Por los fans Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

Después de haber leído sobre los Hokies, no esperaba menos de ellos. El partido está demostrando ser tan intenso como todo el mundo preveía, de modo que me limito a batir las alas y mantenerme lo más alejado posible de mi hermanastro para no interferir en el resultado.

La primera mitad se pasa en un suspiro. Cuando dan la advertencia de los dos minutos, Kyran abandona el campo dando pisotones y visiblemente agotado mientras el entrenador Matthews ladra órdenes a nuestra defensa.

Se desploma en el banquillo y se quita el casco de un tirón para beber un poco de agua. Empiezo a acercarme por su derecha, sin tener muy claro si me renta que me arranque la cabeza solo por querer hablar con él.

Sin embargo, para mi sorpresa, se gira y dice:

—Ese gilipollas se está riendo de mí.

Al principio, creo que se refiere a algo que he hecho yo, pero enseguida me doy cuenta de que está hablando conmigo, no de mí, de modo que me dirijo hacia él trotando y lo miro con la cabeza de águila ladeada.

—Johannes…, su quarterback —aclara, y se echa otro chorro de agua en la boca. Al verlo, se me agitan los dedos—. Se está midiendo directamente conmigo e intentando copiar nuestras jugadas. —Alza la vista en mi dirección—. Quiere cansarnos. A Guty y a mí…

—Pues no dejes que lo haga —murmuro.

Se ríe y sacude la cabeza mientras fija de nuevo los ojos en el terreno de juego, en Mike Johannes en concreto, el quarterback de los Hokies, que lanza el balón a su wide receiver para conseguir un primer down.

Me arrimo un poco más a él.

—Lo digo en serio, Kyran. Si algo sé de ti es que nunca te rindes. Eres terco como una mula. Aprovéchate de eso. La defensa se encargará de contenerlos. Tú céntrate en seguir lanzando pepinazos, como hasta ahora, y verás como la victoria es tuya.

Me observa un segundo y eleva ligeramente la comisura de los labios.

—Lanzando pepinazos —repite, soltando una risita por lo bajo—. Qué guasa tienes.

Me quedo petrificado. Me cuesta asimilar el hecho de que esté sonriéndome a propósito y me haya dedicado un cumplido. Me resulta tan raro que, por un momento, creo que estoy alucinando.

«¿Habré mezclado las gominolas con las setas otra vez?».

El rugido de la multitud nos saca de nuestra burbuja y ambos volvemos la cabeza hacia el campo. Kyran se pone de pie de un salto.

Han placado a Johannes y el balón se ha quedado libre.

Todos se abalanzan sobre él y Kyran mueve la cabeza de un lado a otro, intentando ver quién lo tiene. Cuando el árbitro los separa, mi hermanastro grita:

—¡Vamos, joder!

Hemos recuperado el balón.

—¡Toma ya! Una buena dosis de humildad para esas perras. —Lo zarandeo por los hombros mientras se ríe.

Me dedica una breve sonrisa llena de euforia antes de volver a ponerse el casco y trotar hacia su equipo.

Una calidez inusual me recorre por dentro… En el pecho me brota una emoción que me resulta completamente nueva y excitante. Y estoy hecho un lío, porque se supone que yo odiaba a este tío. «Anda, mira. Sin haberlo deseado, me ha salido un pareado».

Me muerdo el labio y observo a Kyran entrando en el campo y gritando cosas a sus compañeros.

«Qué guapo está… ¿Por qué está así de guapo?».

«¿Y por qué me estoy fijando en eso?».

Sacudo la cabeza para sacarme esos pensamientos de la mente, me desplomo en el banquillo y me recuerdo a mí mismo que no debo babear por él.

«No te dejes llevar por esas sonrisitas tímidas ni por el culazo que le hacen esos pantalones ajustados. Sigue siendo el gilipollas de tu hermanastro».

«Tu socio secreto…».

«Y nada más».

Tengo el corazón en un puño, lo cual me parece increíble, porque a mí el fútbol siempre me la ha pelado bastante.

Entiendo por qué le gusta a la gente. Yo mismo veía algún que otro partido, como aquel en el que los Patriots perdieron contra los Giants en la Super Bowl y toda Nueva York empezó de pronto a tratar a Eli Manning como si fuera un dios por haber vencido a Tom Brady.

Pero los deportes nunca han sido lo mío… Hasta ahora.

El equipo de mi universidad está aferrándose con uñas y dientes a la mínima ventaja que le sacan a los puñeteros Hokies (vaya nombre de mierda, de verdad…). Van cuarenta y cinco a treinta y ocho, y solo quedan dos minutos para que acabe el partido.

Virginia Tech tiene el balón y están siendo insoportables, avanzando por el campo de forma imparable y consiguiendo un down tras otro con la intención de anotar un touchdown para empatar.

Kyran está sentado en el banquillo, moviendo la rodilla a toda velocidad mientras sigue con los ojos cada jugada de Johannes.

Casi puedo percibir cómo giran los engranajes de su cabeza y sus pensamientos obsesivos se superponen al tumulto del estadio.

Nada le haría apartar la mirada del campo en este momento. Ni mis típicas payasadas ni mi imitación de Michael Jackson agarrándose la huevada. Está completamente concentrado en el juego.

Y, pese a que no quiero reconocerlo, estoy nervioso. Nuestra defensa está agotada, al igual que nuestra ofensiva. Este partido va a acabar con la estabilidad mental de todos. A estas alturas, creo que nos hace falta un milagro para que no empaten, y, por desgracia, los milagros no existen.

A un minuto de dar por finalizado el partido, los Hokies anotan un touchdown, se sacan de la manga una conversión de dos puntos y consiguen colocarse por delante, de modo que quedan cuarenta y cinco a cuarenta y seis.

Kyran se lleva las manos a la cabeza y, cuando empieza a tirarse del pelo con fuerza, me invade la repentina necesidad de ir a consolarlo. No sé a qué se debe este impulso… Nunca he sido de los que se dejan guiar por la empatía, pero no puedo verlo derrumbarse de esta forma.

«Si pierde la confianza en sí mismo, entonces sí que no tendremos nada que hacer».

—Ky… —Me acerco dando pasos firmes a la zona donde se encuentra de pie, con los hombros caídos en actitud de derrota—. No está todo perdido hasta que se haya acabado, ¿vale?

—Venga ya, Avi… —resopla, y vuelve a colocarse el casco con furia.

—Hablo en serio —gruño, y sus ojos se encuentran con los míos. Es lo único que asoma por debajo de este absurdo disfraz de águila, así que me aseguro de mantenerle la mirada para darle dramatismo a mis palabras—. Los tienes en bandeja. Su defensa está hecha polvo ahora mismo, ¿me oyes?

En sus ojos percibo cómo la desesperación va transformándose poco a poco en una determinación férrea cuando el entrenador Matthews reclama su presencia a voces.

—Tú no eres de los que se rinden sin luchar… Créeme, lo sé muy bien —digo con una sonrisa, aunque no puede verla.

Eleva las comisuras de los labios ligeramente, pero se contiene y disimula el gesto con su habitual ceño fruncido.

—Que te follen.

—¡Eso es! —Aplaudo—. Saca toda esa rabia y dales una buena paliza a los Hokies.

Me aparto de él y voy dando saltitos de un lado a otro de cara a la multitud.

Levanto las manos una y otra vez para que hagan algo de ruido y obedecen de inmediato.

Todo el mundo se pone a gritar hasta desgañitarse y las gradas tiemblan bajo el estruendo de los aplausos y los pisotones al ritmo de las últimas notas de We Will Rock You.

Estoy dándolo todo para que no decaigan los ánimos, con la esperanza de que los vítores del público le brinden un chute de energía a nuestro equipo. Solo necesitamos un gol de campo para ganar el partido…

Cuando Kyran se reincorpora, se mueve con una precisión brutal. No cabe duda de que no piensa rendirse sin luchar. Conseguimos cuatro primeros downs consecutivos gracias a Guty, que rompe la defensa del Virginia Tech, ya exhausta, y avanza velozmente por el terreno de juego.

A diez segundos de acabar el partido, nos encontramos en la yarda cinco, intentando anotar un touchdown. Si no lo logramos, Theo tendrá que patear el gol de campo. No ha fallado ni uno en toda la temporada, pero la presión no deja de ser abrumadora.

Aun así, Kyran Harbor parece jugar mucho mejor bajo presión.

Llega el saque final y nuestro quarterback retrocede, escaneando el campo en busca de sus compañeros, pero todos están cubiertos y no puede pasarle el balón a nadie.

Así que sale disparado.

Corre como un condenado, esquiva todos los cuerpos que se interponen en su camino, se lanza él mismo a la zona de anotación y consigue el touchdown de la victoria.

En cuanto el árbitro levanta los brazos, parece desatarse el puto apocalipsis en el estadio. Nunca he oído nada parecido. La gente se pone a gritar a pleno pulmón y, siendo sincero, yo también.

Estamos todos pegando saltos como locos, chillando y bailando de la emoción por haber ganado el partido más épico de todos, y ha sido nuestro quarterback estrella el que lo ha hecho posible.

Lo ha petado. No encuentro otras palabras para definirlo… Qué orgulloso estoy de él.

«Aunque eso tampoco hace falta que lo sepa».

El resto del equipo saca a Kyran a hombros del campo tras esta victoria monumental en playoffs. Cuando se quita el casco, su cara rebosa felicidad. Tiene las mejillas encendidas y los ojos húmedos. Es una pasada verlo así.

Me quito la cabeza del disfraz y salgo escopeteado hacia él con una sonrisa.

—Sabía que lo lograrías. —Le doy una palmada en la espalda y él me dedica otra sonrisa, respirando con dificultad por toda la adrenalina.

—Sí… Gracias —responde en voz baja mientras recorre con la mirada a la multitud que clama su nombre.

—Se te da bien lanzar y correr, lo tienes todo —añado, apartándome el pelo sudado de la frente.

Me pone una mueca, pero ni siquiera así logra borrar la euforia que se le refleja en la cara.

—Solo han sido cinco yardas…

—Ya, claro. —Entrecierro los ojos y él suelta una carcajada—. Bueno, has estado increíble. Imagino que vas a celebrarlo a lo grande con el equipo, ¿no?

La sonrisa se le apaga un poco y parpadea, confundido. Separa los labios, como si quisiera decir algo, pero, antes de que responda, Guty y Theo llegan y se abalanzan sobre él.

Guty le pasa un brazo sobre el hombro.

—¡Nueve, eres un puto máquina, tío!