Capítulo catorce #3
«Deja de resistirte ».
Una parte de mí quiere protestar y recalcar que esto no es propio de mí, que lo odio porque es un porrero de mierda que sonríe por encima de sus posibilidades y que no me conoce ni en lo más mínimo.
Sin embargo, al mismo tiempo, estoy cansado de fingir que todo este trabajillo secreto no es lo más excitante que he experimentado en la vida. Cansado de actuar como si no se me acelerara el corazón al saber que hay gente suplicándonos ver lo que hacemos a puerta cerrada.
«No tiene por qué significar nada… Al menos, por ahora».
Es solo una actividad totalmente opuesta al fútbol, en la que puedo permitirme ceder el control, dejar a un lado las responsabilidades… y limitarme a hacer el tonto con él, aunque solo sea por un tiempo.
«Cuando logremos reunir el dinero que necesitamos, adiós muy buenas».
Aprieto los labios y meneo ligeramente la cabeza, sin saber qué responder.
Pero a Avi no parece importarle que yo esté perdido, confundido e inseguro. Apoya los labios sobre los míos un instante y susurra:
—Deberíamos follar, Kyran.
El corazón se me acelera y entrelazo los dedos con los suyos mientras sigue sujetándome las manos contra el suelo.
—Por los fans…, ¿verdad? —murmuro.
Él aletea las pestañas, me mira y asiente despacio con la cabeza.
—Sí, claro, por supuesto… Por los fans.
No quiero ni pararme a pensar en lo dura que se me ha puesto la polla, porque ni yo mismo lo entiendo, así que, en su lugar, decido centrarme en los negocios que nos traemos entre manos.
—¿Estás seguro de que vas a poder aguantar que te la… meta… —me atraganto con las palabras— por el culo?
Suelta una risa grave y presiona las caderas contra las mías, de tal modo que nuestros miembros vuelven a encontrarse. Odio con todas mis fuerzas lo mucho que me enciende su tacto.
—A mí me parece que tendría más sentido al revés.
Un escalofrío me recorre el cuerpo y niego con la cabeza.
—Ni de coña. No vas a acercarme la polla al culo.
—¿Eso quién lo dice? —susurra, deslizándome los labios por la mandíbula.
—Yo.
—Mmm… Tú no sabes lo que quieres. —Me besa el cuello—. Yo creo que te encantaría que te la metiera… por el culo.
Se me escapa un ligero jadeo, pero trato de disimularlo aclarándome la garganta.
—No. Vas a ser tú el que recibe —replico, y se aparta de mí para mirarme con los ojos entrecerrados—. Fin de la discusión, Avi.
—Mejor lo echamos a suertes. —Sonríe.
—¡Que no, joder! —Le suelto las manos de un tirón—. No pienso lanzar una moneda para decidir quién se folla a quién.
—Porque te da miedo no catar mi rabo.
—Voy a partirte la cara. —Me incorporo sobre los codos y lo fulmino con la mirada mientras él se echa hacia atrás.
—A ver, ¿qué quieres? No voy a dejar que me folles porque te pienses que estás al mando —se burla. Entonces traza el contorno de mi polla con los dedos y no puedo evitar estremecerme—. Creo que ambos sabemos que te vendría muy bien ceder el control y desestresarte un poco.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Me estás diciendo que meterme tu rabo es como pasar un día en el balneario?
—Puede ser. —Ensancha la sonrisa y se encoge de hombros—. No lo sabrás hasta que lo pruebes…
—¿Ves? Por eso no podemos hacerlo —resoplo—. Somos incapaces de ponernos de acuerdo en nada.
Avi se quita de encima y se levanta.
—Ahí es donde te equivocas. —Me tiende una mano y me quedo mirándola—. Podemos ponernos de acuerdo perfectamente, pero tienes que dejar de ser tan cabezota.
Exhalo con fuerza, dejo caer los hombros y me relajo lo justo para cogerle la mano. Tira de mí para ponerme de pie y, en vez de soltarme, me lleva a rastras a su habitación.
—¿Qué…? —Poso los ojos en su cama, donde nos la chupamos mutuamente la última vez que estuve aquí, y trago saliva—. ¿Qué se te ha ocurrido?
—Ninguno de los dos ha hecho nunca nada que implique el culo… —Alza una ceja—. ¿Verdad?
Aprieto los dientes, intentando sobreponerme al caos que reina en mi cabeza.
—Pues claro que no.
—Entonces, si alguno de los dos va a recibir, vamos a tener que prepararnos —dice, y me observa como si esperara una respuesta, pero yo me limito a devolverle la mirada—. Como cuando hay que imprimar un lienzo.
—¿«Imprimar»? —resoplo—. ¿Qué clase de palabra es esa?
—Un verbo, no le des más vueltas. —Se quita la camiseta y se baja los pantalones.
No lleva nada debajo, así que ahora está de pie delante de mí, completamente desnudo, con solo una gorra del revés y una sonrisita, como si la puta situación en la que nos encontramos le pareciera graciosísima.
—Tío…, ¿qué coño haces? —Aparto la vista y él suelta una carcajada.
—Kyran, por el amor de Dios… —dice con un suspiro. Se dirige pavoneándose a la cama y se deja caer en ella—. ¿Cómo vamos a follar si ni siquiera eres capaz de mirarme cuando estoy desnudo?
—Buena pregunta… —murmuro, echándole un vistazo de soslayo.
Está tumbado de lado, observándome, con la polla medio dura y la cabeza apoyada en la palma. Al verlo, me invade un remolino de emociones…, pero la que más parece apoderarse de mí es el enfado, porque su actitud me exaspera tanto que siento la imperiosa necesidad de llevarle la contraria.
De soltarme y de seguirle el rollo para demostrarle que no soy el capullo remilgado y engreído que él se piensa.
Así que, con ese pensamiento en mente, me saco la camiseta por la cabeza y la lanzo al suelo. Luego me descalzo y me quito los pantalones. Avi me observa con una ceja arqueada, a la que respondo poniendo los ojos en blanco mientras me bajo lentamente los calzoncillos y los tiro a un lado.
Verlo babear por mi pene de una manera tan flagrante me resulta bastante satisfactorio, pero también me pone nervioso y acabo cubriéndome con las manos por instinto. Por desgracia, sigo medio empalmado, de modo que me asoma la mitad de la polla y no puedo hacer nada para evitarlo.
—¿Quieres venir de una vez, por favor? —musita con voz grave y tranquila. Niego con la cabeza y me lanza una mirada impaciente—. Kyran…, déjate de tonterías y trae aquí ese culazo. Venga.
—Te odio —farfullo entre dientes. Acto seguido, me acerco con indecisión y me siento al borde de la cama.
—Ya, me ha quedado claro.
Entonces separa las piernas y clavo los ojos de inmediato en la pared.
—Avi, joder… —Sacudo la cabeza—. Es que eres…
—Tío, no le des más vueltas. —Se incorpora y me agarra del brazo para tirar de mí hacia él—. Los dos tenemos rabo, huevos y culo. —Lo miro y trago saliva, con la cara ardiendo—. A ver… ¿A ti te atrae la idea de metérmela?
La polla se me agita en respuesta a su pregunta y me muerdo el labio, intentando fingir que no soy consciente de lo rojas que tengo las mejillas en este instante.
—Vale, ahora sabes cómo me siento yo —dice Avi con una sonrisita, fijándose en mi polla—. Al final no se ha quedado tan tonta como parecía, ¿eh?
—Yo no lo afirmaría tan alegremente —replico, con la voz mucho más entrecortada de lo que me gustaría.
—Por lo menos a tu rabo no le da miedo admitir lo que le apetece hacer… —contesta en tono burlón, y me suelta para acercarse a su mesita de noche.
Rebusca en el cajón un segundo mientras yo me quedo sentado en su cama, muriéndome de vergüenza por lo humillante de la situación. Creía que estaba bebido de sobra, pero ni todo el alcohol del mundo podría haberme preparado para esto.
Cuando se da la vuelta con un bote de lubricante, se me tensa la espalda y abro los ojos como platos.
—¿Para… para qué es eso?
Se ríe.
—Se llama «lubricante » . Sirve para lubricar.
Lo fulmino con la mirada.
—Ya lo sé, gilipollas. Lo que te estoy preguntando es cómo vamos a usarlo para decidir quién se folla a quién. Y no, no es porque me dé miedo no catar tu rabo.
Esboza una sonrisa de oreja a oreja y pongo los ojos en blanco de nuevo.
—Como te he dicho, tenemos que prepararnos para la penetración, así que se me ha ocurrido que la mejor manera de elegir al pasivo es ver quién disfruta más con los preliminares.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—No voy a repetirlo —refunfuña, abriendo el bote y echándose un poco de lubricante en los dedos—. ¿Prefieres hacerlo solo o te los meto yo?
Me quedo mirándolo con la boca abierta por lo menos cinco segundos que se me hacen eternos. Creo que no he estado nunca tan desconcertado como ahora.
«En serio… ¿Qué cojones estoy haciendo aquí?».
—Kyran… —susurra Avi, con una voz ronca que me eriza la piel de todo el cuerpo—, ¿quieres meterme el dedo tú? ¿O prefieres ver cómo me lo meto yo?
—No… no lo sé —tartamudeo, con la cabeza dándome vueltas de repente.
Él me coge la mano.
—No pienses, responde.
—Quiero… —balbuceo, y la boca se me inunda de saliva— quiero hacerlo yo.
Entonces trepa sobre mí y no me queda más remedio que tumbarme en la cama.
—O sea que quieres meterme el dedo tú, ¿no?
—pregunta para asegurarse de haberme escuchado bien, y asiento con vehemencia.
El corazón se me estrella contra las costillas cuando me separa las piernas y se arrodilla entre ellas—.
Vale, yo te lo meto a ti y tú me lo metes a mí.
El primero que se corra es el que recibe.
—¿Q-qué? No… —Me tiemblan los labios, pero Avi ignora mis palabras indecisas y mi tembleque descontrolado.
Me echa una generosa cantidad de lubricante en los dedos, arroja el bote a un lado y se inclina sobre mí. Al percatarse de que la incomodidad me ha paralizado por completo, pone los ojos en blanco y pasa la pierna por encima de mi brazo para acercarme el culo a la mano.
—Venga, Kyran, anímate —dice, y posa los ojos en mi miembro—. Mira cómo la tienes… Lo estás deseando. Deja de intentar convencerte de lo contrario.
Suelto un suspiro nervioso y asiento, porque la verdad es que tengo muchas más ganas de saber lo que se siente al introducirle los dedos que de experimentar lo mismo en mis propias carnes.
Aunque una pequeña e ínfima parte de mí se pregunta si me gustará notar sus dedos dentro de mí.
Si me hará daño… O si me provocará un placer irresistible…
El miedo amenaza con apoderarse de mi mente, pero lo aparto a un lado. Me centro en Avi, en lo seguro que parece y la calidez que desprende.
Le agarro el muslo con la mano izquierda y le deslizo lentamente entre las nalgas los dedos que me ha pringado de lubricante.
Entonces se le escapa un gruñido y traga saliva con dificultad, dejando entrever por fin un ápice de vulnerabilidad.
Su reacción me proporciona el chute de adrenalina que necesito para acariciarle en círculos la entrada del ano con la punta de un dedo.
—¿Empiezo con uno…? —La voz me sale demasiado ronca, pero no me importa en lo más mínimo. La polla me palpita y los huevos me duelen de la tensión.
—Será lo mejor, sí —susurra, y me coloca el dedo índice entre las nalgas.
—E-espera… —El pecho me sube y baja de una manera tan descontrolada que roza lo humillante—. Necesito… relajarme un poco.
—Vale, pues métemelo tú primero. —Se pasa la lengua por los labios.
—Deja de mirarme —gruño, a lo que responde con una sonrisita e inclinando el rostro sobre el mío.
—¿Así está mejor? —murmura contra mis labios.
Impulsado por las ganas de recuperar el control, o de bajarle un poco los humos, le introduzco sin previo aviso el dedo lentamente hasta el nudillo.
Entonces gime y se estremece.
—Joder, hostia puta…
—¿Te… te gusta? —pregunto con un hilo de voz, y la polla me gotea al sentir la calidez de sus estrechas paredes agarrándome el dedo.
—Es… distinto —susurra, acariciándome el ano con la yema, y comienzo a temblar. Retiro el dedo y vuelvo a introducírselo.
—Despacio, cari —gimotea.
—Como vuelvas a llamarme así, te meto la mano entera y te relleno como un pavo —le advierto, pero él se ríe y desciende los labios hasta mi cuello.
Odio que se me erice la piel y que los huevos me palpiten de esta forma por su culpa, al igual que odio que mis palabras no lo intimiden en absoluto. No le teme a nada, y eso me resulta… frustrante.
Vuelvo a deslizar el dedo dentro de él, metiéndolo y sacándolo a un ritmo provocador mientras se retuerce contra mí.
Me pone los labios en el lóbulo, y detesto con todas mis fuerzas estar disfrutando de ello…
El cosquilleo que me provoca en el estómago me está haciendo olvidar todas las preocupaciones y las dudas que tengo con respecto a esto.
De hecho, lo estoy disfrutando tanto que apenas noto cómo me va introduciendo el dedo, sirviéndose de la humedad resbaladiza del lubricante para abrirse paso poco a poco. Cuando me quiero dar cuenta, lo ha deslizado hasta el nudillo y estoy contrayéndome con una necesidad ardiente y anhelante.
—Joooder… —gruño, aturdido y con la vista nublada.
Es una sensación extraña… La idea de estar haciendo algo prohibido envuelve cada fibra de mi ser en un placer que desconocía por completo.
—¿Te gusta? —pregunta con voz ronca, y me vuelvo loco al percibir la calidez de su aliento rozándome la oreja.
—No… —Me muerdo el labio para reprimir los sonidos que amenazan con delatarme.
—Deja de mentirme, bombón —murmura, y, acto seguido, me introduce otro dedo.
—Mmm, joder, no … Sí … Me… gusta —respondo entre jadeos mientras me mete ambos dedos hasta el fondo.
De pronto, me toca una zona que me enciende todo el cuerpo.
Encojo los dedos de los pies y arqueo la espalda.
—Dime que quieres que te folle este culito tan perfecto y apetecible que tienes —me susurra contra los labios.
Y me deshago. El abdomen se me tensa, el culo se me contrae alrededor de sus dedos…
Y me corro.
Le han bastado dos dedos y menos de un minuto para lograr que mi polla nos rocíe a ambos de semen mientras gimoteo, lloriqueo y grito como una guarrilla. El cuerpo se me sacude entero y se me retuerce de placer como si estuviera convulsionando.
—Jo-der… —No sé ni lo que estoy diciendo; lo único que tengo claro es que mi corrida está saliendo disparada por todas partes y que me siento imparable—. Joder joder joder…
Mascullo las mismas palabras una y otra vez al tiempo que cabalgo los dedos de Avi, aunque ha dejado de moverlos y ahora solo está rozándome los labios con los suyos, inhalando el aire que yo exhalo.
Cuando vuelvo a poner los pies en la tierra, estoy sudado, pegajoso y más que satisfecho.
Avi retira los dedos despacio y tardo un buen rato en darme cuenta de que yo ya no los tengo dentro de su culo.
He debido de sacárselos en algún momento para aferrarme a sus caderas con ambas manos, como si fuera montado en una montaña rusa sin sujeción alguna.
Abro los ojos lentamente y, cuando alzo la vista hacia él, me lo encuentro sonriéndome. De una forma bastante engreída, he de decir.
Trago saliva y parpadeo. No soy capaz de hacer otra cosa.
Frunce los labios y pasa los dedos por el semen que me empapa todo el pecho.
—Bueno, pues… —dice, posando los ojos en los míos, y, contra todo pronóstico, las mejillas se me encienden aún más— parece que ya sabemos quién es el pasivo de los dos.