Capítulo dieciséis
Avi
–C húpate esa, cabronazo —le gruño a la pantalla de la tele mientras pulso los botones del mando como un desquiciado para abrirle la cabeza a un zombi. Se la aplasto una y otra vez con una tubería hasta que le hago añicos el cráneo.
Suelto una risita por lo bajo, porque, en el fondo, tiene su gracia.
Estoy jugando a The Last of Us. Después de ese pequeño encuentro en el vestuario, decidí que lo mejor era volver a mi apartamento y pasar el resto de la noche a solas, así que ignoré los mensajes de mi madre diciéndome que quedáramos para celebrar la victoria con una hamburguesa.
No tengo del todo claro si se refería solo a mí o si también estaba incluyendo a Kyran, pero, de todos modos, dudo mucho que la superestrella del equipo vaya a perderse una fiesta llena de deportistas musculitos como él y tías tontas poniéndose hasta arriba de cerveza solo para estar con su familia.
Además, estoy reventado. He acabado tan hecho polvo que se me cierran los ojos a pesar de la acción del juego. A la tercera vez que me matan por haberme quedado medio inconsciente, dejo de resistirme al sueño y me desplomo en el sofá.
De pronto, oigo un ligero zumbido al fondo de mi mente. No sé si es real o si forma parte de un sueño raro, pero entonces unos golpes en la puerta me despiertan del todo.
Aunque no son fuertes, sí parecen bastante insistentes. Me incorporo, me froto los ojos para espabilarme y miro el reloj: son las dos y cuarto.
Me acerco a la puerta con cuidado y echo un vistazo a través de la mirilla, porque no tengo ni idea de quién puede haberse presentado aquí a unas horas tan intempestivas. Aunque, en realidad, sé de quién se trata incluso antes de comprobarlo.
Es Kyran, cómo no. Está ahí de pie en el pasillo, aporreando la puerta sin parar mientras le escribe a alguien en el móvil.
Suelto un suspiro y abro.
—¿En serio? Por el amor de Dios, que no son horas…
Se cuela dentro y se quita el abrigo con un encogimiento de hombros.
—Te he enviado un montón de mensajes, pero no contestabas.
—Porque estaba durmiendo —murmuro, haciendo énfasis en la última palabra, y luego me cruzo de brazos—. ¿Qué quieres, Kyran?
Parpadea sin dejar de mirarme, como si no entendiera la pregunta, lo cual provoca que me sienta igual de frustrado que antes.
Me cabrea que tenga los cojones de plantarse aquí a escondidas en mitad de la noche después de haberme tratado como a un mindundi delante de sus colegas.
No me sorprende en absoluto, pero, aun así, me molesta.
Agacha la cabeza y clava la vista en sus zapatos. No puedo evitar fijarme en su pelo color arena, más alborotado que de costumbre, y sus mejillas sonrojadas por el frío.
Permanece en silencio, poniendo a prueba mi paciencia.
—¿Has venido solo a lucir palmito o necesitas algo?
Alza la barbilla hasta que nuestras miradas se encuentran.
—Es que… no estoy cansado.
Arrugo la frente.
—Vale, ¿y…?
—He pensado que… —comienza a decir, pero se detiene para aclararse la garganta—. He pensado que quizá te apetecería… pasar el rato conmigo.
Entrecierro los ojos.
—Antes no te parecía tan digno de tu compañía. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? Ah, espera, ya lo sé. Como ahora no están tus amiguitos mirándonos, sí puedes hablarme normal…
Frunce los labios.
—Piensa lo que quieras, Avi. Te he hecho un favor. Nunca has mostrado interés en juntarte con los del equipo.
—Gracias. Eres un cachito de pan —replico con sarcasmo.
Lleva razón. No me interesa ni en lo más mínimo moverme por sus círculos. No debería ofenderme que se presente en mi puerta a altas horas de la noche cuando ya no hay miradas curiosas. Al fin y al cabo, es lo que acordamos.
No somos amigos. Somos solo dos conocidos que comparten un negocio y ya está.
De modo que reprimo los sentimientos extraños e incómodos que amenazan con atenazarme el pecho y me acerco a él.
—Déjame adivinar… No has podido empalmarte con las animadoras, ¿verdad?
Ahora es Kyran quien entrecierra los ojos de la rabia.
—Vete a la mierda. No tienes ni idea de nada.
—Ah, ¿no? —murmuro, y sigo aproximándome a él, hasta que casi nos rozamos. Entonces le agarro la barbilla con los dedos—. ¿No estabas pensando en nuestro secretillo en el vestuario…?
Me aparta la mano de un tirón.
—Como vuelvas a tocarme, te reviento, gilipollas.
Esbozo una sonrisita despreocupada y me giro sobre los talones.
—Perfecto. Estaré en mi habitación, avísame cuando te sientas preparado para admitir cuál es el verdadero motivo de tu visita.
Me alejo tranquilamente y voy un segundo al baño para refrescarme, porque es cuestión de tiempo que deje la cabezonería a un lado y se dé cuenta de que estoy en lo cierto.
Una vez en mi habitación, coloco el trípode y preparo la nueva cámara que me he pillado para grabar como es debido. Cojo el móvil, le echo un vistazo y veo notificaciones de mensajes nuevos en la parte superior, pero decido no leerlas ahora mismo y me centro en mejorar la iluminación.
«Son negocios. Estoy trabajando. Nada más».
«Que se me haya puesto dura ahora mismo son solo gajes del oficio».
Al cabo de unos minutos, oigo unos pasos que se acercan y enmascaro mi sonrisa triunfante con un suspiro.
«Cómo me gusta tener razón…».
Me doy la vuelta para hacerle una pregunta, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta cuando lo veo en calzoncillos. Trago saliva, incapaz de hacer otra cosa.
«Vale… Es solo… un cuerpo».
Kyran avanza tímidamente hasta la cama, se mete dentro y se tumba bocarriba, dejando escapar una bocanada de aire temblorosa.
—Entonces…, le echaremos un vistazo antes de que lo subas, ¿verdad? Para asegurarnos de que no estoy… estamos haciendo el ridículo.
Asiento con la cabeza y aleteo las pestañas, intentando recordar cómo se habla.
—Eh… Sí, claro. Como quieras.
«Ridículo es haber dicho eso…».
Kyran inclina la cabeza en un gesto de aprobación, procede a acomodarse en la cama y le da una patada a algo. Pega un respingo y, cuando levanta el nórdico a toda prisa para comprobar qué hay debajo, se encuentra con un gatito profundamente dormido.
La cara de pánico que tiene en este instante resulta de lo más satisfactoria.
—¿Puedes llevarte a esa cosa a otro lado?
Se me escapa una risita al oírlo. Me acerco y cojo a Robin en brazos.
—¿Qué te pasa? ¿No te gustan los gatos?
—Pues no, la verdad.
Balanceo al animal delante de su cara y lo mira con el ceño fruncido.
—Aleja a ese bicho de mí.
—¡Pero si es monísima! —digo, sonriendo—. Acaríciala un poquito, verás.
—No. Venga ya, Avi. Deja de hacer el tonto —gruñe, y suelto un suspiro.
—Vale —respondo y, acto seguido, hablando alto para que me oiga, le digo a Robin—: Te lo dije. Es un cascarrabias.
Me la llevo al salón, la acurruco en su mantita de pelito y regreso a la habitación. A excepción del aro que está sobre el trípode, todas las bombillas dan una luz tenue que contribuye a crear un ambiente íntimo, lo cual es bueno.
«No hay nada peor que enfrentarte a algo que nunca has hecho con una luz muy fuerte».
Creo que no era consciente de que íbamos a follar hasta que he pulsado el botón de grabar, porque, de pronto, me noto las manos sudorosas y el estómago revuelto, como si estuviera bailando el Harlem Shake.
Me froto las palmas contra los pantalones y me dejo caer en la cama con suavidad, a los pies de Kyran.
—Bueno… ¿Y cómo empezamos? —pregunto, bajándome la cremallera de la sudadera.
Él sigue el movimiento de mis dedos con la mirada y fija los ojos en el lugar donde se separa la prenda, hasta que me la deslizo por los hombros y me la quito.
—Eh… No sé —responde, inquieto.
Aunque no logro comprender por qué, me gusta tenerlo así ante mí.
Me arrastro sobre él despacio y abre los ojos de par en par, pero, para mi sorpresa, separa las piernas instintivamente para hacerme un hueco.
—¿Qué tal si nos lo tomamos como un ensayo? —Le recorro los abdominales con la mano hasta llegar al pecho y le apoyo la palma sobre el corazón para sentir sus latidos desbocados—. Para ver si… nos sale bien y eso.
Lo oigo tragar saliva con dificultad y centro de inmediato toda mi atención en su garganta.
—¿Por qué no iba a salirnos bien? —susurra con voz ronca.
—Me refiero a que a lo mejor no hacemos buena pareja delante de la cámara —aclaro, tratando de controlar el temblor que me provocan las ganas—. No sabemos si va a haber química entre nosotros…
Mis palabras no parecen tranquilizarlo en absoluto, pero asiente con la cabeza y luego desvía la vista hacia la cámara. Lo agarro de la mandíbula y tiro de él hasta que no le queda más remedio que mirarme.
—Olvídate de eso —susurro, y acerco mi boca a la suya, cediendo al hambre que me consume por dentro—. Concéntrate en lo que estamos haciendo y en las sensaciones que te despierta…
Suelta una pequeña bocanada de aire y la absorbo con avidez. Sabe de maravilla… Como a una mezcla de licor de canela y lujuria secreta. Entreabro la boca poco a poco y le succiono el labio inferior con suavidad hasta que no puedo evitar gemir.
«¿Cómo es posible que una boca tan venenosa tenga un sabor tan dulce?».
Kyran se muestra tenso al principio, como de costumbre, pero, cuando separo más los labios, él me imita y entonces le deslizo la lengua dentro de la boca para tocar la suya.
«Joder, pues no había sido casualidad».
Sentirlo me da tanto placer como aquella vez en el baño de la fiesta. Solo que, en esta ocasión, ninguno de los dos lleva nada de ropa, no hay nadie cerca y él está en mi cama, retorciéndose debajo de mí mientras noto su polla dura contra la mía.
Le paso las manos por la cara y el pelo para mantenerlo firme en su sitio conforme nuestros besos van convirtiéndose en una cacería carnal y los jadeos, acompañados del susurro de las sábanas, inundan el aire.
Deslizo los dedos hacia abajo y le acaricio las curvas de los músculos del pecho y el abdomen antes de colarme por debajo de la cintura de sus calzoncillos.