Capítulo diecisiete #2
Los ritmos constantes de mi lista de reproducción me inundan los oídos y respiro hondo mientras soporto el peso, desconectando del resto del mundo y concentrándome únicamente en la sensación de ardor de los músculos.
Repito el mismo proceso en distintas máquinas de piernas, que es la zona que me toca ejercitar hoy.
Luego me dirijo al gran espejo que hay en la pared y me miro unos segundos antes de coger un balón medicinal.
Estoy haciendo sentadillas, contemplando cómo se me tensan los músculos y brillan conforme la fuerza va imponiéndose al dolor, cuando, de pronto, capto un movimiento por el rabillo del ojo.
Me detengo para apartarme un mechón rebelde de la cara y poso los ojos en una figura misteriosa que acaba de cruzar la puerta.
Se ha puesto a serpentear entre las máquinas, así que no he llegado a verle la cara, pero lleva unos pantalones de chándal grises y una camiseta de tirantes, igual que cierta persona cada vez que me paso por su apartamento.
Sacudo la cabeza, tomo una bocanada de aire y me preparo para descender de nuevo, pero entonces entrecierro los ojos y me fijo en los tatuajes del brazo del tío… y en el tono oliváceo de su piel.
«Me cago en mi estampa…».
Cuando el chaval se mueve a un lado, distingo una gorra de los Yankees del revés que oculta una mata de pelo oscuro y alborotado y una sonrisa maliciosa.
El balón medicinal se me resbala de las manos y se estampa contra el suelo con un golpe sordo.
—Joder… —murmuro entre dientes tras evitar por poco que me aplaste el pie.
Aunque ni siquiera soy capaz de pensar en eso ahora mismo, porque Avi está aquí, en mi gimnasio, invadiendo mi espacio personal.
Empieza a hablar, pero tengo la música demasiado alta y no oigo ni una palabra. Pauso la canción y le lanzo una mirada fulminante, con la mandíbula tensa por la rabia que me produce verlo en un sitio que se supone que debería ser mi refugio contra sus gilipolleces.
—¿Qué coño estás haciendo aquí? —gruño, recorriendo el entorno con los ojos para asegurarme de que no haya nadie prestándonos atención, pero, como era de esperar, todos están pendientes del espectáculo.
—Es que nunca había estado en este gimnasio, ¿sabes? —responde Avi con un suspiro mientras gira la cabeza para observar el entorno. Luego alza una ceja y añade—: El del centro de recreo es mucho más bonito…
—Cierra la boca —le ladro, y se vuelve lentamente hacia mí con los ojos entrecerrados—. Este sitio es solo para deportistas, ¿cómo leches has conseguido entrar?
—Soy parte del equipo. —Se encoge de hombros como si nada y esboza una sonrisita de gilipollas que me da ganas de pegarle un puñetazo.
—De eso nada —replico con firmeza—. Eres la mascota. Las mascotas no hacen nada.
Se ríe con desdén.
—¿Te crees que esos movimientos de baile salen solos?
Me paso los dedos por el pelo empapado de sudor, cierro los ojos y respiro hondo, tratando con todas mis fuerzas de no perder los estribos.
—Avi…, tienes que irte. No pintas nada aquí. —Lo miro fijamente—. Además, ¿tú entrenas, acaso? No te he visto hacerlo nunca en todos los años que te conozco…
—Pues sí, entreno —afirma, poniendo los ojos en blanco con exasperación—. Solo que no acostumbro a hacerlo delante de otros como si necesitara demostrar algo. —Eleva un poco las comisuras—. Ni a plantarme delante de un espejo para contemplar mi figura mientras levanto pesas.
Aprieto los puños a los lados.
—No estoy levantando pesas… Estoy haciendo sentadillas.
—Ah… —murmura—. Eso es más divertido de ver, claro.
—Que te den —le rujo desde muy cerca para que capte el mensaje—. Vete ya si no quieres que utilice tu cara de saco de boxeo.
Ladea la cabeza, mostrando absoluta indiferencia ante mis amenazas, lo cual me pone furioso, porque lo entiendo.
«¿Cómo va a intimidarte alguien que ha accedido por voluntad propia a que te corras en su culo?».
La simple idea me provoca un escalofrío que me recorre el cuerpo, pero me obligo a apartar esos pensamientos. Avi nunca me ha tenido miedo. El hecho de que hayamos follado no tiene nada que ver con su actitud. Es irrelevante.
Aun así, estar cerca de él me resulta todavía más complicado de lo normal desde que lo hicimos. No consigo sacarme el vídeo de la cabeza… Ni la forma tan perfecta en la que encajaban los cuerpos, como si hubieran encontrado el uno en el otro la pieza del puzle que les faltaba.
Tampoco puedo dejar de pensar en la manera en la que se estremecía y temblaba mientras se movía dentro de mí…
Ni en la cara que puso cuando le besé la mandíbula.
Todo este asunto se ha vuelto de lo más complicado, porque, por mucho que odie a esta persona, ahora guardo recuerdos con ella que no detesto en absoluto.
«Tengo que echarlo de aquí. No voy a ser capaz de concentrarme con él cerca».
—Por favor, Avi… —susurro con los dientes apretados—, vete de una vez.
—No puedo —dice suspirando, y me da unos golpecitos en la cadera con la mano antes de alejarse—. Hoy toca piernas.
Me guiña un ojo y la sangre comienza a hervirme en las venas. De hecho, creo que me estoy poniendo rojo como un tomate de la ira.
Sirviéndome de mi capacidad para evadirme del resto del mundo, retomo el entrenamiento, aunque no me sirve de mucho, porque no dejo de ser consciente de su presencia en ningún momento.
Y, encima, me da la impresión de que los demás también lo están mirando y preguntándose qué narices hace aquí, lo que solo contribuye a enervarme aún más.
Logro terminar las siguientes series, pero noto la sombra de Avi del mismo modo que se presiente una tormenta en los huesos; es como un dolor persistente que se niega a desaparecer.
No paro de deslizar los ojos hacia él en contra de mi voluntad.
Lo veo usar las mismas máquinas que yo, con el mismo peso y sin que parezca requerirle el más mínimo esfuerzo.
No entiendo cómo puede estar en tan buena forma. No tiene ningún sentido.
«Además, ¿para qué necesita ese cuerpazo? Si no lo utiliza para nada».
Solo les saca partido a sus manos, para dibujar y liarse los porros, y a su gigantesca boca, para soltar mierda.
«Bueno, y supongo que también a su polla, para… En fin, eso».
No consigo concentrarme en nada con el imbécil de mi hermanastro dando vueltas por aquí, y menos todavía cuando viene pavoneándose hasta mi lado de la sala y comienza a hacer peso muerto a escasos metros de donde estoy estirándome.
—No tienes buena postura —gruño, y él me mira con el ceño fruncido. Pongo los ojos en blanco, me acerco a él y le apoyo una mano en la parte baja de la espalda—. Endereza la columna o te vas a hacer daño.
Avi me lanza una de esas miradas de cervatillo que pone a veces cuando está confundido y que le hacen parecer un personaje de dibujos animados. Al verlo, siento un cosquilleo extraño en el estómago, pero decido achacárselo a la irritación que me produce su persona.
Mantengo la mano en su espalda para guiarlo.
—Así. Inténtalo ahora.
Él obedece y flexiona las rodillas mientras yo me agacho un poco para no mover la mano de su sitio. Cuando vuelve a enderezarse, asiento con la cabeza.
—Un poco mejor. —Sonrío—. Te he sentido temblar… ¿Demasiado peso para ti o qué?
Me mira y se pasa la lengua por el labio.
—No creo que ese sea el motivo…
Arrugo la frente, confundido, y entonces caigo en la cuenta de que lo estoy tocando. Retiro la mano de un tirón y doy un paso atrás.
—Bueno… Procura tener cuidado. Una mala postura te puede joder la espalda.
Curva los labios ligeramente hacia arriba.
—¿Eso es porque… no quieres que me haga daño?
Entrecierro los ojos y frunzo el ceño.
—Me da igual.
—A mí me parece que no te da tan igual… —responde, acercándose aún más a mí.
—Si lo que buscas es hacerte daño, yo te ayudo, gilipollas —le escupo, y él se ríe por lo bajo.
—Ahí está el Kyran que todo el mundo conoce y adora —dice, guiñándome un ojo.
«Joder, qué pesado es».
Me noto las mejillas ardiendo, y no sé muy bien por qué.
Desvío los ojos un instante hacia la camiseta ancha de tirantes que lleva puesta y que deja a la vista los músculos de sus costados…
tatuados y cubiertos por una fina capa de sudor.
Los pantalones grises de chándal le quedan por debajo de la cadera.
Son tan ceñidos que distingo la silueta del culo…
Recuerdo haberme aferrado a él… Y lo firme y redondito que parecía entre mis manos.
La garganta se me seca de golpe y el estómago comienza a darme vueltas.
—Me largo —gruño tras girarme bruscamente.
—Espera —grita. Me detengo a regañadientes y echo un vistazo hacia atrás por encima del hombro. Suelta la mancuerna en el suelo y viene hacia mí dando saltitos—. ¿Quieres hacerme de spotter ?
—No —resoplo, ignorando el olor que emana de su cuerpo, ese puñetero aroma que me resulta familiar y que no consigo identificar.
—Venga ya, no seas crío —insiste, acortando aún más la escasa distancia que nos separa.
«Hace demasiado calor. Tengo que salir de aquí».
—Que te den —murmuro otra vez, y procedo a alejarme de él a marchas forzadas, aferrándome a la hostilidad que me despierta conforme salgo del gimnasio…
Con la inconfundible sensación de que me está mirando el culo.
Estoy molido, pero no quepo en mí de la alegría.
Nos encontramos en Arizona y acabamos de ganar otro partido de los playoffs. Después de darles una buena paliza a los Wildcats y quedar treinta y dos a catorce, salimos a cenar y a celebrarlo como equipo, armando un jaleo impresionante y molestando a todos los demás en el restaurante.