Por los fans Capítulo dieciocho #4
48%

Capítulo dieciocho #4

—Estás empapado, cari —susurro, pasándole la lengua a lo largo de la raja que le separa las nalgas hasta que se estremece. Tiene unas cuantas gotas en la punta de la polla, demasiado apetitosas como para ignorarlas.

Meto la cara entre sus piernas y se la chupo desde atrás, lamiéndole el semen y empujando con la lengua la piel que le cubre el glande. Kyran empieza a temblar y se aferra a la pared, acercándome el culo y separando aún más las piernas.

—Joder, Avi … —gime mientras me afano en chupársela, envolviéndole la polla con los labios y moviéndolos de arriba abajo como si me estuviera guiando él—. Qué bien me la comes…

Con los sentidos nublados por la lujuria, le estrujo el culo y envuelvo la punta aterciopelada de su pene con la lengua, una y otra vez, al mismo tiempo que succiono en busca de ese sabor salado que me inunda el paladar.

Me sirvo de la otra mano para acariciarle los huevos y tirar de ellos, quizá con más fuerza de la necesaria.

«Puede que quiera castigarlo, solo un poco».

Oigo a Kyran jadear y, cuando alzo la vista, lo encuentro mirándome.

—Avi…, lo siento.

Me saco su polla de la boca y murmuro:

—Lo sé. No pasa nada.

Y, acto seguido, vuelvo a deslizarla dentro.

— Sí que pasa —insiste, y gime al sentir mi lengua, pero oigo la culpabilidad quebrándole la voz. Clavo los ojos en los suyos mientras se muerde el labio y apoya la frente contra la pared—. Es que… estoy hecho un puto lío…

El temblor de sus palabras me atraviesa el pecho.

Dejo de succionar, me separo de su pene, me incorporo y le rozo la espalda con el pecho.

Entonces le agarro la barbilla y le giro la cara para besarle los labios con suavidad y urgencia.

No sé muy bien qué decir, aunque tampoco tengo claro que sean necesarias las palabras en esta situación.

«Lo único que quiero es enseñarle el placer que podemos sentir juntos».

—Estás aquí —susurro contra su boca fruncida— por voluntad propia…

Asiente con la cabeza e intenta cogerme de la mano. Cuando se la doy, entrelaza los dedos con los míos y se los lleva al pecho.

—Pues desnúdate para mí, cari —le ordeno en voz baja—. Demuéstramelo.

Lo arrastro hasta el dormitorio y él me sigue sin rechistar.

Se detiene frente a mi cama, sujetándose los pantalones, y le echa un breve vistazo al trípode; luego desvía la mirada hacia mí, parpadeando, como si no supiera qué hacer.

Creo que está claro que no le importa si lo grabamos o no, pero no grabarlo daría a entender otra cosa…

, algo con lo que ninguno de los dos está dispuesto a lidiar ahora mismo.

Me apresuro a encender la cámara, me siento en la cama y alzo los ojos hacia él.

Ni siquiera tengo que decirle qué hacer.

Se saca la camiseta por la cabeza, se baja los pantalones, se quita los zapatos de una patada y se queda completamente desnudo (salvo por los calcetines, igual que la otra vez). Su belleza es deslumbrante.

Quizá parezca raro, pero me gustan los calcetines. No le sientan nada mal.

Soy incapaz de despegar la vista de su cuerpo. De su tez clara, de las curvas definidas de sus músculos. No tiene ninguna marca. Es como un lienzo en blanco y me muero de ganas de darle vida con mi cuerpo.

—Ven aquí. —Me recuesto y él se pone de rodillas en el colchón para trepar hasta mí sin dudarlo—. Quítame los pantalones.

Kyran me mete los dedos por debajo de la cinturilla y me desliza los pantalones lentamente por las piernas.

Una vez que ha cumplido su misión, vuelve a ascender, pero se detiene a la altura de mis caderas.

Al captar el brillo de curiosidad y deseo que se refleja en el tono oscuro de sus ojos, me muerdo el labio, tentándolo con una mirada que no le cuesta descifrar.

Saca la lengua, me cubre los testículos con ella y después traza una línea cálida y húmeda hasta mi polla, como si estuviera lamiendo un polo enorme y sabroso.

La sensación me cautiva tanto que el pene me da una sacudida.

A Kyran se le ilumina la mirada. Repite el mismo movimiento de una forma más lenta, para asegurarse de humedecerme más, y me pasa la lengua de arriba abajo hasta que dejo caer la cabeza sobre la almohada.

—Joder, qué bien… —digo, estremeciéndome al notar cómo me embadurna de saliva con la lengua y me da un beso suave en la punta reluciente del miembro—. Eso es, cari… Sigue así.

—¿Cómo? ¿Así? —Mantiene los ojos fijos en los míos mientras vuelve a colmarla de besos lentos y seductores, asomando la lengua de vez en cuando para provocarme. Me la pone tan dura que me llega hasta el ombligo y me sobresalen las venas.

Me las recorre con la lengua y siento que me deshago.

Le agarro la cabeza, le enredo los dedos en el pelo y lo empujo más hacia mi polla.

Nunca había sentido tanto placer como en este instante…

Se la mete hasta el fondo de la garganta y mueve la cabeza lentamente adelante y atrás mientras restriega las caderas contra la cama.

Es la mejor mamada que me han hecho en la vida y, si no lo detengo pronto, voy a acabar soltando una sorpresita sobre su lengua cálida.

—¿Quieres algo de beber? —murmuro, estremeciéndome de placer ante la maravillosa destreza de su boca.

Asiente con la cabeza, sin dejar de chuparme la polla. Entonces se aparta y susurra:

—Estoy intentando ganármelo…

Se me escapa una risita.

—No, lo digo en serio. —Le paso el pulgar por el labio inferior para secarle la humedad y él alza la mirada hacia mí—. Hay una botella de Jack Daniels en la cocina. Ve a por ella.

Me observa desconcertado un momento, pero no dice nada.

Se levanta de la cama y sale tambaleándose del dormitorio, concediéndome la oportunidad de contemplarle el culo y los sensuales músculos de la espalda conforme se aleja.

Regresa al cabo de unos segundos con la botella en la mano, se sube de nuevo a la cama y me la ofrece.

Lo agarro del brazo, tiro de él hasta que se queda tumbado bocarriba y me siento a horcajadas sobre sus caderas con un movimiento tan rápido que pone los ojos como platos por la sorpresa.

—Abre la boca.

El pecho le sube y baja con fuerza mientras separa los labios.

Destapo la botella, me echo un trago en la boca y lo mantengo ahí a medida que me inclino sobre él.

Nuestras pollas se tocan y no puedo evitar acariciarle la suya con la mía, deleitándome en los ruiditos que hace cuando está cachondo perdido y con los nervios a flor de piel.

Le sujeto la mandíbula con la mano y me cierno sobre él, como si estuviera a punto de besarlo, pero, en vez de eso, escupo el alcohol entre sus labios, preparados y expectantes.

Un gemido le brota del pecho cuando le cae en la boca, y observo con ansia cómo se le mueve la nuez al tragar y le resbala un poco de líquido por las comisuras.

Lo recojo con la lengua y, acto seguido, capturo sus labios con los míos.

Él me responde al beso y me entrega su lengua para que pruebe el intenso sabor del bourbon que le impregna la boca.

—Joder, cómo me pones. —Le froto la polla con la mía mientras cierra los ojos—. ¿Quieres más?

Asiente con desesperación.

—Sí, por favor.

—Mmm… O sea que sí sabes hablarme con educación —murmuro, agitando el licor dentro de la botella. Le recorro los abdominales con la mano, subo por su pecho y coloco la palma sobre un pectoral—. Te portas muy bien cuando estamos solos…

—Avi, ya te he dicho que lo siento —susurra, pero niego con la cabeza.

—Ahora no.

Doy otro sorbo y vuelvo a escupírselo en la boca. Se arquea hacia mí para recibirlo, se lo traga y suelta un gemido entrecortado.

Cierro la botella, la dejo en el suelo y le agarro la mano para secarle los labios con dos de sus dedos. Luego me los llevo a la boca y los chupo con ganas.

Noto cómo se retuerce debajo de mí, con la polla aprisionada sobre sus abdominales por la mía, ambas duras y palpitantes, mientras muevo las caderas para restregarme contra él.

Una corriente cálida y electrizante me recorre el cuerpo a medida que le chupo los dedos; me los saco de la boca y los deslizo por mi pecho hasta posarlos en los pezones.

—Avi… —gime con voz ronca y temblorosa.

—¿Mmm?

Dios, el tacto de sus dedos húmedos sobre mis pezones hace que me palpiten los huevos.

—Dime… —La voz se le apaga y traga saliva.

Cuando lo miro, tiene las mejillas completamente encendidas.

—¿Que te diga el qué?

Lo oigo tragar de nuevo.

—Dime que te parezco guapo.

Se muerde el labio y la cabeza comienza a darme vueltas. No sé por qué me habrá pedido algo así… Es imposible que no sea consciente de su belleza. La gente siempre anda soltándole algún que otro piropo desde que lo conozco… Incluso yo he alabado su físico estas últimas semanas.

Pero la forma en la que le brillan los ojos al mirarme y el modo en que me acaricia lentamente los muslos me llevan a pensar que tal vez esté…

asimilando algo. Y, al parecer, yo formo parte de ese proceso, lo cual hace que me sienta tan especial que creo que el corazón se me va a salir disparado del pecho como el cuco de un reloj dando la hora.

No quiero darle demasiada importancia, porque siempre saca su lado tierno cuando estamos a solas y al día siguiente actúa como si no fuéramos nada.

Pero ahora mismo solo veo al Kyran que acude a mí, el que llama a mi puerta en mitad de la noche y se mete en mi cama buscando algo que solo yo puedo ofrecerle.

Y he de admitir que me encanta ese Kyran, aunque no sea real.

Le suelto la mano, me acurruco sobre él y le rozo los labios con los míos.

—Cari…, no solo me pareces increíblemente guapo, es que lo eres.

Kyran tiembla debajo de mí y me toca la parte baja de la espalda con las yemas de los dedos.

—Tú también eres guapo, Avi. Me pareces… supersexy —susurra con un hilo de voz apenas audible.

Me quedo petrificado un momento, sin dar crédito a lo que acabo de oír. No quiero asustarlo por mirarlo boquiabierto, pero me es imposible mantener la compostura.