Capítulo dieciocho #3
Abro la boca, mudo de asombro, y recorro la mesa con la mirada. Guty y Theo nos observan inquietos y dan la impresión de estar preparándose para separarnos; Lexi, en cambio, tiene una sonrisa maliciosa dibujada en los labios y los brazos cruzados sobre el pecho, como si disfrutara del espectáculo.
—¿Cuál es tu puto problema? —le escupo a Kyran entre dientes.
—El mismo de siempre: tú —responde, sacando a relucir esa terquedad digna de una mula—. Me jode que estés aquí.
—Eres un amargado de mierda —bufo.
—Ya, y salta a la vista que tú estás obsesionado conmigo —gruñe con suficiencia, aunque no hay rastro de diversión en su cara ni en su tono de voz. Está siendo un puto gilipollas conmigo solo por el gusto de serlo, igual que siempre, desde el mismo instante en el que nos conocimos.
—No te conviene tirar de ese hilo… —contesto en voz baja, y luego gesticulo con los labios la palabra «cari» mientras ladeo la cabeza.
La mirada se le endurece y se aferra al borde de la mesa, tal vez para contenerse.
—Vete ya, pringado. Nadie te quiere aquí.
Una mezcla de furia y adrenalina se apodera de todo mi cuerpo. Echo la silla hacia atrás con un chirrido y me pongo de pie de golpe.
—Pues mira, mejor, porque prefiero atragantarme con esta basura de comida antes que seguir viéndote la cara.
Le pego un puntapié a la silla y salgo de la sala hecho un basilisco para quitarme de en medio antes de explotar. Noto todas las miradas clavadas en mí a medida que me alejo, pero me la suda. Necesito largarme de aquí.
«Y alejarme de él lo máximo posible…».
Voy echando chispas todo el camino hasta mi residencia.
«Pero ¿quién se cree que es este gilipollas? No tiene ningún derecho a hablarme en ese tono».
Nunca le he dado ni un puto motivo para tratarme de esa forma, y, aun así, lleva años actuando como si lo insultara por el simple hecho de atreverme a respirar en su presencia, como si mi mera existencia le resultara una calamidad, y no logro entender por qué.
«¿Es porque mi madre se casó con su padre?».
«¿O porque somos diferentes…?».
«¿Por qué me odia tanto?».
Abro la puerta de mi habitación de golpe, entro dando pisotones y, tras pegar un portazo, empiezo a pasearme de un lado a otro, tirándome de los pelos.
Justo cuando creía que por fin estábamos avanzando y que quizá había dejado de odiarme tanto sin razón alguna, vuelve a comportarse como el cabrón arrogante y desagradable de siempre.
—Que le follen —gruño por lo bajo al tiempo que irrumpo en la cocina en busca de algo que me ayude a calmarme.
Abro una botella de Jack Daniels, bebo un buen sorbo y la cara se me contrae en una mueca ante su intenso sabor.
A continuación, me saco el vapeador del bolsillo, inhalo una larga y profunda calada y la retengo en los pulmones mientras cierro los ojos con fuerza.
Al soltar el humo acre, intento tranquilizarme, pero sigo enfadado, de modo que acabo dándole un par de tragos más a la botella para relajar los músculos y lograr moverme de nuevo.
Robin se acerca a mí con uno de esos juguetitos de menta gatuna que siempre lleva a todas partes en la boca y se restriega contra mis piernas. Parece percibir mi malestar y, cuando bajo la vista nublada hacia ella, consigue calmarme un poco.
La cojo en brazos y apoyo la cara en su cabecita peluda.
—Es que a veces es un cabronazo, ¿sabes?
Su ronroneo está contribuyendo a rebajar considerablemente mis niveles de ira. Arrastro los pies hasta el sofá, me desplomo sobre él y la acaricio mientras se acurruca en mi regazo.
«Menos mal que tengo a esta bolita de pelo para levantarme el ánimo».
—Si se piensa que voy a permitir que se plante aquí después de todo lo que me ha soltado, va listo —refunfuño, repasando mentalmente todas las veces que se ha presentado en mi puerta en mitad de la noche.
Al fin y al cabo, es lo que hace siempre, porque, por mucho que me odie, sigue disfrutando de nuestros momentos secretos a solas. Lo sé, se le nota.
Y, aunque desearía que no fuera así, yo también los disfruto.
«Si sus coleguitas supieran la verdad… Y Lexi… Mira que es tonta. Al tío no se le levanta ni queriendo cuando intenta follar con ella y la muy pava sigue loquita por él. Da pena».
Kyran Harbor guarda un secreto que solo yo conozco y ese pensamiento me consuela en cierto modo mientras mato el tiempo el resto de la noche. Me cambio la ropa por algo más cómodo, me sirvo un bol de cereales y luego pongo música en mi habitación para dibujar.
He hecho un boceto de Kyran sin darme ni cuenta, y no es el primero, por desgracia. Así que, para sentirme un poco menos patético, convierto este en una tira cómica de él en uniforme, a cuatro patas sobre el campo de fútbol, con la cara contra el césped y el culo en pompa.
«Como a ti te gusta, superestrella».
Estoy riéndome solo mientras dibujo a la gente animando en las gradas cuando llaman a mi puerta. Dejo caer la cabeza hacia delante y se me escapa un gruñido de impotencia.
«Tiene que ser una puta broma…».
Ignoro a propósito la satisfacción y la ligera pizca de emoción que me revolotean por dentro, me levanto y salgo tranquilamente del dormitorio. Pero no voy directo hacia la puerta. Me quedo de pie ante ella, con los brazos cruzados, mirándola lleno de rabia.
Entonces vuelvo a oír los golpes de unos nudillos. Por esa forma de llamar, tímida e impaciente a la vez, no me cabe duda de que es él. Así es como lo hace todo conmigo cuando no hay nadie cerca.
—¿Quién es…? —pregunto en voz alta con una sonrisita de superioridad.
—Avi… Por favor, ábreme —susurra Kyran al otro lado de la puerta—. Tenemos que hablar.
—Creo que ya has dicho suficiente —le espeto. Pero, aun así, me acerco sigilosamente y me asomo por la mirilla.
Lo veo cambiar el peso de un pie a otro y hundir los dedos entre los mechones dorados de su pelo con desesperación.
—Es que… necesito hablar contigo, por favor.
Levanta la vista hacia la mirilla y un escalofrío me atraviesa el cuerpo cuando nuestros ojos se encuentran a través de ella. Aunque sé que no me ve, estamos el uno frente al otro y la sensación me carcome el estómago igual que si un zombi me estuviera devorando vivo.
Odio con todas mis fuerzas el hecho de que me muera de ganas por dejarlo entrar. Ojalá pudiera mandarlo a la mierda…, pero mi cuerpo no parece tan dispuesto a rechazar su compañía como mi mente.
Llevo la mano a la cerradura mientras él recorre el pasillo de arriba abajo con la vista, inquieto.
—Avi…, por favor, déjame pasar —insiste, casi con un puchero en la cara, y pongo los ojos en blanco de lo tontísimo que soy.
Giro despacio la cerradura y abro la puerta. Solo una rendija.
Nuestras miradas se cruzan y nos observamos fijamente un segundo, ambos con el pecho subiendo y bajando por la expectación. Todos nuestros intentos de resistirnos están demostrando ser inútiles.
Por más que se esfuerce en alejarme de él, siempre acaba apareciendo en mi puerta. Y, por más que yo me empeñe en huir de la realidad, siempre acabo dándome de bruces con ella…
«No quiero que deje de presentarse de esta forma nunca».
Abro un poco más y lo veo pasar junto a mí.
Una vez que entra, cierro, echo el pestillo y apoyo la espalda contra la puerta, mordisqueándome el labio mientras él se mueve nervioso en su sitio y se retuerce las manos, con la vista fija en sus zapatos.
Sube los ojos despacio por mi cuerpo hasta posarlos en los míos.
Separa ligeramente los labios, pero no dice nada.
De pronto, siento un hormigueo en la piel. Los dedos me arden en deseos de tocarlo y de pegarme un bofetón a mí mismo luego por ser tan imbécil.
Debería gritarle y ponerlo de vuelta y media. Tal vez incluso darle un puñetazo en la cara. Pero no me apetece hacer nada de eso.
Me aparto de la puerta, invado su espacio personal y él retrocede hasta chocarse con la pared. Tiene los labios temblorosos, las mejillas sonrojadas y los ojos muy abiertos. No puedo contenerme más… Me atrae tanto que me resulta imposible pensar con claridad.
Cediendo a mis impulsos, agarro esa mandíbula cincelada y me arrimo a él. Cuando nota mi polla contra la suya, agita las pestañas.
—Yo… Avi, lo… —tartamudea, pero no le permito que termine la frase.
No quiero seguir escuchando lo que salga de su boca. Solo quiero saborearla…
Planto los labios en los suyos para interrumpir sus palabras y devoro el dulce jadeo de sorpresa que se le escapa, besándolo con rapidez y fiereza.
Apenas opone resistencia; no percibo ni rastro de sus titubeos habituales.
Se entrega a mí de inmediato y abre bien la boca para rozarme la lengua con la suya al tiempo que nos succionamos salvajemente entre gemidos.
Me desliza las manos temblorosas por la parte baja de la espalda y cuela los dedos por debajo de la cinturilla de mis pantalones. Mientras tanto, yo me limito a sujetarle la cara y continúo chupándole y mordiéndole esos labios carnosos hasta que siento cómo se me hincha el miembro.
Kyran me agarra de las caderas para acercarme más a él. Al restregarle la polla, noto la suya, dura y apretada, contra los pantalones, como si ansiara liberarse, lo cual me da una idea.
Lo beso unas cuantas veces más antes de apartar mis labios y girarlo con suavidad hasta que queda de espaldas a mí, con el torso apoyado contra la pared. Le doy un par de besos tiernos en la nuca y se arquea hacia mí mientras llevo la mano a su parte delantera para desabrocharle los pantalones.
El sonido de nuestras respiraciones agitadas resuena por toda la habitación a medida que me arrodillo, arrastrando sus pantalones y sus calzoncillos conmigo.
Le agarro el culo y admiro lo firme y redondo que es mientras la boca se me hace agua, como si estuviera a punto de darme un festín con alguna fruta jugosa y prohibida.
Le deslizo la mano entre las piernas y cierro los dedos alrededor de su polla, arrancándole un gemido. Tiro de ella hacia abajo y lo masturbo a la vez que le beso y mordisqueo el culo.