas, mis botas de Tom Ford y los vaqueros intactos, mientras que él incluso se ha puesto unos guantes sin dedos, dejando al descubierto su habitual esmalte negro descascarillado.

Sin embargo, por alguna misteriosa razón, nuestras diferencias no parecen irritarme como de costumbre.

Ahora mismo solo estoy caminando a su lado, preguntándome cómo es posible que, después de la cantidad de experiencias que hemos compartido y de todos los años que lleva formando parte de mi vida, todavía sienta que no lo conozco de verdad.

Sé lo básico, claro, lo que he ido aprendiendo de nuestra reticente convivencia en familia. Pero Avi Vega en sí, su historia, lo que lo mueve, sus sueños, lo que realmente importa y esconde bajo la superficie…, sigue siendo un misterio para mí.

—Parece que va a nevar más tarde —dice, formando nubes de vaho con su aliento a la vez que alza la vista hacia el cielo.

Me limito a asentir, con la cabeza todavía hecha un lío por todos los pensamientos que me asaltan. Permanecemos en silencio un rato, acompañados únicamente por el sonido de nuestras botas contra el pavimento.

—Bueno… ¿Qué tal el partido? —pregunta, intentando entablar conversación, y desvío la mirada hacia la derecha.

—Podríamos haber jugado mejor. —Me encojo de hombros—. Su defensa era bastante fuerte.

Asiente.

—Pero, aun así, conseguiste tres touchdowns. —Se detiene y lo observo con los ojos entrecerrados—. Jugaste de maravilla, Ky. Deberías ser menos duro contigo mismo.

Aprieto los labios.

—Entonces, ¿ahora te dedicas a ver activamente todos los partidos y a estar pendiente de mi actuación ?

Pone los ojos en blanco y se me escapa una risita.

—Solo para asegurarme de que te las apañas bien sin mí.

Frunzo el ceño y lo miro con cara de pocos amigos.

—Ah, ¿sin tu actuación, dices?

Se echa a reír y yo reprimo la sonrisa que amenaza con escapárseme.

—Admítelo… Te encanta tener a Baldwin revoloteando por ahí para darte ánimos.

Resoplo y sacudo la cabeza.

—Tío, es que no haces más que distraerme, en serio.

—Ajá… Creo que soy consciente del poder de distracción que tengo sobre ti. —Curva los labios en una sonrisa pícara y, a continuación, me roza los dedos.

Freno en seco, con el corazón martilleándome el pecho. Avi se queda mirándome fijamente mientras yo echo un vistazo a derecha e izquierda para cerciorarme de que nadie lo haya visto, aunque no hay ni un alma alrededor.

Está claro que me estoy alterando por una tontería, pero no puedo evitarlo. De pronto, la piel me arde y me pica debajo de la ropa.

—Lo siento… —susurra Avi—. Ha sido un desliz.

Me aclaro la garganta.

—No pasa nada… Da igual. —Saco el móvil para dejar de pensar en el tacto de sus dedos y, de paso, comprobar la aplicación—. Según esto, le faltan dos minutos.

—Vale…

Siento su mirada fija en mí, pero estoy demasiado nervioso como para levantar la cabeza, así que me entretengo con chorradas en el móvil hasta que el coche llega y se detiene junto a la carretera.

Ambos nos sentamos en la parte de atrás, con las mochilas en los pies, y el conductor arranca para llevarnos a casa.

En la radio suena a volumen bajo una canción de Rihanna mientras avanzamos por la 93.

Contemplo los edificios a través de la ventanilla, oyendo su voz áspera cantar sobre un amor que te consume el cuerpo y la mente.

Inclino la barbilla lentamente hacia la izquierda, buscando a Avi, que también está mirando por la ventanilla. Entonces se gira en mi dirección y aparto la vista a toda prisa.

«Te estás comportando como un bicho raro».

Durante el resto del trayecto, voy saltando de un pensamiento a otro a la misma velocidad que el coche. Cuando nos paramos en el camino de entrada de mi casa, los nervios me revuelven el estómago como nunca.

Desde que tengo uso de razón, las Navidades siempre han sido un desastre.

Cuando llegaron Hannah y Avi, se me empezaron a hacer algo más llevaderas, básicamente porque dejó de notarse tanto lo poco que le importa a mi padre celebrarlas conmigo.

Luego está mi madre, a quien ni siquiera veo si no me molesto en hacerle una visita.

Y a mi hermana llevo años sin verla. Prefiere no volver a casa, por razones obvias…

, pero espero que me llame mañana. A pesar de todo, me apetece hablar con ella.

No puedo evitar guardarle algo de rencor a Bridget por dejarme solo con mi padre. Desapareció justo cuando más la necesitaba, así que me cuesta no sentirme dolido y abandonado.

Entiendo de sobra por qué se fue…, pero, aun así, desearía que se hubiera quedado.

La casa está en silencio, salvo por la música que proviene del salón. Avi y yo nos dirigimos hacia allí, guiados por el crepitar de la chimenea y el sonido de unas voces tranquilas.

—¡Aquí están mis chicos! —grita Hannah en cuanto cruzamos la puerta, levantándose de un salto para saludarnos a ambos. Se pasa un buen rato agarrada a Avi, cubriéndole la cara de besos mientras solloza—: Ay, no sabes cuánto te he echado de menos, mi niño precioso.

—Mamá… —se queja, arrugando la cara e intentando zafarse de los arrumacos de su madre.

Se me escapa una risita por lo bajo, porque me parece muy tierno y gracioso que se sienta tan avergonzado.

—¡Kyran, qué alegría verte! —exclama Hannah, y me estrecha entre sus brazos.

Las muestras de cariño siempre me pillan por sorpresa, de modo que tardo unos segundos en corresponderle el abrazo. Pero lo hago, porque es reconfortante. Además, resulta agradable sentirse bienvenido en casa.

«Una sensación que nunca he experimentado, la verdad…».