Por los fans Capítulo dieciocho #6
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Capítulo dieciocho #6

—Ese es tu secreto, ¿no, cari? —Le acaricio con los dedos la zona donde su propio miembro le impacta contra el abdomen, impulsado por sus movimientos agitados—. A Kyran Harbor, superestrella del equipo de fútbol, le encanta tener una buena polla en el culo, ¿verdad?

Asiente de nuevo, deja caer todo el peso de su cuerpo sobre mi agarre y se mece contra mí, envolviéndome con la estrechez de su agujero de tal forma que siento que estoy a punto de explotar.

—Jodeeer… Voy a… correrme.

—Dilo —le ordeno entre dientes, apretándole aún más el cuello—. No puedes correrte hasta que lo digas…

—Joder, me encanta… —grita, con todos los músculos en tensión—. Me encanta tener una buena polla en el culo…

Le rodeo los huevos con el pulgar y el índice y pellizco con fuerza hasta que se atraganta.

—¿Una polla cualquiera?

—La tuya, Avi. Me encanta que me folles por el culo con tu enorme polla.

—¿Quieres correrte con el rabo de tu hermanastro?

—Sííí, por favor —dice jadeando.

—¿Vas a exprimirle a tu hermanastro hasta la última gota de semen con ese agujero tan caliente y apretadito que tienes?

—Quiero… —La voz le sale ahogada, como si apenas pudiera respirar—. Quiero vaciarle los huevos a mi hermanastro y que me rellene el culo hasta el fondo.

«Hostia puta, esa boca va a hacer que me corra…».

—Me falta poco, cari —lo aviso, notando cómo se me tensan los tes­tículos cada vez más a medida que lo embisto y nuestros cuerpos chocan de forma salvaje—. Córrete para mí, precioso.

—Voy a correrme para ti… —Se estremece entero y gime en voz alta.

De su polla salen disparados varios chorros de semen que le impactan en el pecho y le resbalan por los músculos del torso. Alzo el cuello para contemplar la escena, cautivado por lo sexy que está cuando se corre.

Es un auténtico bellezón… Precioso, perfecto y… mío.

Cuando se desploma hacia delante, le separo las nalgas y observo cómo me deslizo en su culo mientras me acerco al clímax. Entonces comienza a palpitarme la polla dentro de él.

—Relléname, Avi… —gimotea, llevando una mano a mis testículos para masajearlos a la vez que recorre con los dedos la zona donde se unen nuestros cuerpos. Su tacto alarga mi orgasmo más tiempo del que creía posible y no dejo de sacudir las caderas contra él para impulsar mi semen bien hondo.

—Dios, me encanta correrme dentro de ti… —gruño con la voz ronca y temblorosa. Me inclino sobre su espalda y nuestros músculos resbaladizos se rozan mientras lo embisto con ansia y me vacío por completo—. Qué bien me recibes, cari.

—Sigue… —suplica en voz baja—. Sigue follándome.

Con la mente aturdida por el placer, le doy lo que quiere y continúo introduciéndome en él de manera rítmica hasta que se me empieza a ablandar la polla.

No entiendo por qué, pero parece que no le basta.

No para de gemir y jadear, como si estuviera experimentando un orgasmo múltiple…

Algo que ni siquiera sabía que pudiera pasarnos a los tíos.

Aunque seguro que me odiaría si se lo dijera, creo firmemente que Kyran es un pasivo dominante. En serio, le guste o no, ha nacido para cabalgar pollas con el culo.

Pero entonces, al pensar en ello, me lo imagino sin querer con otra persona que no soy yo. Lo visualizo en mi mente entregándole el culo a otros tíos y la simple idea me provoca tal malestar que me dan ganas de vomitar.

Cuando se la saco y me dejo caer a su lado en la cama, él se derrumba sobre el colchón con un suspiro y estira los brazos y las piernas.

Intento tragarme el malestar que me trepa por la garganta y concentrarme en recorrerle el bíceps con los dedos mientras se recuesta de lado y me mira parpadeando.

Llevo la gorra medio caída, así que me la termina de quitar, y, aunque no tengo ni pajolera idea de qué me impulsa a ello, antes de que retire el brazo, le doy un beso en la muñeca.

Se queda observándome unos segundos, con los ojos vidriosos por el orgasmo y el pelo alborotado.

Odio con todas mis fuerzas que todo le siente bien.

Me jode que siempre esté tan guapo y no poder evitar fijarme en ello, al igual que todo el mundo, porque sé que es solo cuestión de tiempo que decida…

explorar nuevos caminos y dejar que otros lo vean como yo en este instante.

—¿Vas a salir corriendo otra vez…? —susurro, pasándole los dedos por los moratones que se le están empezando a formar en la cadera.

—¿Qué más da? —Se muerde el labio—. Siempre acabo volviendo… —Me aparta la mirada y me quedo embobado viendo cómo se le mueve la nuez al tragar—. No puedo resistirme…

—Pues no te resistas —murmuro, y decido jugármela colocando la pierna encima de la suya para acurrucarme contra él y besarle el cuello, el hombro, el brazo…

—Tengo que hacerlo. —Se aparta de mí y se incorpora de golpe, como si fuera a huir en cualquier momento.

Dejo escapar un suspiro de frustración, con una tristeza que desearía no sentir, y apoyo la cabeza en la almohada.

—No tienes por qué…, pero, bueno, como quieras.

El tacto de sus dedos trazando los míos hace que encoja el cuello y alce la vista hacia él.

—Avi…, necesito que sepas que lamento mucho lo que te dije antes —responde con un tono poco habitual en él. Refleja sinceridad y arrepentimiento—. No quise decir nada de eso, es que estaba…

—Siendo un capullo. —Sonrío, y él se ríe por lo bajo.

—Sí. —Suspira, asintiendo lentamente—. Un capullo integral de los grandes.

—Mira, por lo menos lo admites —contesto, acercándome más a él.

—Aun así, tengo que irme. —Se aleja poco a poco de mí.

Niego de manera insistente con la cabeza.

—No.

—Sí —replica con una sonrisita.

—Solo te perdono si te quedas… —digo, deslizándole los dedos por el muslo.

—Avi, no puedo quedarme aquí. —Endurece la voz y la seriedad de su tono me lleva a fijar los ojos en los suyos.

—Porque te da miedo que alguien te vea salir por la mañana.

Traga saliva, pero no me contradice.

Aunque es muy probable que me arrepienta de preguntárselo, no puedo contenerme.

—¿No quieres saber qué se siente al no tener que ir por ahí a escondidas en mitad de la noche?

Me mira un rato en silencio y luego murmura:

—Eh… No lo sé.

Resoplo, abatido, y me tumbo bocarriba.

—Perfecto. Pues adiós, Kyran. Ya nos veremos la próxima vez que decidas pasarte.

—¿Por qué estás así?

—Porque sí. —Me incorporo de golpe—. Te has comportado como un gilipollas hoy conmigo, Kyran. Y luego vas y te presentas en mi puerta. Debería haberte mandado a la mierda, pero no lo he hecho… —Trago saliva—. Porque no puedo.

Parpadea ante mis palabras.

—No te enfades…

Sacudo la cabeza. ¿Acaso sé enfadarme? ¿O cómo tratar a alguien que me hace sentir igual que él?

No. La respuesta es un rotundo no, porque esta es la primera vez que me enfrento a algo así.

Se inclina hacia mí y me da un beso suave en los labios, pero se aparta enseguida, dejándome con ganas de más.

—Nos vemos luego.

Se levanta, se lleva su ropa al baño y yo me desplomo de nuevo sobre la cama, cubriéndome la cara con la almohada para no pensar en el hecho de que está ahí dentro y tal vez ni siquiera haya echado el pestillo.

Encima, mi almohada huele a él. Toda mi puta cama huele a él. Como a una mezcla de ámbar, miel y algo cítrico que no logro identificar…

«Ay, mierda».

Me incorporo de un salto y giro la cara hacia la cámara, que sigue encendida. Sacudo la cabeza y me levanto para apagarla.

Se me había vuelto a olvidar que estábamos grabando. Últimamente, todo el tema de los fans me parece cada vez más secundario.

—¡Avi! —ruge Kyran desde el baño, y yo aprieto los labios.

«Supongo que ya se ha dado cuenta de los chupetones…».

Sale en calzoncillos y echando humo por las orejas. Me cuesta reprimir la sonrisa y no maravillarme ante lo bien que le quedan las marcas de mis labios.

—¿Estás de puta coña? —brama entre dientes.

—¿Qué pasa? —Me hago el tonto y aleteo las pestañas inocentemente.

—Sabes que juego al fútbol, ¿no? —resopla—. Tengo que desnudarme delante de otros tíos en el vestuario…

—Pues qué suerte la tuya —suelto con una sonrisita burlona, consiguiendo que se enfurezca aún más.

—¡No tiene gracia! —me ladra—. ¿Cómo voy a justificar esto?

Me acerco a él y recorro con la mirada las marcas que le adornan el pecho, los abdominales… y descienden hasta los calzoncillos.

—Di que son de una chica. —Me encojo de hombros.

—¿Y los del culo? —gruñe, y me tapo la boca con la mano para no reírme—. ¡Además de estos bonitos moratones en forma de huellas! —Se baja los calzoncillos un poco y de repente me siento ligeramente culpable.

No me arrepiento de haberlo marcado… Se lo merece por haberse comportado como un capullo antes. Pero tiene razón. Va a ser difícil que se crean que esos chupetones se los ha hecho una chica.

Le paso los dedos por las marcas y, al oírlo exhalar, alzo los ojos hacia los suyos.

—Pues yo creo que te dan un toque aún más sexy…

El enfado le desaparece del rostro y se queda mirándome con los labios entreabiertos, como si quisiera decir algo.

Pero entonces baja la vista hacia donde Robin está restregándose contra sus piernas.

No puedo evitar sonreír, porque la escena es de lo más adorable.

Está intentando consolarlo, igual que hace conmigo cuando me nota disgustado por algo.

Kyran vuelve a levantar la mirada hacia mí con una ceja arqueada, sin saber cómo reaccionar ante la gata.

—¿Cómo se llama?

—Robin —respondo, mordiéndome el labio.

La observa con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué Robin?

—Porque es mi compañera de aventuras —contesto, y me mira de reo­jo—. Yo soy Batman.

Suelta una carcajada y siento que me arde el pecho por dentro.

—Ya veo. Entonces, ¿Batman va dejándoles chupetones por todo el cuerpo a sus enemigos? No me suena haberlo leído en ninguno de sus cómics…

«Vaya, no sabía que le gustara Batman…».

Dejo escapar una risita y lo señalo con la cabeza.

—Podría ser una forma de derrotarte…

—¿Y qué villano soy?

Le agarro la cadera y me acerco a su oído.

—Yo diría que Mr. Freeze…, porque eres puro hielo.

Traga saliva y le beso el cuello lentamente, fusionando la calidez de nuestra piel, mientras él susurra:

—¿Así es como me ves…?

—No siempre —digo, subiéndole la mano por el pecho, pero, antes decontinuar con mis descarados intentos de convencerlo para que se quede, se aparta.

—Tengo que irme, Avi. —Me mira como si no estuviera muy seguro de querer marcharse, y eso me rompe un poco por dentro.

Me limito a asentir, porque no puedo hacer otra cosa, y él se mete de nuevo en el baño para vestirse rápido.

Al salir por la puerta, se detiene y echa un vistazo hacia atrás por encima del hombro. Posa los ojos en la gata.

—Adiós, Robin.

Luego desliza esos preciosos iris avellana hacia mí y añade en un susurro:

—Adiós, Batman.