Capítulo catorce #2
Le envío el emoji de la berenjena seguido de cinco chorros de agua, luego me guardo el móvil y le doy otro sorbo largo a la botella.
Ponerme ciego es otro método infalible para evadirme de todos los pensamientos que me infectan la mente, pero no tengo tiempo para pillarme una cogorza con tranquilidad.
Me urge acabar con esto. Hundir la polla en el coño de Lexi y demostrar de una vez por todas que, por muchos deslices que haya cometido, todo va bien y sigo siendo yo.
«Kyran Harbor. Quarterback de los Eagles. Estudiante ejemplar, con un cuerpo de escándalo y un pelazo. No pienso dejar que cierto hermanastro fumeta me hipnotice o me fuerce a hacer cosas innombrables con sus truquitos raros de vudú».
Le pego unos cuantos tragos más a la botella y salgo de mi habitación con la vista borrosa, rumbo a Vanderslice Hall.
Me planto allí en un abrir y cerrar de ojos, sin recordar muy bien cómo he llegado, y cojo el ascensor para subir a la planta de Lexi.
Recorro el pasillo tambaleándome y, cuando aporreo su puerta con los nudillos, me recibe solo con mi camiseta del equipo puesta.
«He hecho bien en acudir a ella».
Una oleada de alivio me recorre todo el cuerpo en cuanto tira de mí hacia el interior, cierra la puerta y echa el pestillo.
—Mandy volverá en media hora —susurra, agarrándome de la mandíbula para acercar mi boca a la suya—. Tenemos que hacerlo rapidito.
—¿Tienes algo de alcohol? —murmuro contra sus labios, desesperado por unos cuantos tragos más, solo por si acaso, para asegurarme de ahogar bien todos los recuerdos.
Asiente con la cabeza y me besa un par de veces más antes de darse media vuelta y salir corriendo a por una botella de Fireball.
«Se ve que el sabor a canela es un claro triunfador entre los universitarios».
La desenrosco y le doy un buen trago, pero casi me atraganto cuando Lexi me mete la mano por debajo de los pantalones y me agarra la polla.
Cierro los ojos e intento concentrarme en el tacto de sus dedos pequeños y refinados alrededor de mi miembro…
, que ahora mismo se asemeja más bien a una salchicha flácida.
Aprieto los dientes.
«Venga, vamos… Si sabes que te gusta».
Doy otro trago largo y la cabeza empieza a pesarme como si fuera de cemento. Apenas puedo mantenerla erguida sobre los hombros.
Lexi parece tan entregada a la causa como yo, porque, al percatarse de que la paja no está surtiendo efecto, se arrodilla, me desabrocha los pantalones y procede a bajármelos junto a los calzoncillos.
Fijo mi visión borrosa en su pelo rubio y veo a dos Lexis idénticas superpuestas metiéndose mi polla blanducha en la boca.
Me está gustando…, en serio, pero tengo la cabeza hecha un puto lío y nada consigue levantármela.
«Dios, qué bien lo haces…».
Cierro los ojos, echo la cabeza hacia atrás y me muerdo el labio ante el recuerdo de una boca mucho más voraz, guiada por la curiosidad y el deseo contenido.
—Joder… —Trago con fuerza y me clavo aún más los dientes en el labio al notar cómo se me empieza a poner dura por fin.
Esa otra boca también me envolvió en su humedad y su calidez. Tenía unos labios suaves y una lengua traviesa que jugueteaba tanto con la punta de mi polla como con mi propia lengua.
«Chúpamela».
Se me escapa un pequeño gemido y trato de ocultarlo a toda costa. No quiero pensar en eso ahora mismo… No quiero acordarme de él mientras una chica me hace una mamada.
«¿Quieres acabar en mi boca?».
Suelto un gruñido y me obligo a abrir los ojos para centrarme en el vaivén de Lexi, de rodillas ante mí. Es a ella a quien debería desear… A ella y a nadie más.
Sin embargo, no puedo dejar de verlo a él ni de darle vueltas a todo lo que echo en falta en esta chica tan habilidosa.
—Lárgate… —Me froto los ojos con fuerza—. No te deseo.
Lexi se saca mi miembro de la boca.
—Ky, ¿estás bien?
Sacudo la cabeza.
—Eh, sí… No… —Me paso una mano por la cara—. No lo sé.
Se pone de pie y me quita la botella de las manos para evitar que se me resbale.
—Podemos ir al dormitorio si quieres —dice, deslizándome la mano por el pecho—. Y me follas por detrás…
Me aparto de ella, tambaleándome un poco.
—No, no. Lo siento, nena. Es que… no me encuentro bien.
No me apetece seguir haciendo el ridículo, así que me doy la vuelta y me dirijo hacia la puerta.
«A la mierda todo. Es inútil».
«Estoy defectuoso».
«Dañado».
«Me ha jodido la puta vida».
—¡Kyran, espera! —grita Lexi a mi espalda, pero ya es demasiado tarde.
He salido por la puerta a toda prisa. Huyendo, otra vez.
Me alejo de Vanderslice echando humo por las orejas y camino con pasos firmes a través del aire gélido de diciembre.
La sangre me hierve en las venas y se transforma en pura furia líquida que me recorre todo el cuerpo.
La ira desbordante que amenaza con apoderarse de mí se suma a la hostilidad que me provoca el alcohol, dando lugar a un combo explosivo que, pese a mis esfuerzos, siempre acaba conduciéndome al mismo lugar…
A la habitación 446 de los apartamentos Thomas More.
Doy tres toques rápidos a la puerta con el puño.
El pecho me sube y baja con cada respiración entrecortada.
La mandíbula se me tensa al oír unos pasos al otro lado.
Cuando se abre una rendija, sus ojos gris iridiscente provocan en mí el mismo efecto que una cerilla encendida tras caer sobre una hoguera empapada de queroseno.
Separa los labios, como si quisiera decir algo, pero, antes de que suelte alguno de sus comentarios, me lanzo hacia dentro y lo derribo.
Avi aterriza debajo de mí con un gruñido y le rodeo la garganta con las manos sin pensármelo.
—¡Me has destrozado la puta vida! —Le clavo los dedos y él me sujeta los brazos para intentar detenerme—. ¡Todo esto es culpa tuya!
—¿Q-qué? ¿Qué he hecho yo? —responde con voz ronca, luchando por zafarse de mi agarre, aunque todos sus esfuerzos son en vano.
Lo inmovilizo con el peso de mi cuerpo y lo fulmino con una mirada llena de frustración y rabia.
—¡De todo! —La piel me arde con tal intensidad que siento que va a fundirse en cualquier momento. Avi se aferra a mis antebrazos para tratar de apartárselos del cuello—. «Deberíamos follar algún día». ¿En serio? ¿Estás de puta coña?
—Kyran…, cálmate —balbucea, con el rostro encendido por la falta de aire—. Vamos a hablar y lo solucionamos.
—No quiero hablar contigo —mascullo, inclinándome sobre su cara.
—Entonces, ¿qué quieres? —pregunta, perplejo.
—Quiero matarte —escupo entre dientes, percibiendo cómo el odio, la debilidad y la confusión me consumen por completo—. Quiero destrozarte, igual que me has hecho tú a mí.
—¿Cómo se supone que te he destrozado yo? —ruge, empleando todas sus fuerzas para levantarme los brazos y evitar que mi peso le comprima la tráquea.
—Con tus ideas de mierda —replico, y me noto exhausto de golpe. Cansado… Muy muy cansado de librar una batalla tras otra—. Tus puñeteros planes y tus razonamientos absurdos. Tú has sido el que me ha metido en todo este lío… Tú y tu puta boca.
Suelto un suspiro de desesperación, aflojo el agarre y dejo caer mi frente sobre la suya. Me siento vacío, sin energía. Estoy tan agotado que podría derrumbarme aquí mismo.
Avi permanece inmóvil, tumbado en el suelo debajo de mí, y me desliza las manos con cuidado por los antebrazos hasta llegar a los dedos. Los aparta de su garganta, se los lleva al pecho y aspira una larga bocanada de aire cuando me desplomo sobre él en señal de rendición.
—Me has jodido… —susurro—. No he sido capaz de empalmarme.
—¿Qué?
—Antes estaba liándome con Lexi… y ni siquiera he sido capaz de empalmarme, porque tus putas palabras me han envenenado la mente.
Avi se limita a seguir respirando, y nuestros pechos suben y bajan al mismo ritmo, sin dejar de tocarse. Entonces agita las caderas y se retuerce.
—¿Qué? —ladro, irritado ante la idea de que quiera moverse, cuando lo único que me apetece a mí es que nos quedemos aquí tumbados y nos hagamos los muertos.
—Es que… —comienza a decir con voz vacilante— ahora mismo estás empalmado.
Se me tensa la mandíbula.
—No, qué va.
—Sí…, ya lo creo. —Vuelve a mover las caderas y, de pronto, una oleada de sensaciones me despierta un cosquilleo en la entrepierna—. Joder… Tienes la polla como una piedra.
Alzo un poco la cabeza y echo un vistazo a la notable erección que lucha por abrirse paso a través de mis pantalones. Suelto otro suspiro de desesperación y, esta vez, dejo caer la cabeza sobre su hombro.
—¿Por qué se me ha puesto tan dura? —lloriqueo, hecho un lío de tres pares de cojones y lleno de rabia—. ¿Y por qué ahora…? Es que no tiene ningún puto sentido. Se me ha roto la polla.
—Madre mía, ¿cuánto has bebido? —replica Avi entre risas, y su tono burlón me cabrea lo suficiente como para volver a levantar la cabeza.
—Me has roto la polla —sentencio, fulminándolo con la mirada.
Me pasa los dedos por el pelo mientras intenta contener una de sus sonrisitas.
—Ya, bueno, a mí me parece que no.
Me aparto bruscamente y ruedo hasta quedarme bocarriba a su lado.
—Da igual. Estoy jodido. Seguro que pierdo otra vez contra el Virginia Tech, y todo porque no soy capaz de centrarme…
No me da tiempo a reaccionar: se sienta a horcajadas sobre mí y me inmoviliza las muñecas contra el suelo. Abro los ojos de golpe y noto cómo el calor me sube por el cuello.
—Entonces, déjame ayudarte —dice, observándome con la cabeza ladeada.
Trago saliva de forma audible.
—¿Cómo…?
Se inclina sobre mí, hasta que la punta de su nariz roza la mía.
—Dándole a tu polla lo que quiere.
Un escalofrío me recorre todo el cuerpo, aunque la piel me arde con tal intensidad que me siento como si estuviera dentro de un horno. Me obligo a sacudir la cabeza mientras lo miro boquiabierto.
—Mi polla se ha quedado tonta.
Se echa a reír, provocando que la cara se me caliente aún más.
—No te digo yo que no…, pero ¿qué más da? Deja de resistirte a lo que te da placer, Kyran.