Capítulo dieciocho
Avi
L a música me llena los oídos a medida que mis dedos trabajan.
Deslizo el carboncillo, dibujando líneas, curvas y contornos sobre el papel. Con el pulgar, difumino algunas sombras mientras las letras de las canciones resuenan en mi mente.
Pero tengo que parar y coger aire, porque los pensamientos que me asaltan están empezando a imponerse sobre la realidad.
Me lío un porro y me recuesto en la silla para fumármelo, con los auriculares aún puestos y la mirada perdida en algún punto de la pared blanca de mi habitación.
El arte ha sido mi única y verdadera pasión desde que tuve edad suficiente para sostener una cera. Ya de niño, mis dibujos superaban con creces a los de mis compañeros de colegio.
Sin embargo, ese es el único talento que tengo, y mucha gente lo considera más una condena que un don. Llevo toda mi vida oyendo comentarios al respecto de boca de prácticamente todo el mundo, excepto de mi madre…
«Con eso no vas a llegar a ningún lado».
«El arte no te va a pagar las facturas».
«Unos dibujos maravillosos, pero ¿qué piensas hacer con tu futuro?».
Incluso aquí en la universidad, todo parece girar en torno al diseño gráfico, porque es la única rama del arte con la que puedes ganar dinero de verdad.
Y el diseño gráfico está muy bien… A ver, no se me da nada mal.
Pero, aun así, no me interesa. No me transmite nada… y, desde luego, tampoco me hace feliz.
La ansiedad que me invade al oír constantemente que no podré labrarme un porvenir con mi arte me incapacita hasta tal punto que me impide disfrutar de mi pasión.
De ahí que fume maría sin parar. A estas alturas, no sé si recurro a ella de un modo medicinal, como si fuera una especie de apoyo, o para anular mis sentimientos y así no tener que enfrentarme a la cruda realidad de que quizá nunca llegue a valer para nada.
Creí que venir a la Boston College me ayudaría a mantener los pies en la tierra y a ser más responsable. A dejar de vagar sin rumbo de una vez por todas y a descubrir quién coño soy y quién quiero ser. Pero, hasta ahora, lo único que he logrado es agravar mis inseguridades.
Aunque es cierto que aquí he tomado conciencia de mi bisexualidad, no creo que la universidad haya sido la responsable directa de tal revelación. Simplemente ha resultado ser el lugar donde me he dado cuenta.
Lo único que me ha dado la Boston College ha sido un motivo para convertirme en una estrella del porno.
Sí, ya lo sé… Decir «estrella del porno» es romantizarlo un poco.
Supongo que el término más realista sería «trabajador sexual», porque, al fin y al cabo, la gente me paga a cambio de grabarme manteniendo relaciones sexuales.
Ese es mi trabajo. Y, a pesar de cómo empezó todo, he de admitir que disfruto de él.
Me gusta estar en OnlyFans. Me encanta la atención que recibo, la pasta gansa que ganamos… y también el hecho de que todo este asuntillo haya contribuido a derribar parte del enorme muro que había entre Kyran y yo.
No obstante, esa parte sigue siendo un completo desastre, porque, a pesar de que a mí me agradan nuestros ratos juntos más allá del sexo, se nota que no compartimos precisamente el mismo modo de ver las cosas.
Kyran es el ejemplo perfecto del «ahora sí, ahora no». De un momento a otro, puede pasar de estar pegado a mí, como si fuéramos una misma persona, a transformarse en el mismo tipo gruñón, distante y esquivo que lleva siendo desde que lo conocí.
Y eso es lo más difícil de todo… No sé distinguir dónde acaba mi hermanastro, el que no me soporta, y empieza mi socio, el que me besa como si mis labios fueran lo único que lo mantuviera anclado a la tierra.
Todo se ha complicado demasiado. Sé que su cuerpo disfruta de nuestros encuentros…, pero su mente sigue viéndolos solo como un medio para ganar dinero, lo que hace que el desconcertante vínculo que estoy desarrollando con él resulte increíblemente inquietante.
Supongo que sí soy capaz de preocuparme por algunas cosas… Solo que no son cosas que vayan a servirme de algo. De hecho, parece que todo lo que me importa acaba siempre jodiéndome la vida de un modo u otro.
«Menuda tesitura».
Miro el dibujo en el que he estado trabajando y recorro con la yema del dedo el contorno del cuerpo que hay plasmado sobre el papel, deseando que fuese real.
Por más que suba el volumen de la música que suena en mis auriculares, no soy capaz de acallar el recuerdo de su voz ronca diciéndome lo mucho que me desea entre jadeos.
«Es solo algo físico —me repito a mí mismo una y otra vez mientras apuro el porro—. Te gusta la sensación de tocarlo, besarlo y follártelo, pero ya está».
«Nunca podrá ser nada más, porque él es tu hermanastro y lo hace por el dinero».
«Al igual que tú».
«Todo esto es solo una farsa… es por los fans».
El sonido de una alarma comienza a taladrarme el oído, interrumpiendo las letras de las melodías románticas que, por lo visto, no dejan de recordarme a él.
Levanto el móvil y deslizo hacia un lado la notificación que me avisa de la cena del equipo, que se celebrará en el estadio dentro de media hora.
Hace dos días, el entrenador Matthews envió un correo electrónico a todos los miembros del equipo —entre los que, al parecer, se incluyen jugadores, entrenadores, animadoras y hasta la mascota— para pedirnos que asistiéramos a una cena tipo bufet en la sala de conferencias del estadio.
No tengo muy claro de qué irá la reunión ni por qué es necesaria mi presencia, pero me imagino que querrá tratar algún asunto relacionado con los partidos que quedan de los playoffs y la preparación para la Rose Bowl.
La verdad es que no me apetece mucho ir, y menos sabiendo que Kyran estará allí.
No he hablado con él desde aquella noche de sexo por videollamada cuando se encontraba en Arizona.
Creía que se presentaría en mi puerta nada más llegar, pero me quedé esperando como el tonto ingenuo que soy.
Ni siquiera he recibido un mensaje suyo en los dos días que lleva aquí, y me niego a ser yo quien le escriba primero.
No quiero que parezca que voy detrás de él, porque no es así. No puedo torturarme de esta forma, viendo cosas donde en realidad no las hay o inventándome sentimientos que solo van a traerme más quebraderos de cabeza, como si no tuviera ya suficientes.
Se supone que debería estar descubriéndome a mí mismo, no confundiéndome más con preguntas que no conducen a ninguna parte.
Me pongo unos vaqueros negros limpios y una camisa de franela, me ato las botas, me enfundo el abrigo y salgo al frío de diciembre.
Aunque todavía no ha nevado, el pronóstico del tiempo ha anunciado nieve para los festivos de la semana que viene.
En teoría, debemos volver a casa para las vacaciones, y decir que la idea me pone nervioso es quedarse corto.
Solo de pensar en tener que activar el modo navideño con mi madre, Tom y Kyran, me dan ganas de tirarme de cabeza por una chimenea a lo Santa Claus.
A pesar de que el camino hasta el estadio es corto, llego con las manos como dos cubitos de hielo. Hay gente por todos lados. Veo a distintos miembros del equipo andando por los pasillos en dirección a la sala de conferencias, siguiendo el rastro del olor a comida.
Nada más entrar, me arrepiento de haber venido. La sala está llena de jugadores, entrenadores y animadoras. Nadie se percata siquiera de mi presencia conforme paso junto a las mesas del bufet, repletas de bandejas de comida caliente.
Aunque no busco a Kyran a propósito, mis ojos dan con él de inmediato.
Está de pie con algunos de sus compañeros de equipo, charlando entre risas.
Entonces alza la vista, como si hubiera notado que me he fijado en él, y nuestras miradas se cruzan durante una fracción de segundo, provocando que se me tense el pecho, hasta que aparta los ojos de mí y vuelve a centrarse en sus amigos.
Sacudo la cabeza y busco un sitio donde sentarme. Se ve que esta noche se ha propuesto tocarme los cojones, y no como a mí me gustaría.
El parloteo entre los distintos grupos de gente que se han formado dura unos cuantos minutos más, y yo no dejo de removerme incómodo en mi asiento, escudriñando los alrededores en busca de alcohol.
Por supuesto, no encuentro nada, lo cual era de esperar, teniendo en cuenta que la mitad de las personas que hay reunidas en esta sala ni siquiera han alcanzado la edad legal para beber.
Tampoco es que yo sea un borracho. O sea, me gusta pillar el puntillo en las fiestas, sobre todo para soltarme un poco y acallar esa sensación constante de no encajar en ningún sitio.
Pero ahora mismo daría lo que fuera por haberme escondido una botella de agua rellena de licor en el bolsillo del abrigo.
—Gracias a todos por venir —dice por fin el entrenador Matthews. A ver si terminamos de una vez y puedo largarme pronto de aquí…—. Tomad asiento, no os quitaré mucho tiempo. Vamos a hablar sobre la Rose Bowl y luego podréis disfrutar de la cena tranquilos.
Suelto un suspiro y capto por el rabillo del ojo la figura de Kyran acercándose hacia donde estoy sentado.
Hay una silla vacía justo a mi lado y noto que posa la mirada en ella; sin embargo, cuando giro la cabeza en su dirección, traga saliva y procede a darse la vuelta para sentarse en una mesa próxima a la mía, con Guty y Theo.
«Cómo no. ¿De verdad creías que iba a sentarse contigo?».
—Los Eagles han tenido una temporada impecable —prosigue el entrenador, con una voz tan potente que resuena por toda la sala—.
Y ha sido posible gracias a todos los que estáis aquí.
Juntos, hemos logrado uno de los mejores resultados de la historia de este equipo y el mejor de toda la NCAA esta temporada.
Un aplauso para vosotros. Os lo merecéis.
Todos estallan en vítores y gritos, sobre todo los jugadores, que eclipsan con su emoción al resto. Yo, por mi parte, me limito a aplaudir sin muchas ganas, sintiéndome completamente fuera de lugar.